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Entrevista a la escritora Nicaragüense Gioconda Belli

«La sociedad necesita la participación de la mujer»

Fuentes: Página 12

En su última novela, la escritora nicaragüense plantea un país imaginario, Faguas, donde el gobierno está a cargo del Partido de Izquierda Erótica, más libertario que feminista. El movimiento realmente existió en el país centroamericano y ahora Belli intenta reflotarlo.

Las generosas proporciones de Gioconda Belli conquistan admiradores silenciosos en el lobby del hotel. Los ojos tildados de ese puñado de hombres no pueden evitar -ni se esfuerzan por disimular- el efecto hipnótico que genera ese físico voluptuoso. Tal vez no sepan que esa mujer de pelo volcánico y boca sensual espantó a la sociedad nicaragüense de los años ’70, que la acusó de celebrar en exceso los misterios del cuerpo, el sexo, el erotismo y el goce íntimo, cuando se atrevió a hablar de «vientres y humedades» en sus primeros poemas. Quizá tampoco sepan que fue guerrillera en tiempos en que había que luchar contra la dictadura de Anastasio Somoza; que fue madre y tuvo a tres de sus cuatro hijos en medio de la revolución sandinista, de la que fue una de las máximas protagonistas. La escritora pide una botella de vino tinto y responde un imperioso mensaje de texto que le llega desde Lima, Perú. No importa que recién sean las 6 de la tarde. Necesita un poco de alcohol para transitar el final de una gira que la tiene viajando por toda América latina con El país de las mujeres (editada por Norma y ganadora del Premio La Otra Orilla 2010), novela en la que postula, con alta dosis de humor, cómo sería llevar a la práctica un gobierno sin varones en un país imaginario, Faguas, al que recurrió para explorar la realidad a la que se enfrentan las mujeres, tanto en Latinoamérica como en otras regiones del mundo. «Me quieren poner una entrevista muy temprano; pero a las 7 de la mañana no sé quién soy», se excusa Belli.

«Prometemos limpiar este país, barrerlo, lampacearlo, sacudirlo y lavarle el lodo hasta que brille en todo su esplendor. Prometemos dejarlo reluciente y oloroso a ropa planchada», se lee en el Manifiesto del Partido de la Izquierda Erótica (PIE), movimiento quizá más libertario que feminista, cuyo llamativo emblema está representado por dos pies con las uñas pintadas de rojo. La protagonista de El país de las mujeres, Viviana Sansón, ha sido elegida presidenta apoyada por el PIE, un partido que existió en Nicaragua y que ahora Belli está impulsando a través de una página web: www.partidoizquierdaerotica.com. «Las eróticas», como las llaman peyorativamente a la presidenta y al grupo de mujeres que la acompañan, deciden tomar una medida «revolucionaria» en Faguas, espacio imaginario que aparece en la primera novela de Belli, La mujer habitada: envían a todos los funcionarios hombres del gobierno a sus casas por seis meses para que se entrenen en las tareas del hogar. La presidenta quiere revertir la idiosincrasia de ese país que tiene la mentalidad de «una mujer dependiente y abusada». En pocos meses la presidenta trastrueca las costumbres y convierte al Estado en un ejecutor de políticas que algunos consideran «disparatadas», como que el agua llegue gratis a los barrios, para que se mantengan limpios; la inauguración de la carrera de Maternidad en la universidad y en escuelas secundarias (para hombres y mujeres); la alfabetización obligatoria para las mujeres analfabetas del campo y la ciudad; y los talleres de «respeto y poder» para las parejas víctimas de la violencia doméstica, entre otras medidas.

-Más allá de la historia que se cuenta en la novela, ¿cómo cree que se puede revertir esa mentalidad de dependencia y abuso en países latinoamericanos que han tenido, para colmo de males, tantas dictaduras?

-Mire, los gobiernos autoritarios en general son paternalistas para mantenerse en el poder. El paternalismo lo viví en Nicaragua y se sigue reproduciendo; es muy negativo para la formación política de los pueblos: genera dependencia y abusos. Creo que se revierte rompiendo ese círculo de dependencia para recuperar el sentido de tener el poder para cambiar las mentes. El sistema te obliga siempre a estar dividiéndote, a escindirte como persona, a vender tu libertad por comida, a vender tu dignidad para avanzar políticamente. Lo que se está planteando en El país de las mujeres es un gobierno que no solamente atienda la dignidad de las personas, sino que atienda una concepción más integral, donde la gente no se tenga que estar partiendo en dos, donde la vida no tenga que estar separada entre lo privado y lo público, sino que el ejercicio del poder tenga otra característica; que no sea un ejercicio de dominación, sino un ejercicio de «cuido», de alimentación del alma, que consiste en brindar felicidad a la gente, incorporándola plenamente en la solución de sus propios problemas.

-Para solucionar problemas como la dominación, ¿es necesario tomar medidas extremas, que incluso pueden resultar «antipáticas» o «autoritarias», como la de enviar a los hombres durante seis meses al hogar?

-Bueno, depende. En algunos casos es necesario ejercer el poder de otra manera. En la novela, la medida no es tan drástica en cuanto a las consecuencias que va a tener sobre la gente, porque no es que los están mandando a un campo de concentración ni nada por el estilo. Están mandando a los hombres a sus casas y con un salario. No podemos gobernar si no tenemos el aire, el espacio, si no tenemos realmente la posibilidad de decidir qué es lo que vamos a hacer sin la interferencia, la crítica, el cuestionamiento constante de los hombres. Hay estudios que demuestran que después de los diez años, en las clases donde hay niños y niños, las niñas empiezan a inhibirse; este estudio se hizo en el marco de una discusión sobre si eran más convenientes los colegios de un solo sexo. Aunque no siempre se justifica tomar una medida extrema, en el caso de la novela me parece que tiene su razón de ser. Pero muy rara vez en la vida se justifican estas medidas.

El paladar exigente de la escritora no perdona. El gesto de Belli se torna drástico, inapelable. Después de probar un sorbo del vino que le acaban de servir, frunce la cara como si le hubieran dado un jarabe para la tos. «Es malo», se queja enérgica y pide otro suavizando el tono. «Durante la Revolución -recuerda-, en Nicaragua festejamos el Día Internacional de la Mujer, que consistía en que los hombres hicieran todas las tareas domésticas. En los hospitales estaban los hombres limpiando y cocinando; las mujeres no hacían nada. Y era divertido porque ellos se reían todo el rato, ¿no?, como que era una cosa que estaba por debajo de ellos hacer esas tareas. Pero no se trata de cambiar los roles; lo que se plantea en la novela es que los roles no sean asignados por géneros, como la maternidad. Si bien es cierto que la mujer concibe al niño, la crianza y el amor es de los dos. La sociedad necesita de la participación de la mujer en el trabajo, en la política, y para eso se necesita cambiar la organización de la vida cotidiana.»

-En la novela, el testimonio de Patricia, la joven abusada y vendida por su tío, recuerda al de Zoilamérica Narváez, que fue violada por el actual presidente de Nicaragua, Daniel Ortega. La inclusión de este «testimonio» en la novela, ¿puede leerse como un acto de justicia literaria ante la falta de justicia real?

-Es un deseo de justicia para muchos casos, no sólo ése. Pero que no se hiciera justicia con Zoilamérica y que el abusador llegara a la presidencia de Nicaragua da una medida del nivel de machismo y lo «común» que resulta ese tipo de suceso, de tal manera que no es considerado atroz. La inclusión de ese testimonio es un juicio a este tipo de comportamiento, así que sí hay «justicia literaria»; igualito que en la novela mi planteo sobre el castigo a los violadores de exhibirlos públicamente y avergonzarlos; de hacerles un tatuaje en la frente para que padezcan el escarnio público. Sé que es muy dura la imagen, pero las mujeres que sufren ese tipo de abuso sienten una vergüenza terrible; es un atropello tan grande a su dignidad, a su sentido de privacidad, a su propio cuerpo, que lo que les hacen a los hombres es muy poco comparado con lo que le pasa a una mujer.

-¿Cree que Ortega debería haber renunciado a la presidencia?

-El no era presidente entonces, recién había lanzando su candidatura; después hubo una campaña para culpabilizar a Zoilamérica y lo más terrible fue que su madre estaba en contra de ella. Se dijo que fue un ardid político para dañar la imagen de Daniel Ortega…

La sola mención del nombre y apellido del actual presidente de Nicaragua consigue hacer tambalear el aplomo con el que habla la escritora. Pero el vino llega a tiempo para eclipsar la decepción y el disgusto que le genera Ortega. En la novela, el Partido de la Izquierda Erótica propone un sistema diferente llamado el «felicismo». «La felicidad per cápita y no el crecimiento del Producto Interno Bruto como eje del desarrollo», se explica en una de las páginas. «Medir la prosperidad no en plata sino en cuánto más tiempo, cuánto más cómoda, segura y feliz vive la gente».

-¿El «felicismo» que proponen «Las eróticas» es un rescate de la utopía por otros medios?

-Todo es posible cuando hay voluntad, energía y dinamismo. No estoy pensando solamente en Nicaragua; me parece que esta novela plantea una ilusión, un reto: qué nos ha pasado que nos hemos quedado estancados en la imaginación, como si ya no existiera más posibilidad que el socialismo, el capitalismo o el comunismo. ¿Qué pasó? ¿Ya dejamos de pensar en Marx, en Lenin, en los utopistas? ¿Ya la humanidad no tiene más que producir? Estoy convencida de que la mujer tiene unas calidades bien importantes para este momento histórico de la humanidad por su propia experiencia, y que es urgente que nos movilicemos para lograr incluir más dentro de la sociedad. Las propuestas que hay en mi novela son factibles: pedir guarderías infantiles, que se estudie la maternidad como una asignatura en los colegios y que se reformen los sistemas educativos, es algo de lo que se ha hablado mucho; son cuestiones que están siempre sobre la mesa. ¿Por qué no pensar en el perfeccionamiento de la democracia? Yo quiero desafiar la imaginación (risas).

-En este sentido, la novela parece más cercana al imaginario del Mayo Francés que a la militancia latinoamericana de los ’70.

-Sí, es cierto, pero eso viene del deseo de cambiar gozosamente; quizá se perciba más porque en la novela hay mucho humor, algo que nos ha faltado en la izquierda. A pesar de que me cae más simpática, la izquierda es tan seria, tan solemne y tan dogmática…

-¿Por qué cree que le falta humor a la izquierda?

-La gente oprimida tiende a tener menos sentido del humor, creo. La mentalidad de lucha clandestina, de persecución, de sacrificio, impedía que el humor surgiera. Es como cuando pensás en la victimización que existe en las mujeres: una puede criticarlas, pero tienen asidero en la realidad, como lo que hacen los talibán. Que sigamos tolerando estas cosas es lo que considero intolerable y me parece que tenemos que movilizarnos para que esto no siga sucediendo; por eso estoy proponiendo que hagamos un partido global, como el Partido de la Izquierda Erótica, a través de una página web que se llama www.partidoizquierdaerotica.com, un lugar sin jerarquía donde simplemente nos alimentamos de ideas, nos apoyamos y nos damos ánimo.

-¿Se postularía como candidata a presidenta de Nicaragua?

-No, porque no hay posibilidades por el momento. No necesito ese tipo de poder, porque el poder de la palabra es el que yo manejo, y cada quien tiene el poder que tiene. Hay mucha gente capaz en Nicaragua; pero lo que realmente quiero es agitar la cosa, ser una provocadora, como siempre en mi vida (risas). Eso es lo que he hecho mejor: provocar.

-¿Encuentra en las nuevas tecnologías un nuevo modo de hacer política?

-Hay un nuevo horizonte que se abre para la política con las nuevas tecnologías, que rompen barreras y son muy democráticas para los que tienen acceso a ella. Estamos avanzando tan rápido que la idea de votar electrónicamente, no solamente en las elecciones nacionales sino a través de la participación en el Parlamento, es posible. Todo depende de la voluntad política de quienes quieran empezar a trabajar en esa dirección, para crear un sistema participativo en el que puedan tener acceso los ciudadanos. Las posibilidades que te da la tecnología son muchas; lo que falta es que la aprovechemos para organizarnos. La gente todavía tiene el esquema mental jerárquico, que es patriarcal, y las mujeres podemos generar un esquema diferente, un esquema horizontal.

-Las mujeres que integran el PIE son llamadas peyorativamente «las eróticas», como si el erotismo fuera objeto de vergüenza. ¿Cómo explica este pudor de los hombres hacia el erotismo?

-Me alegro de que diga eso. Creo que los hombres piensan que nosotras somos más pudorosas (risas). Durante mucho tiempo funcionó el pudor, la decencia y la espiritualidad; la figura que se opuso a Eva fue la Virgen santísima; la virginidad como paradigma de la decencia, como paradigma de una mujer pura, limpia y buena. El erotismo era todo lo contrario: la mujer seductora, la pecadora. Para vencer el temor que inspira el poder sexual de las mujeres, lo que hicieron los hombres fue objetivizar la sexualidad de la mujer y vulgarizar el erotismo; pero las mujeres hemos tratado de liberar al erotismo de esa tara.

Gioconda Belli alza la copa de vino y se despide. «La gran amenaza, el gran recurso que tenemos las mujeres, es hacer lo que hizo Lisístrata: no hacer el amor con los hombres, quitarles el placer, como una manera de forzarlos a acceder a cosas en las que no están de acuerdo», subraya medio en broma, medio en serio. «Unanse al PIE para que no sigamos metiendo la pata», invita a las mujeres del mundo. «¡Matria libre y a vivir felices!»

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-19844-2010-11-08.html