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Las tres dimensiones de 1968

Fuentes: La Breche

  Cuarenta años después «Mayo 68» continúa suscitando interés. Aunque en las «ceremonias» destinadas a recordar el acontecimiento, predominan las interpretaciones culturalistas – superficiales – que, en la mayoría de los casos, hacen omisión del cuadro político de conjunto. Hay tres dimensiones en el giro de 1968. La primera es institucional: una conjunción excepcional en […]

 
Cuarenta años después «Mayo 68» continúa suscitando interés. Aunque en las «ceremonias» destinadas a recordar el acontecimiento, predominan las interpretaciones culturalistas – superficiales – que, en la mayoría de los casos, hacen omisión del cuadro político de conjunto.

Hay tres dimensiones en el giro de 1968.

La primera es institucional: una conjunción excepcional en el tiempo de los conflictos y crisis a escala mundial y un ascenso de las luchas estudiantiles casi universal. Una simple enumeración traduce este recuentro único en enero de 1968; la ofensiva del FNL (Frente Nacional de Liberación) en Vietnam revela la capacidad militar del movimiento de liberación que golpea hasta el interior de Saigón (ofensiva del Tet), pero también su debilidad política; en marzo, la movilización de los estudiantes polacos es brutalmente reprimida por el POUP (PC polaco) que juega abiertamente la carta antisemita y nacionalista; la primavera se despierta en Praga, el 5 de abril el PC checoslovaco adopta su nuevo programa de acción; la explosión estudiantil de mayo 1968 en Francia desemboca en una huelga general de 9 millones de trabajadores, la más grande de la historia del movimiento obrero; en Italia, las luchas estudiantiles, que comienzan en la facultad de arquitectura de Roma en marzo, se generalizan y los choques con la policía son violentos, la fermentación obrera comienza en Pirelli, en la Fiat, etc.; a comienzos del año, las ocupaciones universitarias en el Estado español tienen un eco en la acentuación de las luchas obreras; en octubre, los estudiantes de la ciudad de México son brutalmente reprimidos (centenas de muertos); en los Estados Unidos, siguiendo las luchas de los guetos negros, las manifestaciones contra la guerra conducida por el imperialismo norteamericano en Vietnam, empiezan verdaderamente su despegue.

La segunda en relación al cambio que se opera en el ritmo y la amplitud de las luchas obreras y democráticas en una serie de países, Francia, Italia, España, y en menor medida en Gran Bretaña.

La tercera, concierne al surgimiento o el refuerzo de organizaciones políticas – en Europa en particular, pero también en América Latina y el Japón – que se sitúan a la extrema izquierda en el tablero político y un relanzamiento del movimiento sindical, detrás de los partidos de la izquierda tradicional.

La democracia occidental reprime y bombardea

La segunda gran mutación concierne al mundo occidental, llamado libre.

En los Estados Unidos, el combate por los derechos cívicos de los Negros, al inicio de los años sesenta, reveló a la opinión pública europea una faceta de la democracia norteamericana que había sido cuidadosamente oculta. La rebelión de los negros, sobre todo desde 1964 a 1967, apuntala la desmitificación del modelo de democracia norteamericana. En 1967, en Detroit, son los blindados de la Guardia Federal que aplastan el levantamiento del gueto. En 1965, Malcom X es asesinado. El representaba el ala más radical y más politizado del movimiento negro y su fuerza de convicción y su carisma, podían permitirle jugar un rol importante en la evolución política de una amplia capa de militantes negros. Esto explica aquello. El 4 de abril de 1968, Martin Luther King será abatido. En 1964, una primera alianza entre los dos se había realizado, lo que merece poner atención sobre el hecho.

Un segundo pliegue del díptico democrático norteamericano, va a ser esbozado por el comienzo de los bombardeos estadounidenses sobre Vietnam y por la intervención de los marines en Santo Domingo, en 1965. El verdadero rostro del imperialismo norteamericano, para una generación, aparecía más claramente.

A esto se agrega el golpe de estado militar en Indonesia, en octubre de 1965, alegando (sin ningún fundamento) una tentativa de golpe de Estado del Partido Comunista (el PKI), dirigido por Aidit. El PKI era el partido comunista más grande fuera del «bloque socialista», reivindicaba tener 300.000 cuadros y más de 2 millones de miembros. El ejército va a asesinar a centenas de miles de militantes (reales o supuestos) del PKI. La ferocidad represiva será mayor en la isla de Java, cuyo centro era un feudo del PKI. Esta masacre recibirá el apoyo de Washington, muy contento de ver a Indonesia «limpia de comunistas» en el momento que los Estados Unidos intentaban quebrar la revolución vietnamita.

Contrarrevolución y «terror blanco» se vuelven, para un sector amplio de la opinión, sinónimos políticos de imperialismo.

La dramática liquidación del PKI, en el país que había sido un símbolo de «no alineamiento», suscitará en la vanguardia del movimiento obrero internacional un amplio debate sobre la orientación del PKI. En efecto, éste último alegaba la necesidad de una alianza estratégica con Sukarno y los capitalistas locales a fin de «vencer a los capitalistas extranjeros en Indonesia», mientras que la revolución social llegaría más tarde. Los hechos se inscribieron trágicamente contra ese falso planteo.

De Cuba a Argelia

Desembocamos de este modo en la tercera mutación: la impulsada por la revolución cubana y la argelina – que no son idénticas – así como por la proyección en la escena internacional de la «causa palestina», en el marco del «conflicto árabe-israelí» de 1967. Evidentemente, durante la segunda mitad de los años sesenta, la lucha armada conducida por el FNL por la liberación nacional y la transformación social de Vietnam, permanece como el elemento clave de toda la situación internacional, en la medida que, por primera vez luego de la segunda guerra mundial, el poderío hegemónico de los Estados Unidos es puesto en jaque.

Una modificación significativa de las relaciones de fuerza internacionales se dibuja, aunque aún poco perceptible. Hay que mencionar también los inicios de la lucha armada en Angola y Mozambique, en setiembre de 1964, el FRELIMO (Frente de Liberación Nacional de Mozambique) anuncia las primeras acciones de los guerrilleros nacionalistas contra el ejército de ocupación portugués.

Pero volvamos a la revolución cubana, cuya incidencia sobre la formación política de una «nueva izquierda», incluso en Europa, fue importante. La victoria del Movimiento 26 de Julio, en 1959, introdujo un elemento radicalmente nuevo en el movimiento revolucionario a escala internacional.

En efecto, era la primera vez – luego de la degeneración estalinista – que una lucha antidictatorial (contra Batista) y una verdadera revolución social, conjuntamente, se hacía bajo la dirección de una organización que no estaba ligada al movimiento comunista surgido de la III Internacional estalinizada. Aunque la dirección titista (Tito), había roto, en 1948, con el Kominform (la organización de los comunistas colocados bajo la égida del PCUS), la Liga de los Comunistas de Yugoslavia era un hijo del movimiento comunista estalinizado.

Una nueva generación revolucionaria y un amplio abanico de intelectuales de origen diversos, primero en América Latina y en el Tercer Mundo, pero también en Europa, van a apoyar a la revolución cubana. Guevara y Castro rompen – en el objetivo, la práctica y el estilo – con la orientación de los diversos partidos comunistas latinoamericanos.

Cuando en agosto de 1961, en su discurso de Punta del Este (Uruguay), el Che Guevara declara: «la revolución cubana…es una revolución con un carácter humanista. Ella es solidaria de todos los pueblos oprimidos del mundo», declara a la vez la originalidad del proyecto revolucionario en curso y la manifestación de un nuevo internacionalismo, expresión política de la defensa de los valores humanos universales y de la necesidad práctica de un combate antiimperialista radical.

La victoria del Movimiento 26 de Julio, conlleva la idea de que una fuerza revolucionaria creíble puede formarse por fuera del cuadro de referencias políticas y organizativas de los partidos comunistas. Numerosos serán, entonces, los militantes que expresarán el nacimiento de un tipo de reagrupamiento de fuerzas revolucionarias que vayan desde el Movimiento 26 de Julio a los revolucionarios vietnamitas.

Las iniciativas tomadas por los cubanos, en 1966, con la formación de la Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina (la Tricontinental) nutrieron esta perspectiva. Y el mensaje del Che Guevara – asesinado en las montañas de Bolivia en octubre de 1967 – a la reunión de la Tricontinental, ponía el acento sobre la necesidad de romper la trágica soledad del pueblo vietnamita que él mencionaba como «un momento ilógico de la historia de la humanidad».

Esta nueva «atmósfera política» será enriquecida – sobre todo en Francia – por la experiencia de la solidaridad con la lucha del pueblo argelino por su independencia, con el combate del FLN (Frente de Liberación Nacional). La imagen de la «democracia francesa» ¡la democracia colonial! también va a recibir un golpe durante estos años de guerra (desde 1954), donde las torturas, los asesinatos (cientos de miles) serán instrumento cotidiano del gobierno en la llamada Argelia francesa. En junio de 1965, el golpe de Estado conducido por Boumediene para derrocar a Ben Bella provocará, entre aquellos y aquellas que habían apoyado la causa de Argelia, una reflexión crítica sobre los límites de la autogestión argelina, sobre el rol respectivo de estructuras como el ejército, el FLN, la UGTA (sindicatos), la administración civil (fuerte anarquía). Cuba y Argelia devienen de esta manera, puntos de referencia comparativos.

En Europa, en un medio muy restringido pero activo de militantes, esta «luchas revolucionarias de otros continentes», consolidan la idea de un nuevo internacionalismo, que vaya más allá del movimiento de la paz que había tenido impulso al final de los años 1960 y principios de 1970. Esto confiere asimismo, una gran validez a los proyectos de formación de fuerzas radicales «al costado» de los partidos socialistas y comunistas.

Todo esto puede aparecer un poco despegado de los procesos sociales que se desarrollaban efectivamente por entonces en la Europa capitalista. Sin embargo, para una generación de militantes, que habían realizado sus primeras armas en los partidos socialistas y comunistas, el conjunto de estos hechos – repercutiendo directa o indirectamente en las grandes formaciones de la izquierda, en sus organizaciones juveniles, en las revistas y en la prensa «comprometida» – van a nutrir una de las vertientes de su formación política. Ciertamente, ello se hará a veces al precio de una falta de comprensión afinada de la situación social y política europea, dado que que era una politización alimentada por esas «grandes causas» internacionales más que por la participación directa en las luchas sociales (que eran, por otra parte, limitadas en su número y amplitud). Y la claridad sobre «los aparatos políticos» que conducían esa luchas de emancipación, en formaciones sociales fracturadas por el subdesarrollo, no eran la que se pudo hacer a posteriori.

En resumen, estos tres grandes conjuntos de mutaciones multiplicaron las rupturas en la «visión del mundo» surgida de la guerra fría y en la organización de las fuerzas políticas que esta situación conectaba. Todo esto facilitó el surgimiento de una nueva cultura política que no se limitó a la extrema izquierda, una cultura política cuya caja de resonancia estaba alimentada por los medios de comunicación ¡la televisión se imponía! que hacía presente en Europa, la intervención en Santo Domingo, la «batalla de Argelia», la ocupación norteamericana en Vietnam, la reunión de la Tricontinental, la primavera de Praga…

Notas de Agenda Radical

1) El texto que reproducimos, es parte de un artículo más extenso publicado en el sitio de La Breche (Suiza), bajo el título «Aux origines de 1968» (Los origenes de 1968), y que integra una serie de análisis de diferentes autores/as, que La Breche dedica Mayo 68.

2) Charles-André Udry, economista marxista (Suissa), militante del Movimiento Por el Socialismo (MPS) y del movimiento en defensa de los trabajadores/as inmigrantes. Es redactor de la revista impresa La Breche/Carré Rouge, y director de los Cahiers libres, Editions Page deux, Lausanne.

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Traducción de Mariana Sánchez y Ernesto Herrera para Agenda Radical