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Tiempos de mudanzas

Fuentes: Rebelión

El templo de Delfos se alza desde el siglo IV antes de Cristo. Las calzadas romanas llevan más de dos mil años desafiando al tiempo. La Vía Apia, nacida en el corazón de Roma, recorre seiscientos cuarenta kilómetros hasta Brindisi, donde el Adriático comienza a confundirse con Oriente. Aquellas obras fueron concebidas para durar. Eran fruto de una civilización que aspiraba a la permanencia.

La nuestra, por el contrario, parece haber convertido el cambio en un fin en sí mismo.

Desde que la cibernética irrumpió en la sociedad occidental y comenzó a transformar todas las actividades humanas, la mutación permanente se ha instalado como norma. Nada debe permanecer. Todo cuanto precede a la posmodernidad se juzga obsoleto, no porque haya dejado de servir, sino porque la lógica del presente exige su sustitución. El tiempo ya no madura las cosas: las caduca.

La consecuencia es una inestabilidad que desborda el ámbito de la técnica y termina penetrando en la cultura, en las costumbres e incluso en los afectos. Una parte de la música ha renunciado a la melodía para refugiarse en la monotonía del ruido monocorde. El amor, entendido como entrega duradera, parece ceder terreno ante relaciones cada vez más efímeras. Hasta los vínculos entre padres e hijos muestran, con demasiada frecuencia, el desgaste producido por un individualismo y egocentrismo que convierte el propio yo en medida de todas las cosas.

Ese mismo fenómeno se manifiesta en los gestos más vulgares de la vida cotidiana. El producto que durante años encontraba sin esfuerzo en el hipermercado ya no solo ha desaparecido del estante habitual; cada pocos días cambian de lugar las secciones, los pasillos y los anaqueles. Buscarlo acaba convirtiéndose en un ejercicio inútil. He preferido renunciar a él antes que aceptar ese juego absurdo de mudanzas permanentes.

Las continuas actualizaciones de los sistemas informáticos constituyen quizá el símbolo más expresivo de esta época. Todo debe renovarse antes incluso de haber sido plenamente conocido y perfeccionado. La novedad ha dejado de ser un acontecimiento para convertirse en una obligación. Pero también la novedad necesita tiempo para ser apreciada. Cuando una innovación sustituye a otra con precipitación vertiginosa, deja de despertar interés y termina produciendo cansancio.

Toda civilización necesita cambiar para seguir viva. Pero cuando el cambio deja de ser un medio para mejorar y se convierte en un fin, la sociedad corre el riesgo de perder aquello que durante siglos dio sentido a la palabra civilización: la continuidad, la memoria y la posibilidad de reconocer en el mañana algo del ayer.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.