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La revolución cultural del neoliberalismo

Fuentes: Rebelión

Cuando el reloj de la política latinoamericana parece que va a dar un nuevo giro, otra vez, hacia el neoliberalismo que dominó el mundo de los ochenta (Regan, la Thatcher, Juan Pablo II, los economistas de la escuela de Chicago y los ideólogos de la cultura del capitalismo tardío; vale la pena recuperar nuestro libro […]

Cuando el reloj de la política latinoamericana parece que va a dar un nuevo giro, otra vez, hacia el neoliberalismo que dominó el mundo de los ochenta (Regan, la Thatcher, Juan Pablo II, los economistas de la escuela de Chicago y los ideólogos de la cultura del capitalismo tardío; vale la pena recuperar nuestro libro Referentes*, resultado directo de lo que, desde la disidencia, pensamos en esos duros tiempos. La primera edición fue hecha en el año 2000.

La idea básica fue una: el neoliberalismo no fue apenas una doctrina macroeconómica. Fue, además, una filosofía, una cosmovisión, una epistemología, una matriz de pensamiento que dominó casi todos los ámbitos del saber humano: la ciencia y las artes en primer término.

¿Cuál fue el denominador común de tal operación global? Uno solo y muy claro: la supresión de los viejos referentes que habían marcado el pensamiento totalizante del siglo XIX, la mayor parte del siglo XX y, sobre todo, el de los célebres años sesenta. Se trató de una muy bien programada «virtualización» del mundo real y su transformación en otro hecho de puras representaciones. Se trató de ocultar en la «realidad real» los verdaderos propósitos del nuevo orden global. Lo que llamaron «la nueva economía». La supresión de referentes, viejos y nuevos, logrados por la humanidad a lo largo de su historia. Eso.

Para empezar, la ciencia económica suprimió el tema de las relaciones de producción, distribución y redistribución y se centró en los puros ejercicios monetaristas de oferta y demanda regidos por el dios de un mercado virtual, financiarizado, sobre todo bursátil. La filosofía, con Baudrillard a la cabeza, olvidó los eternos referentes del Bien y el Mal y de lo Verdadero y de lo Falso y ahogó el juego real del mundo en el solo espacio de las representaciones (La transparencia del mal). Los politólogos herederos de Daniel Bell (El fin de las ideologías), para quienes Norberto Bobbio sería una pieza desechable, proclamaron que ya no tenía sentido hablar de izquierda ni de derecha en el mundo posmoderno, algo que hoy, inútilmente, repitieron los jóvenes españoles de Podemos, mientras que la derecha ibérica los devolvíó al sitio real que pintaban en la sociedad con la acusación de que son, literalmente dijeron, «extremistas de izquierda».

También los antropólogos célebres como García Canclini dejaron de lado lo que habían estudiado con tanto fervor, como las diferencias entre la cultura popular y cultura dominante y empezaron hablar de que Las culturas híbridas se habían vuelto hegemónicas y, por cierto, indiferenciables. De la mano de los economistas, los pensadores neoconservadores y posmodernos, con el inevitable Daniel Bell como capitán (Las contradicciones culturales del capitalismo), sentenciaron la muerte de las clases sociales y sus luchas porque, en el mundo universitario -así escribió−, como caso emblemático y ejemplificador, los estudiantes y profesores, generalmente uniformados con la ropa casual, ya nadie podría señalarlos como ricos o pobres.

Francis Fukuyama puso lo que creyó la estocada final a esa ceremonia planetaria de destrucción masiva de los referentes que orientaron y articularon nada menos que toda la Historia moderna y lo que había venido con ella como traído de contrabando del mundo antiguo. El fin de la Historia, había llegado por fin. El sueño de Hegel se había cumplido. Era ya obsoleto. El sentido de la historia había concluido. La Historia había muerto.

En lo que concierne al arte había ocurrido una supresión más palpable: la de un referente fundamental: el artista. La figura del nuevo curador convertida en artista de artistas que no cura lo que ya ha sido sino lo que ha de ser, lo que debe ser, todo un comisario muy ideologizado que proclamaba su desideologización, desde luego, copó los museos y galerías del mundo.

La acometida neoliberal no se quedó en el campo de la alta cultura sino que, además, invadió ─todos pudimos constatarlo─, la música popular latinoamericana justamente a partir de 1980: el olvido o postergación de esa ars amatoria latinoamericana guardada en valses, tangos, boleros, sambas, rocola; descalificados como «setenteros» y (música disco y new age mediante), la «modernización» de un gusto masivo gracias al cual era fácil ver a multitudes de jóvenes que coreaban letras en un inglés que no sabían.

Aunque por otras razones y desde otros propósitos, en esta secuencia de autores y textos que dan cuenta del cambio epistemológico logrado, uno podría añadir coincidencias previas, al menos funcionales y convenientes de grandes pensadores de izquierda anteriores a 1980: la figura de Lyotard y su concepción de la postmodernidad como pérdida/fin de los grandes discursos (marxismo, psicoanálisis, religiones). Y, por desgracia, también deberíamos añadir al estructuralismo ─Lévi-Satrauss, Foucault, Althusser─ y el anti humanismo teórico que proclamó, nada menos, que la muerte del hombre. (Foucault, años después, ante los abusos del antihumanismo práctico neoliberal, se lamentaría: ¿Cómo podíamos defender los derechos humanos de un hombre muerto?).

En cuanto a la actitud neoliberal, vale la pregunta: ¿Qué hubo por detrás de esta avasallante destrucción de los referentes más caros de la historia social humana, de la memoria humana, en especial, como señala Bourdieu: de la destrucción metódica de los colectivos humanos?

Pues la necesidad de destruir, por sobre todo, la percepción de la política real, en función de la hegemonía de un discurso aviesa y artificialmente complejo y maquiavélico: el discurso neoliberal. Es decir: el discurso del capitalismo tardío. La utopía neoliberal que quiere un mundo hecho de muy pocos poderosos que dominen a una masa de pobres, incapaces de cuestionar, desde su ignorancia, cinismo o indiferencia, lo que Chomsky llama el nuevo orden mundial.

Ahora bien, todo ese tenaz cambio en el pensamiento, tenía que pasar obligadamente por el amparo mayor de la cultura en el más amplio sentido del término. El neoliberalismo se planteó, pues, como una revolución cultural. No deja de ser significativo que, en Chile, el modelo neoliberal por excelencia (autoritarismo, masacres, privatización de todo), se hable de «La revolución silenciosa» para referirse a los cambios económicos efectuados por la dictadura (el libro es del pinochetista Joaquín Lavín).

Nada de extraño tuvo que nosotros, y hablo por mis colegas intelectuales, combatiéramos esa nueva mentalidad (ese episteme), que se expandía, como una plaga imparable por el mundo, desde ese territorio propicio: desde la cultura.

Vale señalar la paradoja de que el gran propósito de despojo global, y apropiación económica de las riquezas del mundo, del capitalismo tardío, como lo llama Jameson; es decir, del neoliberalismo, no podía afirmarse sino con el amparo de un cambio cultural que olvidara, para siempre -amén de los referentes que hemos anotado-, el gran pensamiento humanista que nació con la propia historia, desde el reinado de las mitologías, luego de las religiones y, ahora, de las ideologías.

Hay que aclarar que todas estas creencias mencionadas, alojaron siempre su contrario: los brotes del pensamiento mercantil más craso. Reductio absurdum: bajo esa luz no es incongruente entender que la historia de Judas no fue la historia de una traición: bien pudo ser la del ‘intercambio de un Dios por 30 monedas’, una simple transacción comercial exitosa, que transformó un valor de uso infinito en un valor de cambio minúsculo pero efectivo: las 30 monedas.

Y valga esta ‘exitosa’ conversión teórica para ilustrar bien lo que el capitalismo tardío y global, quiere lograr, en los hechos de hoy ─en una conversión práctica─, con el planeta entero (indudablemente, un valor de uso único y total) al transformarlo en capital (un valor de cambio precario pero efectivo).

En efecto, en un planeta Tierra, depredado, sobrecalentado, no sustentable ya, puesto que hemos rebasado la llamada «huella ecológica», la atmósfera de las grandes ciudades sucia por el CO2 del «desarrollismo» de los países «desarrollados»; los mares, algunos casi saturados de desechos industriales, metales pesados y demás, y en donde, según los científicos más calificados, estamos al borde de la «sexta extinción», la de la especie humana, el furor capitalista, que solo mide ganancias, y no calcula costos ambientales ni civilizatorios, convierte, sin tregua, cada vez con más velocidad y fuerza, en puro capital no solo el bienestar humano sino la propia naturaleza y su frágil equilibrio. Víctima no del ser humano sino de enajenaciones tales como el consumo desenfrenado y hasta ese absurdo de la «industria de la obsolescencia programada», la conversión absoluta de los valores de uso en solo valores de cambio parece ser ya un desastre irreversible. Bolívar Echeverría nos hablaba de un mundo que se solaza consumiendo sus propios escombros.

Para que este cuadro de debacle se complete, hay que evocar un factor económico, por desgracia, acaso resultante de ese ímpetu devorador del mundo: la inequidad en la distribución de la riqueza. La velocidad depredadora va la par de la velocidad de concentración del capital. La ambición desmedida genera tanto el insaciable consumo de recursos como el crecimiento de la riqueza extrema. Lo uno y lo otro van de la mano. Hoy el planeta es más desigual que hace unas décadas. La Universidad de Zurich dice que ahora solo 147 grandes corporaciones controlan la economía global. El célebre estudio de Peter Phillips acerca de la exposición del 1% de la clase dominante del mundo, señala que ella tiene tanto dinero líquido o invertido como el 99% restante. Por si fuese poco, el último premio Nobel de economía, Angus Deaton, afirma que incluso las crisis económicas de hoy están hechas para beneficiar a los más ricos. Y el difundido estudio último de la Oxfam de Londres, apunta que hoy tan solo 62 personas poseen una riqueza igual a la de ¡3.600 millones de personas!

¿Después del consenso que dominó el mundo hasta los años sesenta, cuando los grandes movimientos sociales, políticos e intelectuales, habían tomado conciencia de su misión humanista, y revoluciones y movimientos independentistas cundían por todo lado ─aunque, en esa época, no se considerara aún, con fuerza, el tema ecológico─, y se pregonaba la revolución social y un cambio que no podía ser sino socialista y anticapitalista, cómo pudo llegarse al extremo de legitimar tanto la depredación del naturaleza como la inequidad (Tatcher se refería a la desigualdad como el mecanismo necesario para garantizar «el predominio de los mejores»)?

Ese propósito no pudo haberse logrado jamás sin la revolución cultural que hemos denunciado.

No es ninguna coincidencia, pues, que hayamos abordado, en nuestro libro Referentes, la arremetida neoliberal desde los variados temas de la cultura, con el claro propósito de que la ataquemos allí, en su más íntima estrategia: la destrucción de los referentes de la realidad más concreta que sostienen la vida social.

El «Estado obeso»

Eran los tiempos en los que intelectuales de nota como los mexicanos Octavio Paz, y su hijo putativo, Enrique Krause, denunciaban al Estado como el ogro filantrópico, idea que, en lo sustancial, iba mucho más allá del específico caso mexicano, al punto de que que hasta podía leérsela como una enorme metáfora. Sí: el referente expreso de la política moderna, el Estado, era un malhechor. Cómo dudarlo.

Ese fue el punto principal. Para el neoliberalismo, el Estado obeso, etc., fue el principal enemigo. Si la economía se reducía solo al mercado (dizque perfecto, que dizque se regulaba solo) el Estado sobraba: mientras menos Estado, qué mejor, decían. Reagan sentenció: El Estado ya no es la solución sino el problema.

Tantos autores, Emir Sader, entre ellos, han precisado los mecanismos de desmantelamiento del Estado mediante, en primer lugar, privatizaciones y ajustes que desconocen luchas sociales históricas. Hay que insistir que toda privatización es apropiación por parte de los grupos privados de los bienes públicos, fechorías amparadas por complejos discursos economicistas.

Hay una izquierda cándida que, recordando, con razón, los sangrientos orígenes del Estado como la maquinaria que propició la acumulación del capital con abusos y crímenes sin nombre, se adhieren al discurso anti estatal del neoliberalismo, si reparar que hemos heredado el Estado también, pero con su rostro evolucionado, actual, de regulador de la vida social y de los abusos del mercado, nacional y transnacional. Así, en el dilema, muchas veces falso de Estado/mercado, se obvia la realidad concreta de que el Estado es el único medio con el que contamos para defender las conquistas públicas frente a la desmedida ambición privada.

No es que el neoliberalismo quiera, más allá de sus proclamas, suprimir al Estado. Todo lo contrario: quiere devolverlo a su origen atroz: privatizarlo, y usar solo sus mecanismos represivos y de control social como hemos visto en Chile y México, España, Grecia etc.

Se trata, en el fondo, de economía: de la apropiación total de la riqueza social. El viejo sueño de los fisiócratas del siglo XVIII (el laissez faire, laissez passer) y el de los economistas victorianos de XIX, puestos en acción con un ropaje novedoso. De allí, la complejización deliberada del discurso neoliberal, su intrincada retórica, la necesidad de empujar una misma vieja idea muy concreta y aviesa, capitalista, individualista y codiciosa, en el seno de un discurso aparentemente nuevo, alojado en una ─así lo creyeron─ revolución cultural que demoliera todo pasado solidario y liberador.

Fander Falconí**, cuando leyó estas notas, tuvo a bien acotarme, con una gran precisión, que la pérdida de los referentes humanistas e históricos, solo pudo hacerse con el posicionamiento de los nuevos referentes trabajados por el pensamiento neoliberal: la globalización reducida al mercado, la supremacía del capital financiero, la construcción de «legítimas» barreras migratorias, la destrucción del medioambiente en aras del progreso y, entre otros, desde luego, la masiva homogenización cultural.

Insuficiente, abreviado, aleatorio, a veces didáctico y simplificador, mi libro Referentes, en su modestia, quiso ser otro llamado de atención para que nuestros intelectuales, a veces confundidos con tanta flamante palabrería, a ratos muy académica, tornasen los ojos a los hechos de la realidad concreta y su verdad también concreta, aquella que reclamaron Rosa Luxemburgo, Brecht y Machado, Benjamin, Gramsci, Sartre y tantos más como Chomsky Wallerstein, Petras; Jameson, Harvey, cada quien a su manera.

Pero, entre tanto, poco después, y guiado por su propia dinámica, el orbe latinoamericano había dado un gran vuelco hacia la izquierda. Se había iniciado el cambio de época: el antineoliberalismo (o posneoliberalismo) comandado por líderes de excepción: Evo Morales, Hugo Chávez, Mujica, Lula, Néstor Kichner, Correa, entre otros, quienes habían privilegiado el rol del Estado como regulador del potro desbocado del mercado. Privilegiado lo público por sobre lo privado. Vale decir: lo social frente a la ambición de lucro, en especial, la financiera. La marea rosada la llamaron en muchos lados.

Acompañándolos, nació un formidable correlato intelectual latinoamericano: Teutonio dos Santos, Atilio Boron, Ernesto Laclau, Boaventura de Sousa Santos, Óscar Ugarteche, Brito García, García Linera, tantos más.

Pero ahora el ciclo antineoliberal se ha cumplido, en gran medida, con grandes fallos, terribles omisiones, incluso corrupciones aún oscuras, pérdidas de rumbo que empañaron sus grandes aciertos.

Pero no nos engañemos: los gobiernos llamados progresistas nunca fueron anticapitalistas, sino en momentos de excepción. Como bien ha señalado Frei Betto, no lograron cambios estructurales en el agro, la tributación y el consumo y no lograron apoyarse siempre en los movimientos sociales que, ciertamente, no vivían su mejor momento. Boaventura de Sousa Santos, por su parte, ha señalado el elevado costo político que han tenido que pagar algunos de ellos por sus pactos con la derecha. O su objetiva derechización.

Este ciclo, cumplido a medias, en lo que fue posible, además por la presión de una real politik, mal que bien impuesta a los pequeños por los grandes poderes capitalistas −muy reales− que rigen el planeta de hoy, no siempre fue comprendido a tiempo, por una izquierda aséptica y escéptica, presuntamente radical, que se automarginó y perdió una oportunidad única para intervenir, desde adentro, en la ‘realidad real’ y no en el puro discurso: disputar un espacio, bien ganado, de poder real y posible. Como si el antecedente, en Ecuador, de la llamada Gloriosa del 44, no hubiese existido (En esta actitud, quizá no tan curiosamente, se remeda, se observa especularmente, el mismo desapego a la historia que profesa el neoliberalismo). A esa izquierda ‘deslactosada’, como bien la llamó García Linera, la historia no la absolverá. Y no es un vaticinio sino la simple conclusión de alguien que no ve cómo, en condiciones más duras, podrá remontar la poca adhesión que concita. En la política impuesta por el neoliberalismo, a saber, el sometimiento de los referentes concretos de la ‘realidad real’, a la mentirosa ‘realidad virtual’ de las solas ‘representaciones’, los vanidosos intelectuales de esa mentada izquierda, escogieron sin dudar la segunda, con un fundamentalismo equivalente al de los desarrollistas y extractivistas que tanto critican. El problema realidad/representación fue ignorado por ellos olímpicamente.

Por mi parte, trato de entender estos procesos que fueron históricos, necesarios y oportunos (en un aquí y ahora que no se podía desperdiciar), como una suerte de irrupción de una corriente de aguas claras, en la superficie de un río altamente contaminado y no humanizable: el del capitalismo.

No quiero terminar este prólogo sin aludir a hecho de que el ensayo dedicado a la democracia (ahora diríamos, en su modelo norteamericano) que está incluido en Referentes fue, en algún momento, solicitado por una distinguida revista académica, y rechazado luego por ella. Entendí que, en la democracia representativa, uno puede hablar en contra de todo, menos en contra de la democracia representativa. Como dijo un estudioso estadounidense: sustituyan la palabra democracia representativa por la palabra religión y todo será más claro en su discurso.

Mas, si en Latinoamérica, el neoliberalismo retorna; en los centros de poder mundial empieza a ocurrir lo contrario: a la crisis del capitalismo global se ha sumado su general desprestigio en los campos económico, ideológico y cultural. No hay espacios en donde no haya voces que lo denuncien. Y no hablamos de sus críticos habituales, que provienen de la izquierda. Las voces «desencantadas» del nuevo orden mundial provienen de grandes millonarios: capitalistas por antonomasia quienes, asustados por la estupidez vertiginosa de la acumulación del capital, proponen, como Bill Gates, Warren Buffet y los 16 más ricos de Francia según la revista Forbes, alzas de impuestos para los ricos y otras medidas que, in estrictu sensu, serían nada menos que antineoliberales. Voces autorizadas, como decía Bourdieu, entre las cuales podemos contar a célebres premios Nobel como Stiglitz y Krugman. Voces que saben que el neoliberalismo es el capitalismo a secas, sin los atenuantes y maquillajes que le impone la social democracia. En el campo de la alta cultura y del arte ese desprestigio es ya masivo y casi total. Bástenos decir que la Bienal de Venecia 2015, en palabras de su curador tuvo un tema: el anticapitalismo. A esa luz, el triunfo de Macri en la Argentina, no será sino una batalla perdida, precaria, además, en una guerra que se libra en un escenario global.

Notas:

* Si bien Referentes tuvo cuatro ediciones, una en forma de e-book, el autor creyó que el mensaje sustantivo suyo no había encontrado el eco que esperaba y decidió, en los siguientes cuatro años, escribir una novela, La Madriguera, que narrara, con ejemplos vívidos, porque ese es el poder del arte literario, lo que antes había querido decir con conceptos en su libro de ensayos. Era la historia de un pintor que, al filo del 2000, con un cambio cruel de siglo y de milenio, mientras su ciudad y su país se hundían en la debacle financiera de una arquitectura económica perversa y muy bien asumida por los organismos de Bretton Woods, que ya había destrozado la economía del México de Salinas de Gortari, de la Argentina de Menem y Cavallo o el Perú de Fujimori en esos mismos años, sin nada entre las manos para recibir al nuevo s XXI, pues hasta las premisas del arte moderno, en el que fue formado, habían colapsado en un hormiguero que perdía todas las diferencias, según lo dijo Octavio paz en Los hijos del limo, decide dejar de pintar, dejar el arte y volverse un hombre de la realidad real. Claro está que el propio nombre de la novela aludía al hecho que, desde los tiempos de Homero, el término Madriguera significaba: ética; una cueva para protegerse del inhóspito mundo. La Madriguera también se refiere a la caverna platónica. Es un lugar de protección en el cual solo se observan los reflejos −la sombra de la verdad- que no podemos alcanzar.

Digo esto para que se entienda que La madriguera y Referentes fueron las dos caras de una misma medalla. Pobres testimonios de una época maldita. Dos gritos angustiados en el seno de lo más profundo de ‘la noche neoliberal’.

** Fander Falconí: Nuevos referentes Indispensables del capitalismo neoliberal. 1) Globalización: meta aparentemente deseable, pero no si es interpretada solo en función de crear un mercado global único y de establecer corporaciones independientes de los estados (transnacionales). La mejor crítica a este ‘ideal’ ha sido la del economista egipcio Amin en 1998 (1). 2) Supremacía del capital financiero: es decir, del que no se consume, sino que se invierte en las mismas transnacionales, cuyas juntas directivas muestran coincidencias de integrantes. Por otro lado, la mayor parte del dinero es virtual, está supuestamente en determinados bancos e instituciones financieras, pero en realidad está en manos de las transnacionales, como inversión. 3) Homogenización cultural, en detrimento de la diversidad. El ejemplo más claro de esa característica indispensable para la hegemonía del capitalismo supranacional está en la comida chatarra. Las nuevas generaciones, más expuestas al bombardeo mediático, beben la gaseosa preferida de Santa Claus y comen la misma (con M) hamburguesa, despreciando quizás la bebida (como la avena con fruta) y la comida (como el arroz con fréjoles) de su cultura. Un cambio muy malo, en términos nutricionales, y pésimo, en lo cultural. Un pueblo puede ser rico en cultura, hasta puede poseer una rica diversidad cultural, pero puede tener baja densidad cultural, algo que tiene que ver más con la población y su bagaje cultural. Sin embargo, un pueblo puede perder su densidad cultural, cuando es invadido por una cultura extranjera que satura el ambiente. La pérdida de densidad cultural, sin embargo, ocurre con más facilidad cuando un pueblo carece del suficiente bagaje cultural. México, rico y diverso en cultura, padece de este problema. Según una encuesta reciente (2), 48 % de los mexicanos no se interesa en la cultura. 86 % nunca ha pisado un museo. 57 % no ha entrado a una librería. 73 % no ha leído un libro el último año. Pero esa gente no ha dejado de informarse, simplemente ahora forman parte de la «cultura global» que ve los mismos programas de televisión y se nutre de una sola fuente: el sistema mediático del capitalismo neoliberal. 4) Las barreras migratorias, aunque suene paradójico, también son indispensables para que funcione el gran capitalismo. Impedir que muchos trabajadores de los países pobres entren legalmente a los países ricos beneficia al neoliberalismo. Así se mantienen bajos los salarios de los trabajadores ilegales y los agricultores (y algunos industriales, así como algunos servicios) obtienen grandes ganancias. 5) Destrucción del ambiente, estamos frente a una crisis civilizatoria de hondo calado. Hemos rebasado como humanidad los límites planetarios. La cultura del descarte y la obsolescencia programada. Hay sociedades y clases sociales que consumen más que otras y emiten contaminación en forma desproporcionada. En forma paradójica, muchas de las verdaderas riquezas del planeta (biodiversidad y recursos naturales), están aún en el Sur del planeta.//1-Amin, Samir. El capitalismo en la era de la globalización, Paidós, Barcelona, 1998.2.-Berman, Sabina Política cultural de México es una ‘basura’ Revista Proceso # 1783, México, 2010.
Este texto es el prólogo del libro Referentes.
Abdón Ubidia: escritor y crítico literario ecuatoriano. Entre sus libros figuran novelas como Ciudad de invierno, Sueño de lobos, La Madriguera, Callada como la muerte y La hoguera huyente; cuentos como Divertinventos y ensayos como La Aventura Amorosa.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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