Recomiendo:
0

Responsabilizan a la naturaleza de la culpa de la depredación capitalista

¿La venganza de la naturaleza?

Fuentes: Rebelión

Las calles de mi ciudad, Esmeraldas, y las de otras miles, están desoladas. Algún caminante necesario, por su función en esta crisis. Los sonidos se han evaporado por la amenaza. Desapareció la niñez, la juventud, las personas ancianas están al fondo de las casas y los partes de los Gobiernos angustian o sacan unas rabias individuales fratricidas.

Amaba el norte,

Porque creía que era

Tal vez un sur enorme.

Y creía en el sur,

Porque un total de sures

Le han dado su estatura a este planeta.

El hombre geográfico,  de Antonio Preciado

(del libro De sol a sol, Colección Antares, 1998, p. 1370)

La era no está pariendo un corazón, Silvio        

            No es abril aún, es martes de marzo, más al norte es comienzo de la primavera. La primavera del Covid-19, por casi todo el planeta. Sábado 29 de febrero, primer caso en Guayaquil, ubicando y casi de inmediato cinco más del entorno social de la persona transmisora. Aquello  que ocurrió después fue una mezcla de título de novela (La insoportable levedad del ser) y humor de Groucho Marx (O él ha muerto o se ha parado mi reloj). Una alegría sin terminar por la sorpresa trágica, inicio lento del pesimismo hasta convertirse en eso y argumentos para la conversación quejumbrosa. Todo aquello antes del silencio urbano. Y el silencio es ancho y de todos. El silencio temeroso en las calles, desanima y cierta irreal rebelión se consume sin sustancia política. Ahora la bulla es virtual con su largura de desesperación e irritación porque muchos saben menos y publican más.

            La peste del silencio. Y hasta donde alcanzan los oídos, los ojos de las cámaras de televisión o los bytes es universal. Una peste trajo a otra: el miedo es el principal ruido del silencio. Habrá que corregir a Silvio Rodríguez: la Era no está pariendo un corazón, al menos no aquel que creíamos cuando él escribió y cantó esa trova. Y si es que debe nacer que sea un corazón cimarrón con los pálpitos de los slums[1] transmutados en depósitos de misericordia de la derecha más reaccionaria y folklórica. Es en las tres Américas. Mientras a la izquierda se le envejeció el discurso, entonces, es preferible el silencio.   

            Las calles, las de mi ciudad, Esmeraldas, y las de otras miles, están desoladas. Algún caminante necesario, por su función en esta crisis. Los sonidos se han evaporado por la amenaza. Desapareció la niñez, la juventud de las canchas o de la jodedera de las esquinas, las personas ancianas están al fondo de las casas y los partes de los Gobiernos angustian o sacan unas rabias individuales fratricida. La tentación de un mañana distinto la convertirá en acto político comunitario. Eso creen los capitanes de las calles frías. Ahora son individuos, en las barriadas nombradas por Calle 13[2],  mentando ‘madres’ a las autoridades de los Gobiernos americanos, las proporciones y la potencia variará según las acciones de control y efectividad para evitar contagios y muertos. Los sonidos del silencio debería ser una contradicción física, pero en la metáfora social de estas semanas: tiene eso de insurgencia larvada o rabias tempranas. No es la física de la ausencia de sonoridades es el físico momentáneo y cabreado de la palabra suelta. O se soltará “con esa fuerza más”[3]. El silencio también es político si en sus costuras hay inconformidad popular. El virus tiene dimensiones monstruosas, las explicaciones pierden ante la rapidez del contagio o el desbarajuste de algunas autoridades gubernamentales. El bicho es perecedero. La  fragilidad físico-química del Covid-19 es evidenciada por el álcali de los jabones; al virus  lo destruye el lavado de mano. Ya es sanitario el lavado de mano y no complicidad con testimoniar en silencio las injusticias de la sociedad dominante.

El feng shui de las ciudades no es igual al axê de sus comunidades urbanas

            Gente hablando sin conversar, gente oyendo sin escuchar. Gente escribiendo canciones, que las voces jamás compartirán. Y nadie osó molestar a los sonidos del silencio[4]. Las canciones son aquello que quieren ánimas y ánimos ahora, por estas semanas, una desazón por las mejores armonías. ¿Será como el amor en los tiempos del cólera? El virus contagia silencio. Es silencio como si el mundo empezara a formarse, antes de la palabra ‘política’ y en lo que después se convirtió para la gente de las ciudades slums de las Américas. El silencio definitivo a las siete de la noche no tiene ningún contenido mágico, sorprende pero no es maravilloso. Es silencio espeso, parasitado por ruidos pequeños e ingrávidos, respetado por los perros solitarios y no por una luna en cuarto creciente con sus estrépitos siderales. Es solo silencio en la ciudad, en esta la mía, Esmeraldas, y en otras. Supongo. Muchas. De todos los tamaños y de todas las grandezas. Con sus feng shui[5], como diría Mike Davis[6].

            Las ciudades tienen el mutismo y el enigma facial de las mascarillas, con los distanciamientos físicos ocurren las separaciones sociales (la socialización de los alejamientos protectores) y los diálogos desconfiados con palabras secas. La cordialidad es el lujo de los descuidados. Sin querer me copio las imágenes de La batalla de Argel, de Gillo Pontecorvo, con los militares franceses en la qasbah persiguiendo guerrilleros. Allá, pero por acá y en este tiempo recién, es el disciplinamiento popular  por la fuerza en camuflaje y al braveo, en aprestos de combate para la contención bizarra del bicho invisible y así prevenir el contagio. Ellos también tienen miedo. La guerra es de vital importancia para el Estado; es el dominio de la vida o de la muerte, el camino hacia la supervivencia o la pérdida del Imperio: es forzoso manejarla bien, eso dijo Sun Tzu hace más de dos mil años. Vale escribirlo: no es una guerra. Ni siquiera parece. ¿Con qué sustituimos a la palabra ‘guerra’? Insisto: no es una guerra, aunque no excluye la lucha de clases, no debe ser entendido como la realización de batallas. En vez de ‘guerra’ escribamos ‘ecología’. O sea, enmendando a Sun Tzu, la ecología es de vital importancia para el Estado…etc. Y si es social, muy bien. Y si es civilizatoria, mejor. Es verdad: nos asesina el ecologismo reaccionario y neocolonialista. No es el arte de la guerra, es el arte de existir comunitariamente en armonía sin asesinar bosques, matar ríos o sepultar quebradas. Eso mandaban los Ancestros que mejor sabían de estas ligazones bioquímicas.

Ciudades hiperdegradadas al buruntuntum

            Es la desterritorialización de las comunidades negras e indígenas que convierten a la ciudades en territorios urbanos hiperdegradados (slum). Ahora, las ciudades, algunas de sus áreas, por el silencio y la ausencia fantasmal de personas, ilusionan con un espacio antiguo, prístino, anterior a lo que ahora se llama ‘política’. Actividad casi inservible si las hay. ¿Cómo llamaríamos a esos motivos comunes para existir? No hay que buscarles denominaciones, las palabras están ahí, estuvieron siempre que se quiso humanizar los detalles humanos, estuvieron ahí en la oralidad de las universidades existenciales. Son principios filosóficos y gnoseológicos con nombres inequívocos: Ubuntu, Sumak Kawsay, Suma Qamaña, Teko Kavi o Teko Porâ. Por acá en la costa pacífica colombo ecuatoriana es El-Estar-Bien-Colectivo. Ninguno quiere menos que la plenitud de la existencia común. Como siempre lo fue y como debería ser.

            El Covid-19 nos devuelve el reflejo de nuestras ciudades y como se han formado ciudadanías sin sentimiento y pensamiento comunitario. Al buruntuntum[7] político de la derecha más reaccionaria. No devuelve a los ‘toques de queda’, ahora sanitarios. ¿Siempre lo serán? Restricciones con apoyo social unánime, el contagio es la dictadura del proletariado más eficaz. En Guayaquil, Ecuador, el 11 de marzo del 2020, aconteció  el espanto de cuatro dedos (es el máximo valor en la medición del susto), todos supimos que el alienígena, en forma bichito invisible, ya estaba ahí matando gente. Y las distancias se redujeron por los cálculos del miedo. De los decires tranquilizadores a la frase malhechora: “nadie entra ni nadie sale”. ¿Cuándo se la volverá repetir y en qué nueva pandemia? Al fin se entendió la casi inutilidad de las religiones más institucionalidades y las de los diezmos fraudulentos: el prójimo es el apestado. Y esas publicaciones de escalofrío: “¡malditos derechos humanos!” Respuestas a quienes pedían respeto a los garroteados por policías y militares en Ecuador y en otros países. ¿Es solo el inicio? Sonría que el mundo no se va parar y nadie se bajará, El reclamo del trovador  precisa el punto de apoyo de Arquímedes: “Corazón, corazón obscuro. Corazón, corazón con muros. Corazón que se esconde. Corazón que está donde el corazón. Corazón en fuga, herido de dudas de amor (corazón)[8]”.

Epílogo con el Abuelo Zenón

            Llegan con sus corbatas y sus argumentos del tipo Guerra mundial Z: “La madre naturaleza es una asesina en serie, nadie la supera, y es la más creativa”. Son otra plaga, en serio, es aquella de la confusión epistémica, porque responsabiliza a las leyes de la naturaleza de la culpa de la depredación capitalista. Están en radios, periódicos, canales de televisión, en canales digitales o gente repitiendo sus disparates. No tienen empacho intelectual pero lo santifican: “el Covid-19 es una venganza de la naturaleza”. Ni siquiera es una mala mano de dados de Dios. Para eso sirve la memoria colectiva con nuestras filosofías de vida (Ubuntu, Sumak Kawsay, Suma Qamaña) en activar el compromiso ineludible con lo material e inmaterial de cada territorio al cual partimos, repartimos y compartimos. Justamente el Abuelo Zenón: “El verde y las aguas vivas del Chocó son la suma de las voluntades de indios y negros que apropiaron estos territorios para que nazca y fructifique la vida. La vida que florece en las tierras del Chocó, ‘costa arriba y costa abajo’ son el producto de nuestra forma particular de ver el mundo y de entender la prosperidad y el estar bien colectivo, lo que algunos llaman el bien estar[9]. Este Ubuntu afropacífico se deriva de “Soy porque nosotros somos, y porque somos, soy”. Axê.     


Notas:

[1] La primera definición publicada de la palabra slum se recoge en el Vocabulary of the Flash Language, donde aparece como sinónimo de «tráfico» o «comercio ilícito». En torno a los años del cólera de las décadas de los treinta y los cuarenta del siglo XIX, sin embargo, los pobres, más que practising slums, vivían en áreas urbanas hiperdegradadas (slums), PLANETA DE CIUDADES-MISERIA Involución urbana y proletariado informal, Mike Davis, Artículos, p. 12 Documento en pdf.  

[2] Consultar Los de atrás vienen conmigo, de Calle 13.

[3] De la carta de José Martí a Manuel Mercado.

[4] People talking, without speaking, people hearing without listening. People writing songs that voices never share And no one dared disturb the sounds of silence, The sounds of silence
by Simon & Garfunkel
.

[5] En la sabiduría tradicional china, sistema de leyes que gobiernan la disposición y orientación espacial respecto a los flujos de energía, y cuyos efectos favorables o desfavorables son tomados en cuenta en la localización y diseño de edificios (Mike Davis).

[6] Capitalismo contra ecología: la combinación mortal de pobreza urbana y peligros naturales, Mike Davis, Sin Permiso, 2005.

[7] Esmeraldeñismo que indica ‘caos’, ‘desorden’. Derivado de boromdam, que en idioma yelofe (del tronco de las lenguas bantú) significa ‘victorioso’ y que pudiera extenderse a ‘gritería’, ‘escándalo’. Más información en Glosario de afronegrismos, de don Fernando Ortiz, La Habana, 1924.

[8] Quién fuera, canción de Silvio Rodríguez.

[9] Pensar sembrando/sembrar pensando, Juan García Salazar y Catherine Walsh, Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Quito y Edicione Abya Yala, 2017, p. 75.

0