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Desde abajo

La investigación obrera

Fuentes: Rebelión

El 15 de agosto de 1891 se celebró el Primer Congreso Obrero Argentino, expresión de la creciente unidad, conciencia y movilización de los trabajadores de nuestro país, nativos e inmigrantes, que buscaban no sólo conquistar sus reivindicaciones históricas, como la jornada de 8 horas, afrontando las sucesivas medidas represivas de la oligarquía gobernante (desde policiales […]

El 15 de agosto de 1891 se celebró el Primer Congreso Obrero Argentino, expresión de la creciente unidad, conciencia y movilización de los trabajadores de nuestro país, nativos e inmigrantes, que buscaban no sólo conquistar sus reivindicaciones históricas, como la jornada de 8 horas, afrontando las sucesivas medidas represivas de la oligarquía gobernante (desde policiales y de bandas armadas de «niños bien», hasta jurídicas, como la «ley infame» 4144 de expulsión de huelguistas y la de «defensa social», que incluía la pena de muerte de los trabajadores «subversivos») , sino organizarse como clase para la lucha por el poder y los cambios de fondo de la sociedad.

Entre los principales puntos a tratar en su orden del día, se destacaba la reglamentación de la estadística obrera, concebida como un instrumento indispensable de conocimiento de su propia situación y de la realidad social y económica, cultural y política en que viven los trabajadores. «Excepto de la propaganda –nos dice – no tenemos una tarea de tanta importancia como la de la confección de la estadística obrera», cuyo antecedente puede encontrarse en la «Encuesta Obrera de 1880», elaborada por Carlos Marx y difundida por miles entre los trabajadores europeos. Marx señalaba que para poder actuar con eficacia en la lucha por las transformaciones revolucionarias era necesario conocer en la práctica cotidiana las condiciones en que vivían, trabajaban y debían librar su combate los trabajadores y las masas («vivir en las entrañas mismas de las masas» planteará más tarde Lenin).

No es que faltaran por aquel entonces investigaciones parciales y generales, oficiales y universitarias, que exploraran diversos aspectos de la vida obrera y popular desde una presunta ciencia social aséptica y neutral. Incluso una investigación oficial, como la llevada a cabo en 1904 por el Dr Juan Bialet Massé por encargo del ministro Joaquín V. González, para redactar un Código del Trabajo, es tan contundente en sus datos acerca de las dramáticas condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera argentina, que dicho Informe fue ferozmente ridiculizado y ninguneado por las élites y los medios dominantes, y el proyecto mismo del Código no llegó jamás a ser tratado por el Congreso Nacional…

En su periódico «El Obrero» del 28 de noviembre de 1891,la naciente Federación sindical explica que «la estadística oficial se empecina en ensalzar el orden social capitalista, lo mismo como lo hace la economía vulgar burguesa /…/ La estadística burguesa evita en lo posible dar datos a la clase proletaria de todo cuanto a ella atañe. ¡Se comprende el por qué!/…/ Los burgueses, nuestros enemigos y patrones se empeñan en ocultarnos la verdad, para que ni sepamos todo el grado de explotación y servitud (sic) de que somos objeto de parte de ellos…» Se referían particularmente al despotismo patronal y estatal en los talleres y a la esclavitud del trabajador en su existencia diaria, hacinado sin perspectivas en conventillos y barrios insalubres… Pero por eso mismo, para conocer a fondo su vida real, con sus problemas, limitaciones y potencialidades, descubriendo y desmontando los mecanismos ideológicos, culturales y políticos de la explotación y la injusticia impuestos por las clases opresoras como «sentido común» de » la sociedad que queremos transformar… –plantea el documento-, es preciso que el proletariado/…/confeccione su estadística obrera especial, él mismo, y se instruya por los resultados de esta estadística, dándose cuenta de su poder, fuerza e importancia…»

Vale decir, se planteaba ya la necesidad, vital para los trabajadores, de asumir conciencia de su identidad como clase que se forja a sí misma en la lucha cotidiana por sus derechos y objetivos como sujeto material e intelectual de su propia historia, siempre inferiorizada y degradada por los dueños del saber y del poder oficiales, que temen no tanto la violencia «anárquica» y «subversiva» de la rebeldía dispersa de las masas (que el Estado clasista puede en general sofocar), sino el carácter impugnador y revolucionario de una acción obrera y popular conciente y autónoma, capaz de trabajar organizando y uniendo a las bases.

La encuesta obrera (y otras formas de investigación propias) se apoya en la experiencia histórica de luchas del proletariado y procura articular las enseñanzas de la misma con las metodologías de la ciencia social, no sólo para extraer informaciones útiles sobre la situación de los trabajadores, sino para lograr que éstos piensen crítica y colectivamente sobre la realidad concreta y cómo transformarla. No se trata de una tarea técnica, sino política y formativa.

En la más que secular historia del movimiento obrero de nuestro país y de Nuestra América, con todas sus contradicciones, propias de la misma heterogeneidad de su compleja composición social y étnica y de sus debates internos (entre anarquistas y marxistas, clasistas y reformistas, movimientos de base y cúpulas burocráticas, etc.), los momentos más luminosos y avanzados tienen que ver con su propia autoformación como clase consciente y autónoma y el fortalecimiento de la autoeducación no sólo gremial, sino cultural y política de amplios sectores de trabajadores.

Participando en las primeras escuelitas proletarias libertarias y socialistas hasta los diversos talleres y encuentros de formación político-sindical (como en la elaboración de los Programas de La Falda, Huerta Grande y de la CGT de los Argentinos, de AgustínTosco, René Salamanca y Atilio López), en la labor intercultural indígena y campesina ( y aún en universidades obreras y populares, como las del Perú de Mariátegui y la Cuba de Julio A. Mella), contribuyeron a recuperar y profundizar la memoria popular, asumiendo la palabra y la identidad propias para enfrentar al capital y al Estado a su servicio, a sus represiones y dictaduras, logrando conquistas valiosas y un alto protagonismo social y político.

Y en los momentos en que esta lucha se ha debilitado, en que han predominado los enfrentamientos, la pasividad y marginación impuestas por los partidos burgueses a buena parte de las clases trabajadoras, éstas han venido sufriendo una mayor expoliación social y humana, sometidas a la cooptación desmovilizadora oficial, la corruptela y violencia de la burocracia sindical-empresarial, y la dominación ideológica y política de las clases dominantes. Como dijera Lenin en uno de sus primeros escritos: lo que éstas temen sobre todo «es la unión del saber con los obreros».

Los opresores han procurado siempre aniquilar la cultura del trabajo, construida colectivamente, desde abajo, fundada en el compañerismo, la solidaridad, la valoración del oficio, el sindicalismo de la unidad obrera, estudiantil y popular. Particularmente en este tiempo de crisis, exclusión y superexplotación de la vida humana, han venido exacerbando la manipulación ideológica de las masas utilizando cada vez más la casta profesional de cientistas sociales e intelectuales a su servicio, para hacer «desaparecer» de sus encuestas e investigaciones oficiales u oficiosas a la clase obrera, convertirla en un simple estrato de «clase media»( el más bajo, por supuesto), o simplemente demonizarla y criminalizarla como expresión natural de la ignorancia, los vicios, la violencia y la delincuencia congénitas, justificando así la creciente injusticia y desigualdad del poder del capital.

La cultura dominante -y a veces el elitismo de núcleos intelectuales- empuja a los sectores populares a resignarse o, todo lo más, a buscar en lo «alto», por «arriba», alguna respuesta a las injusticias y las catástrofes que sufren. Y jamás a construirla «desde abajo, donde está la vida cívica» (Hegel). Desaparecida la clase trabajadora como sujeto histórico y protagonista político, desaparecen el conflicto social, el orgullo y la dignidad del trabajador, los sueños y objetivos emancipadores de los pueblos.

El movimiento obrero necesita saber, conocer, actuar concientemente en el campo concreto, cambiante y conflictivo de la realidad a transformar, necesita de la ciencia social y de la investigación militante para generar conocimientos y sentidos que le permitan resistir, crear sus propios valores y objetivos, liberarse de la nefasta ideología y cultura hegemónicas. Necesita, por ello, de una universidad que no sea reducto de elites burocráticas alejadas del compromiso popular, y de una intelectualidad que la acompañe y participe de sus batallas teóricas y prácticas, desde la simple encuesta a los procesos de coinvestigación y coparticipación activa, que usualmente se entretejen en la penumbra de lo cotidiano, desde «la sabiduría instintiva del pueblo», como dijera el Che Guevara, para crear juntos una nueva cultura política y moral solidaria.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.