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Juan Carlos Mege en prisión o cuando un país yace en la oscuridad

Fuentes: Rebelión

«Se te acusa de esto y de lo otro Yo te conozco y digo quién eres» Nicanor Parra Con horror y tristeza me he enterado de la detención del cineaste chileno, Juan Carlos Mege. Fue mi hermano, poeta del Norte Grande, quien primero me avisó de la noticia. Luego Carmen Berenguer -flamante presidenta electa de […]


«Se te acusa de esto y de lo otro

Yo te conozco y digo quién eres»

Nicanor Parra

Con horror y tristeza me he enterado de la detención del cineaste chileno, Juan Carlos Mege. Fue mi hermano, poeta del Norte Grande, quien primero me avisó de la noticia. Luego Carmen Berenguer -flamante presidenta electa de la Sociedad de Escritores de Chile- me contó la desgracia que afecta a mi amigo. Finalmente, fue la cónyuge del mismo Juan Carlos quien me contó los hechos: «entraron por un aviso de robo cuando no había nadie, fueron al taller trasero donde Mege pinta y encontraron cinco plantas de marihuana, secándose. Ya cumplió un mes en un complejo carcelario y el proceso está en marcha, así que todo puede ser usado en el juicio». Yo bien conozco esos procesos kafkianos. En el año 2000 fui arrestado en el aeropuerto por una causa pendiente que arrastraba desde 1995. Motivos: posesión de un porro de yerba paraguaya. Mala cosa. La justicia chilena es mediocre. Cuando pudo portarse digna mostró su verdadera cara, apelando al tecnicismo de demencia senil para liberar al sátrapa del juicio que nunca tuvo en Chile. Hoy conversé con Alvaro Leiva, poeta y doctor en literatura. Y concordamos que la ley en Chile es retrógrada e injusta, y su favoritismo detestable. En momentos en que el mundo crece y amplía la conciencia, el régimen liberal chileno cierra sus ojos y tapa sus oídos. Cientos de miles están en las calles para exigir un mundo mejor, más justo y solidario. Educación gratuita piden los estudiantes de Chile, Colombia y Canadá. Fin a los privilegios del 1% reclaman los ocupas de Estados Unidos y los indignados de Europa. Soberanía y libertad gritan los pueblos indígenas del continente. Paz social y fin a las muertes del narcotráfico exigen los mexicanos. Democracia y participación tiñe el grito alzado de la primavera árabe. Protección de la ecología y del balance planetario desean los más conscientes. Y sin embargo el mundo sigue su marcha impertérrita hacia su decadencia inminente. ¿Por qué? Porque sus líderes y caudillos cierran sus ojos y tapan sus orejas. Pero no todos. Algunas superestructuras políticas han comenzado a despertar: Uruguay legaliza el consumo de marihuana, Argentina condena a 50 años al ex dictador Videla y el Mercosur rechaza el golpe blando contra el presidente Lugo. Algo es algo.

Pero Chile no cambia. Los de siempre se reúnen en el Teatro Caupolicán a celebrar a su caudillo, un alcalde siniestro expulsa a las alumnas de su colegio, los uniformados allanan las rancherías mapuche a fuerza de cañón, las divisas de la minería engrosan los bancos extranjeros, el hollín oscurece Santiago y una senadora designada de apellido alemán se empeña en atacar a la inteligente Camila imitando a la bruja envidiosa de «Blancanieves y los siete enanitos». Da pena. Y da rabia también porque nadie ofrece respuestas. Mientras tanto, los estudiantes siguen en las calles, los comuneros siguen en las calles, los damnificados siguen en esas mediaguas improvisadas que se lleva el viento, y Aysén no existe. ¿Y qué hace el presidente de la republiqueta? Habla y miente. Tal como lo hizo en 1999 al atacar al juez Garzón por querer enjuiciar a su caudillo. A veces también anda en helicóptero y otras censura a los periodistas de la BBC en Río de Janeiro. Es su estilo. Todavía recuerdo esa conversación telefónica que tuvo con Pedro Pablo Díaz a propósito de la hija de un miembro tardío de la junta militar y que hoy participa de su gabinete. En esa oportunidad, el hermano del Negro Piñera, farandulero asiduo a las noches del cabaret, habló como poseído por una diosa blanca. Aquí en Oregón -estado de tres millones de habitantes, donde la marihuana se prescribe con fines terapéuticos y las Iglesias nativoamericana del peyote y brasileña del Santo Daime tienen estatus legal- se diría que denostó así a la hija del general porque estaba bajo cierta influencia. Lindo eufemismo.

Lo cierto es que en el plano cotidiano, Juan Carlos Mege, que además de cineasta es sociólogo, profesor universitario, pintor y padre de familia, está preso en una cárcel a la que nunca debió ir. Su detención despierta horror en el mundo intelectual chileno y su caso comienza a ser conocido en el extranjero. Con Juan Carlos participamos en el movimiento estudiantil de enseñanza media en la década del ochenta: él en Concepción, yo en Santiago. Nuestro activismo estaba motivado por el deseo de zafarnos de la pesadilla militar y devolverle a Chile un paisaje nuevo, con colores y un Congreso. Nunca pensamos que esos colores se desteñirían tan fácilmente y que el Congreso sería guarida de truhanes -salvo algunas excepciones- que sólo piensan en subirse el sueldo. Mala cosa. Volví a reunirme con Juan Carlos en 2001 en un viaje que hizo a Seattle a través del un proyecto de la Biblioteca Nacional. En 2006, dirigió el documental «Máquina de combate», donde entremezcla el mundo del arte y la política y que, según entiendo, fue exhibido gratuitamente en las plazas públicas con el fin de educar.

En 2009, Juan Carlos codirigió con muy pocos recursos la película Hotel Marconi, homónima de mi tercer libro de poesía y bello tributo. Extraño derrotero el de nuestra generación: la juventud rebelde. Leiva y yo nos fuimos del horroroso Chile, aunque él esté ahora de regreso en el terruño natal. Mege, en cambio, se quedó para intentar colorear sus calles y sus paisajes, dándole movimiento a la poesía. Tal vez eso no le guste a la justicia chilena. Tal vez a la justicia chilena sólo le interese el gris marcial y la oscuridad de las bodegas con dinero. Tal vez su detención y el proceso pendiente no sean sino un juicio político contra un intelectual y un artista que no se resignó a vivir en un país horroroso. Parafraseando al novelista vasco, Asel Luzarraga Zarrabeitia, recientemente expulsado del país por anarquista, quizás el único delito de Juan Carlos Mege no haya sido sino ser cineasta, artista, chileno, libertario y solidario. Qué triste país dejó el caudillo.

¡Libertad para Mege!

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.