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Comentario sobre el libro "Las ideas estéticas de Marx", del filósofo y esteta mexicano, Adolfo Sánchez Vásquez

Las ideas estéticas de Marx

Fuentes: Rebelión

Entre los numerosos ensayos sobre estética, conocer el del filósofo y esteta mexicano, Adolfo Sánchez Vásquez, que lleva por título «Las ideas estéticas de Marx», significará incursionar por las profundidades de un laberinto en donde entroncan la estética con el arte desde el punto de vista marxista. Cabe destacar en esta obra que, aún cuando […]

Entre los numerosos ensayos sobre estética, conocer el del filósofo y esteta mexicano, Adolfo Sánchez Vásquez, que lleva por título «Las ideas estéticas de Marx», significará incursionar por las profundidades de un laberinto en donde entroncan la estética con el arte desde el punto de vista marxista. Cabe destacar en esta obra que, aún cuando de su título pareciera desprenderse una visión remitida a una específica particularidad, (La estética presente en la obra de Marx), sus alcances y proyecciones es de una profundidad y amplitud tal, que parecieran rebalsar las propias fronteras del pensamiento del filósofo alemán. En mi opinión, uno de los mayores méritos de este ensayo, entre tantos otros, es que su autor contextualiza y despliega el pensamiento estético de Marx dentro de un concepto, tanto de totalidad como de contemporaneidad. Pareciera como si Marx, a través de la autorizada voz de Sánchez Vásquez, nos estuviera dando a conocer sus ideas, sobre el arte y la estética, hace 150 años atrás, pero adelantándolas para que la aprehendiéramos en el tiempo presente.

A decir verdad, Marx nunca escribió una obra específica sobre estética, al modo como la escribieron, por ejemplo, Lunacharski, Grygori Lúkacs o George Garaudy, entre otros intelectuales marxistas. Sin embargo, sus principales textos, en donde aborda temas sobre el arte y la literatura, dejan al descubierto inequívocamente su profundo interés por las cuestiones estéticas en general, y por el arte y la literatura en particular. También, en sus obras de carácter filosófico o económico, encontramos ideas fecundas de Marx que tienen una relación directa con problemas estéticos y artísticos fundamentales. Y si bien éstas aparecen disgregadas e intercaladas a lo largo de toda su obra, algunas -quizás las más importantes- las encontramos, sobre todo, en sus trabajos de juventud, fundamentalmente, en los «Manuscritos económico-filosóficos de 1844» y en «La ideología alemana». Así, por tanto, el pensamiento estético de Marx, sin constituir un cuerpo orgánico de doctrina, sin embargo, no por ello disminuye su importancia como un aspecto esencial de su concepción del hombre y la sociedad.

En sus obras de juventud y, particularmente en sus «Manuscritos económico-filosóficos de 1844», Marx se preocupó de esclarecer la fuente y naturaleza de lo estético y, en el marco de la relación estética del hombre con la realidad, fijó su atención en el arte como «creación conforme a las leyes de la belleza» . A Marx le interesaba, por ese entonces, definir al hombre como productor no sólo de objetos o productos materiales, sino también de obras de arte. Había pues, una dimensión estética de la existencia humana que tenia necesariamente que ser explicada por el filósofo alemán. Dicho de mejor modo, es buscando lo humano, lo humano perdido, cuando Marx se encuentra con lo estético como un reducto de la verdadera existencia humana, y no sólo como un reducto de ella, sino como una esfera esencial que cristaliza lo mejor de lo humano, elevándolo a las más altas de las dimensiones. De otra parte, sabemos que el pensamiento de Marx, concebía al «hombre total» (hombre comunista) ya desenajenado y desalienado y, por tanto, en posesión de todas sus fuerzas esenciales ya recuperadas. Ciertamente, en este contexto, la creación artística y el goce estético prefiguran, a los ojos de Marx, la apropiación específicamente humana de las cosas y la naturaleza humana que han de regir en la sociedad comunista, una vez que el hombre salte «del reino de la necesidad al de la libertad».

En este último sentido encontramos en el pensamiento y obra de Marx, su permanente preocupación por instaurar una sociedad en la que el hombre pueda desplegar creadoramente sus fuerzas esenciales perdidas, aquellas que se encontraban frustradas, negadas, despotenciadas. Por cierto, a este marxismo humanista lo estético no podía resultarle ajeno, muy por el contrario, algo imprescindible y necesario para cristalizar al hombre total de la sociedad comunista, ya des-enajenado y recuperado de sus fuerzas creadoras esenciales, aquellas que se encontraban perdidas tras un largo y milenario proceso de alienación. Es por ello que, en su obra, Marx, tendrá que abordar ineludiblemente los problemas estéticos, -aunque en forma concisa y desarticulada a la vez- pero con la profundidad que exigía su entronque esencial con su concepción del hombre y su doctrina de la transformación revolucionaria de la sociedad.

Por los mismos «Manuscritos» sabemos que el arte no es para Marx una actividad humana accidental sino un trabajo superior en el cual el hombre despliega sus fuerzas esenciales como ser humano y las objetiva o materializa en un objeto «concreto-sensible». El hombre lo es en la medida en que crea un mundo humano, y el arte aparece como una de las expresiones más altas de este proceso de humanización. Sabemos también que el arte, como trabajo superior, eleva hasta un grado insospechado la capacidad de expresión de lo humano, de objetivación, que se da ya en el trabajo ordinario.

Para Marx el trabajo no es sólo creación de objetos útiles que satisfacen determinada necesidad humana, sino también el acto de objetivación o plasmación de fines, ideas o sentimientos humanos en un objeto material, «concreto-sensible». En la capacidad del hombre de materializar sus «fuerzas esenciales», de producir objetos materiales que expresan su esencia, reside la posibilidad de crear objetos, como las obras de arte, que elevan a un grado superior la capacidad de expresión y afirmación del hombre desplegada ya en los objetos del trabajo. Arte y trabajo se asemejan pues, por su entronque común con la esencia humana; es decir, por ser la actividad creadora mediante la cual el hombre produce objetos que lo expresan que hablan de él y por él. Sin embargo, Marx advierte que la semejanza entre trabajo y arte, que hunden sus raíces en su naturaleza común creadora, no debe llevarnos a borrar la línea divisoria que los separa. Los productos del trabajo satisfacen determinada necesidad humana, y valen ante todo, por su capacidad para satisfacerla. Pero valen también – y Marx lo subraya vigorosamente en «Los manuscritos económico-filosóficos de 1844»- por la función que cumplen al objetivar las fuerzas esenciales del ser humano.

Ahora bien, Adolfo Sánchez Vásquez señala en su ensayo, que las interpretaciones que se habían hecho sobre el pensamiento general de Marx, se habían mostrado incapaces de asir su «médula viva», cuestión que con mayor propiedad se había producido también en sus ideas no sólo de carácter filosófico, sino también, sus ideas con respecto al arte y la estética. El problema del valor y alcance de estás últimas exige, en primer lugar, una recta comprensión del meollo de su filosofía, como filosofía de la praxis, pero no de una praxis sólo tendiente a transformar la realidad material que rodea a lo humano, sino, y sobre todo, una realidad que tienda a transformar su espíritu, elevándolo.

Ciertamente, por un buen tiempo, no fue posible apreciar en todo su valor las ideas estéticas de Marx, del momento que su doctrina fue reducida a una mera teoría económica y política interpretada, a su vez, en un sentido meramente reformista por la socialdemocracia alemana de ese entonces, ignorándole la médula filosófica contenida de ella. En consecuencia, como lo señala Sánchez Vásquez, «tras ser adelgazada hasta quedarse en los huesos de una simple doctrina económica y política, el marxismo tenía que ser completado con una filosofía prestada, llamada a dar razón al reino de los valores, al que pertenecía el arte, y con ello la misma estética». De este modo -prosigue el autor- «los problemas estéticos se quedaban a la intemperie a extramuros de las ideas de Marx propiamente dichas, y su explicación se ponía en manos de una filosofía idealista». En este contexto las ideas estéticas de Marx no podían esperar nada inspirador de semejante tendencia reduccionista, la que en última instancia castraba el vivo contenido humanista y revolucionario del marxismo, tendiendo a vulgarizar las tesis fundamentales de su filosofía, dentro de lo cual, por extensión, se arrastraba al arte y la misma estética

No obstante este reduccionismo, hay que destacar la clara visión aperturista de Lenin respecto a lo que el marxismo apuntaba verdaderamente sobre este asunto. En efecto, de sus tesis no podía deducirse, en modo alguno, una regimentación de la creación artística, -como si lo hizo más adelante el realismo en el arte del periodo estalinista,- una unificación de sus temas, formas y estilos, pues tal como lo expresaba Lenin «la labor literaria es la que menos se presta a una comparación mecánica, a la nivelación, al dominio de la mayoría sobre la minoría. Esta fuera de discusión el hecho de que es absolutamente necesario asegurar el mayor campo posible a la iniciativa personal, a las inclinaciones individuales, una mayor amplitud al pensamiento y a la fantasía, a la forma y el contenido». Sin embargo, a pesar de la clara visión de Lenin para ver, en las profundidades del pensamiento de Marx , ideas abiertas y no cerradas sobre el arte y la estética en una futura sociedad comunista, todo ello quedó en la nada en el periodo estaliniano en donde se hizo prevalecer, tanto en el campo del arte y la estética, el denominado arte realista, una simple y vulgar canonización de un arte reductor y limitativo que no dejaba ningún espacio para dar libre curso a la subjetividad del artista para desplegar con libertad toda la potencialidad de sus habilidades creadoras. Primó un arte con ciertos códigos de los cuales no se podía salir, todo ello en nombre de la revolución y de un supuesto hombre nuevo comunista, ideas centrales de una forma de arte, nada más a contrapelo de los supuestos fundacionales presentes en las ideas de Marx, en relación con el arte y la estética.

Antes de proseguir la línea desplegada por Sánchez Vásquez, creo necesario y pertinente señalar, a modo de complemento al tema, algunas nociones generales de lo que se entiende tanto por «estética», como «obra de arte» y «artista», toda vez que, cualquier obra que pretenda abordar el tema de la estética, no podría hacerlo sin dejar de relacionar estas categorías, las cuales en una especie de concatenación aparecen muy ligadas unas a otras. El ensayo de Sánchez Vásquez no ha podido escaparse a esta impronta, por lo que siendo un ensayo sobre la estética, también la obra de arte, el artista, y en última instancia, su receptor (el público), serán temas que vamos a encontrar recurrentemente mencionadas en esta obra.

Recurriendo a la enciclopedia Wikipedia encontramos que la estética es definida como «rama de la filosofía que tiene por objeto el estudio de la esencia y la percepción de la belleza». Más formalmente se la ha definido como «ciencia que trata de la belleza y de la teoría fundamental y filosófica del arte». De este modo, por su misma definición, concluimos que el concepto de la estética se encuentra intrínsicamente ligada al arte. .

Como sabemos, fue en el año 1752 que Baumgarten usó la palabra estética, designándola como: «ciencia de lo bello, misma a la que se agrega un estudio de la esencia del arte, de las relaciones de éste con la belleza y los demás valores». Sin embargo, el arte en su origen más primitivo, y considerado como tal por muchos siglos, no necesariamente tuvo intrínseca relación con lo bello. El arte en su relación con lo bello más bien tuvo su aparición con el arte griego. Si no había estética en las obras griegas éstas no se consideraban como obras de arte. En cambio, las primeras pinturas rupestres, de miles de años atrás, no se preocuparon, por así decirlo, de imprimirle contenidos estéticos a sus pinturas, más bien se preocuparon de dibujar o pintar representaciones de la vida real, sobre todo, de acciones de caza de animales, o las relaciones del hombre con la naturaleza y sus dioses. Más aún, el arte, en sus orígenes, estuvo ligado a la magia. Así, en los principios de la humanidad el arte tenía muy poco que ver con la belleza y nada en absoluto con el deseo estético, era un instrumento mágico o un arma del colectivo en la lucha por la supervivencia.

Más adelante, Kant, toma la estética en un sentido más bien etimológico, para él la estética significó la teoría de la percepción, teoría de la facultad para tener percepciones, o bien teoría de la sensibilidad como facultad para tener percepciones; sin embargo, es común entender la estética como la teoría del arte y la belleza. No en vano, según asienta el mismo Kant en su «Crítica del juicio», se puede decir que la estética es la ciencia cuyo objeto primordial es la reflexión sobre los problemas del arte.

Ahora bien, si la estética es la reflexión filosófica sobre el arte, uno de sus problemas fundamentales será el sentido valorativo que le asignará a la obra de arte. Y aunque un variado número de ciencias puedan ocuparse de la obra de arte, sólo la estética analiza filosóficamente los valores que en ella están contenidos.

A pesar que, desde lo griego, se logró establecer una relación intrínseca entre obra de arte y lo bello, más adelante esta noción irá ampliando el concepto de arte, más allá de aquello, relacionándolo con otras categorías. En efecto fue el romanticismo el que logró establecer una noción más amplia, más allá de lo puramente bello, al señalar como principal objetivo de la obra de arte el provocar una reacción emocional en el receptor en el más amplio de los sentidos. En efecto, el romanticismo señala, por una parte, que lo verdaderamente importante no es lo que siente el autor, sino lo que este hace sentir al receptor de su obra, y por otra, condiciona al receptor de manera que su imaginación sea la que construya el mensaje que transmite la obra, sin necesidad de que el autor lo exprese directamente. Así, por ejemplo los poetas románticos supieron entregar poemas no sólo con contenidos estéticos con clara preeminencia de lo que consideramos como lo bello, sino también nos supieron entregar poemas de ambientación siniestra, con escenas grotescas, desde crímenes sádicos al terror más consternador.

De este modo, entendemos que el arte no necesariamente es estético, o bonito, también puede ser repulsivo, asqueroso o melancólico, provocar ansiedad u otras sensaciones intensas, como es el caso de Edvard Munch, con su famosa obra maestra, «El Grito». No obstante, tanto el expresionismo, romanticismo o impresionismo rechazan directamente todo tipo de arte vacío, cuyo significado sea tan ambiguo, que simplemente no exista, o que de antemano, no busca una emoción en el receptor, ya sea una reflexión filosófica, o simplemente un sentimiento, desde la angustia al temor.

Ahora bien, cualquiera sea la definición, lo cierto es que un mundo sin arte y sin estética sería completamente insoportable para el hombre, porque sería un mundo inhumano. Sabemos que las condiciones materiales en las que vivimos de por sí son ya bastante insoportables, por lo que no resulta casual que millones de personas encuentren consuelo ya sea en la música, en el baile o se impliquen emocionalmente con las representaciones que ven por las pantallas del cine, con las estrellas cinematográficas y las mismas series de televisión y el teatro. Todas estas representaciones son manifestaciones del arte, otra cosa distinta es que éstas sean manifestaciones artísticas buenas o malas, según sean las distintas maneras valorativas de apreciarlas.

Sobre esto mismo, como bien lo señala Alan Woods, «el arte pone un elemento de color a un mundo incoloro. Lleva un rayo de esperanza a las vidas sin sentido. El arte en todas sus formas nos hace abrir los ojos, aunque sea sólo por un momento fugaz, ante nuestra monótona existencia cotidiana, nos hace sentir que hay algo más en la vida, que podemos ser mejores de lo que somos, que las relaciones entre las personas pueden ser humanas, que el mundo puede ser un lugar mejor. El arte es el sueño colectivo de la humanidad, la expresión del sentimiento arraigado de que nuestras vidas no deberían ser así y que deberíamos luchar por algo diferente».

Ahora bien, el punto donde el trabajo de Sánchez Vásquez adquiere, a mi juicio, su mayor dimensión, es en el momento que pone el acento de que lo que más hace daño a la deshumanización de las artes, es cuando aparece la industria de las diversiones, con inmensas masas de consumidores del arte. Sólo tenemos que fijarnos un poco en las larguísimas colas que se producen para ver exposiciones de arte que quizá llevaban media vida en esa misma ciudad, pero que ha hecho falta que alguna entidad privada (hoy en día, la mayoría de las exposiciones están patrocinadas por bancos o cajas de ahorros) o algún alcalde, las haya dado más publicidad para su propio beneficio.

En efecto, en la sociedad capitalista, la obra de arte es «productiva» cuando se destina al mercado, cuando se somete a las exigencias de éste, a las fluctuaciones de la oferta y la demanda. Y como no existe una medida objetiva que permita determinar el valor de esta mercancía peculiar, el artista queda sometido a los gustos, preferencias, ideas y concepciones estéticas de quienes influyen decisivamente en el mercado. En tanto que produce obras de arte destinadas al mercado que las absorbe, el artista no puede dejar de atender a las exigencias de éste, que afectan en ocasiones tanto al contenido como a la forma de la obra de arte, con lo cual se limita a sí mismo, y con frecuencia niega o limita sus posibilidades creadoras, su individualidad. Se produce así una especie de enajenación, ya que se desnaturaliza la esencia del trabajo artístico. El artista no se reconoce plenamente en su producto, pues todo lo que crea respondiendo a una necesidad exterior es extraño, ajeno a él. Así, en la obra de arte, el predominio de la utilidad material niega la esencia misma de la obra de arte, ya que, a diferencia de la mercancía simple, no tiene como fin primordial satisfacer determinada necesidad del hombre, sino su necesidad general de expresión y afirmación en el mundo objetivo.

Así, pues, se niega la libertad de expresión del artista, ya que ésta sólo se despliega cuando el artista encamina su actividad hacia ese fin, satisfaciendo una necesidad interior, no las necesidades exteriores que derivan de la degradación de la obra de arte a la condición de mercancía, es decir, objeto de compra y venta. En una sociedad en que la obra de arte puede descender a la categoría de mercancía, el arte se enajena también, se empobrece o pierde su esencia. Al señalar en «Los manuscritos» que bajo el régimen de la propiedad privada capitalista el arte cae bajo «la ley general de la producción», Marx alude claramente a esta degradación de la creación artística, con lo cual sienta las bases de las tesis que expresará abiertamente en sus trabajos posteriores al señalar la contradicción entre arte y capitalismo, entre producción mercantil y libertad de creación.

Tomando en cuenta estas consideraciones es que Adolfo Sánchez Vásquez, en su ensayo comienza a decirnos que cada semana, miles de millones de personas consumen, en nuestros países, los productos artísticos o seudo artísticos que les brindan las radios, las salas cinematográficas y los aparatos de televisión. Las cifras en sí son impresionantes: a veces hasta millones de personas para ver una sola película, distribuidas en gran número de países y continentes. Para que esto se produzca, los medios de difusión tienen que asegurar la adhesión de las dóciles e indefensas mentes de sus huecos consumidores, creando programas que cruzan las fronteras y extienden así, más y más, el círculo de su influencia.

Quien pierde con este bombardeo audiovisual es, ante todo, el hombre-masa, codificado, que absorbiendo sus productos, no hace más que afirmarse en su oquedad espiritual, en su estado miserable de objeto, medio u hombre-cosa. En este sentido, el arte de masas, incluso cuando se presenta en apariencia en su forma más inocente, cumple una función ideológica bien definida: mantener al hombre-masa en su condición de tal, hacer que se sienta en esta basicidad como en su propio elemento y, en consecuencia, cerrar las ventanas que pudieran permitirle vislumbrar un mundo verdaderamente humano y, con ello, la posibilidad de cobrar conciencia de su enajenación, así como de las vías para cancelarla.

Pero no sólo pierde el hombre masa, sino también el artista verdadero que aspira con su arte el establecimiento de una relación estética y espiritual entre su obra y el sujeto. Pierde, a su vez, el arte auténtico, el arte como expresión de lo específicamente humano, de la naturaleza creadora del hombre, y pierde en cuanto que el goce o consumo de masas ciega las vías para una apropiación verdaderamente estética y, por tanto, humana.

Así, entre el arte verdadero y el hombre-masa se establece un diálogo de sordos porque este último no puede entrar en la relación propia exigida por el objeto artístico y, consecuentemente, no puede apreciarlo; las estadísticas que dan cuenta de esta situación, son tremendamente reveladoras. Lo menos que podemos decir a partir de este hecho, es que no hay una concordancia entre calidad y popularidad. Ello, porque el público, en las condiciones propias del consumo de masas, prefiere casi siempre los productos más banales, desde el punto de vista estético. Esto no significa, en modo alguno, que no exista un sector que rechaza esos productos y busca otros más elevados que tiendan, sobre todo, a satisfacer las necesidades estéticas verdaderas. Sin embargo, pese a estos esfuerzos, el público otorga su preferencia a los subproductos artísticos o a obras de baja o dudosa calidad estética.

No se trata de algo casual, pues, el gusto y el criterio estético del consumidor se halla conformado para apreciar determinados productos y descartar otros, justamente aquéllos que tienen más alto valor estético, o los que ofrecen un contenido ideológico que entra en oposición con el pobre y mezquino molde en que ha sido encerrada su mente. Así, por ejemplo, se aprecia una obra convencional con personajes de cartón, con falsas soluciones y un sentimentalismo barato, en tanto que en nombre de la diversión o el entretenimiento puros, se rechaza todo hurgar profundo en los problemas fundamentales del hombre concreto y real. El hombre abstracto, deshuesado que consume estos productos artísticos los mide con la vara de su pobre existencia abstracta, una existencia en la que no cabe ya una relación propiamente estética, pues ésta sólo puede darse allí donde el hombre se manifiesta con todas sus fuerzas esenciales. En este goce o consumo de masas, la pérdida para el arte no puede ser más dramática: el sujeto no tiene, en realidad, ante sí un objeto verdaderamente estético, sino esos productos o pseudo productos artísticos que el llamado arte de masas le ofrece; por otra parte, aunque el arte verdadero se ofrezca al sujeto, este será incapaz de reconocerlo por su imposibilidad de establecer una relación propiamente humana -estética- con él.

Ahora bien, si el consumidor no gana con esta forma de consumo artístico ya que no hace más que afirmarle en su existencia humana abstracta, codificada, impidiéndole entrar en la relación exigida por el verdadero objeto estético; si, por otro lado, el arte y la sociedad no tienen tampoco nada que ganar con este goce o consumo de masas, ya que establece una relación inadecuada entre el sujeto y el objeto estético, en virtud de la cual se subvierte el orden de valoración, y el arte verdadero se queda sin el goce o consumo que le corresponde, ¿quién sale ganando con esta mistificación de las relaciones entre el objeto artístico y el sujeto?. Por cierto, si no es el consumidor ni el arte mismo sólo puede serlo el productor, no entendido éste como el creador individual del producto artístico, sino de aquel que se apropia inadecuadamente del objeto artístico para ofrecerlo mediante un proceso de intermediación (comercialización) al consumidor, es decir, el capitalista. En efecto, el arte de masas es el que interesa, sobre todo, al capitalista; por principio, nadie puede estar más interesado que él en su goce o consumo masivo. Y ello por dos razones esenciales: una, económica y, otra, ideológica.

Desde un punto de vista económico, sólo el consumo de masas de un producto artístico asegura los más altos beneficios. Ello implica, ante todo, que el arte de masas es una industria y, por tal, su goce o consumo se ve, ante todo, por sus resultados económicos. Así, por ejemplo, en el cine el consumo es planificado con el fin de asegurar el mayor número de espectadores, es decir, los más altos beneficios. Y a este mismo fin se atiene el productor en las demás manifestaciones del arte de masas. Pero, como ya señalamos, ello sólo puede lograrse mediante una nivelación tanto del objeto como del sujeto, es decir, tanto de ciertas particularidades de los diferentes productos artísticos como de los gustos, deseos y necesidades del consumidor. Es forzosa una estandarización tanto del objeto como del sujeto, pues sin ella el consumo de masas no podría darse ni aportar, por tanto, grandes beneficios.

Desde un punto de vista ideológico, ya que es uno de los medios más efectivos para mantener las relaciones enajenantes, codificadoras, características de la sociedad capitalista. En las condiciones actuales de esta sociedad, cuando la tarea de manipular las conciencias en escala masiva se convierte en una necesidad vital para el capitalismo, tanto desde el punto de vista económico como ideológico, la producción y consumo de un arte de masas responde a sus objetivos cosificadores tan plenamente que podemos decir que este arte de masas es, hoy por hoy, el arte verdaderamente capitalista. El es propiamente el antípoda de un arte verdadero y, por su contenido ideológico, o sea, por su afirmación de la condición del hombre como cosa, como instrumento, se opone al esfuerzo teórico y práctico que, en nuestro tiempo, se lleva a cabo por desmitificar y desenajenar las relaciones humanas.

La efectividad de este arte de masas, desde el punto de vista ideológico, se halla asegurada, en primer lugar, porque es el que dispone a su más entero arbitrio de los medios de difusión de masa y, por tanto, su mensaje ideológico puede penetrar allí donde no tiene acceso el arte verdadero. Para el capitalismo es mucho más efectivo este arte de masas, con sus productos vulgares y simplistas, que cualquier forma de creación artística que aspire a cumplir determinadas exigencias estéticas y espirituales. En segundo lugar, su eficacia no radica exclusivamente en el hecho de que el arte de masas monopolice el uso de los medios de difusión, sino en que siendo como es el arte que corresponde a las necesidades de las masas -es decir, el arte que puede consumir el hombre que ha sido despojado de su riqueza espiritual-, siendo el arte que habla el único lenguaje que esos hombres despersonalizados y masificados pueden entender, es, hoy por hoy, el único que puede aspirar a un consumo masivo.

Los millones y millones de espectadores que ven una película vulgar, que excita sus bajas pasiones o contribuye a vaciar su vacío espiritual, encuentran en ella su elemento, escuchan en ella su lenguaje -el lenguaje fácilmente comprensible para ellos de un mundo enajenado- y comparten su indigencia espiritual y su mistificación de las relaciones y los valores porque ellos mismos llevan una existencia espiritual indigente, hueca y mistificada. Sería inútil que se les ofreciera otro producto artístico, pues lo rechazarían; sería vano que se les hablara otro lenguaje: no lo entenderían. En el arte de masas tienen su arte; en su lenguaje el suyo propio. Por tanto, una vez que en la sociedad capitalista dominan las relaciones enajenadas, el arte de masas surge como una de las vías más adecuadas para llegar a la conciencia del hombre cosificado.

Mucho más podría seguir señalando sobre esta excelente obra de Adolfo Sánchez Vásquez, auténtico exponente de las ideas marxistas en el presente contemporáneo. Sólo señalar, mi recomendación a todos aquellos que están interesados en estudiar el marxismo, y también a aquellos que tienen interés por conocer las cuestiones relativas al arte y la estética, leer este libro, el cual no sólo les servirá de fuente de saber y conocimiento sino, sobre todo, fuente de un gran placer estético al leer, una a una, sus luminosas y fulgurantes páginas. A modo de cierre me permitiré transcribir textualmente, el modo como describe Sánchez Vásquez la futura sociedad comunista, en relación con la estética y el arte, tal como la pensó y la iluminó el prolífico pensamiento de Carlos Marx, uno de los más grandes filósofos y científicos de todos los tiempos.

«Marx y Engels conciben así una sociedad en la que la creación artística no sea ni la actividad que se concentra exclusivamente en individuos excepcionalmente dotados ni tampoco una actividad exclusiva y única. Es, por un lado, una sociedad de hombres-artistas en cuanto a que no sólo el arte, sino el trabajo mismo, es la expresión de la naturaleza creadora del hombre. El tarbajo humano, como manifestación total de las fuerzas esenciales del hombre, contiene ya una posibilidad estética que el arte realiza plenamente. Todo hombre, por ello, en la sociedad comunista, será creador, es decir, artista. Pero esta sociedad será, a su vez, una sociedad de artistas-hombres; en cuanto que el artista como hombre concreto que es, no escindido, no separado de la sociedad, no agota la totalidad de su ser en la actividad artística por elevada que sea. El artista de la sociedad comunista es, ante todo, un hombre concreto, total, cuya necesidad de una totalidad de manifestaciones vitales es incompatible con su limitación a una actividad exclusiva, aunque ésta sea aquella en que se despliega más universal y profundamente: el arte»

FUENTES

«La estética de Marx». Adolfo Sánchez Vásquez.

«El marxismo y el arte». Alan Woods

«Estética, arte y obra de arte». Pablo Oyarzún

«Enciclopedia Wilkipedia»