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Jesús y el «star-system»

Fuentes: Gara

Jesús no fue «cristiano», sino judío. Y un judío revoltoso. Su crimen, de cara a los romanos fue proclamarse «rey de los judíos», un delito de sedición.

A mis padres

En pleno «humanismo navideño» no me queda otra que ir de aguafiestas, que para eso me pagan. Lo que sigue a continuación está sacado -por no decir «fusilado»- de una obra del puestísimo cristólogo Gonzalo Puente Ojea.

Empecemos en plan heavy: el Jesús de la Historia, y no el Cristo de la fe, jamás condenó la violencia. Jesús -suponiendo que existiera- no fundó ninguna Iglesia en cuanto organización dispuesta a perpetuarse sine die. Ni se le pasó por la cabeza. El Nazareno nace y crece en un ambiente de alta sensibilidad mesiánica. Mientras el hijo de María (José todavía anda «mosca») tenía su vista clavada en el futuro inminente de la venida del Reino de Dios, aquí y ahora y no ad calendas graecas, y para su pueblo judío exclusivamente, las narraciones evangélicas se proponen desvincular a Jesús del entorno hebreo de sus días, desjudaizarlo. Porque Jesús no fue «cristiano», sino judío. Y un judío revoltoso. Su crimen, de cara a los romanos fue proclamarse «rey de los judíos», un delito de sedición. Para los romanos Jesucristo era un malhechor (lo de «terrorista» todavía no se había inventado). En Marcos 1.15 Jesús proclama, al igual que el Bautista, que «cumplido es el tiempo y el Reino de Dios está cercano». Ya no hay espera, pues el tiempo se ha cumplido. Jesús, un nacionalista judío, no tenía paciencia (la Iglesia paulina sí). Verdaderamente creía en un demiurgo que expulsaría al invasor romano. Cuando muere en la cruz, Jesús no se siente instrumento de ningún arreglo teológico o soteriológico preordenado por el Altísimo. No esperaba ese desenlace trágico. De ahí su desgarrador bramido: «Eloi, lamma sabacthani» (Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).

Había algo indisociable en el mesianismo de la época: lo religioso y lo político, o sea, entre el Reino de Dios y el destino de Israel. Por eso del Bautista apenas se habla, porque era casi un zelote (un «etarra», diríamos hoy, como los que defendieron Masada). Y a Jesús se le «despolitiza», pues Jesús, es obvio, es puro amor. Sucede que en Lucas 22.49-50 le preguntan al Maestro (cuando le prenden en Getsemaní): «Señor, ¿herimos con la espada?». Y responde: «Dejadles, no haya más». No se condena la violencia, sino que se toma una prudente decisión. Y ello porque para detener a Jesús se le envía nada menos que una cohorte (no inferior a 400 hombres) al mando de un tribuno (judío). Es fama que Pedro le corta una oreja a un esbirro del Sumo Sacerdote, es decir, que iban armados.

La ética de Jesús, su escatología mesiánica, causó pavor en el establishment judeo-romano. Jesús era hostil frente al ocupante romano y sus colaboracionistas aborígenes. Un Jesús de este tenor era inmanejable para la Iglesia. No era plan. Había que adulterar su figura mediante una interpretación espiritualizante y apolítica, irenista, de su supuesto fundador. Este Jesús inexistente quedó troquelado para el resto de la historia como un ser evanescente alejado de toda preocupación terrena en el cuarto Evangelio: «mi reino no es de este mundo». Si lo fuera, lo volverían a crucificar.

Ya dije que iba a ir de «borde». Otros nos mandan comer conejos como quien nos manda a tomar por saco, no te jode…

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