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La sanidad no debe ser un lujo privado, sino un derecho universal

Fuentes: Rebelión

Hay decisiones políticas que, mirándolas de cerca, son en realidad decisiones morales. Lo que hacemos con la sanidad —cómo la pensamos, quién paga, a quién atendemos— dice más de nosotros como sociedad que muchos discursos solemnes.

Detrás de cada cifra hay un cuerpo que enferma, una madre que espera en una sala, un niño que respira por primera vez. Hablar de sanidad pública es, en el fondo, hablar de qué entendemos por vida en común y hasta dónde estamos dispuestos a sostenernos unos a otros. Este texto es una invitación a mirar esas cifras sin perder de vista lo humano que las habita.

Una sanidad universal

La sanidad no debe ser un lujo privado. Ha de ser pública, porque el derecho a la vida tiene que constituir la esencia misma de la humanidad y de la biosfera. Rechacemos los planteamientos insolidarios, tan arraigados en este sistema neoliberal, de eso que se ha dado en llamar «libre elección», pero que solo resulta factible si se tiene dinero suficiente; es decir, una libre elección reservada a minorías muy limitadas. Reclamemos, frente a ello, el derecho universal a la sanidad. Más aún: reclamemos el derecho universal a la salud pública —yo casi diría, mejor, a la salud biosférica—, porque ésta abarca un ámbito bastante más amplio e indispensable: el del medio ambiente que nos rodea, incluyendo toda la vida de la biosfera, animales y vegetales, junto con su entorno vital, el aire, el suelo y el agua. No puede haber salud completa si propiciamos la contaminación del suelo, del agua y del aire.

De esa sanidad de lujo privado, el ejemplo quizá más destacable sea el de Estados Unidos, donde la asistencia sanitaria se ha convertido en un privilegio de una minoría. En el sistema capitalista se mantiene la creencia de que «cuanto más caro, mejor calidad», pero, en realidad, no es así. Sí, es un lujo privado, pero sobre todo es uno de los negocios más lucrativos que existen, y además está basado en negar la posibilidad de atención sanitaria a nada menos que el 65 % de la población estadounidense. Según la IA, en 2024 Estados Unidos solo contaba con una cobertura sanitaria del 35,5 % de toda su población; en contraposición, y según la misma fuente, España alcanza el 100 %. Y no solo eso: en mi país existe una atención médica universal, sea uno español o extranjero.

El gasto sanitario

En cuanto al gasto sanitario, según datos recientes de la revista Expansión [1], Estados Unidos encabeza el ranking mundial, superando los 5,3 billones de dólares en 2024 (un 18 % del PIB). En 2023, el gasto público per cápita en sanidad fue allí de 10.655 € [2]; en 2024, de 11.458 €. Es decir: más dinero para el meganegocio de los hospitales privados y para las farmacéuticas.

Pero si nos remontamos al año 2000, el gasto sanitario estadounidense era de solo 615.185,6 €. En resumen: del 2000 al 2024, el gasto público en EE. UU. subió alrededor de un 800 %, y, sin embargo, la cantidad y la calidad de la asistencia médica se redujeron. ¿Adónde ha ido a parar tantísimo dinero? Está claro: al desmesurado crecimiento del negocio de las empresas hospitalarias privadas y de las farmacéuticas. Y, pese a ese enorme gasto, en Estados Unidos la esperanza de vida es cada vez menor que en otros países con presupuestos sanitarios bastante más bajos. Es a esta situación a la que quieren llevarnos en España el PP y VOX, y, sobre todo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Y, hala, todos a votarla.

Es cierto que, en umbrales de gasto sanitario muy bajos, al aumentar dicho gasto se produce una mejora proporcional de la calidad asistencial. Pero, al llegar a un límite no demasiado elevado, esa correspondencia deja de cumplirse. A partir de ahí, todo lo que se gaste de más no redunda en una mejor asistencia, sino únicamente en el incremento de los beneficios de las multinacionales privadas de la sanidad y de las farmacéuticas. Además, estos aumentos del gasto generan subidas de precios que hacen imposible que la atención médica pueda dirigirse a la inmensa mayoría o, mejor dicho, a una atención verdaderamente universal, tal y como debería ser.

Pongamos el caso de la sanidad pública en España. Aunque está sufriendo profundos recortes y deterioros, sobre todo en las comunidades gobernadas por el PP (Madrid, Andalucía, etc.), sigue siendo, en conjunto, un sistema sanitario mucho mejor —tanto en número de pacientes atendidos como en calidad— que la sanidad pública estadounidense.

El gasto de la sanidad pública en España, según la IA, alcanzó en 2024 los 106.331,9 millones de euros, lo que representa el 14,85 % del gasto público total. Supone aproximadamente un 9,2 % del PIB y 400 € per cápita. Se encuentra por debajo de la media de la OCDE y es menor que el de países como Alemania (489.000 millones €) o Francia (313.000 millones €). Se financia mayoritariamente mediante impuestos (94,07 %), y son las comunidades autónomas las que gestionan el 89,81 % de los recursos.

Veamos a continuación los datos de la revista Expansión [3] sobre los gastos sanitarios de Cuba: «En 2022, el gasto sanitario total fue del 10,47 % del PIB, lo que se corresponde aproximadamente con un gasto per cápita de 5.234 €; me parece un valor un poco alto pero que coincide en diferentes fuentes, ¿será que en la situación tan emergente que está sufriendo Cuba haya recibido cierta ayuda para la sanidad que seguro que se ha agravado? Lo cierto es que este dato contrasta con el del año 2020 en el cual el gasto sanitario solo fue de 956 €. En 2021, Cuba se situaba en el puesto 18 del ranking mundial. Desde la llegada de Trump, con su bloqueo extremo, Cuba ha descendido al puesto 60, pero se mantiene entre los países con mejor ratio de gasto público en sanidad de los 194 evaluados». El siguiente año 2025 el gasto sanitario fue del 25% del PIB

La mortalidad infantil

Por otra parte, la mortalidad infantil entre 2021 y 2022 fue, en Estados Unidos, del 5,6 por cada 1.000 nacimientos al año, mientras que en España se situó en el 2,6 por 1.000. Es notorio el caso de Cuba, donde en 2018 este índice era del 0,4 por 1.000, inferior incluso al de Estados Unidos, y ello pese a los más de sesenta años de bloqueo económico gringo. Eso sí: con el endurecimiento del bloqueo impulsado por Trump, la mortalidad infantil en Cuba ha ascendido hasta el 9,7 por 1.000.

¿Hay solidaridad?

Y es que deberíamos ser solidarios, pero no como lo entendía Mariano Rajoy cuando decía: «No se puede ser solidario a cambio de nada». En lugar de protestar como lo hace la extrema derecha, llamando despectivamente «turismo sanitario» a la sanidad universal solidaria, deberíamos sentirnos orgullosos de ser un país solidario y universal en la defensa de la vida.

Se da el caso de que, en muchas comunidades autónomas de España, los partidos más votados son el PP y VOX, porque los ignorantes votantes neoliberales no quieren oír hablar de solidaridad: solo quieren no pagar impuestos. Y esta, además de ser una actitud profundamente egoísta y reprochable, es muy necia, pues no llegan a comprender que lo poco que ahorran al no pagarlos no les daría ni para una décima parte de lo que cuesta la carísima sanidad privada, que, por añadidura, es de peor calidad que la pública. Esperemos que esta última no se deteriore hasta llegar a ser tan mala como la privada, esa que solo busca altos beneficios.

Se habla mucho de «los valores de Occidente». Puede que un reflejo de esos valores sea precisamente esta extendidísima y defendida insolidaridad, algo que concuerda con las dos grandes ideas insolidarias de la cultura occidental: el colonialismo y el expolio.

Notas:

[1] https://datosmacro.expansion.com/estado/gasto/salud/usa

[2] Aquí Expansión cambia de dólares a euros, tal vez para que se vea mejor la comparación con los gastos de Europa.

[3] https://datosmacro.expansion.com/estado/gasto/salud/cuba?anio=2022

Julio García Camarero es doctor en Geografía por la Universidad de Valencia, ingeniero técnico forestal por la Universidad Politécnica de Madrid, exfuncionario del Departamento de Ecología del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias y miembro fundador de la primera asociación ecologista de Valencia, AVIAT.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.