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La mano invisible

Fuentes: Le Devoir

Traducido del francés para Rebelión por Susana Merino

América es el resultado de una serie de epidemias destructivas. En 1492 la colonización europea del continente generó la destrucción masiva de los pueblos indígenas. La vida se truncó en una medida que hoy se nos escapa. ¿Qué les habría pasado a todas estas personas aniquiladas si hubieran tenido los medios para evitar que los virus se arrojaran sobre ellas prohibiendo, por ejemplo, la llegada de los barcos o exigiendo que todos se quedaran en sus países?
Entre los hurones la muerte cayó como el granizo en medio de un verano soleado. Entre 1634 y 1640 su población se redujo a la mitad. Mientras lo menciono ya han desaparecido unos 10.000. Y allí están a merced de sus enemigos. La historia se vuelve sobre ellos y los aplasta.
También los iroqueses y muchas otras naciones del norte se vieron sometidos a estos ataques biológicos. Y así cayeron, devastados por unos virus para los que sus cuerpos no estaban preparados.
Viruelas diversas, la hemorrágica, la púrpura, la verrugosa, roen sus cuerpos. Por ser tan ardientes las llaman fiebres del fuego. Con los cuerpos ensangrentados, casi completamente desnudos, los aborígenes se sumergen a veces en el agua buscando alivio. Pero ¿cómo apagar las brasas de la piel hecha jirones? Algunos se ahogan.
Los que sobreviven sufren graves secuelas. Ceguera, sordera, profundas cicatrices en la cara, daños cerebrales, fístulas anales.
Son tantos los indígenas que mueren, dicen los jesuitas de las orillas del San Lorenzo, que es imposible enterrarlos a todos, de modo que los devoran los perros.
Los grupos familiares, terriblemente debilitados, sufren para satisfacer las necesidades de sus miembros. Las hambrunas son una de las consecuencias de estas reiteradas epidemias imposibles de resistir.
Entre los cuerpos enterrados cerca de la capilla de la misión Sillery, que aún se pueden visitar a poca distancia de Quebec, se sabe que muchos de ellos habían sufrido las nuevas enfermedades recién llegadas de Europa. Los huron-wendat se vieron tan afectados que su población fue casi totalmente aniquilada.
En sus bronquios, sus bocas, su faringe y sus vías digestivas los europeos albergaban gérmenes que ya no los atacaban, pero que se volvían voraces en los cuerpos que nunca habían tenido la oportunidad de domesticarlos.
Mientras no se reduzcan a aferrarse a las débiles esperanzas prometidas por algunos grandes sacerdotes de una nueva religión impuesta, los indígenas serán diezmados masivamente por la varicela, la rubeola, la tuberculosis, la disentería, las gripes, las fiebres, contraídas todas por el contacto con un bagaje biológico que jamás había estado en contacto con el Nuevo Mundo.
Los microbios y las epidemias son los actores más desconocidos de la historia de América. Y continúan, en cierto modo, siéndolo.
Debemos mantener la calma, nos dicen actualmente los sumos sacerdotes de la morosidad habitual, los que ahora se ponen de rodillas para suplicar a la economía que se desmorona que se levante. Todo volverá a ser como antes, nos predican. En otras palabras, el ritmo de acumulación de los poderosos volverá a marchar normalmente mientras que los don nadie, aquellos que vanamente intentan salvar sus pequeños ahorros, terminarán agotando sus reservas de latas de atún y de papel higiénico comprados al límite para hacer como todos los demás.
Solo en la negra jornada del 12 de marzo la Reserva Federal inyectó en EEUU la suma de 1.500 millones de dólares. El Banco de Canadá trató de hacer lo mismo, a su manera. Así, en un mercado moribundo la situación pasó, tras unos minutos de operaciones bursátiles, de espantosa a muy mala. Pero también el oro se derritió bajo los pies de un mercado en constante caída.
Sin duda el año que viene todo volverá a la normalidad. El informe anual de Oxfam nos dirá, una y otra vez, que la riqueza se concentra aún más en manos de unos pocos multimillonarios, en unas proporciones de acaparamiento que en estos momentos superan con creces las que llevaron a los campesinos de la Edad Media a rebelarse.
En el gran juego de la especulación financiera donde nuestras vidas valen unos centavos seguimos cumpliendo obedientemente las reglas dictadas por esa mano invisible. Y balamos al volver a casa como buenas ovejas escoltadas siempre por los lobos de Wall Street.
Hace unas tres semanas se comentaba que la economía canadiense se hallaba en grave peligro debido al bloqueo del ferrocarril de un grupo de indígenas.
Ahora podemos darnos cuenta de que cuando todo oscila verdaderamente la medida del colapso es muy diferente. Pero a pesar de todo se diría que nuestra época continúa siendo voluntariamente ciega frente a las verdaderas rapaces que nos amenazan.
Fuente: https://www.ledevoir.com/opinion/chroniques/575011/la-main-invisible?fbclid=IwAR33ljL2YxXZtC7sycf8dzTwtKGtsJq419ACsRfOoIiwDf5INL3eY3cysFE  

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.