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La reacción integrista: Ezzati desafía al Papa Francisco

Fuentes: Punto Final

Se viven tiempos contradictorios en la Iglesia Católica. El Papa Francisco es uno de los personajes internacionales más respetados y populares del mundo. Pero el cardenal Ricardo Ezzati, primado de la Iglesia chilena, se hunde en las encuestas; registra un rechazo ciudadano prácticamente unánime y sin precedentes. Mientras el Vaticano busca formas de hacer creíble […]

Se viven tiempos contradictorios en la Iglesia Católica. El Papa Francisco es uno de los personajes internacionales más respetados y populares del mundo. Pero el cardenal Ricardo Ezzati, primado de la Iglesia chilena, se hunde en las encuestas; registra un rechazo ciudadano prácticamente unánime y sin precedentes. Mientras el Vaticano busca formas de hacer creíble su empeño institucional en el combate a la pedofilia y los abusos de poder del clero, en Chile los feligreses se lanzan a la calle para repudiar el nombramiento de Juan Barros como obispo en Osorno, por complicidad con el presbítero Fernando Karadima. Y en Santiago, la Universidad Católica se revuelve ante la sanción al jesuita Jorge Costadoat, que deberá dejar su cátedra en la Facultad de Teología. Todo indica que se trata de pugnas profundas, que revelan una reacción de los sectores integristas y ultraconservadores, que se resisten a las orientaciones de cambio que impulsa el Papa Francisco. Pero estas disputas intestinas tienen sus propias claves que es necesario develar, para entender el panorama completo en que se desarrollan.

LA «BATALLA DE OSORNO»

A diferencia de Valdivia y Puerto Montt, Osorno es una ciudad calmada, sin la tradición de luchas sociales ni debates culturales de otras ciudades sureñas. Es una ciudad agraria, que valora su tranquilidad y estabilidad. Esa característica puede explicar el repudio que desató el nombramiento de Juan Barros Madrid como obispo. De acuerdo a los testimonios de varios denunciantes, Barros era brazo derecho y discípulo preferido de Fernando Karadima, párroco del Sagrado Corazón de El Bosque, en Santiago, condenado por el Vaticano por abusos sexuales. Nadie esperaba una reacción social tan intensa ante ese nombramiento. Una catedral repleta de globos negros y gritos de repudio dejaron en claro que los ciudadanos no deseaban recibir a Barros, que tuvo que dejar el obispado castrense ante el manifiesto desprecio que las autoridades militares comenzaron a expresar hacia su persona.

La gran pregunta que abrió este nombramiento apunta a las razones por las cuales se decidió reubicar a un obispo a pesar del rechazo del clero local y de la feligresía osornina. Para entenderlo es necesario analizar la trenza de poder a la que Barros debe lealtad, y en la que ejerce un rol clave. Karadima tejió su red sobre la base de una promesa: los jóvenes que se acercaran a su círculo e iniciaran un camino sacerdotal podrían hacer carrera y alcanzar un estatus social equivalente al de sus familias de origen. Para hijos de gerentes o grandes empresarios, esta promesa constituyó un imán inigualable. En una sociedad tan clasista como la chilena, esta promesa permitía garantizar a esos jóvenes que conservarían en el campo eclesial las mismas prerrogativas que les hacían ser parte de una elite en su vida familiar. De esa forma, los discípulos de Karadima aumentaron de forma meteórica, y varios de ellos llegaron a ser obispos: Horacio Valenzuela, en Talca; Andrés Arteaga, auxiliar de Santiago; Tomislav Koljatic, en Linares; Felipe Bacarreza, en Los Angeles. En total, la Pía Unión Sacerdotal de Karadima llegó a contar con unos cuarenta miembros, todos encumbrados en cargos eclesiales de influencia, con relaciones familiares con las altas esferas financieras y políticas del país. Si Barros era defenestrado significaba que todos ellos verían truncada su carrera, ya que se sentaba un precedente directo de sanción a todo el grupo de El Bosque. En cambio, si Barros accedía a una nueva diócesis, se validaba una tesis mucho más conveniente, ya que todas las culpas quedaban acotadas en Karadima, y a sus seguidores se les exoneraba de toda responsabilidad. Se establecía un dique entre Karadima y los miembros de la Pía Unión.

Todo indica que este grupo contó con el apoyo directo del Nuncio Apostólico, Ivo Scapolo, que los «apadrinó» ante la figura crucial en este proceso: el prefecto de la Congregación para los Obispos, Marc Ouellet, uno de los «papábiles» en el último cónclave, donde fue derrotado por el argentino Jorge Bergoglio. Ouellet es un franco-canadiense conservador, cercano al Opus Dei y al cardenal Angelo Sodano, antiguo Nuncio en Chile durante la dictadura. Estos lazos muestran que las maquinaciones palaciegas del Nuncio Scapolo cuentan con el soporte de Sodano, que continúa tutelando al Episcopado chileno a la distancia, tratando de mantener bajo su control su devenir ideológico y político.

EL CASO COSTADOAT

A las protestas contra Barros se debe unir la ola de rechazo que desató la «expulsión» del jesuita Jorge Costadoat de su cátedra de cristología en la Pontificia Universidad Católica de Chile. El caso tiene un origen inmediato. Ezzati resolvió no renovar la «autorización canónica» a este académico luego que en el transcurso de este verano participara en un debate epistolar en las páginas de El Mercurio con el cardenal Jorge Medina. El tema tenía relación con el asunto más controvertido analizado por el Sínodo de la Familia, convocado por el Papa Francisco. Costadoat defendió la posición papal, que se orientó a revisar la doctrina tradicional que excluye a los divorciados de la comunión. Por su parte, Medina argumentó desde la posición conservadora. Es probable que tras este intercambio de posiciones, Medina haya sentido herido su orgullo, ya que el profesor Costadoat dejó en mal pie sus argumentos. No sería la primera vez que Medina actúa con ánimo de revancha.

Pero además de esta razón «pasional», se puede intuir que Ezzati deseaba enviar una señal de castigo a los jesuitas, como colectivo, que han criticado las orientaciones conservadoras que el arzobispo de Santiago ha impuesto durante todo su ministerio. Al sacar de la PUC a Costadoat se descabeza además una iniciativa muy querida por los jesuitas: el Centro Teológico Manuel Larraín, que vincula a la Universidad Alberto Hurtado con la Facultad de Teología de la PUC, abriendo sus debates a las grandes cuestiones interdisciplinares de nuestro tiempo. Si se ve el panorama global, Ezzati se ha caracterizado por entrar en conflicto abierto con la Compañía de Jesús. Sus acusaciones a otros jesuitas, como Felipe Berríos y José Aldunate, y la tensa relación que mantiene con el rector de la U. Alberto Hurtado, Fernando Montes, muestran que Ezzati se ha puesto en contradicción directa con la orden, de la cual proviene el Papa Francisco. Su voluntad es impedir que las nuevas orientaciones y criterios que impulsa Jorge Bergoglio lleguen a tocar tierra en Chile.

Esta voluntad de ahogar todo debate ya lo ha implementado en variados ámbitos. En 2014 barrió con la plana directiva del Hogar Catequístico, institución con larga historia de formación docente. Además avaló el despido arbitrario del académico de trabajo social y teología de la PUC, Patricio Miranda, considerado demasiado «social» y «crítico» para los gustos episcopales. Miranda sintetizó el momento que vive esta universidad bajo las orientaciones de Ezzati, diciendo: «Si el Papa Francisco enseñara en la Católica, lo expulsarían». Ezzati parece incapaz de escuchar las voces críticas que le han alertado de su deriva intolerante y autoritaria. Es probable que herede a sus sucesores una Iglesia agónica, que desperdició el momento extraordinario de apertura al cambio que propició el Papa Francisco. Tanta tozudez parece mostrar que es su objetivo.

 

Publicado en «Punto Final», edición Nº 825, 3 de abril, 2015

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