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Mientras nos dejamos abducir por la final del Campeonato Mundial de Fútbol 2026, que convocará o convocó, el detalle del tiempo verbal no importa demasiado, la atención, preocupación y tensión de más de 1.800 millones de personas, pasan por debajo de todos los radares la noticia de que una vez más en el naufragio de dos embarcaciones, en algún lugar no determinado del mar de Andamán, frente a las costas de Birmania, se haya tragado la vida de unas quinientas personas, un número insignificante frente a la magnitud de televidentes de la gran final entre Argentina y España.
A poco de cumplirse cinco años de la victoria militar de los alibanes, sellada con la entrada a Kabul el 15 de agosto del 2021, después de una de las más portentosas lecciones de entereza y patriotismo, tras veinte años de resistencia contra la presencia norteamericana en su territorio, parece que el gobierno de los mullah no ha podido mantener aquella mística que forjó una unidad inquebrantable y los vicios de la política corriente han comenzado a corroer su “espíritu de cuerpo”.
A Hossam Hassan
Como en todas las guerras, antes de las diferencias políticas, religiosas, étnicas o territoriales, antes que el mismo odio ancestral entre dos pueblos que han rivalizado por un espacio compartido por siglos, antes de todo esto, las guerras son por intereses estrictamente económicos; póngase a esto el nombre que se quiera: agua, petróleo, oro, uranio, marfil u opio.
En Somalia julio se inició con absoluta normalidad, el Gobierno anunció el día primero la muerte de al menos 35 muyahidines de al Shabaab, la franquicia de al-Qaeda para el cuerno de África, tras una operación aérea en la que colaboraron “socios internacionales”, en la región de Bajo y Medio Shabelle al sur de la capital, Mogadicio, que se ha convertido en estos últimos meses en el corazón del conflicto que desde 2011 incendia el país.
Durante la noche del domingo 28 de junio Pakistán realizó nuevas operaciones aéreas sobre posiciones, supuestamente terroristas, ubicadas en las provincias afganas de Paktia, Paktika y Kunar, seguidas de acciones terrestres en las que murieron al menos 29 milicianos, dejando además cerca de 200 heridos. En los reportes oficiales no se mencionan bajas civiles, aunque algunas fuentes sin confirmar señalan que los menores muertos en estos últimos ataques llegarían a los 115.
Solo Donald Trump tiene el talento necesario para convertir algo tan serio y crucial como una guerra en una comedia de enredos y no una guerra más, sino con las dimensiones de la que comenzó el último día de febrero, donde no solo pone en riesgo, más allá de la vida y el destino de millones de personas, a una región capital para el funcionamiento de la economía global.


