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La ciudad inquieta

Fuentes: La Voz de Galicia

Estoy dirigiendo, en Madrid, un seminario patrocinado por la Fundacion Santander-Central-Hispano que he titulado La ciudad inquieta; el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo . Se sitúa dentro del ciclo El mundo que viene imaginado por Javier Aguado. Cada jueves de noviembre, con un grupo de especialistas -Vicente Verdú, Javier Echeverría, Francisco Jarauta, […]

Estoy dirigiendo, en Madrid, un seminario patrocinado por la Fundacion Santander-Central-Hispano que he titulado La ciudad inquieta; el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo . Se sitúa dentro del ciclo El mundo que viene imaginado por Javier Aguado. Cada jueves de noviembre, con un grupo de especialistas -Vicente Verdú, Javier Echeverría, Francisco Jarauta, José Luis Mateo, Román Gubern, Diego Galán- hemos estado estudiando diversas facetas de la crisis urbana. Mañana será la última sesión, en el auditorio Lazaro Galdeano (Serrano, 122), con la intervención de Sami Nair y de Javier de Lucas que analizarán La ciudad globalizada, nuevas tribus, nuevos mestizajes .

El año 2002 ha visto realizarse una de las mayores transformaciones de la vida en el planeta: la mayoría de los habitantes de la Tierra han desertado el campo y viven ahora en las aglomeraciones urbanas. La ciudad ha pasado a convertirse en el hábitat más común del ser humano. Existen unas catorce megaurbes con más de 10 millones de habitantes, y en cuatro de ellas -Tokio, Nueva York, São Paulo y México- viven más de 15 millones de personas. Con una circulación rodada agobiante, con densidades de habitantes por hectárea dobles o triples de las correctas para una grata convivencia, con una atmósfera contaminada irrespirable, estas enormes conurbaciones ya no garantizan la ciudadanía de sus habitantes, entendida como igualdad de condiciones y de derechos.

En los países pobres, donde se multiplican las megaurbes por la brutal migración del campo a la ciudad y donde estarán ubicadas en el futuro el 90% de las grandes capitales, el urbanismo carece a menudo de trama definida, de red de comunicaciones, de edificios sólidos, de alcantarillado, de sistemas de recogida de basuras, de agua corriente, de tendido eléctrico, de transporte y a veces hasta de administración pública.

Aunque en el Norte se han resuelto la mayoría de estos inconvenientes, están surgiendo nuevos problemas, ligados a veces a la globalización económica, que preocupan ahora a sus habitantes. En primer lugar, el de la comunicación en su sentido más amplio. En nuestras ciudades, los atascos de tráfico son tales que la velocidad media de la circulación es a veces inferior a la de hace un siglo. Además, la especulación inmobiliaria segrega a los habitantes y los divide en función de sus recursos. El factor decisivo y configurador de las ciudades de hoy es el dinero.

Están proliferando también proyectos teóricos basados en cierta soberbia científico-técnica, muy característica de nuestro tiempo. Algunos han avanzado una concepción delirante a base de imaginar ciudades de 60 millones de habitantes colgadas en el espacio o bien subterráneas para dejar libre la superficie de la Tierra.

La ciudad se ha convertido además en el campo de batalla de las nuevas guerras, como Faluya. Nueva York, Madrid, Bagdad, Jerusalén y Moscú son ahora nombres asociados a monstruosos atentados cuyas víctimas son los habitantes de esas ciudades, rehenes involuntarios del terrorismo internacional.

Esa situación, que resulta de enfrentamientos geopolíticos a escala planetaria, lleva a una parte de la ciudadanía a rechazar la presencia en las ciudades ricas del Norte de emigrantes que han venido huyendo la pobreza y la inseguridad del Sur. Esta presencia es sin embargo cada vez más visible y más irreversible. Nuestras ciudades se van mestizando en una suerte de reflejo humano de la globalización general. ¿Cómo conseguir que esta imbricación de culturas y de personas dé lugar a una ciudad más rica, más diversa, más segura, más fraternal, más solidaria y menos inquieta?