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Las entrañas de la irracionalidad

Fuentes: Rebelión

  De aquí pocos meses se cumplirán veinte años de la publicación de la novela La razón del mal del maestro Rafael Argullol. La obra, galardonada con el Premio Nadal del año 1993, se yergue como una provocativa, lúcida e inquietante penetración en los pormenores de la irracionalidad del sujeto. Dicho en otras palabras, Argullol, […]

 

De aquí pocos meses se cumplirán veinte años de la publicación de la novela La razón del mal del maestro Rafael Argullol. La obra, galardonada con el Premio Nadal del año 1993, se yergue como una provocativa, lúcida e inquietante penetración en los pormenores de la irracionalidad del sujeto. Dicho en otras palabras, Argullol, con su majestuosa novela, pretende adentrarse en las interioridades de la subjetividad, para columbrar lo prístino de la conducta irracional, así como de la maldad.

Para pertrechar dicho análisis, Rafael Argullol se encarga de plantear la distópica contextualidad de una ciudad acechada por un mal inconmensurable y no conceptualizable. El mal irrumpe sin previo aviso, pero lo que le hace más peligroso es su inclasificabilidad, su ausencia de coordenadas en las que poderlo ubicar. Por ello, la ciudad se sumerge en un marasmo de prácticas, cuya finalidad no es otra que desenmascarar el sortilegio y extirpar de raíz el mal acechante. Ahora bien, para acometer tal empresa, los sujetos pierden por completo su capacidad para obrar de forma racional, adentrándose en una espiral de caos e irracionalidad. De ahí que pueda extraerse, sin ambages, que el mal adolece de racionalidad (tesis, por otra parte, compartida, entre otros, por la filósofa H. Arendt), por lo que concierne a su génesis como por su ulterior desarrollo. Expresado en otros términos, es como si la irracionalidad gozase de una autonomía que se autodesarrolla a la sazón de sus propias leyes, de modo que emerge, desarrolla y fenece por su propia lógica.

Pues bien, grandes partes, por no decir la totalidad de la obra de Rafael, son completamente contemporáneas de las actuales vicisitudes en las que nos hallamos inmersos (por ello, no es de extrañar, la futura reedición de la obra). La situación española y europea se halla ante la encrucijada de un mal hambriento de las esperanzas de sus ciudadanos y gobiernos. Desde que estalló la supernova de esta funesta crisis, de la cual todavía seguimos bajo el hechizo de su ingente fulgor, la sociedad se halla sumida en una especie de hechizo, sedación o enajenación donde se ve impelido por las circunstancias que acaecen, y que parecen escapar de su control y voluntad. Desde fines del año 2008 el ciudadano vive impertérrito toda una serie de dinámicas (caídas de aseguradoras, rescates bancarios, recortes…) que parecen ubicarse allende su control. La paradoja estriba en que, aunque se introyecte desde el poder que somos todos corresponsables de esta crisis, el sujeto de a pie la percibe como algo ajeno, como un mal que viene de lejos pero que le afecta de forma directa y punzante en su vida y quehaceres. De ahí que adopte toda una serie de medidas, cercanas a los rituales, para intentar esquivar el sortilegio generalizado que constituye esta malévola coyuntura económica.

La cuestión, como majestuosamente elabora Argullol en su celebrada y premiada obra, es, como apuntaba al inicio del artículo, que el mal y, por ende, lo irracional, emerge y perece ahíto de su propia voracidad. Sucintamente expresado, el mal tiene su lógica y, consiguientemente, es ajeno a las medidas y acciones que emprenden los individuos para sortearlo. Por consiguiente, es difícil, por no decir imposible, que los ciudadanos, con sus acciones, puedan revertir esta situación, en una primera instancia.

Ahora bien, no se trata de aceptar el mal como una fatalidad estoica. La irracionalidad y la maldad gozan de cierta independencia, pero ésta no es absoluta. Y es de esta brecha, que se fragua en su pretendido absolutismo, donde brota la semilla de una ulterior esperanza.

El sujeto, con sus acciones, tal vez no pueda virar el rumbo de lo irracional, pero sí que obtura su fuerza y empuje. Es decir, el mal puede atacar pero nosotros podemos luchar y resistir ante sus embestidas. Y, en cierto grado, este empuje se enmarcaría como manera de afrontar esta infausta situación que se erige la crisis económica. La lucha del ciudadano debe enmarcarse en un prurito de resistencia contra esas embestidas que vienen de la nada. Porque, de ahí puede brotar un haz de esperanza, ya que tras la resistencia y el aguante, viene el alzamiento y el combate para intentar revertir la suerte que conlleva el mal.


Oriol Alonso Cano es Docente de Filosofía y Epistemología de la UOC e investigador de Filosofía de la Universidad de Barcelona.

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