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Respuesta a Atilio Borón

Imperialismo, imperialismos, Siria

Fuentes: Rebelión

De entrada quiero pedir disculpas a mi amigo Atilio Borón. Merezco -y acepto humildemente- su contundente respuesta a una cita abusiva en un artículo de urgencia. Ni el dolor ni la convicción eximen de la cortesía, y menos la que reclama un intelectual -y, aún más, una persona- cuyo trabajo teórico y militante aprecio desde […]

De entrada quiero pedir disculpas a mi amigo Atilio Borón. Merezco -y acepto humildemente- su contundente respuesta a una cita abusiva en un artículo de urgencia. Ni el dolor ni la convicción eximen de la cortesía, y menos la que reclama un intelectual -y, aún más, una persona- cuyo trabajo teórico y militante aprecio desde hace años. Si no cité su nombre fue por dos motivos. El primero un cierto pudor respetuoso hacia el amigo. El segundo un cierto pudor respetuoso hacia uno de los intelectuales marxistas que menos representan -o representaban- la posición criticada en mi artículo.

Digo «representaban» porque su legítima respuesta, a la que yo había dado razones, da la razón, sin embargo, a mi crítica general. Ahora sí, mi artículo sobre «geopolítica del desastre» incluye también a Atilio Borón, como si en realidad hubiese sido escrito para dar respuesta a su respuesta. La «cita abusiva» que me reprocho se ha convertido, a través de su nota reactiva, en una justificación retrospectiva de mi «abuso». Por eso tengo poco que añadir a lo ya escrito.

Añadiré algo. O repetiré mucho. Atilio Borón nos apabulla en su respuesta con datos incontrovertibles sobre la hegemonía militar estadounidense. Quiero creer que en este punto estamos todos de acuerdo, incluido el Pentágono. No es eso lo que está en discusión. Como los imperios «declinan y pasan», según la expresión de Escipión, destructor de Cartago, y la historia no acaba, de lo que se trata es de saber si en los últimos años se han producido cambios en esa hegemonía y si han traído o no perspectivas de liberación para la humanidad. Equivocado o no, esa es la cuestión que abordaba en mi texto a partir de tres presupuestos:

a) el debilitamiento global del imperio estadounidense

b) el hecho de que ese debilitamiento se produce en un contexto general en el que son las derechas, y no las izquierdas, las que llevan ventaja y proponen alternativas

y c) que la cuestión siria es al mismo tiempo el índice y el acelerador de un «nuevo desorden global» en el que el vacío relativo estadounidense ha sido ocupado por un avispero de luchas inter-imperialistas

La cuestión central -veremos- es la última y es la que desgraciadamente hace casi imposible el debate. Antes de llegar a ella como a un callejón sin salida, diré brevemente dos palabras sobre los dos primeros puntos.

a) La criminal y catastrófica ocupación de Iraq -coincidiendo con el despegue político de un ciclo emancipatorio en América Latina, la eclosión de China y la decadencia en picado de Europa- minó la capacidad de «estabilización» de los EEUU, que es la facultad que consagra y legitima a una gran potencia en relación con sus rivales: destruyó un Estado soberano, entregó su gobierno al enemigo Irán y abrió la caja de Pandora del sectarismo y el yihadismo en la zona. Cuando estallan en 2011 las «primaveras árabes», cada gesto de Obama debilita aún más su influencia regional: incapaz de tomar partido entre Arabia Saudí y Turquía, entonces enfrentados, patoso y a remolque en Libia, errático en Siria, su ausencia acaba permitiendo que tanto sus aliados como sus enemigos, emancipados de su tutela, acaben ocupando el proscenio regional. El 12 de junio de 2015, al hilo de la «crisis» medioriental, lo resumía así Wallerstein, poco sospechoso de filo-otanismo o imperialismo: «Todo este tiempo Estados Unidos realmente ha ido perdiendo su autoridad en el resto del mundo. De hecho, ya no es hegemónico. Quienes protestan y sus candidatos han estado notando esto pero lo consideran reversible, pero no lo es. Estados Unidos es ahora un socio global considerado débil e inseguro. Esta no es meramente la visión de los Estados que en el pasado se han opuesto con fuerza a las políticas estadunidenses, como Rusia, China e Irán. Esto es también cierto para los aliados presumiblemente cercanos, como Israel, Arabia Saudita, Gran Bretaña y Canadá. A escala mundial, el sentimiento de confiabilidad de Estados Unidos en el ámbito geopolítico se movió de casi 100 por ciento durante la época dorada a algo mucho, mucho menor. Y empeora a diario». La reacción regional al asesinato del embajador ruso en Ankara ofrece una prueba reciente y clamorosa. Si el embajador hubiera sido estadounidense y su asesinato hubiera servido para que Washington cerrara un acuerdo con Turquía, muchos de esos que confunden anti-mperialismo con anti-«americanismo» hubieran concebido sin duda sospechas «conspiranoicas». Lo cierto es que el atentado de Ankara ha servido para acelerar y profundizar un acuerdo entre Rusia, Turquía e Irán que deja aún más fuera de juego a Estados Unidos.

b) Si aceptamos este debilitamiento de la hegemonía estadounidense, tenemos que preguntarnos por el recambio o la alternativa. Y aquí voy a permitirme un relato un poco más largo. Veamos. La derrota de la URSS en la Guerra Fría tuvo efectos calamitosos en Europa, donde el neoliberalismo pudo acabar sin resistencia la obra de demolición empezada por Thatcher y Reagan una década antes, pero liberó también fuerzas centrífugas potencialmente incómodas. EEUU y la UE pudieron aprovechar el legítimo malestar «anticomunista» en los países de la antigua URSS y estimular y cooptar esos movimientos populares que recibieron el nombre de «revoluciones naranjas». Pero siempre se olvida que la revolución bolivariana hubiera sido imposible bajo la Guerra Fría y que el ciclo progresista latinoamericano, con su impulso soberanista y democrático, fue hijo también de la derrota soviética. En 2011 el único lugar del mundo donde la Guerra Fría no había terminado era el «mundo árabe», congelado bajo la triple garra de un equilibrio mortal: las dictaduras locales, las intervenciones occidentales, las respuestas yihadistas. La espontánea revuelta de millones de personas, de Marruecos a Bahrein, era una oportunidad para acumular potencia soberanista global frente a la crisis también global y el imperialismo estadounidense declinante. No fue así. Esa «revolución democrática» fue combatida o frenada por todos, incluidos los que la habían comenzado unos años antes, luminosos pioneros, en América Latina. El «socialismo del siglo XXI» se comportó de un modo muy parecido al del siglo XX y, mientras defendía a «sus» pueblos en el continente americano, apoyaba a las dictaduras árabes en el Norte de África y en el Próximo Oriente, y todo ello en nombre de la «teoría de los tres círculos» formulada por Atilio Borón -uno de los pocos, por cierto, que se solidarizó al inicio con las revueltas «árabes»-; una teoría que, además de olvidar que los círculos han sido sustituidos por «marañas» u «ovillos», ofrece algunos ángulos ciegos desde el punto de vista ético y político: jerarquiza las luchas populares, como lo hacía la antigua URSS, y sacrifica a todos los que, ignorantes de la teoría de los tres círculos, tratan de sacudirse desde su territorio una dictadura criminal sin consultar a la izquierda española o a la izquierda venezolana.

El hecho, en todo caso, es que la derrota de las revoluciones árabes coincide con la reversión del «ciclo progresista latinoamericano», de tal manera que el vacío relativo dejado por los EEUU es ocupado, como señala Wallerstein, por las agendas independientes tanto de sus aliados como de sus rivales, todas igualmente criminales, aunque menos «estabilizadoras» que el monodominio estadounidense, por no hablar del bidominio de la Guerra Fría, que no en vano muchos izquierdistas perezosos recuerdan con nostalgia. Pero el problema no es el «caos» adventicio sino la derrota de la opción democrática global y su sustitución por un régimen derechista y autoritario mundial en el que las contracciones identitarias o sectarias y la lucha promiscua por recursos y prestigio nos devuelven -en mi opinión- a las guerras inter-imperialistas no-ideológicas de principios del siglo XX. Los marxistas, en efecto, no podemos hablar de «imperialismos» porque desde Lenin y Rosa Luxemburgo -con todas sus diferencias- sabemos que el imperialismo, nacido hacia 1870, es una «fase» del capitalismo. Como bien explica Hobsbawm en La era del imperio el proceso que lleva a la catástrofe de 1914 tiene que ver con la disputa, dentro del capitalismo en proceso de globalización , entre Estados-nación «occidentales». Entre estas potencias «occidentales» Hobsbawm incluye, por supuesto, a Rusia y Japón, pero también a España tras su derrota en Cuba y Filipinas frente a los EEUU. Sólo hay un «imperialismo», pero puede haber muchas potencias imperialistas, y su condición de tales no se define por su mayor fortaleza o debilidad sino por sus ambiciones en el marco del capitalismo globalizado. Si yo hablé de «imperialismos» era solo a modo de argucia retórica, para alertar contra el peligro de identificar el imperialismo con su coyuntura «americana» y para recordar que hoy, como en 1914, el imperialismo -igual que el ser aristotélico- se dice de muchas maneras. Atilio Borón me regaña porque, al contrario, él cree que la coyuntura «americana» y su formidable poder militar resumen y agotan el imperialismo histórico. Yo no soy «antiamericano» sino anti-imperialista. Por eso soy pesimista. Veo que, tras la derrota de la revolución democrática global en América Latina y en el mundo árabe, el anti-imperialismo tiene muy poco asidero organizativo y territorial mientras que el imperialismo multiplica sus instrumentos y sus formatos. Me atrevería a definir la compra masiva de tierras por parte de China en África como una práctica imperialista y a describir también como inter-imperialista el forcejeo en Ucrania entre Rusia, la UE y EEUU. Si estamos en vísperas de una nueva Primera Guerra Mundial, deberíamos recordar el peligro que supone para los pueblos convencerse de que «nuestro» imperialismo es anti-imperialista o sirve tácticamente, en todo caso, a la causa de la libertad. Los pueblos van hoy perdiendo, como casi siempre, y tienen poco que ganar tomando partido por Rusia o por Irán frente a Arabia Saudí o Qatar. Estamos -en puridad- peor que en 1914, pues la tradición marxista ha sido inhabilitada por la experiencia soviética y no ha sido reemplazada por ninguna otra praxis liberadora. Por eso, antes que tratar de aplicar con pinzas éticamente dudosas la teoría de los tres círculos me parece más sensato no engañarse, asumir la derrota y hacer una propuesta realista, como la que, por ejemplo, hacen Toni Domenech y los editores de Sin Permiso en relación con Siria. Si estamos viviendo una nueva Primera Guerra Mundial habrá que construir «un movimiento anti-guerra y anti-imperialista contra la intervención de las potencias regionales» para exigir «el derecho de autodeterminación kurdo y del conjunto de la población siria» contra los distintos fascismos que han devorado la revolución (http://www.sinpermiso.info/textos/alepo-y-las-izquierdas).

En ese sentido, y como penúltimo exordio, pediría a mi amigo Atilio Borón que no me imitase a la hora de abusar -o de estirar- las citas. Que en estos momentos no haya alternativas no quiere decir que se haya acabado la historia sino que vivimos provisionalmente una historia sin alternativas. Ha ocurrido muchas veces antes y no ha sido el final. Fukuyama interpretó la derrota de la URSS y el monodominio estadounidense como una clausura holywwodiense del conflicto. Es Atilio Borón el que cree en la omnipotencia de los EEUU. Yo digo, al contrario, que nunca ha habido más conflictos y, por lo tanto, más historia que ahora. Nunca hemos sido más desgraciadamente históricos y nunca la historia ha penetrado tanto nuestras vidas. Pero vamos perdiendo y nada garantiza que en los próximos años vayamos a concebir la alternativa capaz de frenar una derechización global acompañada de contracciones identitarias, relativismo moral y cambio climático pre-apocalíptico. Ojalá hubiera terminado la historia. No ha acabado y es atroz. No ha acabado: podemos y debemos seguir luchando. Es atroz: podemos perder de nuevo. E incluso para siempre.

c) Pero todas las reflexiones anteriores tienen un límite, y no lo pone mi voluntad de entendimiento ni la de Atilio Borón. Ambos sabemos -y me tranquiliza- que lo máximo que podemos reprochar al otro es un error. El límite lo pone Siria. Si sobrevaloro el papel de Siria no es por etnocentrismo político. Nos gusta creer que el lugar donde vivimos es el centro no sólo del mundo sino de su transformación. He parasitado durante tantos años América Latina que se me concederá al menos -espero- la voluntad de ecuanimidad. Puedo estar equivocado pero «ecuánimemente». Lo que digo, en todo caso, es que Siria, tumba de las revoluciones árabes, es el lugar donde se ha revelado y se ha agravado la debilidad de EEUU y constituye la mónada perfecta de ese nuevo desorden global caracterizado por el conflicto inter-imperialista; y que ello es así como consecuencia de la derrota de una revolución legítima, doblegada con el concurso de una decena de actores internacionales, incuida esa América Latina «progresista» que ha apoyado sin reservas y con mentiras a Bachar Al Asad y prefiere hoy creer el testimonio de una monja que el de los activistas -muchos de ellos comunistas- que han sobrevivido a la cárcel y a las bombas de barril.

Aquí se acaba todo debate teórico. De hecho aquí se anula el que podrían haber abierto las reflexiones anteriores. Atilio Borón y yo hablamos de dos países que se llaman Siria, pero que están en planetas diferentes. No voy a repetir de nuevo lo que he escrito ya tantas veces; lo que han explicado otros mejor que yo. Atilio Borón está convencido de que EEUU, por vía interpuesta o directa, ha promovido protestas, pagado mercenarios y finalmente «invadido» -según la expresión monjil- un país soberano que jugaba un papel objetivamente emancipatorio (junto a Irán y Hizbullah) en el orden medioriental; y que Rusia (que no es un «imperialismo» y que, por lo tanto, funge como anti-imperialista) le ha parado felizmente los pies. Esta es justamente la posición que yo abusivamente le atribuía en mi primer artículo y que ahora él confirma sin mucho margen de interpretación.

Me duele que mi amigo Atilio Borón, tan sensible, comprometido y perspicaz, uno de los pocos que en 2011 tuvo el coraje de tomar distancias respecto de la postura de Chávez y apoyar las «revoluciones árabes», abone ahora un relato que da voz a una monja y se la quita a sus afines sobre el terreno, sacrificados a la teoría de los tres círculos junto a la verdad misma. Si Boron cree realmente ese relato fantasioso no hay nada que discutir. Pero si Borón cree eso no es a mí a quien tiene que convencer; que se lo cuente al cristiano Michel Kilo, a los comunistas Yassin Al-Haj Saleh, Samira Khalil o Riad At-turki, al palestino marxista Salama Keyle; o a tantos y tantos activistas sirios, muertos o encarcelados, cuya existencia Atilio prefiere negar antes que cometer la incongruencia de pedirles que dejen de luchar en Siria por lo mismo que él lucha en Argentina o incluso la bajeza de alegrarse de su derrota. Que se lo cuente a los muchachos que aparecen (y desaparecen) en este documental: Ecos del desgarro. Recuerdo con amargura, pero ya con nostalgia, la defensa que algunos hicimos desde Europa y desde Túnez del primer Chávez, incomprendido y despreciado por una parte de la izquierda europea. Más amargura me produce hoy ver esa misma mirada «europea» dirigida desde América Latina hacia los valientes revolucionarios sirios que no han encontrado ni siquiera el apoyo y solidaridad de los únicos de quienes podían desearla y esperarla.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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