Guadi Calvo

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Impericia, mala suerte o el destino, no se sabe. Lo que sí es cierto es que Egipto se desliza hacia lo más profundo de un laberinto del que de ninguna manera saldrá indemne.

A una semana de las elecciones en Pakistán los resultados ya están claros y son nada más que lo esperado, aunque sí hubo un leve cambio casi insignificante. El próximo primer ministro será Sharif, pero no Nawaz, el hombre de los militares y el establishment, sino su hermano menor, Shehbaz Sharif. (Ver: Pakistán: un precio a pagar.)

Pakistán, tras cursar las elecciones legislativas del pasado día 8, de donde emergería el Primer Ministro que gobernará a sus 240 millones de ciudadanos por los próximos cinco años, contra todo lo previsto y programado por los militares, el único poder perenne de la nación islámica, se impusieron los partidarios del ex primer Ministro Imran Khan, derrocado en 2022 y en la prisión de Adiala en Rawalpindi desde pocos días antes del comicio tras ser condenado a 14 años de prisión e inhabilitado, por diez años, para ejercer cargos públicos mientras espera los resultados de los otros cien procesos que se instruyen en su contra (Ver: Pakistán, el retorno de los viejos fantasmas).

El pasado jueves 8 de febrero 128 millones de pakistaníes, con su voto, han intentado reactivada la democracia de su país, paralizada desde abril del 2022 tras el golpe constitucional contra el Primer Ministro Imran Khan, hoy condenado a14 años de prisión y a la espera de 100 procesos judiciales más, por lo que tuvo vedada la posibilidad de aspirar a cualquier cargo público. Desde entonces, y como durante la mayor parte de los 77 años de existencia de la República Islámica de Pakistán, el poder real del país volvió a manos del ejército, que nunca ha permitido que ningún gobierno civil termine su mandato.

Cerca de cumplirse diez meses del desde el inicio de la guerra civil de Sudán, el 15 de abril del año pasado, el conflicto parece no evolucionar a favor de ninguno de los dos bandos, el Ejército Nacional Sudán (ENS) a las órdenes del general Abdel Fattah al-Burhan y el grupo paramilitar conocida como Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) comandada por el pseudogeneral, Mohamed Hamdan Daglo, alias Hemetti.

En Pakistán, de no mediar un suceso verdaderamente extraordinario como una guerra civil o la intervención divina, la carrera política del ex primer ministro de 71 años, Imran Khan, ha terminado dando la última puntada para retornar a las prácticas del pasado, manteniendo a la nación centroasiática sojuzgada al arbitrio de las fuerzas armadas, el poder omnímodo, desde la fundación de Pakistán en 1947.

Para las complejas relaciones entre Islamabad y Nueva Delhi, dos muertes oscuras, u oscurecidas, no es un elemento que alcance a dinamizar una de esas escaladas que aproximen a estas dos potencias nucleares a una nueva guerra, que ya han tenido innumerables “roces” fronterizos, con decenas de muertos, desde la partición de 1947. Comparten una frontera de casi tres mil kilómetros donde falta resolver la cuestión de Cachemira, una herida todavía abierta y sangrante.

India

La manipulación religiosa existe desde el principio de los tiempos. Y sin duda desde el primer dios, un todopoderoso que todo lo ve y todo lo puede, emergido de la necesidad de un grupo para someter a otro, lo que, muy posiblemente, precipitó la primera guerra religiosa exactamente el día que los sometidos se inventaron el propio, todavía más poderoso que el de sus enemigos. El resto está escrito.

En una región altamente conflictiva como Medio Oriente, la semana pasada pareció abrirse un nuevo frente que involucraba a Pakistán e Irán, lo que afortunadamente ha quedado desactivado.

Asistimos a un peligroso intercambio de cohetería entre Islamabad y Teherán que buscan destruir bases de los grupos extremistas que desde uno y otro lado de la frontera que divide el antiguo kanato de Baluchistán operan con frecuencia, causando importantes números de muertos no solo entre las fuerzas regulares, sino también en muchas oportunidades de civiles.

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