Guadi Calvo

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El grupo egipcio afiliado al Daesh, Willat Sinaí, que desde febrero de 2018 resiste a la Operación Sinaí, diseñada por el alto mando del ejército, para erradicar el terrorismo que no solo opera en la península, sino en casi todo el resto del país, como el desierto occidental y con despliegues más discretos en cercanías al Canal de Suez y cuyo punto de inflexión fue el ataque a la Mezquita Rawda, en la ciudad de Bir-el-Abab el 24 de noviembre de 2017, que mató a 311 fieles.

Como parte de su estrategia de retirada de tropas de los diferentes conflictos en que los Estados Unidos están involucrados, como Afganistán e Irak, el presidente norteamericano Donald Trump también anunció el retiro de la dotación destinada en Somalia, entre 700 y 850 soldados de Operaciones Especiales, que se encuentran distribuidos en pequeños grupos en diferentes bases a lo largo del país y cuya función “oficial” es la de asesorar al ejército somalí en antiterrorismo.

A poco más de una semana de que el gobierno central etíope informara la toma de la ciudad de Mekelle, la capital de la provincia separatista de Tigray y aparentemente terminara con la resistencia del Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF), que habría durado unos 24 días, el conflicto que comenzó el cuatro de noviembre, parece estar retirándose de los grandes medios, como los insurgentes del mismo conflicto.

Etiopía

El sábado 28 de noviembre, fue el día para que el ejército etíope, asalte la ciudad de Mekelle, capital de la provincia rebelde de Tigray, con cerca de 500 mil habitantes y donde se habían atrincherado los separatistas, que habían dicho iban a resistir hasta el último hombre. (Ver: Etiopía: De una guerra étnica a un conflicto regional).

El pasado 13 de noviembre, tras treinta años de alto el fuego, el Frente Polisario (Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro) anunció por intermedio de su secretario general y presidente de la República Árabe Democrática Saharaui (RASD), Bahim Ghali, que consideraba roto el acuerdo firmado con Marruecos en 1991, tras quince años de lucha, bajo los auspicios de Naciones Unidas que preveía un referéndum de autodeterminación, que nunca ha sido llevado a cabo.

El repentino inicio de la guerra en Tigray, una provincia con antecedentes separatistas en el norte de Etiopia, tuvo su origen en una serie de hechos que comenzaron a precipitarse a partir de que el pasado dos de noviembre se conoció que al menos 53 integrantes de la etnia Amhara, aunque otras fuentes hablan de 200, la más numerosa del país después de los oromo, habían sido asesinados, en Oromia, al oeste de Etiopía, durante el fin de semana anterior, después saquear las propiedades, quemarlas y robar el ganado.

Lo que tímidamente comenzó en octubre de 2017 con las primeras acciones del grupo insurgente, afiliado al Daesh global, conocido vulgarmente como al-Shabbab, por el grupo fundamentalista somalí, aunque su verdadero y cada vez más resonante nombre es: Ansar al-Sunna (Seguidores del Camino Tradicional o Defensores de la Tradición), que opera primordialmente en la provincia de Cabo Delgado al norte de Mozambique, en estos momentos se ha convertido en una pesadilla, no solo, para los pobladores de la región y las autoridades tanto locales como nacionales, sino también para las fuertes inversiones que distintas empresas energéticas, particularmente la francesa Total, están realizando tras el descubrimientos de ricos yacimientos de gas y petróleo a unos sesenta kilómetros de la costa.

Trump, más allá de su discurso repugnante, quizás se pueda retirar con un récord absoluto: En por lo menos los ocho o diez últimos gobiernos, fue el único presidente en no iniciar una guerra.

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