Recomiendo:
0

Hacia un modelo de apartheid social

Fuentes: Rebelión

Nos encontramos ante un cambio de época. El pacto europeo que dio lugar al estado del bienestar está pasando a mejor vida. Paulatinamente avanzamos hacia un modelo de sociedad alejado del que hemos tenido los europeos tras la segunda guerra mundial, para dar paso a una sociedad del apartheid que se distingue por aumentar las […]


Nos encontramos ante un cambio de época. El pacto europeo que dio lugar al estado del bienestar está pasando a mejor vida. Paulatinamente avanzamos hacia un modelo de sociedad alejado del que hemos tenido los europeos tras la segunda guerra mundial, para dar paso a una sociedad del apartheid que se distingue por aumentar las desigualdades y dejar fuera de una protección decente a millones de personas. Este cambio se viene produciendo con el viento a favor de un tipo de globalización que todo lo explica, aunque sea de modo confuso, y que está dando lugar al vaciamiento de la democracia y el desplazamiento de la política, colocando en su lugar a poderes en la sombra, económicos naturalmente, que son los que realmente deciden sin haber sido votados.

Para que el cambio de modelo se pueda hacer con la menor oposición, los cerebros intelectuales del nuevo poder idearon la inducción de una crisis que actúa como comodín que todo lo justifica y produce, además, un estado de parálisis en nuestras sociedades. Nunca se ha hablado tanto de crisis: financiera, ambiental, social, de seguridad… Pareciera que la crisis ha pasado a ser una variable independiente que todo lo explica. Se recortan los salarios y es por la crisis. Se recortan los gastos sociales y es por la crisis. Se privatizan servicios y es por la crisis. Crece de manera brutal el trabajo precario y es por la crisis. Se devalúan las pensiones y es por la crisis. La crisis que lo justifica todo pareciera que no tiene solución alternativa. Se instala en el centro de nuestro pensamiento y nos impide elaborar soluciones sociales, otro modelo, nos deja encerrados y dejamos de pensar. Nos la presentan como tan evidente que nos resignamos y nos colocamos en la posición personal de «perder lo menos posible». El rumor de que hay que aceptar la crisis y las «soluciones» austericidas de los gobernantes que trabajan por encargo nos deja maniatados. Moverte activamente en contra puede conllevar la pérdida de algo que aún conservamos. Grecia lo intentó y sabemos el resultado.

Pero resulta que hay dinero, mucho dinero. ¿Dónde está? Sabemos que por todo el mundo aumentan los multimillonarios. Esta estirpe nunca estuvo mejor que con la crisis. ¿Para quién es la crisis?

Decir que la crisis fue organizada no es una afirmación excesiva. Lo fue. El colapso de la burbuja inmobiliaria desencadenó la crisis de los bancos, primero en Estados Unidos en 2006, contagiándose después al sistema financiero internacional, causando una crisis de liquidez y derrumbes bursátiles. De pronto la histeria y el miedo se extendieron por las sociedades europeas. Nos anunciaron que si no queríamos perder los depósito de ahorro había que salvar a los bancos y es lo que se hizo en medio de una crítica social que fue apagándose. Con semejante escenario de crisis no fue difícil para los amos del mundo disciplinarnos. Nunca fue tan complicado pensar una alternativa. Fue obligación de la socialdemocracia europea hacerlo, pero en lugar de ello dio pasos atrás, resignada a la derrota y preparándose para ser aceptada por los arrogantes poderes. Son muchas las realidades que criticar pero nunca ha sido tan difícil tener un marco teórico de modelo económico y de sociedad alternativos.

Pero ¿hacia qué sociedad vamos en este cambio de época? Boaventura de Sousa Santos, sociólogo y politólogo portugués alerta de que marchamos hacia un régimen social y civilizacional que sacrifica a la democracia a las exigencias del capitalismo. Sitúa las pruebas de lo que afirma en cuatro hechos: el primero es el apartheid social, la segregación de los excluidos; el segundo es la usurpación de las prerrogativas del Estado por parte de actores sociales muy poderosos; el tercer hecho consiste en la manipulación discrecional de la inseguridad de las personas y grupos sociales vulnerables debido a la precariedad del trabajo, lo que desemboca en una ansiedad crónica; el cuarto hecho es el fascismo financiero que controla los mercados y una economía de casino.

Lo que Boaventura de Sousa Santos llama fascismo social en su libro «Sociología jurídica crítica. Para un nuevo sentido común en el derecho», es un régimen caracterizado por relaciones sociales y experiencias de vida bajo relaciones de poder e intercambios extremadamente desiguales, que se dirigen a formas de exclusión particularmente severas y potencialmente irreversible.

Sinceramente, la calificación de fascismo social es tan brutal que mis limitados conocimientos no me permiten asumirla sin más. Pero en todo caso es útil para el debate sobre cuál es el modelo de sociedad al que vamos. Lo que si tengo claro es que el rumor desmovilizador que afirma que nunca recuperaremos lo que queda atrás y que el futuro está marcado por el paisaje neoliberal que es la forma más salvaje de capitalismo, es sólo eso, propaganda. Seguramente no se trata de retornar al pasado sino de construir algo aún mejor.

Pero lo cierto es que estamos dando pasos a un escenario desconocido en Europa, pero también a nivel planetario, donde la gente queda a merced de su suerte, progresivamente fuera de los cada vez más estrechos servicios sociales, haciendo buena la idea de predestinación. Y no es que yo niegue algunos avances en países africanos, latinoamericanos y asiáticos, que han mejorado los índices de pobreza y de alfabetización, la lucha contra algunas enfermedades epidémicas y en los derechos de las mujeres. Pero estos progresos son poca cosa cuando los comparamos con los males del modelo que se va imponiendo. Dicen quienes saben que si de los 26 billones de euros que se dedican anualmente a las armas, se utilizaran la mitad para acabar con el hambre en el mundo, su erradicación sería posible. Sin embargo el modelo social al que nos llevan prefiere dar la espalda de cientos de millones de seres humanos cuyo destino es la miseria perpetua.

Pongamos que el calificativo de fascismo social es exagerado. De acuerdo. Pero, ¿qué nombre le ponemos al abandono de miles de refugiados que tocan las puertas europeas, y sobreviven y mueren en campos de internamiento, cuando no se hunden en el Mediterráneo? ¿qué nombre le ponemos a las guerras programadas para dar salida al enorme negocio de los fabricantes de armas? ¿cómo podemos llamar a la dronificación del poder que mata sin correr riesgos? Desde 1945, fin de la segunda guerra mundial, están muriendo hoy en las guerras más civiles que militares. Pongamos un calificativo a esta barbarie, cada cual el que quiera.

Una nota final. En este artículo dibujo un escenario general, mundial. Sin lugar a dudas de las ciudadanías concretas dependerá su destino. En Euskadi, las instituciones, los sindicatos, los partidos políticos y por supuesto la sociedad, mantenemos hoy por hoy una notable conciencia social que nos hace estar alertas. El modelo de apartheid social no es inevitable. Se puede vencer. Para ello hace falta cohesión social y luchar incansablemente por todos los derechos de todas y de todos. Y que las instituciones sean leales al pueblo. Una buena medida en Euskadi sería la Renta Básica Universal, con ella se blindaría un suelo de igualdad frente al movimiento general de desmontaje del estado del bienestar.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.