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Las disyuntivas del movimiento estudiantil

Fuentes: Rebelion

El movimiento estudiantil ha sido un importante dinamizador de las luchas políticas durante los últimos años en Chile. Si bien, no son el único eje de acumulación-movilización social, sí ha logrado convertirse en la punta de lanza de un movimiento de masas mucho más vigoroso que cualquier otro visto después del fin de la dictadura […]

El movimiento estudiantil ha sido un importante dinamizador de las luchas políticas durante los últimos años en Chile. Si bien, no son el único eje de acumulación-movilización social, sí ha logrado convertirse en la punta de lanza de un movimiento de masas mucho más vigoroso que cualquier otro visto después del fin de la dictadura pinochetista y del comienzo de los gobiernos capitalistas de la Concertación. Como decíamos, el movimiento estudiantil ha podido alimentar con sus fuerzas y ejemplo a los movimientos territoriales (desarrollados en varias regiones de nuestro país), como también, a los trabajadores movilizados por sus demandas, siendo el más claro ejemplo el de la lucha portuaria desde hace unos meses atrás.

No obstante, pese a los avances evidentes en cuanto a contenidos y definiciones políticas respecto a años y décadas anteriores, el movimiento estudiantil -en este preciso instante- se encuentra detenido, a media máquina, anquilosado. Desde el año pasado, pero especialmente durante este, las fuerzas políticas insertas en dicho movimiento de masas (y con capacidad real de conducción) no han desarrollado realmente una política tendiente a intensificar la lucha de masas o de avanzar -al menos- en cuanto al desarrollo de un proyecto político que represente y sintetice los largos años de lucha y confrontación.

Esto es especialmente importante cuando, a todas luces, la fuerza del movimiento estudiantil sigue en un estado latente (la disposición y la voluntad de movilización así lo demuestran). Ninguna de las pocas marchas convocada este año, desde la Confech, bajó de los 80.000 o 90.000 estudiantes movilizados en Santiago. Los 150.000 estudiantes movilizados a lo largo de todo Chile, han demostrado que la voluntad de lucha se encuentra intacta, y que las demandas construidas al calor de la movilización se encuentran plenamente vigentes en la conciencia de nuestros estudiantes.

¿Pero, a qué se debe la situación de anquilosamiento?

Creemos que esta relevante pregunta tiene dos aristas importantísimas que hay que desarrollar para llegar a una respuesta coherente:

Por un lado, en la medida que la Concertación y las Juventudes Comunistas (JJCC) han sido desplazadas del movimiento estudiantil, reduciendo su influencia y perdiendo importantes espacios de representación a lo largo y ancho de todo el país, nuevas fuerzas políticas se han logrado posicionar en su lugar. Esto les ha permitido ir afirmando sus definiciones políticas y dotando al movimiento estudiantil de contenidos programáticos mucho más avanzados. De hecho, más concretamente, dos han sido los sectores que han ido consolidando el «capital político» del movimiento estudiantil.

Desde una vereda, el autodenominado «bloque de conducción» (en esta ocasión no nos referimos a las pomposas y egocéntricas auto-referencias de estas fuerzas políticas, aunque nos parece un tema significativo de abordar) se ha dado un importante aire, instalando sus posiciones dentro de destacadas federaciones (como la FECH, pero perdiendo -dicho sea de paso- la emblemática FEC a manos una solida alianza política entre las organizaciones revolucionarias: Juventud Guevarista, Consejos Estudiantiles y Para Todxs Todo). También han ido ampliando su influencia a sectores de obreros (Unión Portuaria, Siteco) o movimientos medioambientales (Movimiento Defensa por el Derecho al Agua y Protección del Medio Ambiente, Modatima). De todas formas, dicho marco de influencia, sigue siendo extremadamente limitado en cuanto a extensión y profundidad.

El «bloque de conducción» viene funcionando («operando» en la vulgar jerga «maquinera») desde fines del 2012 y está compuesto por la Nueva Acción Universitaria (NAU, de la Pontífice Universidad Católica), la Izquierda Autónoma (IA, en alianzas desde hace un tiempo con el Partido Progresista), el Frente de Estudiantes Libertarios (FEL) y la Unión Nacional Estudiantil (UNE). Juntos reúnen a una cantidad importante de federaciones estudiantiles y mantienen un estrecho vínculo que les permite mantener una orientación táctica ordenada dentro del movimiento estudiantil.

No obstante, en general, no han pretendido llevar adelante una política de confrontación (de clase) entre el movimiento estudiantil y el nuevo gobierno (principalmente contra el Mineduc). Más bien, de forma reiterada han desplegado una política de contención de conflicto buscando, por medio de las negociaciones con el gobierno, la mayor cantidad de concesiones posibles para el movimiento estudiantil (no logrando ninguna hasta el momento).

No creemos que por parte de estos sectores haya una pretensión «maliciosa» enfocada a «vender» el movimiento estudiantil y sus demandas. Creemos que en verdad están guiados por una concepción de la lucha de clases extremadamente gradualista y etapista (incluso con importantes rasgos de conservadurismo de izquierda), incapaz de comprender los conflictos de forma dialéctica, donde el factor movilización-confrontación de clases (polarización de los antagonismos) es el más importante a impulsar, desde una perspectiva estratégica.

Como decíamos, lo importante para el desarrollo-profundización de la conciencia política de clase del movimiento estudiantil, es conseguir triunfos como consecuencia directa de la movilización y no por medio de la negociación sesgada, donde en última instancia, siempre el poder ejecutivo tendrá la potestad de reconocer o no las propuestas el movimiento estudiantil (evidentemente, si no hay fuerzas en las calles demostrando la voluntad de confrontación, esta posibilidad aumenta exponencialmente).

Estos sectores facilitan el desarrollo de una nueva política de los consensos, pero esta vez de forma dual: desde un lado, la Concertación-PC negocia las reformas políticas con el ala derecha del bloque político en el poder, mientras el ala izquierda, negocia (coopta) con todos aquellos que están en el ala izquierda de este mismo bloque. Con esto, el ejecutivo, logra hacer un juego de bisagra donde, por un lado, sale ganando el agente político-conductor del bloque dominante (Concertación-PC), sobre todo en cuanto a la recuperación de su capacidad hegemónica y subordinación de los sectores, capas y clases subalternas. Y, por el otro lado, las fuerzas motrices del movimiento estudiantil son desarmadas políticamente, ya que subordinan su actuación al agente político-conductor del bloque dominante, perdiendo -claramente- toda capacidad de maniobra ofensiva dentro del movimiento estudiantil y parte importante de la legitimidad (hegemonía) alcanzada en años de lucha y organización. Todo lo anterior es consecuencia de lo que ya señalábamos: el gradualismo, el etapismo y el conservadurismo que, en el fondo, expresa la desconfianza en las fuerzas propias del movimiento estudiantil, como también en su capacidad de transformar la voluntad movilizadora en un proyecto político coherente, independiente y antagónico al del bloque dominante.

Por otro lado, a la izquierda de dicho bloque, se ha venido configurando y articulando un incipiente bloque político revolucionario, donde diferentes fuerzas políticas y federaciones estudiantiles se han estado organizando en función de sacar adelante propuestas políticas que busquen mantener la dinámica de movilización (reconociendo los vaivenes y reflujos propios de la lucha de clases) y centrando su apuesta en la conquista de las demandas emanadas desde el movimiento estudiantil durante años.

No obstante, pese a que se han logrado importantes triunfos (por ejemplo: la instalación de seis ejes programáticos in-transables, cuestión que han recogido incluso los sectores moderados de la izquierda estudiantil), en términos prácticos no ha gozado de la homogeneidad del «bloque de conducción».

Creemos que esto no sería, en primer lugar, una expresión de la heterogeneidad lógica de cualquier alianza política entre diferentes fuerzas (de todo el país), sino más bien, expresión de una izquierda revolucionaria muchas veces incapaz de articular propuestas políticas coherentes que además comprenda la necesidad de disputar los espacios de conducción. Muchas fuerzas, más que diseñar propuestas políticas y articular tácticas enconadas de implementación, apuestan -pobremente- a desarrollar «tácticas» de «rompimiento» con el reformismo bajo el objeto de «visibilizar» las diferencias presentes en el movimiento estudiantil.

Dicha política, fundamentalmente reactiva, convierte a algunas fuerzas en simples grupos de agitación que no coadyuvan a la disputa de los espacios de representación o -en los espacios de representación propiamente tal- no contribuyen a la disputa de políticas revolucionarias frente a las propuestas reaccionarias o moderadas. La historia a demostrado una y otra vez que este tipo de comportamientos es, a lo menos, estéril.

En otro plano, pero en la misma vereda, se da que sectores revolucionarios están siendo cooptados por las lógicas de los moderados, no siendo capaces de diseñar una política propia, asumiendo -de paso- gran parte de los preceptos propios de los gradualistas (como el aliciente permanente a que «no hay condiciones políticas para desarrollar la movilización»). Dicho argumento (típico del conservadurismo de izquierda) expresa nítidamente la ausencia de una política revolucionaria audaz que se enfoque precisamente en crear las condiciones políticas y sociales (algo que, por cierto, debiesen hacer precisamente los revolucionarios) para la confrontación entre sectores dominantes y dominados.

La izquierda revolucionaria debe enfocar su accionar en la construcción de condiciones adecuadas para la movilización radical, no esperar que e creen por sí solas (o que pasen los «mundiales de futbol», «las copas América», etc., como tristemente hemos escuchado este año) y centrar su praxis en el diseño de tácticas que expresen una política centrada en la polarización de clases: desarrollo de los antagonismo entre los sectores en el poder y los sectores en lucha. Ello, y solo ello, nos llevará a pararnos de forma ordenada y relativamente homogénea frente a las políticas impulsadas por los moderados y gradualistas que «curiosamente» tildan de «maximalista» o «ultra-izquierdista» a toda propuesta que se presente como una alternativa real de lucha para el movimiento estudiantil, mismo vocablo utilizado coléricamente por los obtusos partidos reformistas latinoamericanos frente a los revolucionarios durante décadas y décadas.

El movimiento estudiantil debe desarrollar el diálogo con el gobierno, sólo en la medida que exista un pleno ascenso-fortalecimiento respecto a su capacidad de movilización (condición favorable para imponer criterios de todo orden) y, por tanto, como expresión de una correlación de fuerzas favorable para los intereses y demandas de nuestros estudiantes. Establecer diálogos hoy, es equivalente a subordinarse absolutamente a una táctica de la Concertación-PC que busca revitalizar la «política de los consensos» que permitió la estabilización del régimen de explotación económica y dominación política, y el retroceso del movimiento obrero y popular construido en casi dos décadas de lucha contra la dictadura militar.

El gobierno no posee la capacidad de «aislar» las demandas estudiantiles o de desplazarlas hacia la «marginalidad» por medio del discurso de la supuesta «intransigencia» de los actores en conflictos. Aquello es darle mucho crédito a un bloque en el poder que atraviesa una crisis de hegemonía: crisis de legitimidad, de representación y de participación desde hace más de una década (crisis que, por cierto, debemos profundizar con fuerza y no contribuir a su saneamiento jugando bajos las reglas político-institucionales de la clase dominante) y desconfiar, a la vez, de lo arraigadas y legitimadas que se encuentran las demandas y los objetivos programáticos del movimiento estudiantil en todo nuestro país, sobre todo entre los sectores más explotados que depositan sus esperanzas en un movimiento estudiantil clasista y combativo.

Por lo tanto, debemos definir hacia qué lado apostamos nuestras cartas: ¿confiar en el gobierno y su (re-editada) política de los consensos? ¿O confiar en las fuerzas propias de un movimiento estudiantil consolidado en años de lucha y organización? La correcta definición de esta respuesta orientará la salida táctica para esta coyuntura y, por tanto, el destino del movimiento estudiantil en el corto plazo.

¿Salida moderada o salida rupturista? Para los revolucionarios, está claro que es la segunda opción la más pertinente, en función de los objetivos antes señalados y de la profundización de los antagonismos de clases, ¿y para la ignominia caterva de moderados y sofistas, cuál será la apuesta? Su obsesión por defender a ultranza las conversaciones con el gobierno, demuestra claramente cuáles son sus vulgares y mediocres intenciones.

http://revistanuestramerica.wordpress.com/2014/07/21/las-disyuntivas-del-movimiento-estudiantil/