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¿Hacer cumplir qué?

Fuentes: Punto Final. Enero, 2014

Los objetivos falaces, como estratagemas argumentativas para esconder lo verdadero, han sido pan de cada día en la reinvención concertacionista. Se nos invitó a derrotar a la derecha apareciendo como el principal leitmotiv de este periodo cuando esta ya se encontraba moribunda, a votar por un programa y no por una persona cuando lo más […]

Los objetivos falaces, como estratagemas argumentativas para esconder lo verdadero, han sido pan de cada día en la reinvención concertacionista. Se nos invitó a derrotar a la derecha apareciendo como el principal leitmotiv de este periodo cuando esta ya se encontraba moribunda, a votar por un programa y no por una persona cuando lo más concreto era la persona y el programa nada más que un sincretismo ecléctico de silencios, consignas y ambigüedades. Ahora, luego de esas invitaciones que fueron de la mano con el triunfo de Michelle Bachelet, se nos invita a hacer cumplir el programa. Y se traslada el eje de debate nuevamente al lugar conveniente. ¿Confiamos o no en Michelle? Y ella, con su imagen de madre salvadora remasterizada, su mano en el corazón y los atuendos hippies muestra a una mujer que da confianza, y que peligra ser presa de los guardianes del modelo.

Pero el eje de discusión para la izquierda en estas elecciones no fue cómo derrotar a la derecha sino como levantar alternativa y por tanto la necesaria articulación programática y de fuerza para avanzar a verdaderas transformaciones. Así, nuestra disyuntiva hoy en este lado de la vereda, no es si confiamos o no en que Bachelet cumplirá sus promesas, y por tanto cuanta fuerza necesita para ello, sino más bien si compartimos o no sus propuestas programáticas, y por tanto si su programa contiende efectivamente los cambios que sabemos que Chile necesita. Esta definición marca la estrategia a seguir; impulsamos la calle para «hacer cumplir el programa» o lo hacemos para develar su verdadero sentido, disputando el contenido programático para enrumbarlo lejos del foco de la mera consigna, custodiando y proyectando el contenido verdaderamente transformador de las demandas populares enarboladas estos años.

La tesis de un cambio desde el neoliberalismo al régimen de lo público que sustenta el programa de Bachelet no es más que el camino obligado para oxigenar un modelo y no arriesgar su destrucción. No son un paso a cambios profundos sino que, cambios superficiales que amenazan con dejarnos más lejos que cerca de una transformación estructural, pasando la continuidad como cambio, borrando las barreras de lo público y privado y confundiendo garantías con subsidios. El programa educacional es el más emblemático en este aspecto. La gratuidad para el movimiento estudiantil nunca tuvo como foco el pago en sí mismo, sino que el sistema que se sostiene a través del arancel, y por tanto siempre importó no solo quien lo paga sino cómo. Pero en el programa de la Nueva Mayoría eso busca quedar relegado a un tercer plano, lo público lo abordan como un sentido y no una realidad concreta vinculada a labores estatales, y la gratuidad se entiende no como un cambio de sistema de financiamiento sino que una ampliación de la subvención. No se privilegian los sistemas públicos por sobre los privados, y se termina apostando a una educación que en 4 años más, seguirá con la nefasta lógica de pagarle a los privados para que cumplan las labores de lo público. La propuesta de Nueva Constitución es aún peor. Ya que no sólo elimina la participación real -deliberativa- del pueblo, sino que además es muestra abierta del maquillaje y ambigüedades que necesitó la propuesta de gobierno para sobrevivir a las elecciones y salvar el modelo y su conglomerado. Pero no solo es impresentable el cierre de puertas a la Asamblea Constituyente sino que el contenido que como Nueva Mayoría omiten como ejes por los que trabajarán para incorporar en la nueva carta fundamental. No es sorpresa, pero ni rastro de un Estado Garante y menos de un Estado que pueda recuperar su rol como actor económico -gestor y propietario-.

Dos aspectos claves que de no estar nos presentan una nueva constitución que será mera continuidad del corazón del modelo actual. La reforma tributaria por su parte nos deja a un Chile que seguirá con el menor nivel de impuestos en la OCDE, sin contener una carga abiertamente mayor para las grandes empresas nacionales y transnacionales. Ello agravado por una disminución de impuestos personales a los más ricos, de un 40% a un 35%. Y para qué hablar de las ausencias; término del código de aguas actual y fin a la privatización de éstas, termino del nefasto sistema de AFP, y la necesaria recuperación de un bien natural central para Chile como es el Cobre. Ni rastro. Desde el wall street, desde los partidos guardianes del modelo y los grandes grupos económicos se asumió una sentencia; que Chile arriesgue ser una Cuba, Venezuela o Bolivia es inaceptable, que crea que camina hacia modelos nórdicos de Estados benefactores, o que se modele como un Brasil, Uruguay o Argentina, es un tránsito posible de aguantar y controlar. No cabe duda que la Nueva Mayoría no es un impulso de transformación sino que de contención. Y toda batalla interna que se quiera dar en el conglomerado, si tiene como techo el programa, no es más que una flameante bandera cómplice. Así, la Nueva Mayoría apuesta por el gatopardismo. Con Michelle no caminamos hacia el reemplazo del modelo actual por uno nuevo, sino que avanzamos hacia su reinvención y supervivencia.

Por ello, el contenido y no la consigna será lo que estos años dividirá aguas, sin actuar desde nuestro derecho a la duda y desconfianza, sino que desde la certeza de la abierta y profunda diferencia.