Las máximas del «patriota»

Fuentes: El blog de Cordura

«¡Que te libren tus ídolos cuando clames!, pero a todos ellos se los llevará el viento, un soplo los arrebatará; mas el que en mí confía tendrá la tierra por heredad y poseerá mi santo monte.» (Isaías 57: 13). Lo más significativo del fervor patriótico-futbolero de estos días no son los incidentes habidos, muertes incluidas. […]

«¡Que te libren tus ídolos cuando clames!, pero a todos ellos se los llevará el viento, un soplo los arrebatará; mas el que en mí confía tendrá la tierra por heredad y poseerá mi santo monte.»
(Isaías 57: 13).

Lo más significativo del fervor patriótico-futbolero de estos días no son los incidentes habidos, muertes incluidas. Ni las celebraciones ruidosas y chabacanas, con algún jurgolista metido a ‘showman’ a pesar de su escasa gracia. Ni el escupitajo de Piqué. Ni los pechos al aire en la Gran Vía de no sé qué famosa de la tele. Ni siquiera creo que lo sea el propio hipernacionalismo españolista, tan absurdo, desatado estos días, con una (inédita) profusión de banderitas, aún visibles aquí y allá.

Lo más significativo ha sido la alegría, o mejor dicho, la desmesura de la misma. Demasiada por tan poco. Mucho ruido para tan pocas nueces (¿o es que son muchas «nueces» meter más bolas por una puerta que los rivales?). Es cierto, según todos los expertos nacionales y extranjeros, que «España» jugó bien (y que, por ello, «necesitó» recurrir menos al juego duro que otras selecciones). Es probable que fuera la mejor. Pero esto, reconózcase, no hace más relevante el motivo de fondo (el relativo a las bolas). ¿Y acaso la celebración hubiera sido menor si «España» hubiera ganado injustamente?

La desmesura en cuestión refleja muchas frustraciones ocultas, pero quizá también numerosas huidas hacia delante. En tamaña explosión de alegría, orgásmica, hay que ver un alto grado de insatisfacción latente que busca colmarse por la vía hedonista. A la vez, un ansia de pertenencia e incluso de inmanencia (la disolución en el Uno-Todo es siempre la aspiración última, consciente o no, de quien no aguanta más su condición de individuo). Sed de absolutos y autoengaños masivos. Carnaza de la buena en la Era Neorreligiosa.

La sociedad española estaba más al límite de lo que muchos creían. Pero eso la hace más madura para la tiranía emergente. La idolatría que en estas semanas estamos presenciando gracias al éxito jurgolero confirma, para quien tuviera dudas, que la ilustrada Modernidad está muerta y enterrada. Incluso la Posmodernidad, pues nuestro tiempo lo preside ya firmemente un determinado espíritu irracional y religioso (por desgracia, en el peor sentido de la palabra). «España nos une», hemos leído en otro blog. La selección, (supuesto) cemento cohesionador de una nación con una unidad históricamente precaria, llega a suplantar a la nación misma (ver, más abajo, el punto 7 de «Las máximas del ‘patriota'»). «Esa adoración por la bandera yo no la he visto nunca antes», osa declarar, y no precisamente como crítica, una conocida periodista, ya veterana. «Adoración» (¿se le escapó?), de eso se trata. Por increíble que parezca. Adoración de una bandera y de unos ídolos heroicos que se pasearon en carroza por el centro de Madrid (pero, ¿acaso no llegó a crearse años atrás hasta una religión en honor a un jurgolista, quizá el mejor de la historia?). Adoración como ebriedad arrodillada, como sustitutivo de la mediocridad y el fracaso cotidianos, como dulce evasión y fusión con el Todo supremo encarnado en sus mejores avatares.

Pagana desmesura. En las líneas siguientes nos concentraremos en una de las principales consecuencias de la misma, la más instrumentalizable políticamente: esa manifestación de patriotismo en su versión más visceral y epidérmica. El guiado por el deber (de oculta matriz totalitaria) de identificarse, idolátricamente, con la «Patria». Sin más. Pero que, debidamente manipulado, puede servir de base para la más atroz subordinación al Poder. Para la definitiva pérdida de nuestra condición de ciudadanos.

Para leer el texto íntegramente: http://lacomunidad.elpais.com/periferia06/2010/7/16/las-maximas-del-patriota-