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La Revolución Tecnológica en el corazón de las contradicciones del capitalismo senil

Fuentes: actuelmarx

(Traducido para Rebelión por Horacio Garetto y Beatriz Morales) 1.- La revolución tecnológica contemporánea es un hecho y por añadidura importante. No lo he puesto en duda, incluso lo he considerado el punto de partida necesario del análisis de lo que es «nuevo» en la evolución del capitalismo. La diferencia está en, por una parte, el análisis […]

(Traducido para Rebelión por Horacio Garetto y Beatriz Morales)

1.- La revolución tecnológica contemporánea es un hecho y por añadidura importante. No lo he puesto en duda, incluso lo he considerado el punto de partida necesario del análisis de lo que es «nuevo» en la evolución del capitalismo.

La diferencia está en, por una parte, el análisis que se hace de la naturaleza de esta revolución comparándola con las precedentes y, por otra, en las consecuencias políticas que se sacan de ello.

Tal como creo que hay que hacer, yo analizo las revoluciones tecnológicas en términos de la ley del valor. En este análisis la producción es, en definitiva, el producto del trabajo social y el progreso de su productividad se manifiesta por medio de la reducción de la cantidad de trabajo social total necesario para la producción de una unidad de valor de uso.

2.- Las revoluciones tecnológicas anteriores en la historia del capitalismo (la primera, la de la máquina de vapor y las máquinas textiles de finales del siglo XVIII, principios del XIX; la segunda, la del hierro, el carbón y los ferrocarriles a mediados del siglo XIX; la tercera, la de la electricidad, el petróleo, el automóvil y el avión a principios del siglo XX) se tradujeron todas ellas a la vez en una reducción de la cantidad de trabajo social total necesario para la producción de los valores de uso considerados, pero también en el aumento de la proporción que representa la cantidad del trabajo indirecto (asignado a la producción de los medios de producción) en relación a la del trabajo directo (asignado a la producción final). La revolución tecnológica en curso invierte esta tendencia. Permite el progreso de la productividad del trabajo social por medio de la puesta en marcha de tecnologías que se traducen en la reducción de la proporción del trabajo indirecto.

Resumo estas observaciones en el siguiente esquema cuantitativo simplificado:

Cantidad de trabajo necesario (para la producción de una unidad de valor de uso dada)


Trabajo total (1) Trabajo directo (2) Trabajo indirecto(3) Relación (3) / (2)


1. Punto de partida:

100 80 20 0,25

2. Primeras revoluciones:

50 25 25 1,00

3.Revoluciones en curso:

25 17 8 0,50

La productividad del trabajo social se duplica cuando se pasa de 1 a 2 a costa de una intensificación capitalista de las tecnologías puestas en marcha, mientras que un progreso de la productividad, idéntico cuando se pasa de 2 a 3 (el doble de ésta) va acompañado de una inversión del movimiento de la intensidad capitalista de los métodos de producción.

3.- Las relaciones de producción capitalistas implican que la entrada en la producción esté reservada a quienes poseen un capital suficiente para instalar los equipamientos necesarios. Así pues, el aumento de la intensidad capitalista a través de la cual se manifestaron las revoluciones industriales sucesivas en los siglos XIX y XX proporcionó al capital un dominio creciente sobre los trabajadores desprovistos de otros medios de vida que no fueran la venta de su fuerza de trabajo (incapaces, pues, de «producir» por sí mismos -esto es, sin capital- bienes competitivos).

¿ La inversión del movimiento por medio del cual se manifiesta el progreso científico y tecnológico tiende a «abolir» el poder del capital abriendo el acceso a la producción?

Hay por lo menos dos razones que hacen que no lo sea en absoluto.

La primera es que las revoluciones tecnológicas sucesivas, incluida la que está en curso, han implicado una creciente centralización del capital. La unidad más eficaz para la producción de numerosas valores de uso claves (pero ciertamente no todos los valores de uso) es aquella que centraliza una mayor cantidad de producción de éstas: una fábrica concebida para producir diez autos o diez computadores al año no es competitiva (pero un abogado, un médico o un pequeño gabinete no son menos eficaces que una gran empresa que opera en estos sectores de la actividad). Por ello, aunque decreciera sensiblemente la intensidad capitalista la entrada en la producción quedaría reservada a aquellos que disponen de un capital siempre considerable para adelantarlo (para la compra de equipamientos, el anticipo de los salarios y la constitución de las existencias necesarias para la actividad de producción y su salida comercial).

La segunda es que la continuación de la revolución tecnológica exige «inversiones de investigación» cada vez más importantes. Un trabajador aislado o un pequeño colectivo de trabajadores, aunque estén bien cualificados, en general no están en condiciones de llevar a cabo estas investigaciones. La ventaja aquí la tienen los centros capaces de concentrar capacidades de investigación movilizando a un gran número de investigadores: Estado y grandes empresas. Este elemento constitutivo del «monopolio de los propietarios» frente a la indigencia de los otros (los «proletarios») exige hoy una proporción de «la inversión total de los capitales» necesaria para la entrada en la producción mucho más fuerte de lo que lo era hace cincuenta años. Se pone entonces en marcha el refuerzo de este monopolio de una manera cada vez más sistemática por parte de aquellas legislaciones llamadas «protectoras de la propiedad intelectual e industrial», destinadas de hecho a superproteger los oligopolios de producción.

4. La evolución de las revoluciones tecnológicas se articula igualmente sobre la de la cualificación del trabajo social exigido por las producciones concernidas.

Las formas anteriores de la producción no exigían ninguna calificación particular a la mayoría de los trabajadores – de hecho, «descalificados» como lo fueron los obreros de las cadenas de montaje. Las formas nuevas son a menudo mucho más exigentes. ¿Se puede decir que puesto que el trabajador está más cualificado disfruta de una mayor «libertad» frente al capital que lo emplea? ¿Se beneficia al menos de un poder de negociación mejor establecido? Sobre este tema existen muchas ilusiones que hay que disipar. Porque si para los segmentos particulares en los que, coyunturalmente, la fuerza de trabajo cualificado requerida viene a marcar, los beneficiarios de esta situación pueden aprovechar su capacidad de negociar, los poderes públicos siguen con el objetivo de crear a más largo plazo un excedente en la oferta de trabajo adecuado. Empleados de la empresa moderna o trabajadores independientes que al estar subempleados multiplican las ocasiones, siguen dependiendo, en su aplastante mayoría, de quienes los emplean.

5. El frecuente debilitamiento de la intensidad capitalista en las formas modernas de producción permite la mejora de la tasa de beneficio, cosas todas iguales, además. Llevado a la masa de la población, ya sea estanca o en crecimiento ralentizado, el beneficio tiende a acaparar una proporción creciente de los ingresos netos. La tendencia del sistema a producir un excedente que entonces no puede ser absorbido por unas inversiones dedicadas a la ampliación y profundización del sistema productivo (una tendencia fuerte del capitalismo moderno de los oligopolios como mostró Paul Sweezy cuyo análisis comparto) se ve reforzada por el hecho de la nueva revolución tecnológica. Este desequilibrio global está en el origen de la «crisis estructural» del capitalismo neoliberal contemporáneo, es decir, del estancamiento relativo que lo caracteriza.

Este excedente puede absorberse de diferentes maneras. Se puede dedicar a unos gastos suplementarios de despilfarro social tal como el mantenimiento de policía privada asociada a la creciente desigualdad en el reparto de los ingresos, como sucede en Estados Unidos. Pero podría serlo por medio de la puesta en marcha de políticas de gastos sociales útiles (educación y sanidad), que constituyen entonces formas indirectas de refuerzo de los ingresos de los trabajadores (que permiten, además, el relanzamiento de la demanda y de la producción) o por medio de los gastos militares (la opción de Estados Unidos).

Además, las formas de la globalización puestas en marcha por el neoliberalismo dominante permiten reproducir y hacer más profundas unas asimetrías internacionales graves en el acceso de unos y otros al excedente en cuestión. A este respecto he escrito (cf. Samir Amin, Le virus libéral, Le Temps des Cerises, 2003, p. 129 y stes) que en la actual coyuntura política marcad por la militarización de la globalización y la ofensiva hegemonista de Washington, el sistema funciona a favor de Estados Unidos que absorben una buena proporción del excedente generado por los demás, para aplicarlo a un reforzamiento de sus gastos militares.

6. Una revolución tecnológica transforma siempre las formas concretas de organización del trabajo y por consiguiente, la estructura de las clases dominadas.

Pero la revolución contemporánea no ha abierto un amplio campo a la organización de «redes horizontales» de trabajadores capaces con ello de emanciparse, al menos en parte, de las exigencias del capital dominante. Las situaciones de este tipo sólo son completamente marginales. Por el contrario, la evolución dominante de los mercados de trabajo está caracterizada por un fraccionamiento reforzado que da al capital unos márgenes de maniobra de donde sabe obtener beneficio. La pauperización producida por esta evolución se expresa por medio de la creciente proporción de trabajadores «no estabilizados» (parados, precarios, informales) como demostré en otra parte (cf. Samir Amin, Le virus libéral, p. 35 y siguientes, Le temps des Cerises, París 2003)

7. El conjunto de los fenómenos de los que aquí se habla, todos asociados a la revolución tecnológica contemporánea , interpela a quien se plantee la cuestión del futuro del capitalismo y de lo que implica la lógica de su despliegue para los trabajadores y los pueblos.

Por mi parte me parece que esta evolución pone en cuestión la «legitimidad» del capitalismo como sistema social civilizado y eficaz. El capitalismo obtenía su «legitimidad» del hecho de que el crecimiento de la producción exigía inversiones de capital cada vez más masivas que solamente podían reunir los «capitalistas», que además asumían un «riesgo» (cuya importancia siempre ha exagerado la teoría convencional), procuraban «empleos» a una mano de obra poco calificada, aceptando con ello la idea que los trabajadores no eran capaces por sí mismos de asegurar la eficacia de la producción. Cuando además los trabajadores -organizados en sindicatos de masas, como corresponde a su concentración en grandes unidades de producción- logran imponer al capital un reparto estabilizado de los ingresos netos ( los salarios que se benefician de un crecimiento igual al de la productividad social del trabajo) y la coyuntura internacional favorece este «compromiso social» (por temor a la competencia «comunista»), la legitimidad del sistema sale reforzada.

Las evoluciones contemporáneas han anulado ampliamente estos motivos de legitimidad. Mayor cantidad de trabajadores están más cualificados ( y con ello mejor situados para organizar eficazmente la producción por sí mismos), pero simultáneamente están debilitados frente a sus patrones. Las inversiones requeridas para iniciar una producción son menos importantes y estarían al alcance de un posible colectivo si las instituciones del Estado y de la economía estuvieran concebidas para hacer posible la puesta en marcha de los proyectos que son capaces de formular. Dicho de otra forma, el capitalismo como forma de organización social «tenido su momento» . Otras formas -socialistas- parecen a la vez mejor en condiciones de asegurar al mismo tiempo la eficacia (y la reducción de los despilfarros), la justicia social y la equidad internacional. Pero las relaciones de producción capitalistas y las relaciones imperialistas siempre dominantes se oponen a unos avances en las direcciones necesarias para una «superación del capitalismo»; y se oponen a ello con una violencia redoblada.

Mi análisis pone el acento en las contradicciones del sistema y su agudización. Este enfoque no es el que nos proponen los textos dominantes concernientes a la «revolución tecnológica».

Ésta ha ignorado, de entrada, la ley del valor que sustituye al concepto superficial de «competitividad en los mercados». Pero este discurso de la economía convencional es perfectamente tautológico (porque la única productividad que tiene un sentido es la del trabajo social) e por definición ignora hasta los efectos de la dominación del capital oligopolístico. Todos los autores que he criticado se inscriben en la denominada corriente posmodernista (Castells entre otros) y se prohíben abordar estas cuestiones de método fundamentales adhiriéndose sin dudar a la economía convencional.

Además, el método del «post-modernismo» (aquí pienso particularmente en Castells y en Negri) supone que la «evolución del sistema» (entre otros debido al hecho de la revolución tecnológica en cuestión) ya ha abolido clases y naciones, o cuando menos está en vías de hacerlo, y ya ha hecho del «individuo» el sujeto directo y principal de la historia. Este retorno a la ideología plana del liberalismo -el discurso permanente del capitalismo sobre sí mismo- constituye precisamente el objeto central de mis críticas. Expresadas en términos de «votos piadosos» y de formulaciones «politically correct» (que particularmente Castells siempre se preocupó de no superar) estas visiones evolucionistas dirigidas por el economismo y el tecnologismo de la ideología dominante suponen que el capitalismo «se superará pacíficamente por sí mismo». Yo me mantengo en las posiciones del marxismo: si bien las condiciones de otro sistema (superior) están bien reunidas por esta evolución, las contradicciones que ella agudiza (¡y no reduce!) sólo serán resueltas por las luchas a través de las cuales se expresan. Por sí mismo el capitalismo -«superado objetivamente» (y con ello digo «senil»)- no engendra una nueva sociedad -mejor- sino la pura barbarie. ¿Desmienten el realismo de mi análisis la ofensiva generalizada de los poderes al servicio del capital dominante y la militarización del imperialismo? «Otro mundo» no saldrá de la sumisión a la lógica del despliegue del sistema sino de la lucha decidida contra ella.