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Igualdad o desigualdad, esa es la cuestión

Fuentes: Rebelión

La desigualdad es la más infame de las creaciones humanas. Una doble creación: el hecho radical de hacer de unos los dueños y herederos de derechos, ante todo el de vivir a costa de los demás, y las ideologías que hacen de la injusticia condición más o menos natural, cuando no obra misma de los […]

La desigualdad es la más infame de las creaciones humanas. Una doble creación: el hecho radical de hacer de unos los dueños y herederos de derechos, ante todo el de vivir a costa de los demás, y las ideologías que hacen de la injusticia condición más o menos natural, cuando no obra misma de los dioses, y contra la que cual nada serio debería intentarse.

Abraham Lincoln dijo alguna vez que todos somos iguales al nacer pero que era última vez que lo habríamos de serlo. Nada más cierto. Con ello admite el venerado presidente yanqui aquello que Rousseau había proclamada apasionadamente en casi toda su obra: «Todo está bien -escribió el suizo– al salir de las manos del autor de la naturaleza, pero todo degenera al contacto con el hombre». Solo una humilde corrección: no se trata del hombre, en abstracto, sino de la sociedad, es decir, los sistemas sociales concretos…

Aristóteles quiso convencernos del carácter natural de la esclavitud así como de la condición de libres. Hace dos mil 400 años difícilmente algún pensador griego podía sustraerse de semejante opinión. Han sido el prestigio y el peso del estagirita los factores que por siglos han hecho fijar la atención en semejante supuesto. Pero  precisamente este peso y este prestigio que hoy reconocemos prueban que las diversas ideologías de la desigualdad no han sido creadas para simple adorno. La hecatombe indígena en las Américas, vale decir, la muerte y sometimiento inenarrable de decenas de millones de seres humanos, contó nada menos que con el aliento de sectores intelectuales que echaron manos a la teoría aristotélica (y tomista) de marras como telón argumental de fondo de la por ellos llamada «legítima conquista». ¿Qué eran estos pueblos sino aglomeraciones de «seres inferiores», para colmo «idólatras», a los que en justicia solo cabría esclavizar? (La histórica y prolongada polémica de Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas es bastante ilustrativa).

 La idea de igualdad espanta. Hace saltar de sus asientos a mucha gente que con más o menos rapidez sabe sin embargo salir en busca de contraejemplos digamos que en la sabia Naturaleza. El más a mano de los desmentidos suele hallarse precisamente en los dedos de las manos: fijaos bien en lo dispar de esos cinco soldados naturales. La prueba no admite remilgos: la desigualdad viene dictada por Natura.

Ahí solo falta un detalle: que me digan a cuál o a cuáles de los cinco dedos la madre Natura le confirió especiales privilegios y a cuáles nombró como esclavos o al menos clases inferiores.

De todos modos, quienes pretendan justificar la desigualdad  no deberían  ignorar que la igualdad humana no es un concepto matemático, ni físico ni biológico sino uno antropológico, ético y jurídico. Igualdad es la condición por la que todos y todas somos parejamente dignos de derechos en tanto seres humanos. Es incluso lo que más o menos proclaman todos los candidatos del mundo y aseguran todos los mandatarios que reina en sus respectivos países. También es lo que la llevada y traída Declaración Universal de los Derechos Humanos  establece como norma para todo el mundo.

Lo malo y lo bueno de esto es que al papel lo aguanta todo. Muy malo que se hable y escriba dando cuenta de una igualdad -justicia social es el sobrenombre más usado– inexistente en la mayor parte del globo. Pero ello significa a su vez que desde hace buen tiempo el problema principal no es ya teórico, al menos como hecho público, como propósito confesable. Los neoliberales, por ejemplo, juran que el libre mercado, si no lo molestan, derramará oportunidades y justicia para todos. Así que estamos, al parecer, en buen momento: ¿no será cuestión ahora de solo de fórmulas prácticas?   

En todo caso, de fórmulas prácticas… ideológicas. Problemas de nuevo; en verdad, modernamente hablando, ahí empiezan los verdaderos problemas. Se me ocurre, por ejemplo, la pregunta sobre el derecho de propiedad privada de los medios productivos: ¿cómo encajar una fórmula conducente a relaciones igualitarias si de antemano se asume este derecho como criterio central y «sagrado»? Algún apresurado pensará que me dispongo a desembocar en el socialismo como única alternativa. Por el momento solo pregunto sobre el lugar de un tal derecho en un mundo que se pretendiera igualitario…

Semejante sociedad no es tanto aquella que se ocupa de igualarnos sino sobre todo aquella que crea las condiciones que evitan la desigualdad. Es pasar del reconocimiento verbal de que todos tenemos de derechos por igual a disponer los mecanismos que supriman los privilegios de unos cuantos que a su vez han de colocarse en ventaja, por encima y en contra de los demás y que en cambio garanticen las oportunidades del universo. No se trata de la ingenua y vulgar pretensión de que todos tengamos idénticos ingresos, vestidos, niveles culturales y creencias, estilos de diversión, e idénticas viviendas y alimentos, sino de que nada le impida a nadie la oportunidad efectiva de tener lo necesario para una vida digna.

La dificultad crucial para que se haga realidad semejante estado de cosas -grosso modo aceptable por todo el mundo… en el papel– radica en la existencia de gente, clases, «razas», naciones y poderes que se piensan bastante más iguales que los demás. Cualquier igualdad que sea a partir de reconocer que ellos son más iguales, y, sobre todo, a partir del derecho a ampliar el abismo entre los más y los menos «iguales», en concreto, por ejemplo, vía el derecho a vivir del esfuerzo ajeno.

Seamos directos. La ideología de la desigualdad sigue siendo en su fondo la misma que condujo digamos que a un Aristóteles a separar en libre y esclavos a los hombres por designio de la Naturaleza o de algún dios, aunque tales «designios» no sean obra más que de despojos, violencias y crímenes cometidos una y otra vez, hace mucho o poco tiempo. «Detrás de toda gran fortuna hay un crimen». A esta sentencia de Balzac yo agregaría: un crimen que se está dispuesto a defender con otros crímenes. Nada es más violenta que la desigualdad hecha intereses y hecha ideología. Perder privilegios hace perder las composturas. Es lo que le pasa a la oligarquía y a parte importante de la oposición venezolana. Temo que esa descompostura seguirá generando violencia.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.