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Imposición digitalizadora en el mundo educativo

Fuentes: Rebelión

Es tan evidente que la enseñanza en España se está privatizando que ya nadie dice “esta boca es mía”, se admite como un proceso natural del que no hace falta hablar. Las administraciones educativas se pliegan con gusto y con prisa a las exigencias de las grandes corporaciones tecnológicas, las famosas GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft).

De manera imperativa, incluso coactiva, la administración quiere “alfabetizar digitalmente” a la población, empezando por los profesores. Éstos tendrán que certificar sus “destrezas” digitales como si de un idioma extranjero se tratara (nivel B1 para los profesores). Pero es una burla el empleo de tal expresión, “alfabetización”, pues la tarea que le queda a la sociedad española, todo un reto por delante, es alfabetizar sin más: hacer que los chicos sepan leer un texto de mediana complejidad, que lo comprendan y lograr que sobre él razonen. Esa alfabetización, y no la digital, es la que hace falta.

Están haciendo desaparecer los libros de las escuelas, al más puro estilo de la novela Fahrenheit 451, al tiempo que imponen sus herramientas GAFAM para producir subnormales. Quieren “alfabetos digitales” mientras consiguen analfabetos sin más, que además van a ser ludópatas, adictos a la red, pornógrafos, hiperactivos y muchas cosas más. Tras la pandemia y los confinamientos se están frotando las manos las famosas GAFAM, prestas a suministrar aplicaciones y cacharritos electrónicos para conseguir que un chico se pase todo el día colgado de una pantalla, distanciado socialmente de los demás, con barreras físicas y graves limitaciones afectivas y cognitivas, pero, eso sí, umbilicalmente conectado al Olimpo virtual.

La fábrica de idiotas está en marcha. Las capacidades cognitivas de los muchachos van bajando y bajando cada año, y se ha impuesto en la enseñanza la doctrina del “aprobado mínimo” (García-Page, presidente castellano-manchego dixit). El aprobado mínimo y por decreto: esto es, la obligación de premiar con una buena nota a aquel alumno que nunca ha hecho nada útil ni valioso, y así se verá, pobre diablo, incapacitado para la vida productiva.

Las grandes tecnológicas consiguen adictos compulsivos, idiotas digitales, hiperactivos tecnodependientes, miopes visuales y miopes intelectuales, ludópatas y obsesos, violentos y lerdos, pero el negocio tecnocapitalista sigue en marcha. Es un negocio porque, por ejemplo, gracias a programas de incorporación forzosa de las tabletas en la enseñanza primaria (en Castilla-La Mancha el programa “Carmenta”, que prevé su prolongación en la secundaria, Google se hace con los perfiles (y por ende, los datos) de miles de niños cada curso. Nuevos pastizales de donde una compañía privada y todopoderosa saca información, léase dinero y clientela. Y todo con la bendición de pedagogos, inspectores, directores, maestros y hasta los mismísimos padres… Es curioso, pero de manera arbitraria y opaca, la propia administración desaconseja el empleo de herramientas de Google en otros programas educativos y aplicaciones administrativas y comunicativas pero impone otros de otra casa, por ejemplo el Teams de Microsoft, etc… Nos parecería una humillación y una derrota que la Coca-Cola patrocinara los uniformes de la policía con su eslogan estampado en ellos, o que Amazon pintara su marca a la puerta de las bibliotecas públicas, hospitales o aviones del ejército español, pero no nos parece tan mal que estos gigantes metan sus manazas en nuestro sistema educativo, condicionándolo de hecho. Y lo condicionan autoritariamente, monopolizando una teoría pedagógica y echando barro y desprecio encima de otras y calificando poco menos de reaccionario a quien cuestiona todo esto.

Hace ya varios años, cuando este fenómeno no se había manifestado con la crudeza actual, el doctor Mandred Spitzer escribió un libro en el que advertía del desastre cognitivo, psicoafectivo y pedagógico que estaban causando las “nuevas tecnologías” en el cerebro de las personas. El psiquiatra y neurobiólogo alemán indicaba, entre otras muchas desgracias, la aparición de cerebros perezosos, deshabituados a todo esfuerzo intelectual. El cerebro, como todo lo orgánico, es un sistema viviente que debe ir poniendo a punto sus capacidades mediante el esfuerzo y por obra de respuestas a los retos. Si al cerebro de un niño le ofrecemos únicamente un entorno de respuestas simples a golpe de clic, éste se va a acostumbrar a la ley del mínimo esfuerzo. Las estúpidas declaraciones de una ministra de Educación (todos los ministros españoles de Educación del Régimen del 78 son una desgracia nacional a mi modo de ver) en contra de una “enseñanza memorística” redundan en lo mismo: idolatría de las nuevas tecnologías. Aprender “destrezas”, en lugar de poseer conocimientos, reducir a la persona al nivel de los chimpancés adiestrados que no vienen al mundo a conocerlo y a enseñorearse de él sino a adaptarse a los dispositivos que unas compañías privadas imponen, y lo hacen de forma coactiva e inapelable, forzando tanto a ciudadanos como a gobiernos. Éstos, por su parte, no se sabe si debidamente untados o por papanatismo y seguidismo hacia los que de verdad mandan, imponen aceleradamente la “agenda digitalizadora”.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.