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La amenaza de los conocidos

Fuentes: La Calle del Medio

Cuando éramos niños se nos enseñaba a «desconfiar de los desconocidos». Los «desconocidos», por lo general, presentaban un perfil lombrosiano que los identificaba con las clases más pobres y con los extranjeros. «Desconocidos» eran sobre todo los que no vestían a la moda, no iban bien afeitados y exhibían teces morenas, cicatrices faciales y cuerpos […]

Cuando éramos niños se nos enseñaba a «desconfiar de los desconocidos». Los «desconocidos», por lo general, presentaban un perfil lombrosiano que los identificaba con las clases más pobres y con los extranjeros. «Desconocidos» eran sobre todo los que no vestían a la moda, no iban bien afeitados y exhibían teces morenas, cicatrices faciales y cuerpos mal alimentados; y desde luego los gitanos, los drogadictos y los negros. Las clases medias capitalistas han desarrollado durante siglos un instinto clasificatorio fundado en la sedimentación de esta imagen del «desconocido» amenazador, procedente del espacio exterior, al que se reconoce por un conjunto de rasgos físicos inequívocos: muy grandes o muy pequeños, torpes, sucios, atezados, aristados, barbudos, peludos, muy tímidos o muy agresivos; es decir, pobres. Lo peor que puede decirse de esta memoria social del estereotipo, que confunde clase y raza, desdicha y maldad, es que no es propiamente capitalista sino que conserva -y ésa es la acusación- lo peor, y sólo lo peor, de la humanidad milenaria. El extremo ideal y caricaturesco de este cliché dominante -el «desconocido» – es el ogro o la bruja de los cuentos clásicos y, en nuestro mundo contemporáneo, el «extraterrestre», cuya genealogía paralela e inquietante se refleja en su extravagante anatomía, inhumana e irracional, y en el concomitante deseo de conquistar la tierra.

Naturalmente este terror al «desconocido» sigue existiendo, complicado ahora por la promiscuidad cosmopolita de las grandes ciudades y el carácter casi atmosférico del llamado «terrorismo», pero se está produciendo una revolución o, al menos, una subversión imaginaria en la memoria social de los estereotipos. Es un cambio muy inquietante que extiende el terror y enraíza las amenazas en el interior, en el terreno de esa vida privada -cálido refugio burgués- donde hasta ahora nos sentíamos protegidos y seguros.

Me ha llamado la atención el número de noticias que en las últimas semanas alimentan esta subversión de los clichés: la abogada rica que mata a su hija de doce años, la pareja insospechable que treinta años antes había matado a sus ex-esposos y a sus hijos, el profesor de religión que asesina, trocea y congela a su hermano, el vecino amable que había secuestrado y violado a tres chicas durante veinte años… Es verdad que noticias como éstas han hecho siempre las delicias de un público aficionado a las golosinas truculentas (una extraña necesidad del alma), pero el placer se asociaba a su carácter excepcional. Ahora se está dibujando y estabilizando algo así como una nueva norma. Cuando se pregunta a los amigos o a los vecinos de los asesinos, todos coinciden en declaraciones que tienen también ya la frecuencia y el peso de los «epítetos» («Ulises, el de los pies ligeros» , «Aquiles, fecundo en ardides», «NY la gran manzana», etc): «nadie lo hubiera sospechado», «era un buen vecino», «una persona normal». De pronto nuestro deformado instinto clasificatorio, que asociaba clase y raza, amenazas y rasgos físicos, ya no nos sirve para orientarnos. Hay que desconfiar también de las personas «normales»; los más «desconocidos» son, en realidad, nuestros «conocidos». Como en el caso del extraterrestre, el cine ha jugado un papel fundamental en la sedimentación de esta nueva memoria estereotípica que rompe asociaciones centenarias. Pensemos, por ejemplo, en Funny Games, de Michael Haneke, donde los asesinos que violan el recinto doméstico son rubios, blancos, angelicales, los novios soñados para nuestras hijas, a los que se deja entrar en casa precisamente por eso; o en la serie de éxito Breaking Bad, en la que un profesor de química que adora a su familia tiene una vida paralela de feroz adrenalina criminal. «Estoy casada con un asesino», «mi padre es un criminal», «mi tío es un violador», «mi profesor es un mafioso».

No es que estas cosas no ocurran. Ocurren. Las estadísticas demuestran, por ejemplo, que la mayor parte de los abusos sexuales se cometen dentro de casa. Pero el sentido común -digamos- siempre atribuía estas conductas a una desviación patológica; es decir, era la conducta misma la que convertía al delincuente en un repentino «desconocido». Ahora sucede más bien lo contrario: a fuerza de acumular noticias y disociar clichés, se genera la ilusión de que es la normalidad misma, como antes la «anormalidad», la que amenaza y mata; de que cuanto más normal parece nuestro marido o nuestro vecino más peligroso es en realidad; de que las amenazas más serias proceden de los más próximos o de los más conocidos. Este desplazamiento y desorientación estereotípica no puede dejar de relacionarse con la subversión antropológica de una sociedad que descompone todos los vínculos para desprender, como su ideal económico y cultural, un individuo consumidor encerrado en un caparazón blindado, amenazado por todos los otros individuos consumidores, amenazador él mismo para todos los demás, unos y otros aterrorizados por igual en nuestros pequeños tórax revueltos -imágenes, tentaciones, fantasmas- mientras nos dirigimos, volviendo a derecha e izquierda la cabeza, capaces de cualquier crimen, al supermercado. El terror, y no el placer, es el mejor estímulo al consumo y el más poderoso sostén psicológico del mercado.

Si no hubiera otros motivos, habría que reprochar también al capitalismo este gran fracaso antropológico: en lugar de extender la confianza a los desconocidos, como han soñado durante siglos religiones y utopías, ha contraído la desconfianza también hasta los conocidos. No sólo los gitanos, los negros, los extranjeros, los pobres, son peligrosos. Cualquiera -incluso tú mismo- puede ser un monstruo. La normalidad misma es monstruosa. No confiemos en nadie, no nos casemos, no tengamos hijos, no invitemos a cenar a los amigos, no tengamos amigos. Gastemos todo nuestro dinero en máquinas y guardaespaldas -preferiblemente no humanos.

De esta subversión de la vieja y clasista memoria estereotípica de la humanidad deberíamos al menos sacar una alerta provechosa. Porque, en efecto, los hombres más dañinos para la humanidad, los más destructivos, los más criminales, no son pobres ni gitanos ni barbudos: van bien vestidos, bien afeitados, bien peinados; elegantes, bronceados, desenvueltos, despiertan respeto y admiración. No deberíamos poner nuestras vidas en sus manos. Se llaman banqueros, empresarios, ministros, generales. «Mi marido es directivo de Monsanto», «mi padre trabaja en el Pentágono», son golosinas truculentas, abismos deliciosos de terror, que ni el cine ni los periódicos han explotado todavía.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.