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La crisis como jugada

Fuentes: Rebelión

«No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro». Federico García Lorca. Hay crisis que surgen por decisiones erradas; hay crisis que se inventan como forma de controlar un caos (y un nuevo orden). Se […]

«No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro».

Federico García Lorca.

Hay crisis que surgen por decisiones erradas; hay crisis que se inventan como forma de controlar un caos (y un nuevo orden). Se dice que las crisis sirven para crear, pero también se sabe que las crisis sirven para paralizar a las mayorías. Habría que investigar la otra historia de las crisis; mientras, sigo pensando que la actual crisis financiera que se inició en 2008 es una jugada del sistema para fabricar una forma de explotación mayor y absoluta (la mutación del capitalismo). Primero la diseñan; luego la imponen.

El sistema tradicional de consumo colapsó por la voracidad de los dueños de la estructura. Los clanes, siempre adelantados a la distracción popular, optaron por derribar el esquema surgido a partir de la revolución industrial para establecer el modelo más exclusivo y explotador de la historia: la red global de adoctrinamiento invisible. Ante nuestros ojos, y entre cuentos de progresismo, comunicación y entretenimiento, están demoliendo aquellas cosas que nos servían para recordarnos la vida (el paseo; el encuentro; el café; la imprenta; la lentitud; la vida). En esta jugada de destruir un orden para levantar otro se toman países como ejemplos de laboratorio. España, dentro del colapso europeo (donde para ajustarse a la máxima del progreso se ha cambiado la idea de sosiego por fugacidad), se ha convertido en uno de los principales espacios de ensayo.

De pronto la realidad de España es otra. El orden (político y financiero) cambia la narrativa del bienestar por la del declive. La industria informativa se encarga de reiterar el mensaje. La rueda se detuvo, el pan no alcanza para todos, hay que bajar de escalón hasta que el desarrollismo «de nuevo nos llame». De pronto se descubre que la educación nunca fue un derecho; el alimento, al igual que la vivienda, que en el pasado otros reivindicaron, ahora regresa como norma de la lucha del presente; el arte, otra vez, se convierte en un privilegio de elegidos. Sin embargo, paradójicamente, las (siempre) llamadas nuevas tecnologías siguen su ruta de crecimiento. Según la doctrina tecnócrata lo único viejo es el humanismo. Descolocaron la calma natural del ser; subieron el telón del teatro del destiempo. Desde el momento en que la causa popular acepta discutir un logro del pasado está asumiendo la derrota. Nunca se entendería que en pleno siglo XXI las mujeres tuviesen que volver a luchar el derecho al voto; de igual forma hoy representa un retroceso discutir asuntos básicos que se suponían resueltos. ¿Cuándo seremos capaces de reordenar el contenido de la escala de reivindicaciones sociales? ¿Cuándo marcaremos la hoja de ruta hacia la construcción de una realidad alternativa?

La dirigencia conservadora de España declara varias veces a la semana que no hay otra salida que los recortes (sólo falta decir que el presente es terrible pero que el futuro será peor). Alguna agencia de tecnócratas se atrevió a vaticinar que la nación saldrá de la crisis en el año 2018. Los medios de comunicación compiten por ver quién relata con mayor drama la crónica de la crisis. Como no podía ser de otra manera, la desesperanza recorre España. Desahucios; suicidios; campañas de recolección de alimentos; desempleo. El miércoles 28 de noviembre escuché un titular dantesco: «La banca recibirá el rescate de la Unión Europea a cambio de reducir su estructura». No obstante, el resto (las cenizas) de las noticias anunciaban una especie de concurso a ver cuál banco despediría más empleados (1.000; 2.500; 6.000) para cumplir la meta exigida. Creo que el día en que la banca deje de existir como espacio físico, el capitalismo habrá terminado su mutación de lo real a lo invisible. De ser así, ¿cómo responder a partir de entonces? Entre tanto, ningún líder se atreve a buscar luz al final del túnel. El mayor problema de la crisis financiera no es la quiebra de bancos sino la quiebra de voluntades. España o se reinventa o se convierte en un punto opaco dentro del nuevo mapa de la élite global depredadora. El capitalismo, en su fase de mutación, necesita quebrar países. El nuevo modelo virtual está diseñado para reducir costos; las cuentas del capitalismo se reinventarán con menos empleados y más subordinados. El desarrollismo no alcanza para todos; el primer mundo ya no es un titulo inherente a las nacionalidades sino a las clases sociales. La calle es el lugar que la dinámica ha reservado para los millones de tercermundistas que no ganen la lotería del sistema.

El capitalismo sabe muy bien como trabajar el espacio tiempo en la lógica social. Las urgencias desubican a los pueblos; no hay resistencia que valga si no hay un replanteamiento creativo de la realidad que el macro poder está sembrando; no hay posibilidad de cambio si no se define una hoja de ruta con objetivos estratégicos. La crisis, como la resignación, es una jugada maestra diseñada para inmovilizar a los sujetos. La protesta clásica pasó a ser una reacción dispersa que la cúpula observa como si fuese parte del archivo de su historia de artimañas y miserias; el sistema ha sofisticado su mecanismo de explotación y rentabiliza, como siempre, las emociones y las piedras. No es tiempo de repetir las mismas jugadas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.