Guadi Calvo

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Entre las muchas consecuencias de la debacle egipcia, iniciada con la caída del régimen de Hosni Mubarak en 2011, podemos anotar que le ha sido quitado el cargo de “gendarme regional”, el que ostentó por décadas gracias al poder delegado de los Estados Unidos.

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No son pocas las problemáticas que el nuevo presidente norteamericano Joe Biden, debe atender con urgencia en el plano internacional, las múltiples demandas, no solo son responsabilidad de la inoperancia de su inmediato predecesor Donald Trump, sino, y principalmente, se deben a los frentes que abrieron y profundizaron George W. Bush y Barack Obama, de quien Biden fue vicepresidente en sus dos periodos.

Mientras el mundo expectante se aproxima al cambio de mando en los Estados Unidos y se regodea en las nuevas olas del Covid-19, como si solo fuera un castigo celestial y no obra de la irresponsabilidad personal de muchos, en lo más profundo y remoto de ese mismo mundo, en la soledad más absoluta, un pueblo o los muchos que conforman la República Democrática de Congo, con casi 85 millones de habitantes, no deja de abismarse en la violencia.

Si alguien cree que lo sucedido en el Congreso norteamericano, el pasado miércoles seis, cuando una horda de imbéciles, creyendo que la revolución blanca se había iniciado, intentaron tomarlo, es grave, se equivoca: como mucho es pintoresco.

El sábado 2 de enero, en Níger, se conocían los resultados de las elecciones presidenciales realizadas el pasado 22 de diciembre, que dejaron en la carrera electoral al oficialista Mohamed Bazoum, exministro del Interior, del gobernante Partido para la Democracia y el Socialismo que consiguió un 39% y con el 17% a Mahamane Ousmane, quien, en 1993, se convirtiera en el primer presidente elegido democráticamente del país, para ser desplazado tres años después por un golpe de Estado.

Quizás a partir del 20 de enero el mundo pueda empezar a sacarse de encima el mal sueño que han significado los cuatro años de gobierno de Donald Trump. ¿Que los ha habido peores? Sin duda.

El resto de la historia es muy conocida, aquel día el sencillo vendedor de frutas, harto de los reiterados abusos policiales, se inmolaría frente a la comisaria, para morir unos días después, sin sospechar que su indignación iba a encender la dignidad de mucho de sus hermanos, que salieron a las calles a protestar por esa muerte y todas las muertes que la injusticia, la desigualdad y la arrogancia del poder, estaba provocando no solo en Túnez, sino a lo largo de todo el Magreb, llegado a modificar, de hecho, la geopolítica internacional.

En 2017 el presidente nigeriano, Muhammadu Buhari, había declarado que: “Boko Haram, estaba técnicamente derrotado”, a tres años vista, la organización terrorista más poderosa del oeste africano, sigue demostrando, que no está de acuerdo con las declaraciones del presidente.

Marruecos bajo la cobertura que le brindan Madrid, Paris, Londres y Washington, continúa su avance para, de una vez y por todas, exterminar la resistencia del pueblo saharaui, que desde hace cuarenta y cinco años busca establecerse con todo derecho como lo que es: la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). (Ver: Sahara Occidental: La guerra más ignorada del mundo.)

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