Guadi Calvo

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Evidentemente, Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, tiene extraordinarias actitudes como showman, tiranuelo a la carta y pirata caribeño, aunque sin duda, como gestor de paz, es un fracaso.

Uno está tentado de decir que el opio desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad ha sido el gran protagonista en muchas guerras y en otras actor secundario.

Mientras Trump no sabe qué inventar para exterminar la presencia de migrantes y refugiados de los Estados Unidos, sus funcionarios, los ejecutivos de sus multinacionales, los burócratas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y los comandantes de sus fuerzas armadas, no hacen otra cosa que crear las condiciones propicias en los países condenados a tolerar sus injerencias económicas, políticas y militares, para que cada día miles de esos desangelados intenten escapar de la miseria o la guerra rumbo a los horizontes dorados que todo el tiempo muestra la maquinaria publicitaria de los propios Estados Unidos.

El grave contexto de inestabilidad que sacude prácticamente a todo el continente africano parece no tener más espacio para nuevos conflictos.

Cuando el 14 de abril de 2014 se conoció que el grupo fundamentalista nigeriano, Boko Haram había secuestrado a doscientas setenta y seis alumnas de una escuela secundaria en la ciudad de Chibok, del Estado de Borno, al noreste del país, gran parte del mundo comenzó a tomar conciencia de que lo que estaba sucediendo en ese país africano desde el 2009 no era para tomar a la ligera. (Ver: Nigeria: La sonrisa de Michelle).

Sudán

Nigeria tiene problemas mucho más graves que atender que las recientes amenazas del presidente norteamericano, Donald Trump, que ha declarado a ese país “de especial preocupación”, preámbulo para una remota intervención militar a raíz de la persecución que allí sufren los cristianos.

Según el gobierno indio, “fuerzas antinacionales” habrían sido las responsables del ataque del pasado lunes 10, en cercanías del Fuerte Rojo, uno de los monumentos más visitados de toda India, en pleno centro de Nueva Delhi, que dejó unos quince muertos y al menos una treintena de heridos.

El Departamento de Estado de EE.UU. ha vuelto a convertir a Pakistán en un laboratorio, profundizando las siempre tensas relaciones entre Islamabad y Nueva Delhi por la derrota de acercamiento que, a partir de la creación de los BRICS (2009), India ha tenido hacia Rusia y China, donde también se alienta una alianza militar entre estas tres naciones, el RIC.

Estados Unidos y Francia están articulando en Mali la misma maniobra que ejecutaron en Siria para derrocar al gobierno de Bashar al-Assad, esta vez apuntado contra la junta militar que entre el 2020 y 2021 tomó el poder y comenzó un profundo proceso anticolonialista que rápidamente desbordó hacía Burkina Faso y Níger, donde se aplicaron idénticas medidas como el cierre de embajadas y filiales de empresas de la antigua metrópoli y recuperando además bases militares, bajo el control extranjero, al tiempo que sus dotaciones fueron expulsadas.

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