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Las claves del des-concierto

Fuentes: Rebelión

«Se equivocó la paloma, se equivocaba». Rafael Alberti   Una sociedad expuesta a una serie de transformaciones profundas como la chilena en plazos muy reducidos, fue capaz de generar en su seno una serie de expresiones que no son más que profundas paradojas, capaces de llenarnos de desconcierto. Para algunos analistas, una de las razones […]

«Se equivocó la paloma, se equivocaba».

Rafael Alberti

 

Una sociedad expuesta a una serie de transformaciones profundas como la chilena en plazos muy reducidos, fue capaz de generar en su seno una serie de expresiones que no son más que profundas paradojas, capaces de llenarnos de desconcierto.

Para algunos analistas, una de las razones poderosas de la derrota de La Concertación, son los sueños y frustraciones de los sectores populares rescatados de la pobreza, en los mejores años de los gobiernos concertacionistas, ellos, sin ser la clase media por excelencia, apostaron por un gobierno derechista, que cubriera sus expectativas no satisfechas.

Parte de la explicación puede ser esa, si la situamos dentro de un contexto mundial globalizado, con un proceso fuerte y sostenido de individualización; con altos índices de subempleo, donde el discurso tanto de género, como de minorías étnicas y sexuales ha ido adquiriendo un componente institucional, vaciándolos de contenido. Eso en un ambiente de riesgo económico, donde las economías globalizadas y dependientes pagan altos costos. (Ver, Beck Ulrich, La Sociedad Del Riesgo Global, Ediciones Siglo XXI, año 2002; Castells Manuel, Globalización Identidad y Estado en America Latina, Informe PNUD 1999)

Hasta ahí, pareciera que los veinte años de gobiernos concertacionistas, serían víctimas del tránsito globalizador con sus adelantos y progresos materiales, generando un sector pujante y emprendedor. En buenas cuentas, se pecó de eficientes.

En oposición a estas visiones grandilocuentes, se encuentran los minimalistas, depositando sus análisis en factores únicamente electorales, como la fuerza o inercia del candidato, el surgimiento de liderazgos que generan dispersión como MEO o limitan sus explicaciones, a mecanismos económicos y numéricos -que siendo importantes- no apuntan a los problemas centrales generados por las distintas administraciones, de la coalición de gobierno.

Sin descartar ninguna de las opciones anteriores, desde mi perspectiva, existen dos poderosas razones que en el largo plazo fueron sentando las bases de la derrota.

En primer lugar, la incapacidad de los gobiernos de La Concertación de fomentar espacios de participación y ejercicio ciudadano, en el ámbito de la educación y las organizaciones sociales para generar un poder local, municipal y regional donde la democracia tuviera sentido.

Medidas posibles para lograrlo: la reinstalación del ramo de Educación cívica, la inscripción automática con voto obligatorio, la elección democrática de intendentes, la posibilidad de propuestas de leyes ciudadanas, la revocación de los mandatos de representación popular por incumplimiento o no respetar acuerdos hechos ante la ciudadanía etc.

Un segundo aspecto, digno de análisis es la extensión innecesaria de la «política de los consensos» elaborada bajo el gobierno del Presidente Patricio Aylwin, su imposición tuvo sentido en un contexto de transición del mando militar al civil, pero cuando se amplió a un estilo de gobierno de las administraciones venideras, se transformó en una especie de concubinato que ha unos pocos trajo muy buenos dividendos.

Pero que tuvo como contra-parte la instalación de la desconfianza, en el seno mismo del votante concertacionista, que poco a poco, fue bajándose del tren de una victoria que no llegó, porque no bastaba con buenos índices macroeconómicos, ni con mejoras sociales de adorno, el problema es que no se tocaron los fundamentos económicos del poder dictatorial, para beneficio de las mayorías, muy por el contrario, se les dio una nueva administración, compartiendo directorios, deslizándose del mundo público al privado con una facilidad impactante.

Con ello se fue creando una sensación de empate ético, entre quiénes saquearon el Estado de Chile, asesinaron a sus opositores bajo dictadura y los nuevos administradores democráticos que a vista y paciencia de todo el mundo, cambiaban de barrio, agrandaron su chequeras, renovaron vehículos, casas, señoras, amantes.

Omar Cid/ Editor de Cultura Crónica Digital

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.