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La saga de Woods

Fuentes: Rebelión

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

No hay que considerar mi polémica con Alan Woods como una discusión erudita de la Revolución Rusa; la riña no trata de León Trotsky y de José Stalin (que sus almas descansen en paz en el regazo de Marx en el paraíso comunista) sino sobre temas extremadamente relevantes de nuestros días, aunque los presento en su perspectiva histórica.

Woods traza un cuadro completo de la especie de comunismo que apoya, y que desea que todos adopten. Se basa en tres monstruos marinos, como lo hacía el mundo en la cosmografía antigua.

Monstruo Nº 1 – No al socialismo en un solo país

Estas palabras son mencionadas por Celia Hart, y son muy apreciadas por Woods. Las repite muchas veces, por ejemplo: «En el fondo de la ideología estalinista se encuentra la llamada teoría del socialismo en un solo país. La teoría antimarxista del socialismo en un solo país fue expuesta por primera vez por Stalin en el otoño de 1924; iba en contra de todo lo que habían defendido los bolcheviques y la Internacional Comunista. Esta idea nunca hubiera sido aprobada por Marx o Lenin.»

Liberémosnos de la discusión talmúdica sobre lo que dijeron exactamente Marx, Lenin o Stalin. Esta tesis de Woods significa que en ningún país los comunistas deberían intentar tomar el poder; porque si lo hacen, será un «socialismo en un solo país». Los comunistas à-la-Woods esperarían pacíficamente hasta que la burguesía mundial entregue su poder a escala planetaria. Si Woods estuviera en el lugar de José Stalin le devolvería tranquilamente Rusia al Zar o a Kerensky, para evitar esa abominación del «socialismo en un solo país».

Woods atribuye esta opinión a Lenin: «Lenin sabía muy bien que a menos que triunfara la revolución proletaria en Europa Occidental, especialmente en Alemania, la Revolución de Octubre terminaría por estar condenada…. ¿Cómo era posible construir el socialismo nacional en un solo país y sobre todo en un país extremadamente atrasado como Rusia?» Según Woods, esto significa que después de la derrota de la revolución en Alemania en 1920, los comunistas rusos deberían haber vuelto a sumergirse en la clandestinidad.

Tales posiciones de los trotskistas los convierten en queridos amigos del imperialismo occidental, porque según su opinión, las naciones del mundo debieran esperar bajo sus regímenes hasta el Segundo Advenimiento, es decir la revolución mundial. Los verdaderos comunistas – tachados de ‘estalinistas’ en el vocabulario trotskista – estuvieron y están a favor de la revolución, de la toma del poder y del socialismo en todas partes – ¡ahora! Mao y Lenin, Castro y Ho Chi Minh no rehuyeron el poder, no dijeron: «¡Oh no!, no vamos a tomar el poder, nuestros países son demasiado atrasados, esperaremos la revolución mundial»; porque sentían responsabilidad y amor hacia sus países – a China y Rusia, a Cuba y Vietnam.

Monstruo Nº 2. No al patriotismo

Woods subraya: «El nacionalismo y el marxismo son incompatibles»; pero el odio de Lenin al nacionalismo ruso fue tan grande que durante un cierto tiempo después de la Revolución de Octubre, la palabra ‘Rusia’ desapareció de todos los documentos oficiales soviéticos.

El patriotismo, el amor a su país, es una gran fuerza; esta fuerza debiera ser plenamente utilizada en nuestra lucha contra el enemigo. El comunismo à-la-Woods se posiciona a favor de la globalización: el amor al propio país, ese orgulloso «Patria o Muerte» es anatema para un trotskista. Un comunista debería – según Woods – sentir aversión hacia o ignorar a su país y a su pueblo, debería desear que el nombre mismo fuera eliminado; y jamás debería tratar de unir a sus compatriotas para combatir una invasión extranjera o la conquista imperialista. Woods no está de acuerdo con la opinión de Ziuganov y dice que éste opina que «Rusia se ha convertido en una colonia de los capitalistas extranjeros» y que «este análisis deja la puerta abierta a una política de colaboración con la ‘burguesía (rusa) nacional progresista’ contra los malos capitalistas extranjeros.»

Compañero Woods: los capitalistas occidentales son ciertamente malos para la salud de los rusos y de otras naciones que no son del Primer Mundo. Y los verdaderos comunistas – los que usted llama estalinistas – estuvieron por la colaboración con la burguesía nacional no-compradora contra el imperialismo occidental. Así lo hizo Mao cuando colaboró con el Kuomintang contra los japoneses, Stalin cuando combatió a los alemanes, Castro cuando unió a los cubanos contra los yanquis, los comunistas palestinos cuando se unieron con al- Fatah en la lucha con los judíos sionistas. Los verdaderos comunistas tratan de crear una amplia coalición con las fuerzas nacionalistas para volver al poder, también en Rusia.

Ahora en Irak, las fuerzas de ocupación de EE.UU. abrieron efectivamente la economía iraquí a la conquista occidental otorgando los mismos derechos de acceso a las compañías extranjeras. Este acto lleva a las fuerzas nacionalistas iraquíes a un conflicto aún mayor con los imperialistas. Objetivamente, Woods está de parte de las multinacionales occidentales, ya que excluye la defensa nacionalista del pueblo. Los comunistas à-la-Woods no cooperarán con los nacionalistas iraquíes contra el imperialismo estadounidense, porque el nacionalismo es su mayor enemigo.

Esta discusión del nacionalismo no es nueva. Marx y Lenin declararon que los comunistas debieran apoyar el nacionalismo de las naciones oprimidas y combatir el nacionalismo de los opresores. Sin embargo, el Nuevo Orden Mundial introdujo una nueva nota en el antiguo discurso, porque incluso las naciones del Primer Mundo – de Norteamérica y Europa Occidental – están siendo minadas por las nuevas políticas de sus amos.

Por ejemplo, Suecia, un país europeo occidental extremadamente desarrollado, pierde ahora su industria: las famosas plantas Saab de automóviles, en manos de una multinacional estadounidense, van a ser cerradas y la producción será transferida a áreas más lucrativas. Decenas de miles de trabajadores capacitados perderán sus puestos de trabajo y miles de propietarios locales serán proletarizados. El mismo proceso tiene lugar en EE.UU., donde las industrias migran hacia el sur, mientras sus beneficios migran hacia la Costa Este. Los trabajadores y los pequeños propietarios podrían ahora crear una nueva coalición nacionalista contra sus amos transnacionales.

En EE.UU., hay fuerzas nacionalistas – de Patrick Buchanan a Gore Vidal a Justin Raimondo – que objetan a los planes mundiales del imperialismo transnacional. Los verdaderos comunistas – estalinistas para Woods – cooperarían, interactuarían, influenciarían con esas fuerzas en la lucha contra el enemigo común. Los comunistas à-la-Woods preservarían su pureza virginal y doctrinaria: para ellos, la lucha contra el nacionalismo es más importante que la lucha contra el imperialismo.

En Europa, fuerzas nacionalistas locales se alzan contra el asalto estadounidense contra la cultura y la economía: de nuevo, los verdaderos comunistas interactuarán con el movimiento anti-globalización, mientras que Woods combatiría el nacionalismo local y apoyaría objetivamente a las multinacionales.

Monstruo Nº 3 – Alianza con el nacionalismo judío

A pesar de su anti-nacionalismo, hay un tipo de nacionalismo que es aceptable para Woods: el cuasinacionalismo judío transnacional. Un comunista como Woods combatiría todo nacionalismo, con la excepción del judío. Para él, Stalin fue malo, porque toleró y utilizó el nacionalismo ruso y luchó contra el nacionalismo judío.

Declara: «El Partido Bolchevique siempre luchó contra el antisemitismo». Verdad: pero es sólo una verdad a medias. La segunda mitad, que Woods no menciona, es que el Partido Bolchevique bajo Lenin y Stalin siempre luchó contra el nacionalismo judío.

Como todo nacionalista judío, Woods repite el mantra del antisemitismo de Stalin. Escribe: «Uno de los rasgos más repulsivos del estalinismo fue su antisemitismo». ¿Quiere decir Woods que Stalin adhirió a la teoría racial de las razas semíticas y nórdicas? Poco probable: ese hijo de Georgia no era particularmente nórdico. ¿Quiere decir que los judíos fueron perseguidos como grupo racial bajo Stalin? Obviamente no, porque la hija de Stalin estaba casada con un judío: algunos de sus mejores camaradas y dirigentes del partido tenían mujeres judías (de Molotov a Voroshilov) – o yernos y nueras judíos (Malenkov, Khrushchev).

Basta de racismo. ¿Fueron discriminados los judíos bajo Stalin? En 1936, durante el pináculo del poder de Stalin, su gobierno incluía a nueve judíos, entre ellos el Ministro de Relaciones Exteriores Litvinov, del Interior (servicios secretos) Yahoda, el de comercio exterior, etc. ¿Expresó alguna vez Stalin odio o incluso un agudo rechazo de los judíos? No; en realidad declaró que habría que fusilar a todo antisemita.

Sin embargo, Stalin fue enemigo del nacionalismo judío. Cuando algunos destacados judíos soviéticos planearon la creación de un Estado judío en Crimen después de la expulsión de los tártaros de Crimen, Stalin impidió la realización de sus planes. Cuando algunos judíos trataron de aliarse con el sionismo, no lo toleró. Intentó de limitar la sobre-representación judía en las estructuras del poder, ya que los judíos estaban sobre-representados en el Partido, el Gobierno y los Servicios Secretos del Estado soviético y constituían más de un 50% de los escalones superiores de la Checa, la GPU y el NKVD.

Esto es lo que Woods llama «el antisemitismo de Stalin». [Conoce el problema de la «sobre e infla-representación» en lo que se refiere a los rusos, porque escribe:

«La rusificación de los pueblos no rusos se podía ver en la composición de los órganos de dirección de los partidos «comunistas» de las diferentes repúblicas. En 1952 sólo la mitad de los dirigentes de las repúblicas de Asia Central y el Báltico pertenecían a la nacionalidad local. En el resto la proporción era aún menor. Por ejemplo, el partido moldavo sólo tenía un 24,7 por ciento de moldavos, mientras que sólo 38 por ciento de los reclutas del Partido Tayiko en 1948 eran tayikos.»]

Woods abre un camino peligroso [para él] de discurso- ¿Cuántos funcionarios dirigentes en los partidos trotskistas en EE.UU. y Europa eran, y son, de «nacionalidad local»? Utilizando la lógica de Woods, una alta proporción de judíos indica su tendencia a la judaización. ¿O es un argumento que vale sólo cuando es usado contra los rusos?

Stalin quería tener judíos al servicio del Estado soviético, pero no quería que el Estado soviético sirviera una agenda judía. Como resultado, los judíos retuvieron algunos de sus privilegios, pero su posición destacada fue reducida en algo, y fue algo positivo: el partido y el gobierno fueron abiertos a la gente de ‘nacionalidad local’.

Conclusión

La saga de Woods es un recuerdo oportuno del lamentable estado del trotskismo occidental de nuestros días. Los trotskistas occidentales se mantienen a distancia de sus otros compañeros; sabotean la revolución local en nombre de la «revolución mundial»; son antipatrióticos, antinacionalistas, incapaces de atraer a las masas, relacionados a menudo con círculos nacionalistas judíos. Sus consignas apuntan exclusivamente a las minorías; piensan en gays e inmigrantes, en judíos y padres únicos; pero la mayoría de la gente no les interesa. Esta atracción explícita y obsesiva hacia las minorías es una tendencia no-comunista, incluso anticomunista. El comunismo está a favor de la mayoría contra la minoría; por el desposeimiento de la minoría en nombre de la mayoría.

De cierto modo, el comunismo es cristianismo mutilado por la Navaja de Occam. San Pablo desposeyó a los judíos y entregó su tesoro espiritual a la mayoría, a toda la humanidad. Marx desposeyó a los capitalistas y entregó sus tesoros materiales a la mayoría.

La preocupación por las minorías es, por lo tanto, un signo de anticomunismo. Los trotskistas, por cierto, suministran a los imperialistas apoyo desde la izquierda. Woods habla con desdeño de un Partido Comunista ruso de quinientos mil miembros; dudo que su organización tenga quinientos.

En breve, el consejo de Woods es tan bueno para los comunistas como si proviniera del New York Times: conduce al aislamiento, al sectarismo y al suicidio política. Celia Hart hará bien en rechazar su pretensión: los amigos de Cuba son los auténticos comunistas que están dispuestos a actuar en condiciones reales, a interactuar con compañeros reales, con todas sus imperfecciones, y a combatir a sus reales enemigos. Woods y otros trotskistas occidentales siempre encontrarán una razón buena y moral para estar contra Cuba en el momento crítico: si no se trata de los antecedentes de derechos humanos, será por la abierta hombría de su líder o por su producción de cigarros.



Apéndices

1. Cuba, Stalin y Trotsky

[Israel Shamir respondió el 16 de junio de 2004 (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=680) al ensayo de Celia Hart «Sobre el Socialismo en un solo país y la Revolución Cubana» publicado en Rebelión el 11 de mayo de 2004 (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=6147). Este apéndice, reproducción del artículo antes mencionado, lo agregó él mismo]

Estimada Celia:

Aplauso su hermoso ensayo y comparto su fe en la vitalidad de la Revolución Cubana. Sin embargo, su fervor antiestalinista parece fuera de lugar, un residuo de la desestalinización de Khrushchev. «Estalinista» es argot trotskista para comunista, la palabra que utilizan para ganar favor con los anticomunistas. Incluso si le gusta León Trotsky usted no tiene que estar contra José Stalin. Han pasado años y decenios, y deberíamos ser capaces de aceptar a los adversarios de antaño, como Marx y Proudhon, o Stalin y Trotsky.

Gran parte de lo que dice se basa en malentendidos. Usted escribió sobre internacionalismo, pero todos sus ejemplos son tomados de la escena latina. Existe ayuda mutua entre cubanos, dominicanos, argentinos, incluso angoleños o españoles – pero todos pertenecen a una misma civilización ibérica. Es una especie de internacionalismo, pero dudo que las naciones mencionadas sean realmente todas tan diferentes las unas de las otras en sus tradiciones. Todas ellas son católicas, ibéricas (castellanos, gallegos, o españoles o portugueses) por idioma y unidos por la sangre y la historia.

José Stalin gobernó un país que es en sí una civilización; un vasto continente con muchas naciones e idiomas; cuyas interrelaciones con Europa Occidental, fueron, en el mejor de los casos, problemáticas. Fue también un internacionalista, y los rusos bajo Stalin apoyaron a la República Española y al Ejército Rojo de Mao. Pero fue un internacionalista ruso, y su primer deber era hacia el pueblo de la URSS. León Trotsky no comprendió la continuidad de la historia rusa. Estuvo involucrado en una terrible persecución de la Iglesia, en saqueos y destrucciones de iglesias. Estuvo involucrado en las ejecuciones masivas de campesinos y obreros, de oficiales y de intelectuales. Perdió la guerra con Polonia y no pudo lograr la paz con Alemania. Alienó a intelectuales y trabajadores rusos. En su campaña por la revolución permanente no prestó suficiente atención a Rusia; fue su perdición.

José Stalin convirtió a la Unión Soviética en un estado moderno y fuerte, aseguró el pleno empleo, los derechos de los trabajadores, la educación y la atención a la salud gratuitas. Creó la base industrial e hizo progresar las ciencias. Libró y ganó la más dura de las guerras que Rusia haya vivido. Bajo su gobierno, Rusia socialista sobrevivió interminables ataques del imperialismo de EE.UU. Impidió que levantaran la cabeza las fuerzas pro-occidentales y pro-capitalistas en el país.

Ahora la gente en Rusia recuerda los días de Stalin – no, no con nostalgia, sino con comprensión de que fue el período heroico de la vida de sus padres.

Todas las fuerzas comunistas en Rusia y en Europa son descritas como «estalinistas» si no aceptan la Pax Americana. Los trotskistas en Rusia son una fuerza pro-occidental y pro-estadounidense, aún más antirusos de lo que fue León Trotsky. Lo mismo vale para numerosos (pero no todos) los grupos trotskistas en Europa.

De todas formas, interésese por el legado de Trotsky, pero no desdeñe el verdadero comunismo soviético, el que ayudó a Cuba y al que usted ahora llama «estalinismo».

Israel Shamir

2. Mi carta fue publicada por un trotskista, Roland Garret, en una lista izquierdista española con la siguiente introducción de Garret:

De: [email protected]

«Esta es una carta de un estalinista, que sigue creyendo en Stalin. Que no comprende o se niega a reconocer el horror de Stalin y del estalinismo. Cuando habla de la República Española, olvida que la falta de ayuda soviética en España permitió que el imperialismo se sintiera seguro ante la revolución. Para comenzar la II Guerra Mundial, o terminar la I Guerra Mundial, que fue detenida por la Revolución de 1917.

«Los bolcheviques nunca apoyaron guerras capitalistas. Stalin lo hizo.»

3. Mi respuesta a Garret.

Roland Garret: Stalin es para mí un importante personaje histórico no un sustituto de Dios; porque Dios no necesita sustitutos. Una persona que respeta, digamos, la contribución de Churchill o de José Martí a la humanidad no tiene que ‘creer’ en ellos. Los ‘estalinistas’ no existen – no es más que una etiqueta hecha por los trotskistas para tachar a un comunista. Igualmente, los «horrores de Stalin y del estalinismo’ son un cliché clásico de los anticomunistas. En relación con Cuba, la gente que usted describe como ‘estalinistas’ son grandes partidarios de Cuba, mientras que los que hablan de ‘los horrores de Stalin’ son usualmente enemigos de Cuba.

En cuanto al tema histórico de si la ayuda rusa a la República Española fue suficiente: Rusia carecía de los medios de entrega y no pudo hacer mucho más. No olvide que el Ejército Rojo sufrió severas pérdidas en Polonia en 1920. También es posible que el temor verdadero y justificado de una cruzada occidental contra Rusia soviética también limitó en algo la ayuda rusa. Los rusos consideraban que su país era más que ‘una cerilla para encender la hoguera de la revolución mundial’ y no querían (y no podían) exportar la revolución más allá de las fronteras de su civilización. Los comunistas rusos no fueron un equivalente rojo de los neoconservadores ansiosos de expandir su dominación ideológica: estaban dispuestos a ayudar, pero no querían imponer su voluntad. Los trotskistas, por su parte, eran extremadamente agresivos, como los neoconservadores, y estaban dispuestos a ignorar todas las consecuencias de sus precipitadas acciones.

Con saludos de camaradería

Israel Shamir
Jaffa

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