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Leonardo Boff: » El hombre no puede repetir el destino del dinosaurio»

Fuentes: Red Voltaire

Si existe un desafío esencial del ser humano en la actual etapa histórica, es salvar la «casa común», es decir la tierra. Eso significa, implícitamente, liberar al hombre de un sistema que «paradójicamente, y esto es nuevo, ha creado todos los mecanismos para su autodestrucción». Así lo define con la simpleza del pedagogo y la […]

Si existe un desafío esencial del ser humano en la actual etapa histórica, es salvar la «casa común», es decir la tierra. Eso significa, implícitamente, liberar al hombre de un sistema que «paradójicamente, y esto es nuevo, ha creado todos los mecanismos para su autodestrucción». Así lo define con la simpleza del pedagogo y la claridad del militante, el teólogo brasilero Leonardo Boff, en esta entrevista exclusiva, donde el presente y futuro del alter-mundialismo no quedan afuera.

– Cada vez más el planeta se ve confrontado a una polarización creciente, casi sin retorno.

-Da la impresión que las fuerzas dominantes nos llevan a un caos sistémico. Lo grave es que el sistema ha desarrollado el principio de la autodestrucción. Eso no existía antes en la humanidad. – ¿Lo dice por las guerras… o es algo más amplio? – Hay quienes bajo la hegemonía de la potencia militarista dominante, quieren desarrollar una guerra infinita y para ello han montado una máquina de la muerte. Pero son cobardes, porque lo hacen contra los débiles como Irak o Afganistán. No lo pueden hacer contra China o Rusia porque eso sí sería el fin cercano de la humanidad. De continuar el terror económico, que es la explotación mundial de los recursos de la tierra – de los países periféricos que son la mayoría- vamos irremediablemente hacia una gran crisis del sistema. Que no logra hoy su hegemonía por medio de la persuasión y de los argumentos. Y por eso tiene que usar la violencia militar, política, religiosa, ideológica, de los medios de comunicación, del cine, de la cultura, imponiendo su visión. Nos confrontamos a una especie de «hamburguerización» de la cultura mundial, impulsada desde los Estados Unidos y desde occidente. Espero que no sigamos el destino de los dinosaurios, es decir que la especie humana pueda ser eliminada.

– A pesar de ese panorama preocupante, hay esfuerzos diferentes, de amplios sectores de la humanidad que buscan alternativas…

– Claro, ¡por suerte! Las fuerzas que vienen de abajo, que encuentran su caja de resonancia por ejemplo en el Foro Social Mundial de Porto Alegre. Es la sociedad civil mundial con sus movimientos y organizaciones, sectores importantes de partidos, iglesias, ONG, que piensan en otro mundo. Que afirman que no estamos condenados a esa monocultura de la dominación impuesta por el sistema vigente.

– ¿Cómo interpretar todo esto?.

– Como un proceso. Es muy probable que nazca otro tipo de conciencia, primero, y que se fortalezca con prácticas y redes de articulación de los que sueñan y apuestan a utopías hasta plantear alternativas. Y este es el sentido de esta gran ola en movimiento. Nosotros no tenemos la hegemonía. Pero el sistema dominante tampoco la tiene. Hay una real crisis de hegemonía. Eso hace que este momento histórico sea de crisis pero no de tragedia. Depende de nosotros convertirlo en un salto cualitativo. Si no lo logramos, entonces sí será una tragedia muy peligrosa. Retomo algo del pensamiento de Hegel en su filosofía de la historia. El ser humano aprende de la historia que no aprende nada de la historia. Aprende todo del sufrimiento. Todos estamos sufriendo mucho y ojalá que este padecimiento no sea en vano. Que sea el dolor del parto de una nueva forma de vida social planetaria.

– La consigna de «otro mundo posible» identifica desde hace cinco años al Foro Social Mundial, ¿cuáles son las dinámicas o iniciativas a mejorar?

– A mi juicio, el tiempo de sembrar y de soñar está transitando su camino. En estos años hemos acumulado visiones, fortalecido redes. Y ahora pienso que hay que comenzar a dar pasos en lo concreto. Sería importante llegar a dos o tres puntos de convergencia mundial, y ponerse a presionar, y actuar y vivir ya una alternativa. Si no lo hacemos corremos el riesgo de que los foros sean encuentros muy interesantes, muy alegres, pero patinaremos sobre nosotros mismos. El riesgo de contentarse con esto que es muy bello pero insuficiente. Nos puede pasar como al Vaticano, cuando el Papa ve la plaza de San Pedro totalmente llena y piensa que todos son católicos. Cuando en realidad una gran parte son turistas que llegan con programas de agencias de viaje para ver al Papa, no por fe sino por turismo. No se debe caer en ilusiones. – ¿ En qué y cómo «ser más concretos»?

– Pienso en dos puntos donde se puede llegar a consensos. El primero, el agua. Es uno de los aspectos clave de la humanidad. Sólo el 3 % de todo el agua es potable y de ese porcentaje sólo el 0,7% es accesible al consumo humano. Y de ese mínimo, un 80 % va a la agroindustria y queda un escaso 20 % destinado a la conservación de la vida, las plantas, los animales. Vamos hacia una gran crisis del agua que va a ser peor que la de los alimentos. Porque sin agua una persona en cinco días se deshidrata y muere. Alrededor del agua hay que promover un pacto social mundial que no existe. Luchar de forma estrechamente articulada contra la privatización. Hay una corrida frenética de las transnacionales hacia la privatización, porque saben que quien controla el agua controla la vida y quien controla la vida tiene el poder. Debemos impedir que el agua entre en el mercado como un producto más. Debemos confrontar al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional, quienes piden la privatización de ese vital elemento como condición para asignar créditos a los países más débiles. Tenemos que imitar a los indígenas bolivianos que hicieron correr a las transnacionales francesas. – ¿El segundo punto?

– Una enorme alianza contra la guerra. Atención, contra la guerra, no por la paz. A su manera Bush y Pinochet también quieren un tipo de paz. Hay que pronunciarse contra la violencia de la guerra como instrumento de «solución» de conflictos y de «orden». Imponer el diálogo diplomático a todo nivel; impulsarlo en la familia, en las comunidades, entre Estados. Evitar la violencia que es uno de los peores productos del patriarcado. Y entonces, promover el diálogo incansable, el intercambio, todo eso que favorezca a la cooperación y a la solidaridad, contra la competencia que es la lógica del sistema. Esos son dos puntos donde todos podríamos estar a favor. Y ahí hay que militar. Hacer grandes manifestaciones. Presionar a los Estados, a las empresas, a los cuarteles. Denunciar todo lo que es militarismo. Abuchear a los militares donde aparecen. Crear una nueva conciencia práctica de una humanidad que ensaya ya, en concreto, pasos en dirección de un paradigma nuevo de civilización.

Sergio Ferrari es periodista argentino, colaborador de UNITE, plataforma ONG de voluntariado solidario Norte-Sur-Norte.