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Frédéric Ciriez y Romain Lamy publican una novela ilustrada sobre el revolucionario martiniqués

Frantz Fanon: el psiquiatra de los oprimidos

Fuentes: Rebelión

Roma, agosto de 1961. El revolucionario, pensador y psiquiatra negro Frantz Fanon (1925-1961), nacido en la isla caribeña de Martinica, de dominio francés, se reúne en la capital italiana con el filósofo Jean-Paul Sartre, quien escribirá el prólogo de la obra más representativa de Fanon, Los condenados de la tierra. Le acompañaron Simone de Beauvior y el periodista Claude Lanzmann, quien organizó el encuentro de tres días. Los condenados de la tierra, una apuesta militante por el anticolonialismo, fue publicado por primera vez en 1961, tras la muerte de Fanon a los 36 años. La edición corrió a cargo de François Maspero, editor francés de autores de izquierda.

“Le pido, y sé que me complacerá, que adelantemos la impresión del libro: lo necesitamos en Argelia y en África. Le iré mandando capítulos uno detrás de otro. Pídale a Sartre que haga un prólogo. Dígale a Sartre que cada vez que me siento a escribir pienso en él”, afirmaba la carta que el también autor de Piel negra, máscaras blancas remitió a Maspero en abril de 1961. 

Con textos del escritor y crítico Fréderic Ciriez, autor del libro de relatos Récits B, y del dibujante Romain Lamy, la editorial Akal publicó en junio la novela gráfica Frantz Fanon, de 236 páginas. El texto ilustrado da cuenta de la biografía del intelectual y psiquiatra antiimperialista (estudió medicina psiquiátrica en Lyon) a partir del intercambio de ideas y experiencias en Roma.

Fanon fue miembro destacado del Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia durante la guerra de la independencia contra Francia (1954-1962). “No teníamos técnicos, planificadores procedentes de las grandes escuelas occidentales. Pero en esas regiones liberadas (por el FLN), la ración diaria alcanzaba la cifra hasta entonces desconocida de 3.200 calorías (…). El pueblo argelino sabe ahora que es el propietario del suelo y el subsuelo de su país”, escribe en Los condenados de la tierra. “¿Por qué ciertas regiones no veían jamás una naranja antes de la guerra de liberación, cuando se expedían anualmente millares de toneladas hacia el extranjero?”, se pregunta.

En 1953 Frantz Fanon se traslada desde la metrópoli francesa a la colonia argelina, donde empieza a trabajar en el hospital psiquiátrico de Blida-Joinville, cerca de Argel, como médico-jefe de servicio. Le apuntó la razón por carta a su hermano Joby: “Los franceses tienen suficientes psiquiatras para tratar a sus locos. Prefiero ir a un país en el que me necesiten”.

En Blida, según caracteriza el libro ilustrado, actúa como un “soldado de bata blanca”. En Los condenados de la tierra se detallan casos de enfermos tratados entre 1954 y 1959 en hospitales o como clientes particulares en Argelia; y también casos de atendidos en las instalaciones sanitarias del Ejército de Liberación Nacional. Son las notas de trabajo de Fanon, que trató a víctimas y asimismo a ocupantes.  

Por ejemplo un militante del FLN de 26 años, dedicado a transportar en automóvil a los comandos; su mujer es violada por militares franceses y, cuando tiene conocimiento de las vejaciones, el guerrillero empieza a padecer impotencia, jaquecas e insomnio.

“En Argelia reina una atmósfera de guerra total”, escribió. A partir de las confidencias de los torturados argelinos, el médico martiniqués detalla algunos métodos empleados por la ocupación: inyección de agua por la boca además de lavado a alta presión con agua de jabón, a menudo con efectos mortales; o palizas de la policía a prisioneros, incluidos los bastonazos en las plantas de los pies y la quemazón de cigarros en el pecho.

Tras las torturas con electricidad en los interrogatorios a los patriotas, el médico martiniqués detectó efectos como la fobia a encender la luz, sensaciones de hormigueo en todo el cuerpo o de estallido en la cabeza. Entre los trastornos psicosomáticos constatados entre los argelinos (en algunos casos pasaron por campos de concentración), figuran la úlcera de estómago, los cólicos nefríticos, los temblores generalizados, las taquicardias acompañadas de angustia y las contracciones generalizadas. Además cita las circunstancias de un inspector de policía europeo, implicado en la guerra de Argelia, que tras practicar 10 horas seguidas de torturas golpea también a su mujer e hijos.

En 1957 Frantz Fanon ingresó oficialmente en el FLN, impartió clases a oficiales y ejerció como portavoz de prensa; a finales de año empezó a colaborar en el periódico revolucionario El MoudJahid (El Combatiente), del Frente de Liberación (el libro Por la revolución africana, de 1965, reúne los textos de la época). También en 1957 se desplaza a Túnez y organiza con otros colegas el Centro Neuropsiquiátrico de Día en el Hospital Charles-Nicolle, con una estructura abierta “que prolongaba el trabajo de socioterapia llevado a término en Blida”, señala el texto de Ciriez y Lamy; el centro rompía con la tradición del encierro. Uno de los referentes era el psiquiatra marxista Louis Le Guillant. “El compromiso revolucionario bajo todas sus formas es una cura”, afirmaba Frantz Fanon.

Antes, en septiembre de 1956, participó en el Primer Congreso de Escritores y Artistas Negros celebrado en París, con una ponencia sobre racismo y cultura. En el foro estuvo en contacto con intelectuales negros de relieve como Léopold Sédar Senghor, Amadou Hampate Ba, Aimé Césaire o Richard Wright, entre otros. “La guerra colonial es un gigantesco asunto comercial”, valoraba Frantz Fanon. El mismo año redactó su Carta Pública de Renuncia al ministro y Gobernador General de Argelia, Robert Lacoste, lo que motivó la orden oficial de expulsión. La novela gráfica de Akal reproduce algunos argumentos: “Yo debo afirmar que el árabe, alienado permanente en su propio país, vive en un estado de despersonalización absoluta”.

Frédéric Ciriez y Romain Lamy recogen, en los textos e ilustraciones, los embates de Fanon contra las teorías racistas de psiquiatras como Antoine Porot, fundador de la llamada Escuela de Argel. “La criminalidad del argelino, su impulsividad, la violencia de sus asesinatos no son pues las consecuencia de una organización del sistema nervioso ni una originalidad de su carácter, sino el producto directo de la situación colonial”, rebate el psiquiatra revolucionario.

En Los condenados de la tierra incluye algunas reflexiones sobre la violencia ejercida por el colono y la “contraviolencia” del colonizado, que unifica al pueblo. “No hay equivalencia de resultados, afirma Frantz Fanon, porque los ametrallamientos por avión o los cañonazos de la flota superan en horror y en importancia a las respuestas del colonizado”.

La novela ilustrada recorre también la etapa de viajes por el África negra. Fanon asiste a la Primera Conferencia de los Estados Independientes de África celebrada en 1958 en Accra (un año antes Ghana se había independizado de la metrópoli británica); en 1959 es designado embajador en Ghana del Gobierno Provisional de la República Argelina (GPRA); y participa, en Roma, en el Segundo Congreso de Escritores y Artistas Negros. “La lucha organizada y consciente emprendida por un pueblo colonizado para restablecer la soberanía de la nación constituye la manifestación más plenamente cultural que existe”, remarca en la ponencia. Es el momento en que publica El año V de la Revolución argelina, libro prohibido en Francia.

En el bagaje cultural de Frantz Fanon se incluyen las lecturas de Hegel, Nietzsche, Kierkegaard, Maurice Merleau-Ponty, Marx y tanto las novelas como el teatro de Sartre. En un pasaje del prólogo a Los condenados de la tierra, el filósofo existencialista valora a Fanon: “Ha mostrado el camino: vocero de los combatientes, ha reclamado la unión, la unidad del continente africano contra todas las discordias y todos los particularismos”. En el prefacio también denuncia el supuesto humanismo europeo como una “ideología mentirosa”. “¡Cuán generosa es Francia! ¿Generosos nosotros? ¿Y (la masacre de) Setif? ¿Y esos ocho años de guerra feroz que ha costado la vida a más de un millón de argelinos? ¿Y la tortura?”, cuestiona Sartre.      

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