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Los intelectuales del nacionalpopulismo

Fuentes: Revista Laberinto

Hoy, cuando la socialdemocracia vuelve a usufructuar el control de los aparatos de gobierno del Estado, podemos decirlo. Ya no hay duda. Bajo el poder político del nacionalpopulismo (1996/primavera 2004), la producción de panfletos de apología y propaganda del bloque histórico hegemónico burgués reaccionario alcanzó todos los objetivos y obtuvo ganancias y beneficios muy superiores […]

Hoy, cuando la socialdemocracia vuelve a usufructuar el control de los aparatos de gobierno del Estado, podemos decirlo. Ya no hay duda. Bajo el poder político del nacionalpopulismo (1996/primavera 2004), la producción de panfletos de apología y propaganda del bloque histórico hegemónico burgués reaccionario alcanzó todos los objetivos y obtuvo ganancias y beneficios muy superiores a los previstos en los planes de dirección del dominio ideológico de clase.

La situación así lo exigía. La estrategia populista había obtenido su victoria democrática por mayoría absoluta, y había que legitimar su larga marcha, había que cerrar el proceso y proclamar el fin de todas las operaciones, esto es, «el fin de las ideologías», la superación definitiva e irretornable de la lucha de clases, inexistente ahora y también en cada una de las fases del programa acometidas en la irresistible (por victoriosa) ascensión del populismo. Y así, con una fuerte, dura, estricta lógica de legitimación bifurcada para el ataque y la defensa de clase, el trabajo unitario de la sección historicista de sus intelectuales orgánicos deja de lado las tareas de los ideólogos de la causa y no duda en acometer las faenas divulgativas, dentro de una conjunta campaña de socialización de la propia historia interna y de los principios que cohesionan sus fuerzas, mueven a la acción, y constituyen la única y exclusiva materialidad ideológica y social hecha a su imagen y semejanza en la España contemporánea, que no hay otra, que no puede ni podrá haber otra, sino esa historia e historia final de esta victoriosa «España Una, Grande y Libre».

En primer lugar está la mítica de los orígenes. El «annus mirabilis» de 1902 como el tiempo en que todo empezó a organizarse, lejos las incertidumbres de un proceso de «crecimiento, innovación y cambio social», esto es, de «modernización económica» que, a partir de ese año de «la coronación de Alfonso XIII», se abre de modo inequívoco hasta hoy, sin que para nada importen los costes políticos ni sociales; antes al contrario, éstos se minimizan, y ni siquiera quedan contabilizados como daños colaterales (en su lógica y argumentos), sino como hechos invisibles por más que necesarios. Empecinadamente encubren la violencia de clase y de Estado [1], ejecutada necesariamente hasta la guerra (de clases) materializada entre 1936/1939 para la más salvaje capitalización de la burguesía y su conversión «en paz» («la paz» social burguesa de la dictadura capitalista, preparada y sostenida por el fascismo y su dominio orgánico), su reconversión al capitalismo moderno de monopolios en primer lugar y así luego postmoderno de globalización.

No importa. «La irresponsabilidad de los llamados intelectuales de la izquierda cultural sigue siendo lamentable». Y para este revisionismo beligerante, se trata del doble juego rentable: ensalzar el panegírico hasta la hagiografía del jefe (en este caso el rey), cuyo fracaso debido al «abandonismo de los políticos» trajo la «caída del sistema liberal» y el tiempo «cuando la esperanza se vuelve horror», esto es, la proclamación de la República y su consabida consecuencia en «la guerra civil española». No hay más, en primera instancia y en lo tocante a la «reivindicación» de los orígenes, sino esta brutal negación y gruesa vuelta del revés de la historia y sus razones.

Por supuesto, al doble evento no sólo se le dedican libros [2], sino homenajes y ciclos de conferencias, como las de la Academia de la Historia, con asistencia de la mismísima Doña Sofía, ante la que («Temo no estar a la altura de lo que Su Majestad la Reina merece») declamó «como siempre, magistral y brillante» Julián Marías, esto es, uno de tantos intelectuales orgánicos nimbados y revestidos del «prestigio cultural» que emana de la vejez y que el bloque reaccionario mantiene siempre a punto para las ocasiones. Pues se trata ahora de establecer la legitimación última intelectualista de los poderes de clase que proporciona la ideología, y en este caso la ideología culturalista del reaccionarismo, y a ello se apresta este buen señor don Julián Marías, quien «definió el Reinado de Alfonso XIII como una de las épocas más gloriosas de la vida intelectual y cultural española. `Quedaba todavía vivo todo lo que había sido el pensamiento de la Restauración. La literatura de la restauración. Estaban vivos gentes como Ménéndez Pelayo, Castelar, Galdós, Pereda, todas las grandes figuras de la Restauración. Y después hay toda una serie de generaciones con una situación de libertad completa y de concordia entre lo intelectual. Por ejemplo, toda la generación del 98, cuya publicación se inicia justamente con el comienzo del reinado. Después, la generación de Ortega, de Marañón, Pérez de Ayala y todos los autores de la generación siguiente. Pero es que la generación que se llama del 27, es decir los nacidos en torno a 1901, todos publican la mayor parte de sus libros dentro del reinado de Alfonso XIII’. Fue un reinado que abarcó cuatro generaciones riquísimas, creadoras; una época de una condensación asombrosa que España no había vivido desde el Siglo de Oro. Y por encima de todo emergía la libertad y la coherencia: `No había discordia ─dice Marías─. La discordia se produce un poco al final del reinado. Recuerdo el homenaje a Azorín en 1913: ¡ahí estaba toda la gente representativa!, sin distinciones de ideologías ni de puntos de vista. Había una gran concordia en el cuerpo intelectual’ [3] .

No hay duda. Las simplificaciones y tergiversaciones fuertes se acumulan, sustituyen a la historia y ofrecen esa sustitución como la historia misma, como la única y verdadera historia, como la verdad, fija e incuestionable, que se reproduce y llena los manuales de obligado cumplimiento en la enseñanza (y no sólo secundaria y de bachillerato, sino igual universitaria, ese Bachiller Superior que se imparte en la Universidad), así como también en el resto de los aparatos ideológicos de clase y de Estado. Porque, nada más y nada menos que semejantes gruesos falseamientos de los hechos históricos de la producción literaria e intelectual los proclama uno de los «viejos prestigiosos» del intelectualismo orgánico reaccionario (todavía vivo, por supuesto), cuyas «opiniones» quedan tratadas convenientemente para su mayor eficacia en el cumplimiento de los objetivos que toda función ideológico social del trabajo intelectual tiene encomendado sine qua non.

Para ello, para el cumplimiento de objetivos trazados en la función social del trabajo ideológico orgánico, y por centrarme en este caso concreto, en primer lugar, se subliman sus «opiniones» hasta la altura de consideraciones filosóficas, en las que «dos notas sobresalen por encima de cualesquiera otras: la veracidad y la claridad». En segundo lugar, pero al mismo tiempo y de modo complementario, el lanzamiento de semejantes vulgarizaciones cultural filosóficas están apoyadas por un patético montaje de premios y de recompensas «merecidas» al «ser referencia moral su pensamiento», por «su trayectoria humana», «la mirada serena», «espejo limpio y fiel» su obra, donde «nunca está ausente la esperanza ni la lucha contra `el espíritu destructor’ que siempre niega». «Frente a esa actitud negadora y negativa, la serenidad de la mirada es la única que afirma y que permite la visión de lo real tal como es»; «una mirada serena contra la mentira y el espíritu destructor»; he ahí «la misión del intelectual», he ahí el «imperativo» y «jerarquía» de su trabajo. Y así, con gran «sorpresa»(¿!) le cayeron el Premio Internacional Menéndez Pelayo, junto con el Premio de la Fundación Cristóbal Gabarrón a la «Trayectoria Humana, en la modalidad de Pensamiento y Humanidades». [4]

En tercer lugar, la pieza clave de la bóveda levantada, el cierre del círculo de premios y galardones, el apoyo máximo al valor de uno (ya digo; hay más, a la espera de turno, en reserva paciente y encadenada) [5] de tantos cuantos intelectuales orgánicos el publicismo de clase del reaccionarismo logra su presentación como «espíritu» no destructor [6] sino de «veracidad», «limpio y fiel», que «jamás sucumbió al resentimiento ni al sectarismo», pese a que [sic] «al terminar la guerra civil, le fue vedada toda posibilidad del ejercicio público de la docencia y tardó varios años en encontrar un periódico en el que poder escribir». He aquí la panacea, la clave, la gran mentira.

He ahí la prueba de fuego definitiva para la gran mentira necesaria: fabricar «espíritus» incólumes y «puros», «limpios» y «fieles», «verdaderos» e inocentes, tan «libres» y neutrales ante los crímenes y asesinatos de clase y de Estado perpetrados por el fascismo y sus fuerzas orgánicas durante la guerra de clases de 1936 a 1939 y durante la postguerra (1939/1975). He ahí los intelectuales que valen, cuyo «alto» y «merecido prestigio» no podrán dejar de parangonar ni cantar las generaciones y generaciones de españoles, hasta el infinito y más allá. [7]

Por eso, en último lugar, siempre y en cada situación concreta, para cada entramado, para cada relación de producción de intelectualismo e ideología dentro del dominio de clase que hegemoniza el bloque reaccionario, actuará la mística de «la guerra civil española». Esto es, que por la guerra de clases de 1936/39 y por el subsiguiente dominio del fascismo «victorioso» habrá de pasar no sólo la selección de intelectuales orgánicos y demás funcionarios ideológicos en toda su jerarquía, sino la operatividad misma de la función ideológico social de clase que a su trabajo y servicio se le ordena (orden ejecutiva) cual imperativo de ineludible e inmediato cumplimiento.

Por eso, junto a los fastos propios de la mística de los orígenes (en torno al reinado de Alfonso XIII, etc.), el bloque hegemónico reaccionario habrá de poner en marcha la conmemoración de los «25 años de paz», «libertad» y «democracia» bajo la monarquía borbónica en su postmoderna y postrera restauración, como la gran ocasión que abre y cierra el panegírico, por supuesto, de su propia exaltación, y por acontecimiento interpuesto, de la efemérides de «el día de la victoria» fascista en abril del 39 como obligado precedente del «franquismo, tiempo sombrío» por fin cerrado, «aquella remota dictadura» (1939/1975) felizmente superada y «en paz», tal como cantaban efusivos los festejos [8] .

Panegíricos de exaltaciones y efemérides que, sin empacho, se suceden y tautologizan, hasta concentrarse allí donde más falta hacen, en el comienzo de todo y principio del fin: «Franco ha sido un principio. Promovió lo técnico, liquidó problemas pasados (conflictos de clase). Cuestiones paliadas desaparecieron tras su muerte. Su extenso mandato hizo posible cambios profundos (alentados o desarrollados por el régimen con sus valores y principios. `Franco y su era epónima fue un clímax previo a la actualidad y el fin de un período horrendo de la historia’ que ojalá no se repita. Franco, escribe Payne, `queriendo y/o sin querer, abrió firme el camino hacia la modernidad’. Sólo el Omnisciente ─o nadie─, sabe el saldo del horror y la guerra» [9].

En efecto. Convertido Franco en «el primer demócrata», tras «haber vencido el primero en el campo de batalla al marxismo», y «sólo Dios sabe el saldo del horror y la sangre» que ello supuso. Pues no hubo «un golpe de estado fascista dado en 1936 contra un régimen democrático. No había tal. En 1936 hubo un golpe militar contrarrevolucionario; porque se había desencadenado una revolución antidemocrática […] Se evitó una dictadura comunista y se impuso una de derechas» [10].

Pero que, ni más ni menos: la historia vuelta del revés y bien destrozada, la historia falsificada. La falsa historia establecida e impuesta durante la postguerra fascista en España, 1939/1975, que resulta de un burdo montaje: `esto era una vez que había’ una supuesta «dictadura comunista» como estado último proveniente de una supuesta «revolución antidemocrática» (¿alguien sabe o conoce en qué consiste una revolución democrática?) supuestamente «desencadenada» a partir mismo de «las elecciones a Cortes Constituyentes de junio de 1931 [que] dieron el triunfo a la izquierda, en la que se impuso el maximalismo. No bastaba con someter a la Iglesia al derecho común; había que reducir su influencia; [y ya en «el proyecto constitucional»] los socialistas se mostraron aun más intransigentes […] Se trataba en suma de llevar a cabo una verdadera revolución religiosa. Los católicos quedaban excluídos de la República. Luego, cuando una gran parte de ellos dio a la CEDA la victoria en las elecciones de 1933, los socialistas darían otro paso: ya que no bastaba la revolución religiosa, harían la revolución política, negándose a aceptar el resultado de las urnas. Supuso la Revolución de 1934. La sangrienta persecución religiosa de 1936 no será más que el corolario. Primero se había echado a los católicos; luego se había supeditado la democracia a ese fin y ahora se les mataba. / No se entiende cómo, si fueron así las cosas, persiste el discurso oficial que nos habla de un golpe de estado fascista dado en 1936 contra un régimen democrático. No había tal. En 1936 hubo un golpe militar contrarrevolucionario; porque se había desencadenado una revolución antidemocrática […] Se evitó una dictadura comunista y se impuso una de derechas».

He ahí todo el argumento del reaccionarismo y contrarrevolucionarismo. Helo ahí, reproducido hasta el día de hoy, con todo su simplismo y simplificación de la historia, con toda su gruesa falacia y empecinada manipulación. Sin más. Sin que ni siquiera responda «ante Dios y ante la Historia», como había de responder «el Jefe», quien «asume en su entera plenitud la más absoluta autoridad», tal como establece el artículo 47 de los Estatutos de Falange Española firmados por Franco por decreto que los aprueba y da oficialidad estatal el 4 de agosto de 1937. Ni aun siquiera eso.

He ahí las razones que la propaganda fascista fabricó, impuso y socializó desde el comienzo mismo de su «era», tal como proclaman todos sus aparatos y sus intelectuales orgánicos, puestos al trabajo en cualesquiera los lugares: el BOE (con sus preámbulos propagandísticos y sus órdenes autolegitimadoras), radio y prensa del Estado y del Movimiento, editoriales Nacionales y de cada una de las fuerzas coaligadas victoriosas, escuelas Nacionales y Enseñanzas nacionalizadas católicas, Universidades como centros de adoctrinamiento y extracción de cuadros y jerarcas, así como de elaboración de teorías de ordenamiento, legalización, legitimación y al fin de normalización del fascismo en cuanto dominio político, social e ideológico de clase burguesa capitalista.

He ahí las razones del fascismo, sus razones, aprobadas por ellos mismos, y por ellos mismos publicitadas. Las leyes autopromulgadas, las proclamas y las arengas de prensa y radio de la Dirección General de Prensa y Propaganda, pero ya antes los gabinetes de prensa de los generales sublevados, Mola, Queipo, Franco, y desde los primeros momentos de la sublevación y, luego en la guerra, los libros que en ediciones de grandes tiradas se publicaban en Burgos, Granada, Cádiz, Ávila, Zaragoza, San Sebastián, Valladolid, etc. La propaganda de la Causa General. La propaganda fabricada por los funcionarios ideológicos «alias» (para nada importa el nombre de estos para nada interfectos) Pemán, Gomá, De Castro Albarrán, Borrás, Cossío, Gay, Aznar, Arrarás, Vallejo Nágera, Salaverría, El Tebib Arrumi, Pérez Madrigal, Sánchez del Arco, Ortiz de Villajos, Moreno Dávila, etc, etc.

La propaganda que el publicismo historicista del bloque reaccionario pone otra vez en circulación en la proclamación de las efemérides de «la guerra civil», ya sin asuntos interpuestos sino directamente, en la proclamación de la victoria «en la paz» y «la democracia» del nacionalpopulismo. Los voceros recabados de entre el montón de mercenarios: los «alias» de Pío Moa, César Vidal, Jiménez Losantos y demás resto de corifeos para la socialización de la originaria propaganda fascista [11]; pero que no están solos, antes al contrario constituyen el último escalón de una gran cadena cuyos eslabones se explicitan conforme lo exigen «las circunstancias», esto es, la correlación de fuerzas en la batalla «en la paz» y «la democracia» para y hasta la Conquista (la Reconquista) del Estado y gobierno de sus aparatos. Y sobre esto, el encadenamiento de funcionarios ideológicos del fascismo en su trabajo orgánico por el dominio de clase de la dictadura capitalista, téngase el caso reiterado y por ello más notorio y recompensado de «alias» Francisco Umbral [12]; téngase su Madrid 1940. Memorias de un joven fascista (1993), que denuncia certeramente Julio Rodríguez Puértolas: «buena parte de Madrid 1940 procede de modo directo ─por no decir directísimo─ de Checas de Madrid (Tomás Borrás, Cádiz, Cerón, 1940). Ello con una muy curiosa particularidad: los horrores que en Borrás aparecen atribuidos a los rojos en el Madrid y sus alrededores de la guerra civil, en Umbral se achacan a los falangistas […] Mas lo que sucede es que eso no es la represión de la postguerra, sino la pornografía política del terror rojo de Checas de Madrid» [13].

http://laberinto.uma.es

NOTAS:


[1] Cfr. E. González Calleja, La razón de la fuerza. Orden público, subversión y violencia política en


[2] Citaré sólo «el Austral del mes», La modernización económica en


[3] A. Astorga, noticia de la conferencia de Julián Marías en «el ciclo de la Academia de la Historia sobre el reinado del Monarca Alfonso XIII», ABC (25 de junio 2002): 45.


[4] Cfr. I. Sánchez Cámara, «La mirada serena», ABC Cultural (25 mayo 2002): 17; ABC (20 julio 2002): 6, 3, 49; El Mundo (4 junio 2002): 2, 49; El País (4 junio 2002): 34. Cfr. El País (7 noviembre 1998): 40.


[5] La tragedia «personal» de todos estos está en que el olvido y el silencio se ensañan con ellos, e incluso a veces se ensañan cuando han cumplido la «misión» y el servicio para los que se les requiere. Así, en el caso de don Julián Marías. Ya en prensa el presente volumen de Textos Intempestivos, de nuevo aparece el patético lamento del «hijo», Javier Marías, que lleva más de diez años clamando en el desierto de los poderes de clase para que a su «señor padre» le rindan el homenaje que sí recibieron «sus compañeros de generación», los intelectuales orgánicos del fascismo en España, los «Laín, Cela, Torrente, Rosales, Maravall, Aranguren, Tovar y otros». Cfr. Javier Marías, «Pero me acuerdo», El País Semanal (13 junio 2004): 114. Cfr. «Laín rinde homenaje a la generación de 1940 al cumplir 90 años. José María Aznar [Presidente del Gobierno del Partido Popular, esto es, el nacionalpopulismo] preside una cena en honor del académico y ensayista», El País (18 febrero 1998): 40


[6] Imposible borrar la frase, dogma y consigna de José Antonio Primo de Rivera, Jefe de Falange Española: «A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!»; pronunciada por primera vez en el discurso de la fundación de Falange Española, el partido fascista en España, en el Teatro de la Comedia de Madrid el día 29 de octubre de 1933; pero, frase, dogma y consigna, como otras muchas joseantonianas, repetida hasta su socialización y aun vulgarización durante el dominio del fascismo de Estado, años 40 de postguerra y mediados los 50.


[7] Para la denuncia de sólo parte de todo ello, cfr. C. Alonso de los Ríos, La verdad sobre Tierno Galván, Madrid: Muchnik, 1997; G. Morán, El maestro en el erial, Barcelona: Tusquets, 1998; J.A. Fortes, La magia de las palabras (del intelectualismo fascista en España), Granada: I&CIL, 2002 (2ª ed. 2003).


[8] Cfr.: VV.AA., Real Academia de la Historia, Venticinco años de reinado de S.M. Don Juan Carlos, Madrid: Espasa Calpe, 2002;


[9] J.M. González Páramo, «Franco, transición y concenso», El Rotativo (19 mayo 2004): 2.


[10] J. Andrés-Gallego, «Anticlericalismo y libertad de conciencia», El Cultural (12 junio 2003): 26, dedicado al libro homónimo de Álvarez Tardío, publicado precisamente por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales con el subtítulo de «Política y religión en la II república española (1931-1936)«, que es lo que propiamente se explica en sus páginas».


[11] Cfr. J. Tusell, «Bochornosa TVE», El País (22 febrero 2003): 26. Cfr. los lugares más duros y beligerantes, en los aparatos ideológicos de EL Mundo y la Cope, que sobrepasan las viejas posiciones de ABC.


[12] Francisco Umbral, Premio Cervantes 2000, publicitado y vendido como «La modernidad gana el premio»: «La escritura de Umbral, una auténtica revolución del español en el último cuarto de siglo, recibió ayer el Premio Cervantes, la mayor recompensa de las letras hispanas. Fue, como él dijo, ‘una victoria de la innovación y el progresismo frente a la vieja cultura'» (El Mundo, Documentos, 13 diciembre de 2000; El Cultural, 13-19 diciembre 2000). Ni más ni menos, que todo lo contrario: una escritura, la de Umbral, más que requetevieja, de reciclado tras reciclado, a contar desde el remedo de Cela, más toda la parafernalia fascista, pues no tiene otro mérito y trabajo que el de intertextualizar (esto es, copiar y remedar) los panfletos literarios del fascismo de combate, del fascismo de guerra y sobre todos ellos del fascismo de Estado, que se extienden y recorren como «literatura» oficial todo el dominio orgánico del fascismo en España.


[13] J. Rodríguez Puértolas, «Umbral y los fascistas», El País Babelia (10 septiembre 1994): 11.