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La sharia católica o el Estado dentro del Estado

Fuentes: Le blog de Christine Delphy

Ni Mélenchon ni Macron saben qué es la laicidad. Y tampoco los periodistas. Así, Mélenchon cree que la escuela está sometida a la laicidad. No: los profesores lo están porque son funcionarios, pero no los usuarios que son los alumnos. Por eso la ley de 2004 que prohíbe el pañuelo no es conforme a la […]

Ni Mélenchon ni Macron saben qué es la laicidad. Y tampoco los periodistas. Así, Mélenchon cree que la escuela está sometida a la laicidad. No: los profesores lo están porque son funcionarios, pero no los usuarios que son los alumnos. Por eso la ley de 2004 que prohíbe el pañuelo no es conforme a la ley de 1905 1 . Macron parece ignorar que el Consejo de Estado declaró no válidos los decretos antiburkini dictados el verano pasado por varios ayuntamientos. Macron pretende que algunos de estos decretos están justificados porque su objetivo no es un asunto cultural, sino un asunto de orden público. ¿Qué orden público? ¿Las mujeres que llevan un burkini alteran el orden público? No. Quienes lo alteran son aquellos y aquellas que las insultan: no es a las víctimas a quien hay que penalizar.

Por lo que se refiere a Mélenchon, le parece que el velo (se refiere al pañuelo, pero no importa, se dirá que es un velo) es un símbolo de sumisión de LA mujer. Como Valls. Conocen a LA mujer y quieren emanciparla. Nosotros, no. Nosotros solo conocemos a UNAS mujeres. Y no hablamos de símbolos, sino de los sueldos más bajos de las mujeres, de su trabajo extra, de las violencias sexuales, cosas todas ellas que no son el absoluto simbólicas, sino muy materiales y muy físicas. Así pues, dejen ustedes, señores, de pretender saber mejor que nosotras lo que queremos. No queremos ser emancipadas por ustedes, sino liberarnos de su poder, sobre todo del de hablar en nuestro lugar.

Y nosotras no queremos que ustedes utilicen este poder para oprimir a las musulmanas. Desde hace años ustedes multiplican las leyes, los decretos y las circulares que impiden a las mujeres que llevan pañuelo trabajar en los servicios públicos y ahora en las empresas privadas, les prohíben acompañar a sus hijos a la salida de la escuela. Ustedes las llaman sumisas y pretenden quererlas libres. ¡Qué hipocresía! Ustedes son quienes al obligarlas a quedarse en casa y quitarles los medios de autonomía económica las hacen dependientes de su cónyuge. ¡Hoy pretenden ustedes prohibirles la universidad e incluso la calle! Pero ellas tienen tanto derecho como ustedes a estar ahí.

Es a nuestras compatriotas y a nuestras hermanas a quienes ustedes quitan uno a uno todos los derechos que les corresponden, despreciando la Constitución, la ley de 1905, las convenciones internacionales, la Declaración Universal de los Derechos Humanos que garantizan el derecho no solo a pensar lo que se quiera (lo que sigue siendo posible) sino, sobre todo, a decir lo que se piensa. ¿Cuándo llegará la prohibición de repartir panfletos, de gritar consignas o, simplemente, de expresar las opiniones políticas? Ah, sí, pero el pañuelo es religioso. ¿Hace falta recordar que en ninguno de los textos fundadores (antes citados) se hace diferencia alguna entre las opiniones, ya sean políticas, estéticas, religiosas u otras? Ninguna. La libertad de opinión es la libertad de todas las opiniones.

La jerarquía católica: un Estado dentro del Estado

Fillon quiere cerrar las mezquitas salafistas. Pero la ley de 1905 prohíbe cualquier injerencia del Estado en las religiones y a la inversa. El Estado no gestiona ni debe gestionar los cultos. Están separados, una palabra que a ustedes les cuesta entender porque es cierto que ustedes aceptan de una religión lo que denuncian en las otras.

Ustedes aceptan la injerencia de la Iglesia católica en las políticas del Estado y alarmantemente en un dominio clave: la protección de las personas contra las agresiones sexuales. Fillon quiere luchar contra el totalitarismo islámico ahí donde esté y nos predice una guerra de 20 años en Pakistán, en Afganistán, en Oriente Próximo, en el Sahel, (por supuesto, ya se está ahí) y en Francia. Ahora bien, aunque es cierto que hoy las tendencias religiosas integristas se desarrollan en países de mayoría musulmana, también lo hacen en países de mayoría cristiana, judía, hindú (y probablemente otras que ignoro). En Estados Unidos, donde Trump se ha beneficiado del apoyo de los protestantes evangelistas. En Europa, o en Francia, Fillon se beneficia del apoyo de Sens commun, esta organización política de los integristas que organizaron la Manif pout tous 2 . Por miedo a esta franja tradicionalista el gobierno de Hollande suprimió los Abc de igualdad 3 . Pero, ¿es justo confundir este movimiento global hacia el integrismo religioso con la radicalización que hoy en Francia designa a la propensión a cometer atentados?

Y, si se habla de integrismo, ¿cuál es la religión que en Francia amenaza verdaderamente la separación entre Iglesia y Estado? Es la más antigua en el territorio francés, la más numerosa, la más organizada: la Iglesia católica. Desde 2004 se nos asusta con la amenaza de un islam conquistador que trataría de sustituir el derecho común por la sharia: la ley de Dios. Si unos musulmanes tienen verdaderamente este objetivo, están lejos de tener los medios. Después de un sondeo se nos dice que un 20 o 30 % de los musulmanes considera que la ley de Dios está por encima de la ley del Estado. Este sondeo hace pensar a los lectores que ninguna otra religión hace esta elección. Sin embargo, es una regla de la iglesia de los Testigos de Jehová: la ley de Dios antes que la ley de César. Por lo que se refiere a la Iglesia católica, sigue queriendo ocuparse no solo de los asuntos religiosos, que pertenecen a su dominio, sino también de delitos y crímenes que no pertenecen a sus dominios, a lo interno, y sin tener en cuenta la ley común.

Esto se ve bien en el trato dado a los sacerdotes que violan niños de ambos sexos. La jerarquía católico se niega a denunciarlos ante la justicia y los protege de mil maneras. Cash investigations y Médiapart han hecho un documental abrumador sobre este tema. He aquí, por tanto, toda una población de personas de la Iglesia y de niños que no está sometida a las mismas leyes que el resto del país: no se escucha a las víctimas y los criminales quedan impunes. Y la jerarquía católica afirma abiertamente que la ley que ella aplica no es la ley del Estado sino la ley canónica -la ley del canon, es decir, de la regla de la Iglesia. Monseñor Barbarin, cuyas palabras recogieron varios medios sin comentarios de los periodistas, lo expresó cándidamente en 2016: ¿Por qué no lo denuncié? Porque había prescripción canónica. Y añade una mentira: Tampoco hubo denuncias de las víctimas.

Esta ley de Dios parece dictar a la jerarquía católica no solo seguir los plazos de prescripción canónicos sino también enviar a los sacerdotes criminales a África o América del Sur donde podrán abusar de otros niños que tienen menos valor que los nuestros, en vez de castigarlos, y dejarles después volver a Francia.

En 2001 el papa de entonces impuso la obligatoriedad para todos los católicos de denunciar a los pedófilos ante la justicia, no a la justicia de la Iglesia, sino a la del Estado. Teniendo en cuenta la cantidad de escándalos denunciados por la prensa, este pronunciamiento del papa no fue sino letra muerta.

Y, ¿qué hace el Estado ante esto? Nada. El Estado, que en principio debe proteger a todos los niños, no aplica a todos el derecho común: deja a los niños católicos a disposición de la sharia católica a la que, hay que decirlo, le parece que la pedofilia no es un crimen muy grave o, quizá, no es un crimen en absoluto.

En otras palabras, el Estado, tan celoso de su preeminencia en otras materias, deja a la Iglesia católica solucionar cuestiones que competen a los tribunales y le concede de facto un estatuto de Estado dentro del Estado.

Fuente: Le blog de Christine Delphy

[Traducido del francés para Boltxe Kolektiboa por Beatriz Morales Bastos.]