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Las víctimas del terrorismo y las otras víctimas

Fuentes: Rebelión

Sorprende que ante tanta insensatez en el tratamiento de las víctimas del terrorismo no se escuchen voces que intenten centrar y analizar el fenómeno y poner la cosas en su sitio. ¿Acaso se vilipendia, se menosprecia o se discrimina a quienes han sufrido atentados terroristas? ¿Han sido olvidados y dejados de la mano de Dios […]

Sorprende que ante tanta insensatez en el tratamiento de las víctimas del terrorismo no se escuchen voces que intenten centrar y analizar el fenómeno y poner la cosas en su sitio. ¿Acaso se vilipendia, se menosprecia o se discrimina a quienes han sufrido atentados terroristas? ¿Han sido olvidados y dejados de la mano de Dios para que con sistemática regularidad tengamos que oír a sus portavoces o a sus «defensores» aludir a sus derechos como si éstos no hubieran sido atendidos? ¿No es cierto que disponen de medios para organizarse? ¿No lo es menos que, incluso, se les ha dado carta de naturaleza como «colectivo» al que el Gobierno y los partidos políticos no sólo atienden en sus demandas, sino que se arroga la representación de las ideas y sentimientos del resto de la población?

Por mucho que podamos solidarizarnos con cada uno de los afectados por los atentados terroristas, por los que sentimos respeto y hacia quienes aplaudimos el apoyo moral ( y económico) que han recibido y continúan recibiendo de la sociedad en su conjunto a través de los presupuestos generales del Estado, ello no nos exime de plantear que ni son las únicas víctimas, ni tienen motivos para sentirse un ente especial con derechos y exigencias igualmente especiales. Son ciudadanos doloridos con los que nos solidarizamos pero, ni más ni menos, que otras muchas otras víctimas de las que nadie se acuerda. Víctimas en este caso, traicionadas por el olvido, el abandono y la indiferencia. Víctimas que, hasta la fecha, ni tan siquiera merecen la pena de convertirse en pancartas en manifestaciones reivindicativas. Víctimas sin voz y sin padrinos que las aireen impúdicamente en las plazas y foros públicos.

Ahora que ya sabemos que el PP- una vez más- va a aprovecharse de las víctimas del terrorismo con el fin de beneficiarse del dolor de los afectados para intentar llevar a la calle la protesta contra la supuesta desviación de la política antiterrorista del actual Gobierno – y, no lo olvidemos, de la del resto de los partidos parlamentarios, y de la mayoría de la población, incluso de la que no participa en las elecciones-, conviene llamar la atención sobre las otras víctimas que nadie osa nombrar y que lo son cuando podrían no haberlo sido si los sucesivos gobiernos hubieran tomado las medidas necesarias e imprescindibles para evitarlas.

Son muchas pero no tienen la aureola que les presta la manipulación que de su dolor llevan a cabo los partidos y organizaciones partidistas que jalean y hacen uso de su desgracia para fines electorales.

Veamos, por ejemplo, las víctimas de accidentes laborales, que son infinitamente mayores en número y que, día a día, mueren o quedan incapacitadas para desarrollar una vida normal y digna.

¿Cuántas cayeron mientras prestaban un servicio al país, muchas veces mal pagado y casi siempre devaluado socialmente? El año 2004- según datos del Ministerio de Trabajo- 955 personas perdieron la vida en accidentes en el desarrollo de su jornada laboral, y las estadísticas sólo para la última década muestran que un total de 10.484 trabajadores murieron mientras desempeñaban su trabajo, cifra que no sólo supera en mucho la de los asesinados o heridos en atentados de ETA sino que plantea el por qué miles de familias destrozadas han sido dejadas de la mano de los políticos sin que nadie se movilice solidariamente con ellas. ¿Será acaso porque sus muertes no son útiles a efectos de la confrontación partidista? Familias sin nadie detrás para impulsar manifestaciones, crear organizaciones que las apoyen y las acojan. Unas organizaciones que las utilizan como arma arrojadiza para poner en marcha actos de reivindicación de su memoria. Víctimas que no suscitan ni la admiración ni el respeto y consideración que se vuelca en las del terrorismo. Admiración, hacia estas últimas, que suscita otra pregunta : ¿por qué? ¿Por cumplir con su obligación- en el caso de los políticos, bien remunerada; en el caso de las fuerzas de seguridad, no tanto; en el de los infortunados que pasaban por el lugar del atentado, mujeres y niños, ancianos o jóvenes que iban a sus menesteres, por haberse topado al azar con las imprevisiones de los terroristas? En cualquier caso, admiración, veneración en muchos, y en todos ellos reconocimiento público del Estado, condecoraciones e indemnizaciones, asistencia psicológica y reconocimiento público como héroes de la patria. Todos ellos siguen presentes como en el ritual de los antiguos caídos por Dios y por España que los principales partidos del país cultivan o se echan en cara cuando conviene. Incluso, llegado el caso, sirven para hablar de traiciones sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza.

Como no podía ser de otra manera, se persigue a los terroristas, se los juzga y encarcela y las prisiones del país están llenas de centenares si no miles de miembros de la banda armada que cumplen sentencia por sus crímenes o que están a la espera de cumplirla. Pero, nueva pregunta, ¿a cuántos empresarios responsables de la muerte de 10.484 trabajadores o de 110.950 víctimas graves por accidente laboral en los últimos diez años se ha encarcelado o cumplen condena en las cárceles españolas? ¿Han alzado la voz el PP, o las organizaciones de víctimas, para pedir justicia y para que los terroristas de cuello blanco paguen su deuda con la sociedad y con las propias víctimas? ¿Lo ha hecho la Iglesia católica por boca de sus representantes y ha animado acaso a las masas para manifestarse por la muerte y el abandono de los centenares de miles de víctimas (las estadísticas sólo cubren la última década, pero con un simple cálculo sería fácil establecer un número para comparar con las víctimas de ETA de los últimos cuarenta años) de accidentes laborales?

Es posible imaginar qué manifestaciones no hubieran promovido las asociaciones de víctimas y sus protectores e instigadores si el pasado año 2004 el terrorismo hubiera producido 955 víctimas mortales. Pero estas desdichadas víctimas de la indiferencia- el peor de los terrorismos porque sólo persigue el lucro y el beneficio de los salarios mínimos y precarios, del ahorro en medidas de seguridad y prevención, y que se basa en la explotación miserable de seres humanos, tan inocentes como los que han sufrido el golpe de los etarras- no tienen a un PP, ni a una Conferencia Episcopal para exigir reparaciones, derechos, y éticas personales, ni pueden echárselas en cara al Gobierno actual porque si éste no compartiera su indiferencia ante la sangría, podría resultar contrario a los intereses de clase que defienden conjuntamente.

¿Se imaginan a los representantes del PP o del PSOE acudiendo a todos y cada uno de los entierros de esas víctimas olvidadas? No podrían hacer otra cosa. O tendrían que aumentar la plantilla del staff para absorber el trabajo. Son víctimas que aparecen en columnas escondidas en las páginas interiores de los grandes periódicos o en flashes de segundos en las emisoras locales de TV o radio. No son víctimas aprovechables en política: han muerto por nada (el trabajo en este país no es relevante salvo que quienes lo realicen sufran atentados terroristas de bandas armadas) y esa nada no es traición que pueda arrojarse al rostro de los enemigos- que no adversarios- políticos cuando llega la ocasión. Sus familias y sus vidas destrozadas no ofrecen mayor interés para el debate político y ni tan siquiera los sindicatos son capaces de movilizar a la opinión pública o promover asociaciones de víctimas de la codicia y la ley del mayor beneficio, del terrorismo laboral. Son simplemente, unas de las muchas otras víctimas. Víctimas de un sistema que las amortiza entre el desinterés y la desidia de los políticos, de los sindicatos y de esta sociedad manipulada a la que es tan fácil conmover con unos muertos mientras esconde la cabeza ante las víctimas diarias, sin nombre, y que sólo sirven para que el Ministerio de Trabajo las tenga en cuenta en unas estadísticas escalofriantes que apenas suscitan la curiosidad y el olvido.