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Lo nuevo pervive y lo viejo no puede renacer

Fuentes: Rebelión

“La crisi consiste appunto nel fatto che il vecchio muore e il nuovo non può nascere: in questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati. Antonio Gramsci (Quaderni del carcere, 1930)

La célebre formulación de Antonio Gramsci (1999) sobre el “interregno” ha sido tradicionalmente empleada como un diagnóstico de gran fuerza expresiva para describir momentos de crisis orgánica, es decir, aquellas coyunturas especialmente delicadas en las que un bloque histórico pierde su capacidad de dirección sin que otro emergente haya logrado aún constituirse como alternativa hegemónica. Alude a una fase de transición política o social en la que las viejas estructuras de poder comienzan a hundirse, mientras las nuevas todavía no están en condiciones de sustituirlas, propiciando así un período de inestabilidad, incertidumbre y crisis profunda.

En ese interregno o intervalo crucial emergen los denominados “fenómenos mórbidos”, tantas veces traducidos como “monstruos”: formas políticas, culturales y sociales que expresan distópicamente la imposibilidad de fraguar una nueva síntesis histórica. En Gramsci designan, en sentido estricto, las manifestaciones patológicas propias de una sociedad en crisis, cuando lo viejo no acaba de desaparecer y lo nuevo no logra emerger; síntomas internos de descomposición estructural que expresan el carácter bloqueado del proceso histórico y revelan que el orden existente, aunque aún operativo, está ya profundamente enfermo. En todo caso, esos “fenómenos mórbidos” pueden traducirse en monstruosidades políticas y sociales, como las que vemos emerger en los últimos tiempos.

Sin embargo, el presente en llamas del mundo actual podría sugerir una reformulación sustantiva —y provocadora— de este esquema interpretativo. No porque la poderosa intuición gramsciana haya perdido vigencia, sino porque las condiciones estructurales del capitalismo crepuscular contemporáneo —y, en particular, de su fase neoliberal-necroliberal avanzada— han alterado profundamente la articulación de las temporalidades históricas. La “policrisis” actual, que en realidad apunta al colapso civilizacional, además de entenderse como una transición bloqueada entre un viejo orden en declive y uno nuevo en gestación, también podría ser reinterpretada como una configuración crítica en la que lo viejo no logra renacer, y lo nuevo pervive, pues todavía no puede morir en términos de poder y dominación. 

Lo nuevo

Para avanzar en esta reinterpretación, que puede sonar sorprendente y contraintuituva, resulta imprescindible delimitar con precisión el contenido histórico de lo que aquí se denomina “lo nuevo” y “lo viejo”. En el contexto contemporáneo, lo nuevo histórico, lejos de remitir a un proyecto emancipador emergente, lo hace a la consolidación del neoliberalismo como racionalidad hegemónica del capitalismo global desde las décadas de 1970 y 1980. Este proceso no se limita a una reestructuración económica, sino que implica la instauración de un régimen de prescripción que redefine la totalidad de las relaciones sociales. El neoliberalismo no es un simple conjunto de políticas, sino una forma de gubernamentalidad integral, de inmersión ambiental, que extiende la lógica del mercado capitalista a todos los ámbitos de la existencia, produciendo sujetos empresariales, internalizando la competencia como norma, convirtiendo el yo en un sujeto autoexplotador (Han, 2013) y despolitizando las condiciones estructurales de la vida, sometidas a una brutal presión neototalitaria. 

En estas circunstancias, el neoliberalismo constituye el último gran “nuevo” histórico: una reconfiguración relativamente reciente del capitalismo secular que, lejos de superar sus contradicciones, las intensifica, acelerando la carrera del sistema hacia el abismo. No obstante, lo que caracteriza la fase actual no es tanto la crisis circunstancial del neoliberalismo, como su persistencia sonámbula más allá de su propia viabilidad histórica. A pesar de la evidencia acumulada sobre sus efectos destructivos —tanto en términos socioeconómicos como ecosistémicos—, este modelo continúa operando como un zombi, acelerando su versión más nihilistamente destructiva, que se torna en principio organizador tóxico del mundo. Esta infausta persistencia se explica por su propia inercia sistémica y su consolidada práctica parasitaria.

De este modo, nos encontramos ante una forma de dominación capitalista “nueva” —pues arranca realmente en los años ochenta del pasado siglo— que ha perdido su capacidad de legitimación, pero no su proteica capacidad de camuflaje y reproducción, aunque esta ya no se rija por otro norte que el de hacer que el sistema continúe sobreviviendo, como sea, un poco más. En términos analíticos, podría hablarse de una hegemonía sin consenso pleno, sostenida por una combinación de rutina institucional, consentimiento consumista y ausencia de alternativas articuladas. En su fase avanzada y decrépita, esta racionalidad adopta rasgos crecientemente ecocidas, bélicos y, en algunos casos, abiertamente exterministas, en la medida en que sigue promoviendo dinámicas delirantes de acumulación incluso cuando estas socavan las condiciones materiales de la vida a escala planetaria.

En este punto, resulta imprescindible aludir a un fenómeno esencial que permite comprender por qué este “nuevo” no solo persiste, sino que además continúa presentándose como horizonte incuestionable y eternamente “joven”: la hipernormalización (Hernàndez, 2025). En el contexto que estamos analizando, la hipernormalización consiste en la incapacidad para reconocer que el capitalismo está en crisis o en proceso de colapso, pero también en algo más profundo: en la imposibilidad de imaginar una normalidad fuera del propio neoliberalismo, como testificó el concepto de “realismo capitalista” de Mark Fisher (2016). 

La hipernormalización opera como un dispositivo simbólico que fija el horizonte de lo posible en el interior del propio sistema. No se trata solo de negar la crisis, sino de reformular y revitalizar continuamente lo “nuevo” para evitar su percepción como agotado. En este sentido, lo nuevo no puede morir porque es constantemente reimaginado y reinyectado en el cuerpo social como novedad: innovación tecnológica, disrupción digital, inteligencia artificial, transición verde, economía de plataformas, tecnooptimismo irredento. Cada una de estas formulaciones actúa como un mecanismo de renovación simbólica que impide reconocer el carácter inevitable del colapso, es decir, la necrosis imparable de lo “nuevo”.

De esta manera, la hipernormalización se configura como una fijación patológica en lo nuevo, una adhesión persistente, cada vez más anacrónica y absurda, a las ideas canónicas de progreso, innovación y futuro. Aunque las condiciones materiales indiquen lo contrario, y recurriendo a un símil informático el sistema se presenta a sí mismo como en permanente actualización, como si el futuro fuera más que una prolongación intensificada del presente. Esta narrativa impregna no solo el discurso político y mediático, sino también amplios sectores de la academia y del complejo científico-tecnológico-industrial, donde el dogma tecnooptimista funciona como relato compensatorio frente a la evidencia del deterioro del mundo. 

La hipernormalización, pues, funciona como forma de negación, pero también como una forma activa de reproducción del orden existente, aunque se trate de un orden en desorden creciente. Al impedir la percepción del colapso como tal, se bloquea la posibilidad de articular alternativas. Al convertir cada crisis en una oportunidad de innovación, inversión y rentabilidad, se neutraliza su potencial disruptivo. Al redefinir constantemente lo nuevo, se impide su muerte simbólica, mientras que en lo social sobreviene una “parálisis por agitación” (Aguiló, 2026), que secuestra el presente y favorece la impotencia colectiva. La consecuencia es que el neoliberalismo no solo persiste materialmente, sino que se mantiene como horizonte imaginario, incluso cuando sus efectos resultan insoportables. La adhesión al regreso del progreso, a la novedad recuperada y a la innovación tecnológica recurrente se convierte en una forma de anclaje nihilista: una creencia en la continuidad de un modelo que, en la práctica, ya no puede sostener la vida.

Lo viejo

Frente a este “nuevo” que no puede morir, lo viejo adquiere un significado radicalmente distinto al que tenía en la formulación gramsciana original. Lo viejo no es aquí el orden en decadencia, sino el conjunto de tradiciones emancipadoras históricamente subalternizadas y soterradas por el desarrollo del capitalismo moderno: prácticas comunitarias, iniciativas de apoyo mutuo, economías del cuidado, formas de cooperación no mediadas por el mercado, modalidades de socialismo “salvaje”, saberes ecológicos, cosmovisiones y prácticas indígenas, culturas del límite y de la suficiencia. Estas tradiciones no constituyen un pasado idealizado, sino una memoria histórica de posibilidades sometidas o no del todo no realizadas, siempre larvadas y latentes, al modo de las fulguraciones del pasado en la obra de Walter Benjamín (2021), que en su momento fueron marginadas, criminalizadas o desarticuladas en el proceso de expansión capitalista. Porque como señala Benjamín, la fulguración o el destello, a modo de relámpago, constituye ese instante en que el pasado se vuelve súbitamente reconocible en el presente: una iluminación breve pero intensa que rasga la oscuridad y hace posible la reivindicación —o incluso la realización prefigurativa— de deseos que la historia había dejado enterrados entre ruinas. 

En el marco del colapso contemporáneo, estas fulguraciones comienzan a reaparecer, pero lo hacen en condiciones de extrema debilidad estructural. Su emergencia se produce en los márgenes del sistema, en espacios y grietas donde la lógica neoliberal muestra su incapacidad para sostener la dignidad humana, pero no logra traducirse todavía en capacidad de articulación hegemónica. Se trata de luminosas y electrizantes prácticas dispersas, fragmentarias, situadas, que operan como imaginativas respuestas locales a problemas globales, pero que carecen de la capacidad de instituirse como faro organizador de lo social.

Aquí radica uno de los elementos centrales de la inversión del célebre interregno: lo viejo marginado renace, pero lo hace sin poder. Pero ese poder no hay que entenderlo en la acepción restringida de control estatal, sino en un significado más amplio: la capacidad de reconfigurar la realidad social, de producir nueva institucionalidad, de redefinir marcos de acción y de establecer horizontes de sentido compartidos. Las prácticas emancipadoras reaparecen, vuelven a fulgurar, pero todavía no configuran hegemonía ni logran iluminarlo todo. Existen, pero no predominan; producen alternativas, pero no logran generalizarlas. Lo que no significa que, en el corto plazo de un colapso acelerado por las mismas élites que pretenden transitarlo para salvarse a sí mismas, esas humildes prácticas no puedan ganar terreno y afianzarse.

En todo caso, esta asimetría genera una dislocación fundamental entre existencia y poder, entre posibilidad y realidad. Mientras tanto, el neoliberalismo —aunque agotado— continúa ocupando, tambaleándose sobre sus propios pies de barro, el lugar del poder, organizando las condiciones materiales y simbólicas de la vida. De ahí la formulación sintética que define la condición contemporánea: lo mejor de lo viejo vive, pero no impera; lo peor de lo nuevo impera, pero no vive.

El resultado de esta dislocación es la configuración de un régimen temporal caracterizado por el bloqueo de la transición histórica. En vez de insinuarse  un interregno orientado hacia una resolución, se afirma una prolongación indefinida  de las múltiples crisis, una cronificación del colapso, que puede ir oscilando entre aceleraciones catastróficas y desaceleraciones provisionales, en medio de dinámicas no lineales. La historia, entonces, no se presenta como una sucesión de etapas, sino como una acumulación de crisis sin síntesis, una superposición de temporalidades inconexas en la que el pasado irrumpe de forma fragmentaria, el presente se densifica y el futuro se vuelve opaco.

En estas circunstancias, el colapso no se manifiesta como un único acontecimiento disruptivo, sino como un proceso de desgaste estructural acumulativo. La normalidad deja de ser la ausencia de crisis para convertirse en su gestión permanente. La distinción entre crisis y estabilidad se diluye, y el sistema entra en una fase de funcionamiento degradado pero persistente. Y el poco aire limpio que queda se desvanece en la sucia atmósfera del colapso por corrosión. Esta formulación puede interpretarse como una metáfora de la saturación tanto material como simbólica del mundo contemporáneo. El “aire” como condición de posibilidad de la vida —en términos ecológicos, sociales y culturales— se vuelve irrespirable. La capacidad de generar sentido, de proyectar futuro y de articular lo común se ve erosionada por una densidad creciente de tecnicismos vacíos, simulacros banales y crueles dispositivos de control.

Los fenómenos mórbidos y el interregno invertido

En este ambiente cargado, viciado y corrupto, proliferan los “fenómenos mórbidos” bajo formas específicas del presente: el tecnofascismo, entendido como la convergencia entre tecnologías digitales y lógicas autoritarias; el ecofascismo, como respuesta excluyente al colapso ecológico; la persistencia de prácticas de consumo compulsivas desvinculadas de cualquier horizonte de bienestar; la mercantilización del cuidado y la captura de discursos emancipadores por la lógica neoliberal; la guerra molecular a gran escala; la alianza entre brutalismo y necropolítica, las espiritualidades individualistas de mercado, que sustituyen la conflictividad social por la gestión individual del malestar. Estas morbilidades y muchas más están lejos de constituir anomalías externas, revelándose como modos de reproducción de un sistema en condiciones de agotamiento, formas espectrales a través de las cuales lo nuevo neoliberal —aunque deslegitimado— continúa operando por defecto. Son, en términos gramscianos, síntomas patológicos de una crisis orgánica que no logra resolverse.

El núcleo de la problemática contemporánea no reside, por tanto, únicamente en la persistencia de lo inviable, sino en la incapacidad de lo posible y lo deseable para adquirir fuerza hegemónica. Lo liberador de lo viejo renace, pero no logra convertirse en principio organizador de la realidad. No consigue traducir sus prácticas en instituciones, sus valores en normas, sus experiencias en sistema. De ahí que la situación actual pueda caracterizarse como un interregno invertido: no estamos entre un mundo que muere y otro que nace, sino entre un mundo orientado a lo nuevo que no puede ni quiere morir y otro hecho de rescoldos emancipadores del pasado que no puede rehacerse para devenir plenamente presente.

La cuestión central no puede plantearse, por tanto, en términos de sustitución inmediata de un orden por otro, sino en términos de rearticulación de las condiciones de posibilidad de lo político. Se trataría, en última instancia, de comprender cómo aquello que fue semilla plantada en el pasado puede fructificar plenamente a partir de ahora, cómo lo latente puede desarrollarse, cómo lo potencial puede convertirse en hecho. Dicho de otro modo, si algo define nuestro tiempo no es solo que lo nuevo no pueda morir, sino que las fulguraciones liberadoras de lo viejo, que ahora empiezan a renacer, no han encontrado todavía el modo de instituirse como alternativa luminosa, aunque modesta, en el tiempo del colapso. Es en esa tensión no resuelta entre la persistencia de lo nuevo envejecido y la emergencia de lo viejo rejuvenecido donde se juega, en última instancia, el sentido histórico del presente.

Bibliografía

AGUILÓ, Lluís (2026): Parálisis por agitación. Capitalismo, catatonia y presente secuestrado,  Barcelona, Ned Ediciones. 

BENJAMÍN, Walter (2021): Tesis sobre el concepto de historia y otros ensayos sobre historia y política, Madrid, Alianza Editorial. 

FISHER, Mark (2016): Realismo capitalista ¿No hay alternativa?, Buenos Aires, Caja Negra Editora. 

GRAMSCI, Antonio (1999): Cuadernos de la cárcel, vol.2, Era, México.

HAN, Byung-Chul (2013): La sociedad del cansancio, Barcelona, Herder Editorial. 

HERNÀNDEZ, G.M (2025): “La hipernormalización ante el colapso”, 15-15-15. Revista para una nueva civilización, 1 junio 2025, https://www.15-15-15.org/webzine/2025/06/01/la-hipernormalizacion-ante-el-colapso/

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