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La sociedad retórica

Fuentes: La Jornada

En su número más reciente, Cultural Review (Vol. 19, Nums. 2-3) dedicó su edición completa al examen de La presidencia retórica, el libro que Jeffrey K. Tulis publicó hace más de dos décadas, durante los años de la administración de Ronald Reagan. El volumen, que reúne a un numeroso grupo de autores, confirma la más […]

En su número más reciente, Cultural Review (Vol. 19, Nums. 2-3) dedicó su edición completa al examen de La presidencia retórica, el libro que Jeffrey K. Tulis publicó hace más de dos décadas, durante los años de la administración de Ronald Reagan. El volumen, que reúne a un numeroso grupo de autores, confirma la más antigua de las historias que el destino puede deparar a un texto.

Cuando apareció en 1987, La presidencia retórica fue visto con recelo, como otro estudio cultural furtivo (el término «posmoderno» todavía no estaba en boga) sobre un tema que exigía rigor y paciencia: las raíces de la legitimidad de la presidencia en Estados Unidos y, más general, en un orden democrático. Hoy, en cambio, aparece como una de las obras esenciales de la politología de finales del siglo XX. Ese menosprecio constante a las visiones que entienden a la política como un orden básicamente cultural ha blindado a extensas franjas del pensamiento social con una insensibilidad cuyos saldos no dejan de resultar a veces pasmosos.

La tesis principal de Tulis se deriva, en principio de una inferencia histórica: a partir de la tercera década del siglo XX, después de la primera Guerra Mundial y de la diseminación de la radio como un nuevo medio de comunicación, la manera de ejercer el Poder Ejecutivo se transformó sustancialmente (en Estados Unidos, aunque no sólo ahí). Si durante el siglo XIX los mandatarios estadunidenses circunscribían su lugar social al de una suerte de «conciencia del orden» que se cuidaba de no irrumpir demasiado en la esfera pública, desde la era de Franklin D. Roosevelt la presidencia se ve en la necesidad de fincar un liderazgo de sus propias causas. Las grandes reformas sociales de esos años fueron acompañadas de reformas simbólicas. La principal en la esfera política: el primer mandatario deviene una auténtica fábrica -o mejor dicho: la fábrica- de la semiótica pública. Discursos inaugurales, mensajes anuales, desayunos, entrevistas, declaraciones a pie, intervenciones día a día, a veces varias veces al día, van delineando una figura que parece cada vez más a cargo del Estado en su conjunto. Como si el estado del Estado fuese su responsabilidad personal.

Sin embargo, en la práctica, el nuevo papel del presidente lejos de insertarlo más en la conducción del Estado lo convierte en una presencia cada vez más retórica. La razón de esta reclusión es evidente: la complejidad del Estado mismo crece, su burocracia cobra vida propia, las decisiones se dispersan en un laberinto que nunca deja de autorreproducirse.

Habría por supuesto que definir qué es lo que se entiende aquí por «retórica». En principio se trata de una práctica equivalente a la que los antiguos griegos cultivaron con tanto esmero: la capacidad de disuadir a la polis y a sus sujetos centrales, los ciudadanos de a pie. Sólo que en el siglo XX la función retórica de la presidencia deviene en una hipertrofia. La hipertrofia de la retórica política de nuestros días consiste en un permanente vaciamiento del contenido de las palabras para convertirlas en instrumentos de la construcción de consensos. Todo es pragmatismo en la política moderna.

La campaña presidencial de Barack Obama, que comprensiblemente debe moverse en los estrechos marcos definidos por este dilema, es un ejemplo elocuente de lo que podría llamarse el síndrome retórico. En el inicio de las elecciones primarias en el interior del Partido Demócrata, su discurso estuvo dirigido a fincar radicalmente sus diferencias con la presidencia de Bush. Cuando percibió que podía obtener la nominación de los demócratas, suavizó sus posiciones. Hoy que debe afianzar una mayoría absolutamente distante a su posición original, esas diferencias se han ido disolviendo. Por otro lado sería imposible que Obama funcionara de otra manera si quiere efectivamente llegar a la Casa Blanca. Tampoco significa que no represente una opción distinta a la de los republicanos de hoy. Sólo que esa opción queda en suspenso por la necesidad de construir su propia presidencia retórica.

Si se analiza con detalle, el síndrome retórico no es una práctica que se limite a la sociedad política. La sociedad del espectáculo, que ha hecho de la pantalla televisiva -de la imagen parlante- su centro, se despliega de manera muy similar. Y habría que preguntarse si el primado de la retórica no ha empezado a regir a la vida pública entera. Acaso esa sería una manera de seguir pensando en la dirección que Tulis heredó al análisis social.