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Limitaciones y la Revolución Pendiente 

Fuentes: Rebelión

Muchos historiadores consideran que la primera revolución del mundo occidental fue la que ocurrió durante el siglo XII, en la Edad Media, impulsada por el Papa Gregorio VII, en serio conflicto con el emperador Enrique IV (Heinrich IV). Los cambios que los gregorianos impusieron al clero terminaron con la corrupción de sus miembros y transformaron […]

Muchos historiadores consideran que la primera revolución del mundo occidental fue la que ocurrió durante el siglo XII, en la Edad Media, impulsada por el Papa Gregorio VII, en serio conflicto con el emperador Enrique IV (Heinrich IV). Los cambios que los gregorianos impusieron al clero terminaron con la corrupción de sus miembros y transformaron a la iglesia. Como todas las revoluciones la revolución gregoriana tuvo seguidores radicales y moderados e influyó en la vida social, política, económica e intelectual de su tiempo ayudando a constituir a la Iglesia en un super-estado. Todas las revoluciones, al igual que la gregoriana, surgieron de la necesidad de transformar realidades específicas y no fueron utopías; comenzaron denunciando abusos, reclamando y confrontando la decadencia moral e institucional del orden dominante. El logro final de los impulsores e ideólogos revolucionarios nunca fue reformar ese mundo prevalente sino abolirlo, destruirlo totalmente para reemplazarlo con un nuevo orden.

Hoy, parecería que esto de la revolución no tuviera cabida sea porque la ideología dominante favorece esta perspectiva o por el fracaso de proyectos anteriores revolucionarios. Pero, no hace tanto tiempo, la perspectiva general no era esta. El dominio ideológico de hoy es el de una élite que ha sido eficaz en convencernos que es, y se siente ser, dueña de todo. Ella ha logrado imponer, a través de sus ideólogos, administradores y secuaces, una serie de antivalores culturales, sociales y económicos como nunca antes en la historia. Y estos valores han penetrado los rincones más olvidados del planeta y atravesado organizaciones políticas y sociales importantes, incluso algunas responsables de dar vida a proyectos contrarios a esta élite rica y poderosa.

La necesidad de una revolución, vale decir de un cambio violento o pacífico que imponga nuevos paradigmas y pensamientos filosóficos, es sin embargo vital. Y lo es particularmente en el mundo occidental que ha sido origen mismo del mal que domina al resto; es como una necesidad de abrir las ventanas para dejar entrar por fin aire fresco a un cuarto donde el aire se está haciendo irrespirable para todos. Pero pareciera fácil hablar de esta necesidad fundamental y difícil llevarla a cabo en la práctica; sería ridículo ilusionarnos mirando con lentes rosados la realidad a nuestro alrededor, obviando las limitaciones que nos afectan, algo que a veces aceptamos en nuestro diario vivir. Creer, por ejemplo, que en América Latina hay procesos revolucionarios en curso que desafían el orden mundial es un poco una ilusión. Es cierto que se han levantado algunos proyectos muy valientes de reformas y se han tomado algunas posiciones anti-imperialistas importantes (como en el caso de la Revolución Cubana siempre) pero en la mayoría de los países latinoamericanos no se desafía el orden imperante. Hay gobiernos que implementan reformas y cambios y el caso de Venezuela y su Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América/ Tratado de Comercio de los Pueblos es uno y por ello figuran en las odiosas listas negras del imperialismo en EEUU y Europa y sus presidentes, legítimamente elegidos, sufren una campaña de desprestigio constante, contando con la colaboración de las oligarquías latinoamericanas que los llaman «autoritarios» o «populistas» y hasta «pro-comunistas.» Entonces, es cierto, existen estos proyectos transformadores que cuentan con millones de simpatizantes, pero la posición de muchos países latinoamericanos es aún generalmente cómplice en la explotación y opresión de sus propios pueblos.

Problemático es que incluso entre periodistas, analistas e intelectuales simpatizantes con la transformación y el cambio en Latinoamérica haya que cuidarse también de interpretaciones confusas que tienen repercusiones serias porque contribuyen a la desinformación. Dos destacados analistas que merecen mucho respeto por ser consecuentes en cuanto a su apoyo de las luchas de los pueblos del Tercer Mundo, como James Petras y Raúl Zibechi, por ejemplo, no son siempre claros al respecto en sus artículos. En el artículo publicado por James Petras el 3 de mayo pasado en Global Research y traducido al español por Rebelión bajo el título «El capitalismo extractivo y las diferencias en el bando latinoamericano progresista», Petras incluye entre los países del campo progresista (refiriéndose realmente a los sudamericanos) no sólo a Bolivia, Ecuador y Venezuela sino también a Argentina, Brasil, Uruguay y Perú, y si bien es cierto que todos tienen semejanzas en su desarrollo económico y su dependencia en las exportaciones de materias primas, es obvio que los gobiernos del ALBA (Ecuador, Bolivia y Venezuela) han desafiado esta dependencia y defendido su autodeterminación, mientras que los otros mantienen economías neoliberales estrechamente relacionada a los proyectos políticos y macroeconómicos de las instituciones imperiales (FMI. BM, BID). Pienso que no está bien confundir a los países del ALBA con el resto, el imperialismo nunca los confunde y mantiene contra los primeros su maquinaria de conspiración interna y externa las 24 horas del día -desprestigiando, implementando planes desestabilizadores violentos, de asesinatos a presidentes y dirigentes, intentos de golpe de estado como el de junio del 2009 contra el presidente de Honduras Manuel Zelaya. Mientras que los otros países latinoamericanos que Petras incluye bajo el mismo rótulo de «progresistas» no sufren estos atropellos y la prensa dominante los define siempre como «confiables» en lo político y en lo económico y hasta como ejemplos de «modernismo.»

Pienso que es grave colocarlos en la misma bolsa, porque el imperialismo y la oligarquía nunca los confunde. Ademàs, el nivel de participación popular define a estos gobiernos separadamente, los gobiernos del ALBA se sustentan en el dinamismo del movimiento social y político, cuenta con bases organizadas en todos los sectores de la sociedad, y este nivel de participación y organización se ha dado porque sus gobiernos no sólo lo han permitido sino que lo han facilitado, ayudando a la construcción de movimientos con libertad para ser críticos a sus propios gobiernos, algo que ni los ricos ni el imperialismo toleran o perdonan jamás -saben que si los pueblos tienen oportunidades de democratizar su entorno lo hacen y existe entonces la posibilidad de crear un proceso revolucionario que responda a sus necesidades y aspiraciones mas legítimas. Gobiernos como el de Uruguay, Brasil, Perú, si bien llegaron al poder gracias a su apoyo popular, porque sus pueblos los eligieron por sus programas de izquierda, pero estos limitaron de inmediato la participación popular (que tratan de reavivar solamente en tiempos de elecciones) y abandonaron los programas de justicia, distribución y soberanía por los que fueron elegidos y cerraron sus puertas a sus bases políticas y sociales terminando con toda participación significativa. Se han vuelto electoreros, manipuladores sindicales, corruptos, apoyan el neoliberalismo fehacientemente, conviven y gobiernan con y para los ricos.

El primer ejemplo de este proceso lo vivió Chile con la Concertación, que por más de veinte años funcionó como gobierno de derecha y extrema derecha, traicionando los principios ideológicos y políticos que llevara la Concertación al poder, y usando métodos fascistas contra el pueblo Mapuche y otros grupos y ciudadanos, pero contando siempre con el apoyo imperial, incluso con el apoyo de sectores de izquierda que desde fuera de Chile los definían como de «centro-izquierda» haciéndoles un gran favor porque actuaban totalmente como la derecha. Cuando la demagogia política deja de resultarles, y se les cae la careta y pierden el gobierno del país, termina la manipulación y el engaño. Los chilenos vuelven a salir masivamente a las calles y hoy más del 80 por ciento de ellos y ellas los rechaza.

En un artículo publicado el 14 de mayo en Rebelión y titulado «El fracaso de la VI Cumbre de las Américas,» Raúl Zibechi destaca como relevante que Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, interrumpiera al Barack Obama, presidente de Estados Unidos, mientras este alababa el crecimiento de la clase media en América Latina que según el aumentaba el potencial de empresas de su pais de venderle más mercancías y aviones Boeing. Rousseff agregó «O Embraer» que son aviones brasileños y con su comentario cosechó aplausos. Para Zibechi la no asistencia de Rafael Correa, Hugo Chávez y Daniel Ortega, hicieron «menos ruido» que la de Rousseff. La observación de Zibechi puede ser no sólo demasiado optimista sino también superficial, olvida que las cumbres son montajes publicitarios para los representantes de los Estados Unidos, no tienen agenda fija y no pasan de ser un show internacional, similares a los ridículos debates de candidatos a presidente en tiempos de elecciones que imitan muchos países del mundo. En realidad poco importa lo que se diga en este show, el caradurismo se impone, y para los EEUU alcanza con que cruces la puerta del salón y participes de su fiesta para que el show de la supuesta cumbre sea exitoso, en unos días todo habrá pasado al olvido hasta que llegue el llamado a la próxima cumbre. Lo único interesante fue justamente esa decisión de no ser parte del circo que tomó el gobierno de Correa, ese rechazo público al show, un paro visible a nuestra historia de humillaciones. En realidad ningún país latinoamericano debería de haber asistido a esta cumbre por dignidad y respeto a la tragedia que diariamente cargamos –más de medio millón de latinoamericanos y latinoamericanas asesinados, incluidos niños y ancianos, más de 100 mil desaparecidos, millones que han sufrido terribles torturas y condenas carcelarias en nuestra saga por liberarnos, parte del genocidio ejecutado directamente por tropas imperialistas y la otra parte planeado y ejecutado por civiles y militares latinoamericanos bajo los auspicios del imperio que representan los Estados Unidos y Europa (que ha destruido y trata de destruir cualquier proyecto democratizador y de autodeterminación en América Latina). No es honor asistir en el nombre de nuestras naciones a estos encuentros, aun cuando algunos representantes se hagan los interesantes frente al director del show.

En este difícil dilema del presente y del futuro no tan lejano de supervivencia que enfrenta la humanidad, en que el imperialismo de ricos y usureros del mundo, y de las clases sociales que los sustentan, que aceleran la guerra histórica contra los pueblos para mantener sus privilegios a como de lugar (saqueando, oprimiendo, masacrando gente inocente, detrozando el balance de la naturaleza y dañando la salud física y mental de todos los habitantes del mundo) no nos podemos dar el lujo de estar confusos ni de aceptar argumentos enmarañados. Debemos conocer el terreno en que pisamos, quienes son confiables y cuáles son nuestras herramientas y cuáles nuestras limitaciones. No podemos ilusionarnos con que el mundo va a cambiar por sí solo, incluso en tiempos en que las instituciones políticas, administrativas y financieras del imperialismo y de occidente apenas parecen mantenerse en pie.

Tampoco podemos engañarnos con el mito ese de los países emergentes, nombre que los BRICS le deben a nadie menos que a Jim O’Neill, uno de los directores de Goldman Sachs, cuando tratan de convencernos de que el crecimiento eterno es posible (o deseable) y que los BRICS van a salvar al sistema (o cambiar el mundo). Brasil, admirado por millones de lationamericanos que parecen haber olvidado el «milagro brasileño» de los 60 y 70, su oligarquía depredadora y poderosa y sus clases medias convencidas de que han alcanzado el cielo. Rusia que busca en el sistema capitalista decrépito un futuro para sí, al tiempo que resiste la penetración de su poder político por occidente. India con la mitad de su población sumida en la miseria y opresión. China y su revolución industrial, tratando de hacer impenetrable su independencia política a los «liberales» de Europa y Norteamérica. Sudáfrica, otro país con más de la mitad de su población en la miseria y enormes niveles de corrupción política y económica. Entonces, ¿De qué emergentes estamos hablando?

Ni deberíamos aceptar como liberador el aumento de las exportaciones latinoamericanas de recursos y monocultivos, con toda la contaminación ambiental y daño de salud a la población que implican, o que su cambio de destino significa algo más que el centro del mundo occid ental que se ha desindustrializado incluyendo al mismo Brasil, por ello minerales y productos agrícolas se exportan a Asia que hoy concentra gran parte de la industria, y a esa excepción europea que es Alemania, en vez de a Estados Unidos, Canadá o el resto de Europa.

El sacrificio y la valentía de los movimientos de protesta, cada vez más frecuentes, han pasado a ser ejemplo de lucha, pero ha aumentado también la represión contra ellos y podría llegarse a invocar «estados de excepción» y hasta impulsar golpes de estado en países donde no estamos acostumbrados a verlos. No olvidemos que las protestas tienen rostro joven, ni que la mayoría de la población continúa apoyando electoralmente a gobiernos y partidos neoliberales. El caso del Canadá anglosajón y de Estados Unidos es muy informador y en ambos los movimientos de protesta han enfrentado una feroz represión y recibido escasa solidaridad de parte de la población, muy desconectada de la realidad que vive y limitada en su participación política, con la excepción de los fascistas que estos si siguen muy activos o de pequeñas organizaciones de izquierda que se organizan y que junto con los Ocupa salen a la calle. Sólo Grecia parece haber sabido dar la pelea, por lo que nos queda rogar que el pueblo griego y su izquierda no se desvíe -algo a lo que nos estamos acostumbrando a ver.

Hay una revolución pendiente, una que tendría que barrer con la corrupción de un sistema insostenible y llevarnos a un cambio radical en nuestra forma de pensar y de vivir, a otros principios filosóficos y prácticos, unos que eviten el caos que se nos viene encima y la decadencia total a donde la élite dominante nos lleva.

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.