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Cronopiando

La monarquía: una urgente necesidad latinoamericana

Fuentes: Rebelión

Siempre me ha movido a sospecha que Europa, tan dada ella a exportar a Latinoamérica sus propias recetas como infalibles, cuando no a exigirlas; tan acostumbrada a trazar sus pautas económicas, sus particulares medidas, sus criterios morales; tan pertinaz en la demanda a otras naciones de sus propios sistemas institucionales y políticos, no haya hecho […]

Siempre me ha movido a sospecha que Europa, tan dada ella a exportar a Latinoamérica sus propias recetas como infalibles, cuando no a exigirlas; tan acostumbrada a trazar sus pautas económicas, sus particulares medidas, sus criterios morales; tan pertinaz en la demanda a otras naciones de sus propios sistemas institucionales y políticos, no haya hecho nunca mención alguna de la oportuna necesidad que tiene el tercer mundo y, especialmente, América Latina, de reconvertirse en un montón de monarquías.

Esa Europa que donó a América sus lenguas, que la rescató del paganismo, que la dotó de instituciones, que la convirtió a la democracia y que se afana en conducirla por la vía del desarrollo liberal en curso, ha puesto al servicio del nuevo mundo todos los viejos conceptos y beneficios que conoce y disfruta: la tolerancia ante la opinión ajena, el respeto al bien privado, la solidez bancaria, la importancia del comercio, los valores del mercado, la autoridad de las Fuerzas Armadas… todos los viejos conceptos europeos han sido trasladados a Latinoamérica y reproducidos con generosa profusión, todos… menos uno que, al parecer, guardan celosamente sólo para ellos y que se niegan a compartir: la monarquía.

Esa Europa que a lo largo de la historia se ha hecho presente en Latinoamérica exigiendo gobiernos soberanos, pulcros funcionarios ecuánimes jueces y ciudadanos sabios, como los suyos, curiosamente, y mueve a suspicacia, nunca ha mostrado interés por promover monarcas como los propios

Pues bien, la fundación para el análisis y los estudios sociales de la que soy presidente, asesor y único miembro, todo en la misma persona, no obstante carecer de las ayudas públicas que perciben otras fundaciones semejantes que, sin embargo, no tienen mi credibilidad, ha realizado un amplio estudio al respecto de la necesidad de instaurar monarquías en Latinoamérica, algunos de cuyos aspectos más interesantes quiero revelar.

 

Argumentos y contraargumentos sobre la monarquía en América Latina.

 

1.-En América Latina no existe tradición monárquica.

 

-Absolutamente falso. Y supongo que no es preciso referirse a la amplia nómina de reinos existentes en América antes de 1492, todos con sus particulares características, tal como eran y son los reinos europeos, y con sus correspondientes celebraciones, intrigas, herederos y alianzas.

Tampoco voy a mencionar como antecedente de lo expuesto el patético caso de la princesa americana Pocahontas, casada con un noble empresario británico que pudo haber sido su padre de no haber sido su abuelo, en un extraño y noble cruce atlántico que, en muy poquito tiempo, convirtió a la princesa en difunta.

Por otra parte, los ciudadanos americanos, luego de la conquista, siguieron siendo vasallos de reyes europeos y viviendo en colonias de reinos ajenos, por lo que su tradición monárquica viene a ser tan dilatada como la europea, aunque no haya resultado tan fructífera.

 

 

 

 

2.-La monarquía es un sistema atrasado, propio de la Edad Media.

 

-En este caso, el argumento, a la falsedad de su calidad agrega la inoportunidad de su razón, porque mal puede considerarse atrasado el modelo de estado imperante en países tan desarrollados y modernos como Inglaterra, España, Suecia, Italia, Bélgica, Holanda y otros muchos más, para no detenerme en el talante de algunos presidentes europeos de demostrada vocación zarista o de emperadores a la espera de que un Papa los corone. Tampoco voy a mencionar la figura del estadounidense César Imperator que ha reeditado Roma en su peor versión y noche.

La historia de la monarquía como modelo de Estado no es característica de la Edad Media. Sus orígenes se pierden en eso que algunos llaman la noche de los tiempos pero, que se sepa, todavía atribuimos la democracia a los griegos y no por ello vamos a dejar de practicarla.

 

3.-La monarquía no es un modelo funcional

 

-Otra obvia falsedad cuyo desmentido se cotiza en bolsa todos los días. Ninguna república latinoamericana, ni siquiera la más desarrollada, puede competir en producto interno bruto, por ejemplo, con la monarquía europea de menor crecimiento. Y el concurso de las monarquías europeas ha sido reconocido como vital en la consolidación de las libertades y los derechos humanos, por todos los grandes medios de comunicación. Pocos ejemplos de lo funcional que puede llegar a ser una monarquía como el aporte de la corona española al advenimiento de la democracia en ese reino, en el que es fama la importancia que tiene para el buen ánimo de los españoles en fechas tan entrañables como la Navidad y el Año Nuevo, el tradicional mensaje de su majestad, tanto por la agudeza de sus análisis como por la carga afectiva y solidaria que desprende.

Gracias a la existencia de las casas reales es que numerosos museos y centros de arte, pueden contar con un nombre, y no cualquiera, que los identifique y distinga. Y lo mismo ocurre con ciertas competencias deportivas, centros de beneficencia y hospitales. Los rostros de los monarcas también hacen posible la acuñación de la moneda, y ocupan las presidencias honoríficas de muchísimas sociedades e instituciones en defensa de la vida, la niñez desprotegida y el medio ambiente.

Hasta en el real cometido de sus comunes acciones, son funcionales los reyes para paliar la desazón de los demás mortales, ésa que nos queda en la retina cada vez que abrimos un periódico. Y así ha sido siempre. Junto al fruncido entrecejo de Fidel, el semblante preocupado de Chaves o la fatiga en los ojos de Evo Morales, la esplendorosa sonrisa de un monarca que nos bendice el día desde un coso taurino, como cabal demostración de que mientras el convulso mundo se agita y desmorona, la vida en su reino puede seguir siendo de color.

 

4.- La monarquía es un modelo excesivamente caro

 

-Esta es, posiblemente, de todas las falsedades apuntadas, la más sobresaliente. Y es que la monarquía, por muy cara que pueda parecer, siempre será rentable. Con independencia de lo numerosa que pudiera resultar una familia real en América, donde clima y costumbres multiplican cualquier descendencia, existen en el nuevo mundo suficientes casas nobles y palacios en los que alojar a las nuevas realezas como para no tener que destinar nuevos recursos a la construcción de castillos, cotos de caza u otras nobles dependencias. El resto de bienes, mansiones, vehículos anfibios y terrestres, aeronaves reales y demás inmuebles, en ningún caso supondría un desembolso más oneroso que los que algunos altos funcionarios republicanos, que ni siquiera son nobles, distraen del erario público todos los días.

Una monarquía demanda infraestructuras competentes y seguras en las que los incumbentes puedan solazarse en los veranos y distraerse en los inviernos, por las tantas responsabilidades contraídas, y Latinoamérica cuenta con instalaciones adecuadas, por ejemplo en los Andes, donde poder esquiar, o aguas cálidas como las del Caribe para realizar regatas y cruceros. En la selva del Amazonas, aunque no se disponga actualmente de osos domésticos, podrían implementarse en el futuro medidas que compensaran esas carencias de manera que pudieran celebrarse hasta cacerías de zorros a caballo.

 

 

5.-La monarquía es una inversión que no deja ganancias.

 

Otra falacia más que no tiene sentido ni razón. Y es que, además de a los monarcas, príncipes y princesas, condes y marquesas, vizcondes, bufones y demás personajes de la corte, la monarquía también reporta ganancias a los vasallos, creando nuevas fuentes de empleo para cubrir todas las plazas que requiere, simplemente, la propia servidumbre real: mayordomos, choferes, nanas, guardaespaldas, jardineros, masajistas, camareros, cocineros, friegaplatos, lavanderas, relacionadores públicos…

Las monarquías, por otra parte, al margen de las partidas económicas con que los estados las retribuyen, se nutren y gestionan otros muchos recursos de particulares que son, también, fuente de empleo y de progreso.

La monarquía estimula, entre otras industrias, el turismo, la banca y la llamada prensa rosa, incrementando el trabajo de toda suerte de hoteles de invierno y de verano, de safaris salvajes, de viajes, de fotos de bautizos y exclusivas de bodas, provocando la demanda de más mano de obra, de más crupiers, de más agentes encubiertos, de más contables y albaceas, de más paparazzis y contertulios, de más periodistas, de más domadores de osos, y generando, en consecuencia, la reactivación económica y una drástica reducción del desempleo.

 

6.- Los latinoamericanos no dan la talla como posibles monarcas.

 

Argumento que no sólo es insultante sino que, además, ofende.

El que podría ser futuro monarca dominicano, por ejemplo, Leonel I (El Reilegido) tal vez no sea capaz de competir con Juan Carlos I en las artes de cazar osos borrachos, y ni siquiera es fama que beba, pero nadie mejor que él para hilvanar, sin un solo parpadeo, el marco conceptual del desarrollo sostenido y sustentable.

El mexicano Felipe Calderón «El Usurpador», es posible que no pueda compararse en donaire y gracia al príncipe Ernesto Augusto de Hannover cuando, en visita a la feria de esa ciudad, hace ya unos cuantos años, impulsado por una repentina y urinaria urgencia, desabotonó temores y prejuicios y terminó meando, casualmente, sobre el pabellón turco. De justicia, sin embargo, es reconocer las habilidades en ese mismo sentido de Calderón que, sin tener que ser internado, como el príncipe de Hannover, una semana en una clínica de lujo para superar su incontinencia, se meó y se cagó en la soberana voluntad de México.

Las pasiones ocultas de monarcas europeos y sus secretos amoríos, con todo y el encanto con que nos han sido narradas, tampoco harían palidecer de envidia las historias de camas paralelas en no pocos futuros monarcas latinoamericanos, y me excusan si por discreción evito los ejemplos.

 

 

 

 

7.- Los monarcas latinoamericanos no tendrían sangre azul

 

-Inconveniente que, si en un principio, podría invalidar la propuesta, pierde trascendencia, sin embargo, ante el espectacular avance de la Biología y los progresos tecnológicos registrados en estos últimos años. Máxime, cuando en las propias casas reales europeas son cada vez más frecuentes los miembros que carecen de ese peculiar grupo sanguíneo. En última instancia, no hay problema sanguíneo que no pueda resolverse con una oportuna transfusión.

 

8.- Los posibles reyes latinoamericanos carecen de experiencia laboral

 

Evidentemente, ningún presidente latinoamericano puede alegar en su favor la experiencia como monarca que no tiene, pero tampoco semejante contratiempo le cerraría la puerta a la posibilidad de coronarse. No pocos administran las republicanas democracias a sus órdenes como si fueran feudos, y hasta han reconvertido sus partidos políticos en casas reales colmadas de príncipes herederos que no siempre, como las europeas, dan su visto bueno a la sucesión que se establezca.

La implementación de cursos acelerados de esquí, caza mayor, equitación y navegación a vela, serviría para corregir las posibles debilidades de los monarcas latinoamericanos en esos menesteres, con la misma eficacia con que un taller o seminario sobre etiqueta y protocolo refinaría sus gestos y maneras, su dicción, su saber estar.

 

En conclusión, determina el informe, Latinoamérica está preparada para disponer de monarcas a la altura de los europeos.

¿Por qué entonces Europa no promueve la monarquía en el tercer mundo? ¿Será que se avergüenza de ella y no quiere exponer a otras naciones a la desgracia de tener que pagarla y padecerla?

¿Será que la tiene en tanta estima que, egoístamente, no quiera compartirla?

¿Teme Europa acaso que puedan infiltrarse, vía matrimonio, no pocos príncipes y princesas americanas que desnaturalicen sus casas reales?

¿Será que a mayor nobleza circulante, mayor depreciación de la realeza?

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