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La resistencia de los cimarrones

Fuentes:

La cura de la neurosis colonial de los cimarrones 1 La descolonización no pasa jamás inadvertida puesto que afecta al ser, modifica fundamentalmente al ser, transforma a los espectadores aplastados por la falta de esencia en actores privilegiados, recogidos de manera casi grandiosa por la hoz de la historia 2 .   Ni Obatalá ni […]

La cura de la neurosis colonial de los cimarrones 1

La descolonización no pasa jamás inadvertida puesto que

afecta al ser, modifica fundamentalmente al ser, transforma a los

espectadores aplastados por la falta de esencia en actores

privilegiados, recogidos de manera casi grandiosa por la hoz de la

historia 2 .

 

Ni Obatalá ni Las Mercedes, Oggum 3

Los cimarrones que asaltaron el cuartel de la policía, a las tres de la mañana del 24 de septiembre de 1913, nunca imaginaron el largo de su rencor ni el peso decisivo de una memoria de afrentas, para esa madrugada ya no importaba la bandera, quién liderara con el discurso político que fuera o el pretexto patriótico conseguido. Comenzaba el día santo de Las Mercedes según la religión dominante o de Obatalá para aquellos que debieron tener devoción menos conocida, incluyendo altares de sus invenciones en donde vivirían en armonía algunas deidades del panteón católico y de sus antiguas creencias. Casi fue el asalto perfecto, apenas pasaban del medio centenar y con los bríos del éxito se fueron a tomar el cuartel «Manabí», a unos escasos cien metros. No lograron porque habían sido alertados y un desembarco decidido de guardiamarinas del cañonero Cotopaxi , años más tarde remodelado y rebautizado como Calderón , les apuró la retirada. Murieron los primeros alzados y cargaron con los heridos hacia casas de familiares, pero la mayoría se quedó con aprestos de combate y haciendo vigilia en las lomas que rodean a la ciudad de Esmeraldas.

Los primeros partes de guerra telegrafiados al presidente Leonidas Plaza Gutiérrez contaban del alzamiento al grito de «¡viva el General Concha!». Esa sería la contraseña para que los historiadores sin más búsquedas de las causas de la guerra solo validaran las del líder. Y hasta ahí se ha llegado en la historiografía al uso, se desprecia el contexto social, no se ha extendido su «curiosidad al conjunto de la vida, a los hechos de civilización, a la economía, a todas las clases sociales» 4 . La discusión de los ‘científicos de la historia’ continúa allá arriba, muy arriba, mientras acá abajo hay cuerpos sin alma ni perspicacia ideológica o emocional como para irse a una guerra con la única promesa de vengar la muerte de Eloy Alfaro, defender armas en mano las veleidades de Carlos Concha o continuar las luchas del ala del liberalismo alfarista excluida del Gobierno de Plaza Gutiérrez. Es reduccionismo racista y clasista (de clase social). El manifiesto de Tachina explica este apartarse beligerante de la administración placista: «Estos degenerados ecuatorianos son los que han corrido un velo hipócrita sobre los misteriosos arreglos combinados con ciertos extranjeros para que vengan a dominar en esta tierra por cuya libertad derramaron su gloriosa sangre nuestros antepasados» 5 .

El ala alfarista se mantenía (o al menos intentaba mantenerse) en los principios fundacionales del movimiento revolucionario y empujaba cierto nacionalismo antiimperialista como combustible de indignación para los comandantes de otras epopeyas que debían volver a los azares de esta guerra empezada en el lugar más abrupto de aproximación a Quito. «Esos sumisos servidores del tiranuelos con los que después de entregarle al amo cuanto existe en la República, la empeñan todavía por sumas fabulosas que han de enriquecer al déspota y a los suyos y que nos costará el Archipiélago de Colón seguramente y la pérdida de nuestro carácter de nación autónoma como consecuencia probable» 6 . Es otro fragmento de del Manifiesto de Tachina, divulgado el 27 de septiembre de 1913, en la población de igual nombre. Ese vecindario está cruzando el río Esmeraldas, al frente de la ciudad. Fue la señal para que se empezara la recuperación del alfarismo de junio de 1895 hacia adelante. Los alzamientos en otras partes del país fueron sofocados con relativa rapidez, apresados o correteados más allá de las fronteras sus comandantes, esas favorables acciones bélicas para el Gobierno de Leonidas Plaza le otorgó toda las ventajas en personal, recursos financieros, parafernalia bélica y hasta trasladarse en persona al frente de guerra. La provincia de Esmeraldas, de norte a sur, quedó como único escenario de combate.

El porfiado retorno de los guerreros

En esas vicisitudes se encontraron dos ánimos históricos, para fraternizar en el objetivo común: liberarse de ‘algo’ o de ‘alguien’. Los liberales alfaristas alejados del Gobierno placista y buscando quitarle el poder por la vía armada, aun preocupados por la «ruina económica y moral» de la República. Es decir, querían liberar al país de la ‘perversidad’ de sus antiguos camaradas de lucha, para esos tiempos convertidos en sus perseguidores y después del asesinato de Eloy Alfaro y sus lugartenientes ya no había confianza en la seguridad personal solo quedaba huir al extranjero o la guerra de guerrillas. Ese fue el primero de los ánimos para el 24 de septiembre de 1913 y con él volvieron los comandantes a aceptar el liderazgo político militar de Carlos Concha Torres. De Colombia llegó Víctor Martínez, practicando el internacionalismo liberal; se incorporó Federico Lastra, combatiente para la consolidación del triunfo liberal del 5 de junio de 1895; Julio Sixto Mena, un guerrero de las primeras batallas del liberalismo alfarista; también Hermógenes Cortés, Gumersindo Villacrés, Tiberio Lemos, Sacramento Mina, entre otros menos conocidos y no menos valiosos.

El liderazgo de Carlos Concha es indiscutible. El segundo ánimo histórico es el contexto cultural (antropológico), social, economía y político de principios de siglo en el país y en Esmeraldas. Ningún liderazgo con el carisma que posea o por sí mismo arrastra a las armas a cientos de personas, a una guerra de la que nadie ignora sus consecuencias trágicas y las inmensas pérdidas materiales, además del dolor individual y la crisis existencial colectiva. No hay estirpe guerrera, eso sería desnaturalizado, son intereses políticos de variada índole que empujan a unos pueblos a eternidades bélicas y aún en esa costumbre violenta jamás se renuncia el apego a la vida. Se calcula que son más de cinco mil grandes y medianas guerras en la historia de la humanidad y no son causadas por proclamas políticas denunciando a una nación vecina, tampoco el listado lírico de las injusticias de una clase gobernante opresora, ni la evaluación detallada de la ruina moral de un Gobierno tiránico ni siquiera las simpatías con causas legítimas, esas son expresiones últimas de unos intereses de alto beneficio para el grupo social o la nación que se levanta en armas.

¿Guerra privada de Carlos Concha o guerra de todo un pueblo?

Aquella historiografía insulsa empecinada en calificar de «guerra de Concha» a una guerra civil que tenía una abundancia histórica superior al particular interés del líder o de los comandantes liberales; esa es, sin dudas, la lírica más visible, pero corazón adentro de la absoluta mayoría de los combatientes, mujeres y hombres negros, se cargaba con desesperos, angustias, lastimaduras y antiguos dolores que para ese 24 de septiembre eran impostergables y urgentes desquites cimarrones. «La guerra constituye, por tanto un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad» 7 . Ojos en la nuca para no perder de vista el pasado que define el sentido político del presente de la gente afroecuatoriana, parafraseando a Jean Paul Sartre en el prólogo escrito para Los condenados de la Tierra , libro, muy necesario para este tema, de Frantz Fanon: «La víctima (el Pueblo Negro de esos siglos) conocía al opresor por sus heridas y por sus cadenas: eso hace irrefutable su testimonio» 8 .

Ese ‘sentido político de la resistencia’ debió comenzar un día cualquiera cuando unos pocos ancestros se hartarían de la opresión racial y social en tiempos de la colonia.

Ellos jamás legarían resignación a las generaciones posteriores. Las formas de resistencia debieron comunicarse y las estrategias se inventaban en el terreno de las contradicciones entre los grupos dominantes. Se tienen recopilaciones documentales de los heroísmos individuales de Martina Carrillo, en el valle del Chota (enero de 1778), Ambrosio Mondongo, en mismo valle (1789), María Chiquinquirá Díaz, Guayaquil (a mediados del siglo XVIII), los cañoneros de Playa de Oro, Esmeraldas (1812), su participación en los ejércitos independentistas y los que combatieron por el triunfo de la Revolución liberal de junio de 1895. Las proclamas de libertad y las constituciones con su garantía de derechos no cobijaron a la gente afroecuatoriana. El sentido político de resistencia se mantenía intacto o haciendo las cuentas por las frustraciones sufridas después de cada promesa incumplida mejoraba el añejamiento del rencor. De esta manera, se nacía, se vivía y se moría como cimarrón.

» De los pocos hombres esclavos que todavía existen en esta tierra de libres son un contrasentido a las instituciones republicanas que hemos conquistado y adoptado desde 1820; un ataque a la religión, a la moral y a la civilización, un oprobio para la República y un reproche severo a los legisladores y gobernantes». Este es el considerando del Decreto de Manumisión, publicado el 25 de julio de 1851, firmado por el Jefe Supremo, José María Urbina, en la Casa de Gobierno de Guayaquil. No era abolición de la esclavitud como institución multisecular, era recompra de cuerpos para liberarlos con la comida de ese día y la muda del cuerpo; tampoco se reconoció el derecho de ciudadanía y jamás se habló de alguna retribución económica o social del Estado, para quienes quedaban a la intemperie. El sistema de explotación había cambiado algo para no cambiar lo de fondo, se estableció el concertaje y debió quedar una delgada línea de separación con el peonaje. El tema del racismo y los derechos provocaba el cruce de esa fina línea siempre desfavorable para los afroecuatorianos, mujeres y hombres. Eloy Alfaro pregonó el acabose del concertaje en Costa y Sierra, pero a las palabras se las llevó el viento de la modernización del Estado. La gente negra y sus derechos muy poco debieron preocupar a liberales de cualquier inclinación. Además la conducción política liberal tenía sus enconadas contradicciones de grupos progresistas y conservadores, la cantidad de población negra y su ubicación geográfica no importaba a las autoridades liberales para los apoyos estatales y nunca tuvieron representación política en los órganos de decisión del Estado; fueron los guácharos permanentes de la República. El límite ideológico y pragmático del liberalismo progresista fue el determinismo modernizador del Estado para beneficiar a mercaderes y terratenientes agro-exportadores de la Costa.

Empalencamiento perpetuo del cimarronismo político

Para 1912, 90 años después de la proclamación de la independencia del Distrito del Sur, y 82 de la proclamación de la República del Ecuador, mujeres y hombres negros de la provincia de Esmeraldas es probable que creyeran que el colonialismo apenas había mutado de personas y conservaba su esencia, pero el sentido político de la resistencia volvía siempre con la estrategia de los cimarrones: empalencarse con el territorio como creación cultural o física. Cosa de querer vivir en un lugar autónomo y sin los atropellos de la ya identificada sociedad mayor. El 2 de junio de 1885, terminaban de comprar las 62 mil hectáreas de lo que sería la Comuna Río Santiago-Cayapas, por 3200 sucres, pagados en oro (playado durante lustros y ahorrado pepa a pepa), a doña Isolina Weir, viuda de Rufino Viteri, quien a su vez había comprado estas posesiones a los familiares de Juan José Flores 9 . La venta fue forzada por el cimarronismo político combinado de negros libertos, conciertos y peones; no había propietarios, salvo de sus vidas y decisiones. Es caso único en la historia del Ecuador: de aperreados sin fin a posesionarios con control político. El desamparo legal los convertía en las víctimas principales de los coletazos del colonialismo, pero también en inquilinos del zaguán de la joven República ecuatoriana. «En 1857, la empresa Land Ecuador Company , mediante contrato con el Estado ecuatoriano, cuyo presidente era José María Urbina obtuvo en San Lorenzo del Pailón la cantidad de 100 mil hectáreas, igual cantidad obtuvo en Atacames, con lo que pretendía pagar una parte de la deuda inglesa de la independencia» 10 . Entregaron esos territorios con gente y todo. La única existencia visible eran los árboles de madera fina y los minerales, los campesinos afroecuatorianos eran del color del aire.

Un siglo después, al volver la mirada a aquel 24 de septiembre, para entender mejor esa condición humana puesta a prueba por las carencias políticas hay que hacerlo con los ojos de presagio de Frantz Fanon. Así se evidencian en términos de resistencia los resultados de las desventuras sociales y económicas que sobrellevaban mujeres y hombres negros en el país y en Esmeraldas: » La inmovilidad a que está condenado el no liberado ( o neocolonizado ) no puede ser impugnada sino cuando éste decide poner término a la historia de la colonización…» 11

La ciudad de luciérnagas fijas

Hacia 1913, la ciudad de Esmeraldas tendría alrededor de cinco mil habitantes con abismal diferencia étnico-social entre ellos, sus calles alumbradas por faroles de kerosene parecían luciérnagas fijas y eran apisonadas con martillos pilón de madera manejados por hombre negros no pocas veces obligados a planazos en el lomo. El agua se acarreaba a lomo de peones aguateros y se almacenaba en barricas, se comunicaba por telégrafo y por el cable de las compañías comerciales extranjeras; el mar y los ríos eran las vías de traslado a otras ciudades. Sin el estorbo de los bancos de arena se navegaba río arriba, muy arriba, por el Esmeraldas para traer la materia prima de exportación.

La propiedad rural era de familias terratenientes que se adueñaron de la tierra por el sencillo método de ‘hasta donde les dio la vista’ mirando desde una loma, más que agrícola era una provincia ganadera y exportaba maderas finas, caucho, tagua y carne. No era la cantidad de habitantes sino el movimiento comercial que hacía importante a la ciudad, para el 24 de septiembre las casas comerciales se afincaban como auténticas embajadas negocios. Estaban las casas de Alemania, Francia e Italia, pero también había representantes comerciales de Colombia, Inglaterra, Estados Unidos de América y los viajeros de exploración comercial de otros países europeos. En La Poza (desembocadura del río Esmeraldas) se hacían las operaciones de carga y descarga de los trasatlánticos.

Las autoridades de gobierno, según Franklin Tello Mercado, eran de la Sierra, de Guayaquil o Manabí, casi nunca de Esmeraldas. «Hasta los agentes de policía eran manabitas o de la Sierra» 12 . Tello Mercado médico de profesión, nacido en 1900, vio y padeció las consecuencias de la guerra civil. Su testimonio fue recogido de viva voz por su nieto Franklin Tello Núñez y reproducido en el libro de Marcel Pérez Estupiñán. También en el Archivo Histórico, que antes perteneció al Banco Central, era posible encontrar un documento audiovisual con su narración testimonial.

«Los negros campesinos bajaban en balsas y canoas trayendo caucho, tagua, plátano y otros productos que vendían frecuentemente y compraban aguardiente y se embriagaban» 13 . Por eso eran apresados y cruelmente maltratados e insiste que «eso se veía todos los días en los años 10, 11, 12 y 13». Se entiende que eran los años de 1910, 1911, etc. Puntualiza de un intendente que se llamó Benigno Ayora, «un hombre cruel» 14 . «Cuando llegaban los negros al cuartel de policía los hacía meter en cepos… (Estos instrumentos de tortura) eran dos palos un poco gruesos, unidos los extremos por una bisagra grande que permitía hacer la forma de compás. En la parte superior de los palos cavaban un semicírculo que correspondía a otro semicírculo de la parte inferior, de tal manera que al cerrarse se formaba un círculo y así quedaban los presos agarrados por el cuello… y allí se los ponía una tarde, una noche o un día entero. Esos pobres morenos no comían, no bebían agua, allí se orinaban y allí defecaban. Al día siguiente se les cobraba una multa y se los dejaba en libertad» 15 .

La poca simpatía de Franklin Tello Mercado hacia los alzados en armas no invalida su testimonio, sino su efecto contrario: precisa el análisis. Jean Paul Sartre en el prólogo de Los condenados… apronta esta precisión de antropología política: «Y el colonizado se cura de la neurosis colonial expulsando al colono con las armas» (pág. 16). Donde está escrito ‘colonizado’ léase neocolonizado o no liberado del colonialismo . Esa era la «conducta» de las autoridades enviadas a Esmeraldas. Valga el entrecomillado para no justificar una política de Estado con actos personales.

«Los historiadores, los amigos y los partidarios de Carlos Concha hicieron aparecer el movimiento revolucionario como la protesta por la muerte de los Alfaro, a tal punto que en el mausoleo del líder se lee: «encabezó la protesta armada contra los asesinos de los Alfaro en Quito. Pero los esmeraldeños tenían otras razones y la principal era la sed de venganza que sentían contra sus opresores» 16 . O sea intereses hostiles de esos años inmediatos, pero están las consecuencias de humillaciones y carencia casi absoluta de derechos desde antes hasta ese 24 de septiembre de 1913.

Carlos Concha encontró la gente que esperaba un líder para el desquite, fue el más indicado por su prestigio y sobre todo era esmeraldeño. No hubo acuerdo previo y cada uno entendió el porqué iba a jugarse la vida: el líder por las fatales desviaciones del liberalismo de Plaza Gutiérrez y los cimarrones para acabar con la ya insoportable opresión. «Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones están necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la intensidad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles» 17 . Y para esta guerra la largura de los intereses hostiles de los cimarrones, salvo para los historiadores, era proverbial.

1 «Y el colonizado se cura de la neurosis colonial expulsando al colono con las armas», esta frase corresponde a Jean Paul Sartre y es tomada del prólogo de Los condenados de la Tierra, libro de Frantz Fanon, lectura imprescindible para este breve estudio. El autor entresaca el título de la comprensión sartreana del libro de Fanon.

2 Los condenados de la tierra, Frantz Fanon, Rosario-Santa Fe-Argentina: Kolectivo Editorial «Último Recurso», (Segunda edición liberada, 2007), p. 26.

3 Divinidad afrocubana de los fierros de combatir injusticias.

4 Eric Hobsbawn, el marxismo y la transformación de la historiografía, ensayo de Matari Pierre tomando la cita de La naissance de l’historiographie moderne, de Georges Lefebvre, París, 1971, pág. 321.

5 Descorriendo los velos, Fernando Gutiérrez Concha, 2002, pág. 84.

6 Óp. Cit. Pág. 84.

7 De la guerra , Karl von Clausevitz, editado por LIBRO.dot.com, pág. 7. Copyright 2002, http://www.librodoct.com,   http://lahaine.org/amauta/b2-img/Clausewitz Karl von – De la guerra.pdf 

8 Los condenados de la Tierra, de Frantz Fanon, pág. 9, prólogo de Jean Paul Sartre. Fuente: http://www.elortiba.org/ Segunda edición liberada, 2007.

9 Primer presidente de la recién proclamada República del Ecuador.

10 La deforestación en el norte de Esmeraldas (Eloy Alfaro y San Lorenzo) , Pablo Aníbal Minda Batallas. http://mail.ups.edu.ec/universitas/publicaciones/universitas/contenidospdf//ladeforestacionenEsmeraldas.pdf  

11 Frase textual: «La inmovilidad a que está condenado el colonizado no puede ser impugnada sino cuando el colonizado decide poner término a la historia de la colonización…» Los condenados de la Tierra, pág. 38.

12 Historia general de Esmeraldas, de Marcel Pérez Estupiñán, pág. 279, editorial Universidad Técnica Luis Vargas Torres, 1996?

13 Óp. Cit., pág. 279.

14 Óp. Cit., pág. 279.

15 Óp. Cit., pág. 280.

16 Óp. Cit., pág. 283.

17 De la guerra , Karl von Clausewitz, pág. 8.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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