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La izquierda "políticamente correcta"

«Humanizar» el capitalismo

Fuentes: Rebelión

Lo que hoy conocemos como «nueva izquierda» no cuestiona a la estructura funcional y filosófica del capitalismo como sistema de dominación, sino a los hombres o grupos que conducen esa estructura desde la «derecha». La «nueva izquierda» no se opone al capitalismo como sistema de dominacion totalizado (económico, político, militar, social-cultural y mediático), sino al […]

Lo que hoy conocemos como «nueva izquierda» no cuestiona a la estructura funcional y filosófica del capitalismo como sistema de dominación, sino a los hombres o grupos que conducen esa estructura desde la «derecha». La «nueva izquierda» no se opone al capitalismo como sistema de dominacion totalizado (económico, político, militar, social-cultural y mediático), sino al rostro «derechista» del capitalismo expresado por los grupos políticos y/o personas identificadas con pensamientos e ideologías «conservadoras».

De la misma manera no cuestiona la esencia explotadora del hombre por el hombre del sistema capitalista, cuyas leyes históricas y deterministas están probadas estadísticamente, sino a quienes conducen «mal» el sistema capitalista y lo convierten en injusto. La nueva izquierda, si bien cuestiona y denuncia la existencia de las transnacionales capitalistas, no asocia claramente ese poder (por encima de gobiernos) con el capitalismo como sistema totalizado de dominio, que abarca no solamente lo económico sino que se proyecta a todos los planos de la vida económica, política y social, incluida la psicología del dominado.

Para la «nueva izquierda» el sujeto de «dominio imperial» no está constituido por los modernos segmentos de control mediático-cultural-consumista con que las potencias y trasnacionales capitalistas hegemónicas nivelan conductas masivas sumisas en todo el planeta, sino por «grupos militaristas de derecha» que invaden países por la vía armada. Por lo tanto, la izquierda, como la conocemos ahora, no plantea cambiar el sistema capitalista (cambiar el mundo, construir el hombre nuevo como decía la vieja izquierda del Che), sino «humanizar», tornar más «justo» el rostro explotador del viejo capitalismo.

La cuestión filosófica y política ya no es tomar el poder, destruir al capitalismo, para cambiar el mundo, sino sustituir a los hombres que convierten al capitalismo en «salvaje» e «injusto», los que, obviamente, se encuentran situados del lado de la «derecha» o del llamado «neoliberalismo». De esta manera la concepción política, filosófica e ideológica de la «nueva izquierda» queda circunscripta no ya a la búsqueda de un proceso revolucionario «antisistema» (cambiar de raíz el capitalismo) sino a la búsqueda de una «humanización» del capitalismo convertido en injusto por la «derecha conservadora».

La «derecha» (y no la revolución anticapitalista) es el parámetro que por oposición identifica y da sustento funcional y doctrinario a la «nueva izquierda» como pensamiento «revolucionario». Sin objetivos de «toma del poder» (terminar con el sistema capitalista y establecer instituciones y formas políticas alternativas al mismo) la funcionalidad práctica de la «nueva izquierda» queda reducida a cambiar hombres y a «reformar» aquellas estructuras del sistema que son socialmente «injustas».

Para la «nueva izquierda» la «alternativa» no es la revolución sino un cambio de «piezas» (hombres y métodos) para que el sistema consiga «excelencia» y sea más «justo». La vieja guerra entre «derecha» e «izquierda», que en el pasado se representaba en dos concepciones del mundo diametralmente diferentes y opuestas, una «capitalista» (la «derecha») y otra «anticapitalista» (la «izquierda»), se resume en una competencia por el control político del Estado dentro del mismo sistema capitalista.

En los 80, salvo en Colombia, los militares de la «seguridad nacional» ya habían terminado con la izquierda revolucionaria y la resistencia armada en América Latina, había desaparecido la URSS como punto de referencia logística y organizativa de los movimientos revolucionarios, y Washington resolvió imponer un orden regional basado en el pacifismo, la democracia y los derechos humanos. El nuevo sistema de control político y social se situaba en las antípodas del anterior (basado en gobiernos y dictaduras represivas), y explotaba el consenso masivo que despertaba la apertura de procesos constitucionales después de largos años de dictaduras militares con supresión de elecciones y parlamentos.

Pero fuera del maquillaje democrático (del formalismo del estado de derecho y del régimen electivo-parlamentario), Washington y las transnacionales capitalistas siguieron ejerciendo el control sobre los recursos estratégicos y el sistema económico-productivo de los países mediante la asociación con las elites de poder y las clases políticas locales, quienes se reservan para sí los controles ejecutivos, parlamentarios y judiciales del Estado. De tal manera, que del gerenciamiento militar del dominio imperial se pasó al gerenciamiento civil del mismo, sin alterar para nada el proceso de control económico por medio del cual los bancos y empresas transnacionales continuaron transfiriendo recursos y ganancias a EEUU y a las metrópolis capitalistas.

En ese nuevo escenario de poder geopolítico-estratégico, legitimado por gobiernos satélites elegidos en elecciones populares, Washington consolidó su dominio regional en un teatro latinoamericano sin lucha armada, sin estallidos revolucionarios, y con las organizaciones populares y de izquierda participando como «opción de gobierno» en los países dependientes. En ese contexto (y más allá de la voluntad de las facciones reaccionarias y conservadoras), desde hace más de veinte años la estrategia de dominio de Washington y del Departamento de Estado en América Latina consiste en impulsar los regímenes y gobiernos electos en las urnas, más allá de que asuman o ganen elecciones con discursos de «izquierda», «progresistas» o «neoliberales».

Por lo tanto (y aquí surge la primera conclusión) la «nueva izquierda» ya no basa su estrategia organizativa y funcional en la toma del poder armado, sino en la «toma del gobierno» a través de elecciones planteadas en los marcos de la democracia burguesa capitalista. Los «gobiernos progresistas» (donde la «nueva izquierda» gerencia estados y sistemas económico-productivos controlados por el establishment de poder económico asociado al capitalismo trasnacional) son el resultante político de la «nueva izquierda» como alternativa de «cambio» situada únicamente en el plano del discurso político.

De esta manera, el destino de la revolución ya no está en manos de líderes y organizaciones guerrilleras que luchan en la clandestinidad por la toma del poder armado, sino en manos de gobernantes de estados burgueses legitimados por elecciones como Chávez, Lula, Kirchner, Tabaré Vázquez y la reciente incorporación de Evo Morales. El Departamento de Estado acuñó un término para definir a esta nueva corriente: «izquierda políticamente correcta».

Al no plantear el «cambio del sistema» sino la «reforma del sistema», al no cuestionar la esencia genocida y explotadora del hombre por el hombre del sistema capitalista, la «nueva izquierda» se convierte en un necesario «rostro progresista» del capitalismo cuya función es corregir lo que funciona mal, principalmente en el campo social y económico. En la visión de la «nueva izquierda» la lucha contra el imperio capitalista y sus invasiones armadas no es la lucha contra el sistema capitalista que necesita conquistar militarmente nuevos mercados para la expansión de sus bancos y transnacionales, sino la lucha contra un grupo de dirigentes fundamentalistas (por ejemplo, Bush y los halcones «neoconservadores») que se apoderan de las estructuras del Estado para realizar sus «ambiciones personales».

Los «nuevos teóricos».

La ausencia de un análisis dialéctico del «Estado imperial capitalista» como sistema totalizado de dominio lleva a los teóricos de la «nueva izquierda» a pensar que terminar con la «derecha conservadora» (su único enemigo) abre la vía para la instauración de un «capitalismo sin guerras» donde los bienes producidos sean repartidos con mayor equidad. En esta lógica individualista y voluntarista (donde los hombres y no el sistema son el determinante) están excluidas las leyes de la plusvalía, de la búsqueda de rentabilidad permanente, y de la concentración de riquezas en pocas manos, que definen y caracterizan las leyes de funcionamiento histórico del capitalismo.

Y ahí está la historia del capitalismo imperial de EEUU como ejemplo: tanto con administraciones demócratas («liberales») como con administraciones republicanas («conservadores») las invasiones militares por conquista de nuevos mercados y ganancias para los bancos y transnacionales de Wall Street y del Complejo Militar Industrial norteamericano, nunca se detuvieron. No obstante, y alejados de cualquier asociación estadística, los teóricos y sostenedores políticos de la «nueva izquierda» (ignorando olímpicamente las leyes históricas del capitalismo) creen que la sustitución de Bush y los halcones neoconservadores por una administración demócrata abriría el camino a una corriente pragmática de cambios «progresistas» en el sistema imperial capitalista encabezado por EEUU.

Lo que, funcionalmente, equivale a creer que los bancos y trasnacionales que históricamente desatan guerras militares de conquista de mercados y de recursos naturales (incluidos energía y petróleo), van a renunciar a la plusvalía y a la concentración de riquezas que conforman su esencia histórica de supervivencia en el planeta.

Para la «nueva izquierda» la injusticia del mundo (con su emergente de miles de millones viviendo en la indigencia, el hambre y la exclusión social) no es el emergente de un sistema de saqueo y de concentración de riquezas en pocas manos (el capitalismo) sino el producto de «voluntades personales» que utilizan al Estado imperial para sus propias fechorías.

De manera tal que si se derrota a esos grupos (ubicados en el espectro de la «derecha conservadora, militarista y fundamentalista) la humanidad habría ganado una lucha hacia la consolidación de un sistema social, político y económico más justo, sin toma del poder revolucionario y sin derramar una sola gota de sangre en la pelea. En otras palabras, y se cumpliera los deseos imaginarios de la «nueva izquierda», la sola derrota de la «derecha conservadora» haría que las multinacionales y el establishment de poder económico imperial renunciara a sus ganancias y a sus crecimientos expansivos basados en las conquistas de mercados, recursos naturales y mano de obra barata, solo realizables por vía de la conquista armada o por el dominio político por medio de gobiernos sometidos. Algo así como pedirle al tigre que deje de cazar.

Enemigos «integrados»: la exclusión de la «tercera ideología».

De esta manera la «nueva izquierda» asimilada al sistema capitalista (tanto en Europa como en EEUU, o en Latinoamérica y el resto del mundo dependiente) se convirtió en un juez inapelable y crítico de su archienemigo: la «derecha» conservadora. De tal manera que los parámetros funcionales del «mundo globalizado» (controlado por el sistema capitalista y sus estructuras militares, económicas, políticas ) hoy se guían por la lucha electoral y mediática entre la «izquierda» y la «derecha» por la conquista del aparato de Estado capitalista.

Ya no es la guerra (militar-clasista) entre dos sistemas opuestos y excluyentes, sino una guerra (electoral-pacifista) entre dos facciones opuestas del mismo sistema. En las recientes elecciones en Bolivia se comprobó que la «nueva izquierda», aceptada y presentada como «alternativa civilizada» por el aparato mediático internacional, puede ser votada tanto por las mayorías oprimidas como por las clases medias y altas opresoras, como sucedió con Evo Morales en Bolivia. Ambas corrientes (la «nueva izquierda» y la «derecha») están niveladas planetariamente como ideologías aceptadas, dominantes y excluyentes dentro del sistema, que rechazan de igual manera una «tercera ideología» que plantee (como lo hacía la vieja izquierda) terminar con el sistema capitalista y sustituirlo por otro.

De esta manera, quien proponga metodologías políticas de «cambio de sistema» encuadradas en los viejos métodos de «toma del poder revolucionario»: huelgas salvajes, tomas de fábricas o de empresas, sabotajes, bloqueos de rutas o de calles, o lucha armada clandestina, va a ser condenado tanto desde la «derecha» como desde la «izquierda» del sistema.

Los que proponen los viejos métodos que forjaron las revoluciones y cambios del sistema del pasado (desde la revolución francesa hasta aquí) han devenido, por imperio de la nueva lógica, en «violentos», y están excluidos del universo del pensamiento dominante establecido como «frontera racional» tanto por la «nueva izquierda» como por la «derecha conservadora». La nivelación planetaria de ambas ideologías (y la represión de una «tercera ideología violenta» por parte de ambas) garantiza que un militante de la «nueva izquierda» o un militante de «derecha» coincidan en la defensa de la «democracia y el estado de derecho» burgués tanto en Europa, EEUU, Asia, Africa o Latinoamérica.

Si bien «izquierda» y «derecha» son antitéticas en cuanto a su concepción «ideológica-funcional» del sistema capitalista del cual forman parte, coinciden plenamente en la «democracia electiva y parlamentaria» como resolución de sus disputas por el control del aparato del Estado burgués capitalista. Tanto la «nueva izquierda» como la «derecha conservadora» coinciden en que sus luchas por el poder dentro de los marcos del sistema no deben traspasar los límites de la «convivencia democráticas» ni alterar el funcionamiento de las instituciones económicas, políticas, jurídicas y sociales del capitalismo.

La «nueva izquierda» no cuestiona el sistema democrático con elecciones periódicas para legitimar autoridades (que el sistema capitalista impone como estrategia de dominio y control político en los países dominados) sino que lo ve como el instrumento esencial para construir el capitalismo de «rostro humanizado». De manera tal que, despojada de todo contenido excluyente, transformador y revolucionario, la «nueva izquierda» se asimila en el lenguaje y en el discurso de las instituciones destinadas a darle un «rostro humanitario» al sistema. Y se produjo una situación paradojal:

La izquierda, pacificada y sin objetivos revolucionarios, alienada por la lucha contra un enemigo en extinción (los golpes de Estado y las dictaduras militares) convirtió en nueva bandera revolucionaria la «guerra electoral» contra la derecha política en los marcos de la democracia parlamentaria burguesa.

Al abandonar sus postulados setentistas de «toma del poder» y adoptar los esquemas de la democracia burguesa y el parlamentarismo como única opción para acceder a posiciones de gobierno, la «nueva izquierda» se convirtió en una opción válida para gerenciar el «Estado trasnacional» del capitalismo en cualquier país de América Latina. La asociación beneficiosa entre la «izquierda civilizada» y el establishment del poder capitalista es obvia: el sistema (por medio de la izquierda) crea una «alternativa de gobernabilidad» a la «derecha neoliberal», y la izquierda (y los izquierdistas) pueden acceder al control administrativo del Estado burgués sin haber hecho ninguna revolución.

Los presidentes «progresistas» (Lula, Kirchner, Evo morales, Tabaré), que hablan con la izquierda y ejecutan los programas económicos y la estrategia regional de Washington por derecha, son el nuevo producto del marketing imperial vendido con urnas y elecciones. De esta manera, la «nueva izquierda», asimilada al sistema y vaciada de contenidos revolucionarios, se ha convertido en la «cara alternativa» del dominio imperial en América Latina.

Su axioma de máxima: Nada de «hombre nuevo»: sólo hay que reciclar al «hombre viejo».