Desde el análisis geopolítico, el caso de Cuba no es solo el de una nación bajo sanciones administrativas; es el testimonio vivo de una guerra total, asimétrica, híbrida y multidimensional que el imperio más poderoso de la historia ha desatado contra un país que cometió el «pecado» de ser soberano. Con el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, el asedio a Cuba se ha transformado en un fenómeno de presión máxima que ignora cualquier norma del Derecho Internacional. Esta ofensiva es, en realidad, un bloqueo genocida que busca, con una frialdad matemática, la asfixia sistemática de la población para intentar quebrar su voluntad mediante el desabastecimiento y la carencia inducida.
La anatomía del asedio: el crimen de lesa humanidad en el siglo XXI
El cerco estadounidense no es un fenómeno estático, es un organismo agresor que muta y utiliza las tecnologías financieras más avanzadas para ejercer un control coercitivo. Durante más de seis décadas, el objetivo estratégico ha sido invariable: el memorándum de Lester Mallory de 1960 lo dejó claro al abogar por «provocar el hambre, la desesperación y el derrocamiento del gobierno». Sin embargo, bajo la actual configuración de poder en Washington, esta agresión alcanza niveles de perversidad sin precedentes, superando incluso las medidas restrictivas de periodos anteriores.
Trump no solo ha mantenido las estructuras de agresión previas, sino que ha aplicado nuevas medidas de coerción destinadas a cortar cada vía de oxígeno de la economía cubana, desde el turismo hasta la inversión extranjera. Estas disposiciones fueron diseñadas quirúrgicamente para golpear los sectores más sensibles de la vida cotidiana del pueblo cubano, afectando la alimentación, el transporte y el suministro de medicamentos básicos. A esto se ha sumado, con especial saña en los últimos meses, la persecución energética extrema y la administración Trump ha lanzado una cacería global contra las navieras que transportan petróleo a Cuba. El objetivo es claro y criminal: detener el aparato productivo y colapsar el sistema electro energético nacional para generar un estallido social. Es una estratagema medieval ejecutado con las sofisticadas herramientas del sistema Swift y el control hegemónico del dólar.
La resistencia como acto de creación heroica
Lo que los estrategas del Pentágono, los tanques de pensamiento de Washington y los lobistas de Miami nunca han podido computar en sus algoritmos de inteligencia artificial es la subjetividad revolucionaria y la capacidad de sacrificio del pueblo cubano. El asedio asume una premisa determinista: que la ciudadanía, ante la carencia material culpará automáticamente a sus líderes y se rendirá al «salvador» externo que primero le quita el pan y luego le ofrece migajas a cambio de su libertad y su alma nacional.
Cuba ha demostrado, con una terquedad heroica, que el cálculo imperial es fundamentalmente erróneo. La firmeza de los revolucionarios cubanos nace de la comprensión profunda de que su lucha no es solo por un modelo económico específico, sino por el derecho humano fundamental y universal a la autodeterminación. Rendirse al asedio no significaría alcanzar la «prosperidad» prometida por los cantos de sirena del capitalismo; significaría el regreso inmediato al estatus de neocolonial, al despojo de las tierras por parte de los antiguos latifundistas y a la pérdida absoluta de la dignidad nacional recuperada con el triunfo de la revolución en 1959.
En este contexto de resistencia creativa, las palabras del Comandante en Jefe Fidel Castro cobran una vigencia profética que guía la acción política actual. Durante la clausura del VII Congreso del Partido Comunista en 2015, Fidel legó una hoja de ruta moral que hoy sostiene el espíritu de Cuba frente a las medidas punitivas de Trump: «…quedarán las ideas de los comunistas cubanos como prueba de que, en este planeta, si se trabaja con fervor y dignidad, se pueden producir los bienes materiales y culturales que los seres humanos necesitan, y debemos luchar sin tregua para obtenerlos. A nuestros hermanos de América Latina y del mundo debemos trasmitirles que el pueblo cubano vencerá.»
Geopolítica de la dignidad vs. geopolítica del garrote
A nivel internacional, el embargo continuado representa el fracaso moral y jurídico del orden unipolar occidental. Año tras año, la Asamblea General de la ONU vota de manera casi unánime contra el bloqueo, dejando a los Estados Unidos y a sus escasos aliados en un aislamiento diplomático absoluto. El mundo reconoce que lo que ocurre con Cuba es una violación flagrante, sistemática y masiva del Derecho Internacional.
Al mantener y reforzar la inclusión de Cuba en la espuria lista de «Estados Patrocinadores del Terrorismo», Trump ha activado una traba financiera diseñada para asfixiar cualquier transacción legítima, impidiendo la compra de insumos básicos, desde jeringas hasta piezas de repuesto para sus centrales eléctricas. Esta es la máxima expresión de la geopolítica del garrote: si no puedes convencer con la política, si no puedes ganar en el terreno de las ideas, entonces intentas destruir físicamente al adversario.
Sin embargo, el tablero geopolítico de 2026 es radicalmente diferente al de décadas anteriores. El mundo está transitando hacia una multipolaridad irreversible y Cuba no está sola, forma parte de un eje de dignidad que, junto a otras naciones que resisten la hegemonía del dólar, propone una arquitectura global donde se respete la diversidad de sistemas políticos. El asedio a Cuba ha servido, paradójicamente, para forjar alianzas estratégicas con potencias emergentes del BRICS y movimientos sociales globales que ven en Cuba un ejemplo de resistencia.
La batalla por la verdad y el futuro en la era digital
La guerra cognitiva contra Cuba utiliza algoritmos y redes sociales para amplificar las carencias materiales causadas por el bloqueo y presentarlas engañosamente como fallos inherentes del sistema socialista. Es una táctica de una crueldad cínica: te quiebro las piernas con sanciones económicas y luego me burlo de que no puedes correr. Pero la respuesta cubana en este 2026 sigue siendo la misma que ha sostenido a la Revolución durante décadas: la lucha sin tregua en todos los frentes. La producción cultural, el mantenimiento del acceso gratuito a la educación y la salud, así como la seguridad ciudadana, son bienes materiales y culturales que la Revolución defiende como trincheras inexpugnables.
La dignidad en Cuba no es un concepto abstracto; es la capacidad de mirar al imperio directamente a los ojos y decirle que su dinero, sus sanciones y sus amenazas no pueden comprar la voluntad de un pueblo que conoce perfectamente el precio de su libertad. Como bien señaló Fidel en aquel histórico discurso de 2015, el mensaje para América Latina y el mundo es de una victoria inminente. Es una victoria basada en el espíritu humano y la ética sobre la fuerza bruta y el egoísmo del mercado. La resistencia cubana es un recordatorio necesario para todos los pueblos del Sur Global de que el destino de las naciones no está escrito en las oficinas de las agencias de inteligencia en Washington, sino por el fervor y la unidad con que se defiende la patria.
Conclusión
El asedio a Cuba es la gran vergüenza moral de nuestra era, pero también su mayor lección de esperanza. El asedio pasará a la historia como el ejemplo más vergonzoso de la prepotencia imperial y, simultáneamente, como la epopeya más gloriosa de un pueblo que se negó rotundamente a regresar a la condición de esclavo.
Los revolucionarios cubanos han demostrado al mundo que no existe bloqueo, por hermético que sea, que pueda cercar la conciencia de un pueblo instruido y unido. La administración Trump puede haber recrudecido las leyes coercitivas, puede perseguir cada barco con combustible y cada transferencia de dólares, pero ha fallado en lo más fundamental: no ha podido ni podrá quebrar la unidad orgánica entre el pueblo y su proyecto histórico de justicia social.
La firmeza de Cuba en este 2026 es la defensa consciente de un futuro donde la humanidad prevalece sobre el mercado y la solidaridad sobre el lucro. Pese a los intentos criminales de asfixia, el pueblo cubano ya ha vencido en el terreno de la moral y de la historia. Como bien sentenció el Comandante Fidel Castro: el pueblo cubano vencerá. Y vencerá porque posee la verdad histórica y la dignidad inquebrantable de quienes han decidido, de una vez y para siempre, ser los únicos dueños de su destino. El asedio no ha logrado doblegar a Cuba; por el contrario, la ha hecho eterna en la memoria y en el corazón de todos los pueblos del mundo que luchan por su verdadera independencia.
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