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La crisis del sindicalismo y la urgencia de un cambio

Fuentes: Rebelión

Un nuevo Primero de Mayo en Chile y se podría decir que las cosas no han variado mucho en estas últimas décadas en cuanto al declive que ha sufrido el movimiento sindical chileno. Por el contrario, el panorama es desolador y absolutamente ajeno al momento que viven los otros movimientos sociales, los cuales han podido […]

Un nuevo Primero de Mayo en Chile y se podría decir que las cosas no han variado mucho en estas últimas décadas en cuanto al declive que ha sufrido el movimiento sindical chileno. Por el contrario, el panorama es desolador y absolutamente ajeno al momento que viven los otros movimientos sociales, los cuales han podido modificar la correlación de fuerzas a su favor y han abierto posibilidades reales para construir un camino alternativo al chile neoliberal.

Las causas asociadas a este fenómeno no pueden explicarse solo señalando el evidente problema de conducción que existe al interior de las centrales sindicales -burocracias anquilosadas en sus direcciones, políticas entreguistas y falta de democracia interna-, que son efectos más que causas de un problema mayor. Las dimensiones que abarca el asunto guardan relación con las profundas transformaciones económicas y sociales que afectaron a los países de América Latina desde principios de la década de los ochenta. Sobre esas transformaciones creo que es necesario sentar los fundamentos por los cuales el sindicalismo debe dar un giro hacia nuevas iniciativas, que le ayuden a oxigenarse y pensar sobre la base de una nueva realidad del campo productivo.

La profundidad de la crisis sindical

La liberalización del mercado, la privatización de empresas estatales y la desregulación de la institucionalidad laboral, afectaron fuertemente a amplios sectores de trabajadores dejando profundas consecuencias. Significó en primer lugar, que el Estado dejara de ser el reflejo de las estructuras sociales y de sus demandas, desplazó a los sindicatos de su papel regulador y de su carácter de interlocutor con las empresas y representantes de los trabajadores [1]. La privatización de empresas estatales afectó también fuertemente al poder del sindicalismo, debido a que dentro de éstas era donde se habían desarrollado con mayor fuerza y donde había logrado obtener los mejores resultados. Las privatizaciones en este sentido no solo obedecían a una lógica económica que buscaba la rentabilidad de las empresas estatales, sino que perseguían implicancias políticas tanto o más importantes [2].

La desregularización laboral también contribuyó a erosionar la base organizativa del sindicalismo. Estas medidas fueron promovidas por el Banco Interamericano del Desarrollo y el Banco Mundial y fueron denominadas como reformas de segunda generación que debían profundizar lo que las de primera generación (apertura del mercado y privatizaciones), habían iniciado a mediados de los ochenta. Estas reformas fueron rápidamente instaladas en nuestro país con el consenso absoluto de la clase política y trajeron consigo la flexibilización de las condiciones de trabajo y de empleo a través de la derogación y sustitución del código del trabajo que estaba vigente desde 1931. Esto afecto directamente a las negociaciones colectivas, a las federaciones y confederaciones en cuanto a los márgenes de maniobra que pudieran desarrollar y delimitación de los temas que son negociables en las empresas. Si bien se hizo una reforma al código laboral a fines del 2001 (bajo el gobierno de Ricardo Lagos) y que trajo algunos cambios mínimos, no se logro revertir el fenómeno global de precarización abierto hace más de 30 años. Tampoco pasó con la ley de subcontratación del año 2007 que trato de regular algunos elementos, pero que fue reducida a las obligaciones del empleador en materia de protección y seguridad.

Es verdad. El sindicalismo ya no es lo mismo. O mejor dicho, el sindicalismo no puede volver a ser lo mismo, porque el modelo de acumulación cambio y el modelo de dominación política también lo hizo hace unas cuantas décadas. Estos ajustes son los que han impactado fuertemente en las relaciones sociales que se producen en el trabajo. Existe una atomización generalizada que no permite enfrentar los problemas actuales de precarización laboral de forma colectiva, lo que reduce la capacidad de acción de los sujetos y lo obliga a aceptar y soportar las condiciones negativas de cualquier trabajo.

Desafíos y prioridades de la lucha de los trabajadores

Si la realidad cambia, no podemos seguir haciendo lo mismo, a no ser que guste equivocarnos mil veces. El trabajo que han desempeñado los sectores de la izquierda consecuente dentro del sindicalismo se ha limitado a criticar y enfrentar al lastre dirigencial, pero no se ha querido cuestionar sobre un problema que es mayor y más significativo para la reconstitución del sindicalismo. Somos millones de trabajadores y solo el 10% está organizado.

Considerando los argumentos que expuse sobre las transformaciones ocurridas en la matriz económica y política, se podría señalar que el sindicalismo necesita con urgencia entender una serie de cambios y trabajar en la búsqueda de nuevas formas de organización para la mayoría de los trabajadores. Las transformaciones del mercado de trabajo y del aparato productivo en general indican que las formas tradicionales de sindicalismo tienen serias dificultades para sindicalizar a los nuevos trabajadores: los tipos de contratos, el tamaño de las empresas, y la flexibilización del tiempo de trabajo, entre otros factores, bloquean la posibilidad de organizar a los trabajadores de forma sostenible. Ejemplos como el de un Call Center, que puede llegar a tener 3 categorías de trabajadores, las subcontrataciones del sector de la minería privada y de los centros de estudio universitarios, la fuerte rotación laboral del sector retail de mano de obra no cualificada [3], los sueldos de miseria y los contratos de inestabilidad de empleo y muchos casos similares dan cuenta de esto.

La fragmentación productiva y la flexibilidad, han generado segmentos de trabajadores que no se vinculan contractualmente a las empresas que ocupan (subcontratados), no tienen empleos permanentes (temporeros y empleo a ratos) o bien no ejercen siempre el mismo oficio (polivalencia y multiempleo). No todos los sindicatos están facultados para negociar colectivamente y por otro lado algunos son tan chicos que no tienen posibilidad de enfrentar efectivamente a los patrones [4].

Hay algo que no ha cambiado sin embargo. Que los trabajadores están condenados a entregar su plusvalía para sobrevivir y que este hecho se mantiene como factor determinante en su constitución como clase. Es por esta razón que debemos abrir el debate sobre las múltiples alternativas de organización que se pueden desarrollar dentro del campo de los trabajadores. Esto se debe desarrollar por ejemplo dependiendo de las posibilidades y condiciones bajo las cuales podamos implementar un tipo de organización. Hoy debemos echar a andar las formas más creativas y astutas de agrupación, tal y cual como existieron antes de la centralidad ocupada por el sindicalismo en nuestro continente, en donde en ese momento histórico preindustrial convivían mutuales, sociedades de socorro, ateneos, cooperativas, asociaciones de ayuda mutua y una amplia heterogeneidad organizacional. También hay que revisar qué experiencias ligadas al sindicalismo han funcionado actualmente y por qué lo han logrado. El caso de la Central de Trabajadores de la Argentina, CTA [5] llama mucho la atención.

Más allá del tipo de organización que levantemos, debemos pensar en cómo destrabar la situación de aislamiento y desprotección que sufren los trabajadores debido a la falta de herramientas para combatir los abusos de los patrones. Fomentar la unidad de estas diversas formas de organizaciones sindicales o no sindicales para realmente disputar poder a los poderosos. Este debiese ser hoy la mayor preocupación de las fuerzas políticas y sociales que están del lado de los trabajadores.

Santiago de Chile, Primero de Mayo del 2012.

* Militante de Libres del Sur-Chile
www.libresdelsur.cl