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Las personas mayores en el pensamiento antiguo y medieval: su influencia en la actualidad

Fuentes: Rebelión

La vejez tiene anclaje en lo social. Y el cuerpo es el lugar donde lo social hace su trabajo. Cada grupo humano, cada cultura, establece ciertos parámetros y moldea los cuerpos según ellos. Desarrolla así verdaderas técnicas corporales donde se busca que esos cuerpos se acomoden a los valores y a sus representaciones sociales: técnicas de crianza, de guerra, de alimentación, de sexuación, técnicas sobre el vivir, el morir… y el modo de envejecer”.[2]

Entre 1950 y 2010 el promedio de esperanza de vida a nivel mundial subió de 46 a 68 años. En esto hay que tener en cuenta diferencias regionales: mientras que en los países más desarrollados la esperanza de vida supera los 80 años, en los más pobres se encuentra por debajo del promedio mundial. Para 2019 vivían en el mundo más de 700 millones de personas (alrededor del 10% de la población mundial) mayores de 65 años, y se calcula que esa cifra va a llegar a 1500 millones de personas para 2050.[3] Este proceso de envejecimiento progresivo de la sociedad debido al aumento de la esperanza de vida así como la reducción de la natalidad va a plantear desafíos en las próximas décadas.

La población adulta mayor fue un sector social y etario invisibilizado en los siglos anteriores y las visiones que se tenían sobre ella estaban cargadas de prejuicios, estereotipos y estigmatizaciones. Para luchar por los derechos humanos de las personas mayores y construir una sociedad democrática, inclusiva, justa e igualitaria es necesario desterrar los viejismos y edadismos [4] tan arraigados en toda la población (inclusive entre las mismas personas mayores). Por ende, este artículo se propone dar un breve panorama de la visión que se tenía de las personas mayores en las sociedades antiguas y medievales que constituyen la base de muchas de las actuales prácticas discriminatorias, a fin de poder conocer su origen para desmontarlas y construir una visión alternativa.

Que este trabajo se centré principalmente en Europa y el mundo mediterraneo puede parecer occidentalista, más teniendo en cuenta que quién escribe lo hace desde un país latinoamericano. Sin embargo esto tiene que ver con que a partir del siglo XV fueron las potencias europeas -mediante brutales conquistas- quienes impusieron sus ideologías y pensamientos al resto del mundo, por lo que es necesario conocer el origen de las mismas. Otras sociedades tenían visiones alternativas de la vejez y el envejecimiento, a cuyo estudio nos dedicaremos en otro artículo y que aportarán al debate sobre el tema.

Para el historiador David-Sven Rehen, se deben tener en cuenta dos cuestiones a la hora de estudiar la historia de las personas mayores y de la vejez: 1) que sería un error considerar que el único gran cambio en torno a los ancianos a lo largo de la historia fue un envejecimiento cada vez mayor de la sociedad; y 2) es vital considerar a los ancianos dentro de un contexto económico, social, cultural e histórico específico para ver su papel en la sociedad.[5] En base a estas ideas es que realizaremos esta aproximación.

Dado que la Prehistoria es el periodo anterior a la historia escrita, no tenemos registros de las representaciones que se hacían de las personas mayores en las sociedades de la época. Sin embargo contamos con fuentes para conjeturar al respecto: los restos arqueológicos, las pinturas rupestres y los testimonios de las culturas ágrafos de los tiempos posteriores. Así se ha llegado a concluir que en muchas culturas prehistóricas la vejez era motivo de orgullo. Dado que la esperanza de vida era muy baja y los peligros acechaban, las personas que llegaban a la edad madura debían ser consideradas las más fuertes y sabias. No es casualidad que los consejeros, chamanes, curadores, educadores y jueces fueran personas mayores al promedio de edad de la comunidad, clan o familia.

En muchas culturas existían los llamados Consejos de Ancianos, que se ocupaban de tareas de gobierno. Debido a su experiencia práctica, eran además los encargados de educar a las generaciones más jóvenes y de dictar justicia. También se les consideraba el “archivo histórico” de las comunidades carentes de escritura.

Pero al mismo tiempo existía una asociación entre sabiduría y prudencia con decrepitud y fealdad, en contraposición al joven bello e inexperto. Ptah-Hotep, visir del Faraón egipcio Tzezi (Dinastía V) escribió hacia el año 2450 A.C.: “¡Qué penoso es el fin de un viejo! Se va debilitando cada día; su vista disminuye, sus oídos se vuelven sordos; su fuerza declina, su corazón ya no descansa; su boca se vuelve silenciosa y no habla. Sus facultades intelectuales disminuyen y le resulta imposible acordarse hoy de lo que sucedió ayer. Todos los huesos están doloridos. Las ocupaciones a las que se abandonaba no hace mucho con placer, sólo las realiza con dificultad, y el sentido del gusto desaparece. La vejez es la peor de las desgracias que puede afligir a un hombre”.[6] Este escrito muestra una representación social que existía de la vejez en la Prehistoria y la Antigüedad.

En las mismas sociedades en donde se reconocía a la persona mayor como sabia y fuerte, también existían estereotipos negativos en torno a la vejez y, en épocas de crisis como carencias alimentarias y epidemias, se practicaba el gerontocidio para disminuir la poblacion. Esto solía darse junto con el Infanticidio, ya que ambos sectores etarios eran considerados improductivos. No es casualidad que recién en las últimas décadas se haya comenzado a defender con mayor énfasis los derechos de las infancias y de las personas mayores.

Entre el pueblo hebreo, los ancianos eran investidos del poder de sabios y consejeros. En el Libro del Éxodo, Moisés o Moshe siempre convoca a los ancianos del pueblo para comunicar la palabra de Dios o solicitarles que organicen los sacrificios religiosos. Un ejemplo lo encontramos en el siguiente fragmento: “Moisés salió a comunicar al pueblo las palabras del Señor. Luego reunió a setenta hombres entre los ancianos del pueblo, y los hizo poner de pie alrededor de la carpa. Entonces el Señor descendió en la nube y habló a Moisés. Después tomó algo del espíritu que estaba sobre él y lo infundió a setenta ancianos. Y apenas el espíritu se posó sobre ellos, comenzaron a hablar en extasis pero después no volvieron a hacerlo” (Éxodo, 24-24). En el fragmento que dice “Moisés y los ancianos dieron la orden al pueblo de Israel” (Éxodo 27: 1) se muestra como el líder espiritual o religioso requería de la presencia de los ancianos para poder tener autoridad sobre el pueblo. También se menciona que los ancianos pasaban revista a las tropas o autorizaban matrimonios.

En una sociedad como la hebrea, que basaba su economía en la agricultura y el comercio, las personas mayores -al igual que las personas con discapacidad- ocupaban un lugar importante contribuyendo a las labores agrícolas o al cuidado de la actividad comercial.

Durante el Periodo de los Jueces (siglo XI AC) se institucionalizó el poder del Consejo de Ancianos. Este comenzó a decaer cuando en el siglo X AC se impone la Monarquía y el poder pasa a los reyes. Sin embargo, estos mantuvieron siempre el respeto al consejo de las personas ancianas que establecía sus creencias religiosas.

La toma de Jerusalén y el dominio que ejerció el Imperio Babilónico sobre la región (597-539 AC) representó grandes cambios para la sociedad hebrea. La opresión que sufrieron bajo los conquistadores fue atribuida a un castigo divino por alejarse de las costumbres, las leyes religiosas y las normas morales. El papel de los ancianos como intérpretes de las Leyes de Moisés fue revitalizado y eso se mantuvo tras la derrota de Babilonia por parte de las tropas del rey persa Ciro el Grande (600/576- 530 AC) y la posterior liberación. Siglos después se crearía el Sanedrín (posiblemente provenga del hebreo zenequim que significa “hombre mayor”), un consejo de 71 miembros formado por ancianos de las familias patricias, intérpretes de las leyes y miembros de la casta sacerdotal.

En la Antigua Grecia (siglos XII al IV AC) el culto a la belleza y la perfección física estaba relacionado con la estructura económica de la sociedad, basada en la explotación de mano de obra esclava. Los grandes logros alcanzados en la filosofía, las artes, la política y la arquitectura fueron posibles gracias al trabajo esclavo que liberaba a los “ciudadanos libres” para la meditación y la creación intelectual. La formación militar se volvía así inevitable ya que la guerra era la forma de proveer prisioneros para ser esclavizados, y Aristóteles (384- 322 AC) proponía el servicio militar a todos los ciudadanos dado el peligro que podía representar una rebelión de esclavos.[7] Los poemas de Homero (La Iliada y La Odisea, siglo VIII AC) alababan las virtudes de sus héroes a los que representaban como jóvenes y bellos.

Las personas mayores, así como las personas con discapacidad o enfermedades crónicas, se encontraban por fuera de estos parámetros por lo que tenían un lugar reducido en la sociedad. A partir del siglo VIII AC, con la difusión de las ciudades-Estado y la consolidación de las instituciones que más tarde darían lugar a la llamada “democracia griega”, la autoridad paterna comenzó a decaer junto con el crecimiento de la autonomía jurídica de sus hijos. Vale aclarar que esto es dentro de los hombres libres y ciudadanos, no de los grupos subalternos (mujeres, esclavos y extranjeros). Las leyes que se empiezan a aprobar prohibiendo el maltrato a los padres ancianos es una prueba de que estas prácticas violentas se habían popularizado.

El siguiente fragmento del diálogo entre un padre y un hijo en la obra Las Nubes de Aristófanes (445-386 AC) ilustra esta realidad:

FIDÍPIDES. Pues dime, ¿no es justo que también yo sea cariñoso contigo de la misma manera y te pegue, puesto que en eso consiste ser cariñoso, en pegar? Pues, ¿cómo es que tu cuerpo tiene que estar libre de golpes y el mío no? Que también yo soy hombre libre de nacimiento. Los hijos lloran, ¿crees que el padre no ha de llorar?. Tú afirmarás que la costumbre es que eso sea cosa del hijo; pero yo podría contradecirte diciendo que «los viejos son dos veces niños»; y es más natural que lloren los viejos que los jóvenes, en la medida en que es menos razonable que ellos cometan faltas.

ESTREPSÍADES. Pero en ninguna parte es de ley que el padre pase por eso.

FIDÍPIDES. ¿Es que no fue un hombre como tú y como yo el primero que puso esa ley, y persuadía a los antiguos hablando? ¿Y es que yo a mi vez voy a tener menos posibilidades de poner una nueva ley para los hijos de cara al futuro, que peguen también ellos a sus padres? Los golpes que recibimos antes de que estuviera puesta la ley los sacamos de cuenta y les concedemos habernos zurrado impunemente. Mira los gallos y esos otros bichos, cómo se toman la revancha de sus padres. ¿Y en qué se diferencian aquéllos de nosotros, si no es en que no proponen decretos?

ESTREPSÍADES. Entonces, ya que imitas en todo a los gallos, ¿por qué no comes también estiércol y duermes en un palo?

FIDÍPIDES. No es lo mismo, querido. Sócrates no aceptaría este argumento.

ESTREPSÍADES. Entonces no me pegues; pues te perjudicarás a ti mismo.

FIDÍPIDES. ¿Cómo es eso?

ESTREPSÍADES. Porque es justo que yo te castigue a ti, y que tú castigues a tu hijo si alguno te nace.

FIDÍPIDES. ¿Y si no me nacen? En vano habrán sido mis llantos y tú morirás habiéndote burlado de mí”.[8]

Sin embargo, en Grecia también existían consejos de personas ancianas, tanto en la oligárquica Esparta como en la democrática Atenas y en otras Ciudades-Estado menores.

Desde las Leyes de Licurgo (de cuya existencia se duda, pero que habría vivido entre los siglos XI y VII AC), la ciudad de Esparta estaba gobernada por una Diarquía (dos reyes) y un órgano asambleario: la Gerusía. Este último estaba compuesto por 28 miembros varones libres mayores de 60 años. Cuando uno moría o se retiraba, los candidatos debían caminar en fila y resultaba elegido el que más aplausos recibiera de los habitantes.

En Atenas también existía un órgano parlamentario -el Aerópago- formado por ancianos llamados arcontes. Sin embargo su poder comenzó a decaer desde las reformas democráticas hasta quedar como un órgano meramente consultivo. Esto coincidía con el nuevo pensamiento que reivindicaba las virtudes de la juventud.

Podemos mencionar que en la Grecia Antigua existían dos concepciones en torno a la vejez. La primera es la visión positiva sostenida por Platón (427-347 AC), que elogiaba la vejez como la etapa de la vida en donde las personas alcanzan -debido a la experiencia- su máxima prudencia, sagacidad, juicio y discreción, por lo que en la República debían desempeñar funciones administrativas, directivas y jurisdiccionales superiores con gran estima social. Además sostenía que uno envejecía como vivía, por lo que había que preparase para la vejez, siendo esta postura un antecedente de lo que hoy llamamos Envejecimiento Activo y Saludable.[9] La otra postura, que podemos denominar visión negativa, corresponde a su discípulo Aristóteles que consideraba a la vejez como la “cuarta y última etapa de la vida del hombre” caracterizada por la senectud y el deterioro por lo que las personas mayores solo pueden inspirar compasión o -por el contrario- sospechas por ser cínicas, desconfiadas y egoistas.[10] Dado la importancia que tuvo en los siglos posteriores la obra de Aristóteles, conservada y traducida tanto en la Europa Cristiana como en los reinos islámicos, no es de extrañar que estos estereotipos se conserven hasta la actualidad.[11]

Con la conquista de Grecia por parte del Imperio Macedónico de Alexandro Magno (356-323 AC) en el 323 AC se instauró un periodo conocido como helenístico, que se extendería hasta la conquista romana del 146 AC. En este periodo las personas mayores volvieron a recuperar algo del protagonismo que habían tenido en los siglos anteriores, ya que esta sociedad más abierta y cosmopolita daba poca importancia a la edad, etnia o religión. No así al estamento social, ya que las personas mayores de las clases dominantes tenían más posibilidades que las de los grupos subalternos.

La conquista de Grecia y Macedonia por parte de la República Romana significó la incorporación de sus valores y legado cultural. En Roma, el parentesco se trasmitía por vía paterna y el Pater Familia tenía un poder tiránico sobre los miembros de su clan, que se establecía por vía biológica, por matrimonio y por adopción. Podía incluso disponer de la vida de los demás miembros de la familia de manera legal.

Durante la República Romana (periodo que va del 509 al 27 AC) el poder de los Pater Familia y –en menor medida- de la Mater Familia –que tenía un papel secundario pero que solía ser respetada por los demás miembros- se incrementaron. A medida que Roma se expandía y las familias de las clases patricias aumentaban su número e influencia política, la asimetría entre los miembros de la familia y el Pater provocó un conflicto generacional. A diferencia de lo que sucedía en Grecia, donde fueron necesarias leyes contra el maltrato a las personas mayores, en este caso la violencia era ejercida desde el miembro mayor de la familia hacia las generaciones más jóvenes, lo que generó un resentimiento hacia los padres.[12]

La caída de la República y la instauración del Imperio en el año 27 AC supuso también una declinación del poder de los ancianos. La asunción de Augusto Cesar (63-14 AC) como primer emperador limitó el poder del Senado, compuesto por personas mayores de las familias patricias, quedando como un órgano meramente testimonial. Pero al mismo tiempo la sociedad romana tenía una actitud desprejuiciada y las personas mayores no eran discriminadas en tanto grupo etario sino que se cuestionaba de manera individual a muchos de sus miembros, sobre todo los que ejercían cargos políticos y detentaban posiciones opuestas a las del Imperio.

Al igual que lo sucedido en Grecia, en Roma también tenemos una visión positiva y una negativa de la Vejez. La primera es representada por Cicerón (106-43 AC), que en su obra Cato Maior, menciona a la vejez como una etapa en donde la experiencia lleva a la sabiduría y lo ilustra con ejemplos de grandes hombres que realizaron aportes en los años de su vejez. Al igual que Platón, considera que las personas mayores no son objeto de compasión sino de veneración y respeto, y que el envejecimiento depende la vida que se ha llevado. Para Horacio (65-8 AC), en su Ars Poética, la vejez es la etapa de resignación ante la muerte.[13]

A partir del siglo I comienza la expansión del cristianismo dentro del mundo romano y mediterráneo. Esta nueva religión, que se identificó rápidamente con los sectores subordinados del Imperio (esclavos, prisioneros, pobres, personas con discapacidad) atrajo rápidamente a la juventud. Las personas mayores (asociadas a los padres tiránicos, los senadores o los comerciantes explotadores) eran vistos como símbolos de pecado. La fealdad de la vejez se oponía a la belleza de la juventud, asociada a la representación del Paraíso. Pero también se incorporaron a las personas mayores en las tareas de evangelización o como destinatarios de la caridad. A partir del siglo III DC tenemos Hospitales Cristianos para personas mayores pobres, enfermas o con discapacidades. Aunque estos lugares brindaban asistencia a personas que lo necesitaban, se lo hacía desde una posición verticalista y considerándolos como “objetos de prácticas” (en este caso benéficas) en lugar de “sujetos de derechos”.

La caída del Imperio Romano en el año 476 DC significó una fragmentación que afectó a una parte importante de Europa, Asia y África. Recordemos que en su periodo de máxima expansión el dominio romano se extendía desde el norte de Africa hasta las islas británicas y desde Asia Central hasta la península ibérica. La Edad Media (años 476-1453) que le siguió se caracterizó por el predominio de la Iglesia Católica en todos los aspectos de la vida cotidiana, política, económica, social y cultural.

Por un lado las personas mayores fueron vistas como objeto de protección, restaurándose paulatinamente el poder de los padres como jefes de familia junto con la obligación de los hijos hacia ellos. Por otro lado, en una sociedad guerrera como la de la época, se es joven mientras que la fuerza física para pelear esté conservada y se considera viejo al que es débil para la guerra. La edad adulta mayor comenzaba aproximadamente a los 50 años, y no había una etapa intermedia pasándose directamente desde la juventud.[14]

Esto demuestra que la concepción de la vejez y el envejecimiento dependen de las caractéristicas de la sociedad en la que se envejece. Como sostienen Gutierrez y Ríos: “Más de una evidencia existe en el sentido de que no hay nada más alejado de una certeza que la homologación de los sujetos de acuerdo a sus edades cronológicas. Envejecer en una sociedad organizada estructuralmente para la guerra o en otra organizada para el consumo producirá sin lugar a dudas ethos diferentes entre los individuos que comparten una misma edad”.[15]

La vejez es una construcción social en la que participan los Estados o poderes de la época, las religiones, la cultura, el mercado y la sociedad civil para asignar una posición y representación a las personas consideradas dentro de ese periodo de la vida. Es en la Edad Media, debido a las características particulares de este periodo, en que esto parece constituirse de un modo más visible.

Por este motivo, en la mayor parte de la historia medieval europea el anciano nunca ocupó una posición de prestigio. Incluso las Reglas del Maestro (conjunto de legislaciones monásticas del siglo IX) establecían que las personas mayores solo podían ejercer funciones de porteros o trabajos manuales dentro de los conventos.[16]

Nuevamente tenemos una visión dualista de las personas mayores dentro del cristianismo. Mientras que para San Agustín de Hipona (354-430) las personas mayores han adquirido equilibrio emocional y liberación de las pasiones mundanas, para el aristotélico Santo Tomás de Aquino (1225-1274) es una etapa que se asocia a la decadencia, la decrepitud y el egoísmo.[17]

Sin embargo hay que destacar las diferencias de clase. Una persona mayor campesina, artesana o del bajo clero estaba sometida a mayores peligros y explotación que otra de su misma edad perteneciente a la nobleza, el alto clero o la monarquía, que se encontraba protegida en su castillo y ejercía el poder. Incluso entre las clases dominantes empieza a surgir en el siglo VIII la preocupación por un retiro tranquilo y con las necesidades satisfechas. Los conventos de la época –pese a las restricciones etarias- se convirtieron en los antecesores de las primeras residencias de larga estadía para las personas mayores de las clases dominantes que se retiraban de la vida pública.

Las personas mayores pobres y sin hogar también eran recluidas en los hospitales de caridad junto con enfermos crónicos, vagabundos, personas con discapacidad, prostitutas y otros sectores marginados de la sociedad. Pese a las diferencias, había una similitud con las residencias para personas mayores de las clases dominantes: en ambos casos se recurría al aislamiento y enclaustramiento de una franja etaria que era vista como improductiva e incapaz de realizar aportes a la sociedad.

Las sucesivas pandemias que se dieron en este periodo, sobre todo la Peste Negra de 1348-1350, favorecieron a las personas mayores. Aunque afectaron a toda la población, produjeron mayoritariamente la muerte de personas jóvenes e infantes. Hubo una disminución constante de la población y un envejecimiento de la misma. La desintegración parcial de las familias y el reagrupamiento de los supervivientes dispersos llevó a que los miembros más viejos se convirtieran en las cabezas de familias extendidas. Las personas mayores comenzaron a ganar poder social, económico y político en los siglos posteriores. La Iglesia cambió su postura y comenzó a verlos como los representantes morales de la sociedad -algo parecido a lo que sucedió con el pueblo hebreo durante el cautiverio babilónico-.

El historiador francés Le Roy Ladurie retrata, en este pequeño fragmento referido a la pequeña aldea occitana de Montaillou, la nueva situación y la diferenciación de género que se produjo: “Por un lado, los ancianos de esta comunidad no tienen una buena situación. El jefe de la casa familiar es el hijo y el trato que de él reciben sus ancianos padres es bastante tiránico y éstos no osan realizar cosa alguna sin consultarle. Por otro lado, la vejez de las mujeres no es igual a la de los hombres. La mujer montailonesa, oprimida como joven esposa, luego amada por sus hijos al llegar a la vejez y respetada como matriarca”.[18] Tras la pandemia se popularizaron los casamientos en segundas nupcias de hombres mayores con mujeres jóvenes, dado la alta mortandad de los hombres jóvenes.

Mientras esto sucedía en la Europa continental, en las Islas Británicas se había alcanzado alrededor del siglo XIII una gran estabilidad. En Inglaterra (que se había consolidado como reino y adoptado el sistema feudal desde el siglo X) comenzaron a darse las condiciones que llevarían al establecimiento de una economía capitalista en los siglos posteriores: mercado interno desarrollado, mano de obra con movilidad geográfica, la tierra ofrecía gran rentabilidad y estaba consolidada la propiedad privada. Esto también influyó en las personas mayores. A menudo los padres cedían sus propiedades a sus hijos, tras obligarles a firmar un contrato de compensación que evitaba que fueran desalojados de su propiedad.[19] Esto constituía una especie de retiro con un ingreso permanente para cubrir sus necesidades.

Podemos relacionar esta situación con lo que Reher llamó transferencias generacionales, un sistema mediante el cuál los hijos primero viven de los padres y luego los padres viven de los hijos. Esto es algo que existió en muchas sociedades y se mantuvo a lo largo de la historia, ya que “igualaba” a las generaciones y brindaba estabilidad social.[20]

El periodo del Renacimiento, posterior a la Edad Media, es un momento de innovación artística y tecnológica así como de desarrollo de las ciencias. El culto a “lo nuevo” y -por extensión- a la juventud llevo a que se cristalicen en la sociedad nuevamente ideas viejistas y edadistas que asocian la vejez a la decrepitud y la senectud. Algo curioso teniendo en cuenta la gran cantidad de creadores de esta época -como Leonardo da Vinci o William Shakespeare- que siguieron trabajando hasta edades avanzadas. Pero al mismo tiempo, el desarrollo de disciplinas como la medicina, la cirugía o la fisiología llevaron a mayores estudios de tipo científico -y no filosófico como en los siglos anteriores- sobre la vejez y las personas mayores. Aunque estos conocimientos fueron válidos y se consideran antecesores de disciplinas como la Geriatría y la Gerontología, se hicieron desde una lógica de ver a las personas mayores -y sobre todo a sus cuerpos- como meros objetos de investigación científica.

La era de las grandes navegaciones, las conquistas y la toma de contacto con otras sociedades (pueblos americanos, Lejano Oriente, Sur de África, islas del Pacífico) llevó a que en Europa y el mundo occidental se tomara más consciencia de formas alternativas de ver a la vejez. Por ende, los siglos posteriores verán el desarrollo de visiones diversas sobre el envejecimiento y el papel de las personas mayores en la sociedad, al mismo tiempo que se desarrollarían disciplinas específicas como la Geriatría, la Gerontología, las Terapias diversas o la Psicología aplicada.

Sin embargo, estos temas exceden el objetivo de este artículo que se proponía analizar como el pensamiento antiguo y medieval influyó en los prejuicios (lo que sentimos), estereotipos (lo que pensamos) y discriminación (las acciones que llevamos a cabo) que todavía sufren las personas mayores, pero también en visiones positivas que se pueden retomar para el pleno cumplimiento de sus derechos a un envejecimiento activo, saludable, con participación social y libre de viejismos.

Agradecimiento:

A Georgina Moreno (México), quién me dio la idea de escribir este artículo. A mi amiga Andrea Bustos Cifuentes (Colombia), quién lo leyó y realizó comentarios.

Notas:

2 Groisman, Monica; “Cuerpo que envejece flexible, identidad que incorpora lo nuevo”, en: Zarebsky, Graciela (coord.); La Identidad flexible como factor protector del Curso de Vida, Buenos Aires, Centro de Estudios Sociales, Económicos, Políticos y Jurídicos, Universidad de Maimónides (UMAI), Editorial Académica y Científica, 2019; p. 129.

3 ONU; “Día Internacional de las Personas Mayores: 1° de Octubre”, Día Internacional de las Personas de Edad | Naciones Unidas, 2022.

4 El edadismo se refiere a prejuicios y discriminaciones en torno a la edad. Es una traducción del inglés ageism, pero en esa lengua age hace más referencia a personas de edad avanzada que a la edad en general. Por eso utilizamos aquí viejismo para los prejuicios y prácticas discriminatorias referidas especificamente a personas mayores, y no a la discriminación por la edad en general.

5 Reher, David-Sven; “Vejez y envejecimiento en perspectiva histórica: retos de un campo en auge”, Política y Sociedad, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, N° 26, 1997, p. 64.

6 Trejo Maturana, Carlos; “El viejo en la Historia”, Acta Bioéthica, Año VII, N° 1, 2001, p. 109.

7 Valencia, Luciano Andrés; Breve Historia de las Personas con Discapacidad: de la opresión a la lucha por sus derechos, Mauritius, OmniScriptum, Ediciones Académicas Españolas, 2018, cap. I.

8 Aristófanes; Las Nubes, Biblioteca Virtual Universal, p. 26.

9 Platón hace decir a Sócrates en un fragmento de su obra: “La mayoría de nosotros allí reunidos se lamentan, echando de menos los placeres de la juventud, recordando las delicias del amor, del vino, de los manjares exquisitos y otras satisfacciones del mismo género, y se afligen como si hubiesen perdido algunos bienes considerables, y de que entonces se vivía bien, y de que ahora se vive. Algunos también se quejan de los ultrajes de parte de sus allegados que, a causa de la edad, tienen que sufrir y, sobre eso, tienen siempre en la boca que la vejez es para ellos causa de todos sus males. A mí, Socrates, me parece que ellos no aducen la verdadera causa; pues si esa fuera la causa, yo también padecería esos mismos males a causa de mi vejez, como todos los demás que han llegado a esa edad”. Platon; La República, Biblioteca Universal Digital.

10 “Los viejos son también compasivos, pero no por el mismo motivo que los jóvenes, pues éstos lo son por amor a sus semejantes y aquéllos por su debilidad, pues creen que todos los males les amenazan y eso era lo que provocaba la compasión. Por ello son también quejicosos y no bromistas ni propensos a reír, pues la propensión a que?jarse es la contraria de la propensión a reír”. Aristóteles; Retórica, Madrid, Alianza, 1998, p. 184.

11 Carbajo Velez, María del Cármen; “La Historia de la Vejez”, Ensayos, N° 18, 2008, p. 241.

12 Trejo Maturana, Carlos; “El viejo en la Historia”, op. Cit., p. 113.

13 Carbajo Velez, María del Cármen; “La Historia de la Vejez”, op. Cit., p. 242.

14 Martinez Ortega, Mari Paz; Polo Luque, María Luz y Carrasco Fernández, Beatriz; “Visión histórica del concepto de vejez desde la Edad Media”, Cultura de los Cuidados, Año IV, N° 11, 1° semestre de 2002, p. 41.

15 Gutierrez, Eugenio y Ríos, Patricio; “Envejecimiento y campo de la edad: elementos sobre la pertinencia del conocimiento gerontológico”, Última década, Valparaiso, N° 25, diciembre de 2006, p. 14.

16 Trejo Maturana, Carlos; “El viejo en la Historia”, op. Cit., pp. 112-113

17 Carbajo Velez, María del Cármen; “La Historia de la Vejez”, op. Cit., pp. 242-243.

18 Citado por Chaparro, Ana; “La vejez vista desde la historia y la cultura”, Federación Iberoamericana de Personas Adultas Mayores, https://fiapam.org/la-vejez-vista-desde-la-historia-y-las-culturas/, 18 de abril de 2016.

19 Barnes, Colin; “Las teorías de la discapacidad y los orígenes de la opresión a las personas discapacidad en la sociedad occidental”, en: Barton. Colin (comp.); Discapacidad y Sociedad, Madrid, Morata, 1998, p. 70.

20 Reher, David-Sven; “Vejez y envejecimiento en perspectiva histórica…”, op. Cit., p. 65.

Luciano Andrés Valencia. Escritor, Licenciado en Historia (Universidad Nacional de La Pampa) y Psicólogo (Universidad Nacional del Comahue). Reside actualmente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.