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Los judíos también sangran

Fuentes: Ctxt [Imagen: Una representación de 'El mercader de Venecia' en Nueva York, a finales del s.XIX o inicios del XX. Byron Company / Wikimedia Commons]

Conocemos el argumento de El mercader de Venecia, drama escrito por Shakespeare entre 1596 y 1598. Antonio, un rico y honesto comerciante, para atender las necesidades de su amigo Bassanio, se resigna a pedir un préstamo a Shylock, un usurero judío cuya única hija, Jessica, mantiene amores clandestinos con un cristiano. Shylock, que odia a Antonio por razones que enseguida se dirán, accede a prestarle dinero con una condición extravagante, cuyo refinado sadismo, en realidad, tranquiliza al deudor: la de que, en caso de no poder saldar su deuda en el plazo establecido, Antonio le entregue una libra de su propia carne, extraída de la zona “más próxima al corazón”. Esta cláusula parece a todos una broma truculenta, imposible de aplicar en la práctica, pero llegado el momento, tras la ruina económica del prestatario, Shylock exige su cumplimiento y la república de Venecia, muy celosa de sus leyes, de las que depende su credibilidad comercial, no tiene más remedio que dar la razón al judío. Solo la intervención de una mujer enamorada, disfrazada de leguleyo, invierte la situación, en estricta legalidad, en el último momento.

En 1596 no había judíos en Inglaterra: habían sido expulsados en 1290 y sólo volverían cuarenta años después de la muerte de Shakespeare, en 1657, gracias a un edicto de Cromwell. El dramaturgo inglés, como tantas veces, toma la historia de una fuente anterior, en este caso Il pecorone, atribuida a un tal Giovanni Fiorentino, una popular colección de novelle, en la estela del Decamerón, difundida por primera vez en Italia en 1378 e impresa y traducida al inglés en 1558. En la “jornada cuarta” Il pecorone relata, con otros nombres y algunas variaciones narrativas, tanto la historia de amor entre Bassanio y Porcia como la de la “deuda de carne” entre Antonio y Shylock, al que la versión medieval italiana –detalle digno de reseñar– no da ese nombre. No le da, de hecho, ningún nombre. Comparece una y otra vez bajo el apelativo de “el Judío”, así en mayúsculas, arquetipo, pues, y no personaje, cifra abstracta de todos los tópicos negativos asociados a “los verdugos de Cristo”.

En Shakespeare el judío tiene nombre, porque solo los nombres catalizan energía dramática, pero Shylock reúne todos los vicios de la caricatura antisemita tradicional, a los que suma otro terrible: el odio sectario. Shylock es avaro, mezquino, interesado, insensible: incluso prefiere perder a su hija antes que sus ahorros de logrero. Antonio, por contra, presenta todas las virtudes: es rico por sus propios méritos, a fuerza de correr riesgos y sin parasitar a nadie; es dadivoso y leal con sus amigos; y también un buen cristiano, pues a veces presta dinero a los más pobres sin cobrar intereses. Shakespeare no nos dice –y su público no lo sabe–  que no hubiese podido cobrarlos sin violar la ley. Los judíos ricos, como sabemos, eran ricos porque no se les dejaba ser otra cosa. El Derecho Canónico prohibía a los cristianos el préstamo con interés (con el hermoso argumento de que “no se puede extraer beneficio del tiempo, que pertenece a Dios”), pero se lo permitía a los judíos, funcionalmente situados, en este caso, al margen de su jurisdicción. Entre Guillermo el Conquistador, con el que entran en Inglaterra las primeras comunidades hebreas, y Eduardo I, que los expulsa del reino, los judíos son utilizados por los reyes a fin de succionar riqueza cristiana sin menoscabar su prestigio: los usureros, que “chupan la sangre” de los nobles y burgueses y se ganan así el odio de las clases populares, son gravados con impuestos abusivos, de manera que la riqueza de sus víctimas acaba, por esta vía interpuesta, en la hacienda real. Esto fue así, con ligeras variantes, en toda Europa, como lo refleja la propia trama italiana de El mercader de Venecia.

En todo caso, ¿por qué se muestra tan implacable Shylock? ¿Por qué no se arredra ni ante los requerimientos del Dux? El mercader de Venecia es, como todas las obras de Shakespeare, una tragedia de matriz e intención popular. El autor inglés pone en juego “tipos” reconocibles por el público plebeyo y que, por su filiación misma, despiertan la simpatía o antipatía inmediata de los espectadores. La Inglaterra de finales del XVI, que no tenía más judíos que los pocos clandestinos llegados de España y Portugal, era normal y espontáneamente antisemita. El judío era “universal” en Europa; señalaba, mucho más que el pobre o el turco, al “otro” por excelencia. Shakespeare, en consecuencia, también compartía el imaginario de su época, aunque su maestría literaria convierte a Shylock en un personaje tan ambiguamente trágico que un lector de hoy puede encontrar en él recursos para protegerse del antisemitismo y denunciarlo. Pensemos, por ejemplo, en los motivos por los que el usurero shakespeariano se muestra tan implacable frente a las súplicas y exige con sombría tozudez la libra de carne del cuerpo de Antonio a la que le da derecho su contrato. El espectador de la época aceptaba sin duda que esa obstinación sañuda formaba parte de la “naturaleza” judía; el lector avisado de hoy interpreta que ese era el mensaje que Shakespeare, convencido o pragmático, transmitía. Pero si se lee con atención, y se profundiza en los matices del personaje, enseguida nos damos cuenta de que la terquedad de Shylock no se nutre –o no solamente– del odio que le inspira la bondad hipócrita de los cristianos –que enfatiza por contraste su maldad– sino del recuerdo de las repetidas vejaciones y humillaciones que le ha infligido el buen mercader veneciano. En la escena III del primer acto, cuando Antonio va a pedirle el dinero para su amigo Bassanio, Shylock le recuerda todas las veces que le ha maltratado, de palabra y de obra, en la cámara de comercio de Rialto: “Me habéis llamado descreído, perro malhechor, me habéis escupido sobre mi gabardina de judío y me habéis echado a puntapiés” y abunda enseguida con evidente rencor: “Arrogante señor, habéis escupido sobre mí el miércoles último, me habéis arrojado con el pie tal día; en otra ocasión me llamasteis dogo”.

Antonio no se inmuta; ni siquiera improvisa unas hipócritas disculpas en una situación de dependencia en la que está solicitando un favor. Al contrario. Reconoce con naturalidad sus violencias y hasta se vanagloria de su actitud: “Me dan ganas de llamarte otra vez lo mismo, de escupirte de nuevo y darte también de puntapiés”, responde. No hay vergüenza ni remordimiento. Se puede ser bueno, honesto, abnegado amigo, virtuoso esposo e insultar, escupir y dar patadas a un judío. Se le puede pedir dinero sin dejar de despreciarlo o despreciándolo aún más por ello. Ese desprecio es, de hecho, una virtud que se añade a todas las demás. Maltratar a la vaca que te da leche, a la oveja que te da lana, al burro que tira del arado, sería estupidez y hasta cobarde baldón; despreciar al judío que te saca del apuro con su dinero sucio neutraliza cualquier amenaza de equivalencia y asegura la superioridad moral del pedigüeño.

Porque la cuestión es ésta: el terror cristiano a la equivalencia. Para comprender lo que quiero decir hay que acudir al pasaje más célebre y más citado de El mercader de Venecia, ése que, cada vez que es interpretado por un buen actor, nos traslada de un salto del siglo XVI al XX. Cuando en la escena I del primer acto, Salarino, amigo de Antonio y Bassanio, pide cuentas a Shylock por esa cláusula indecente (“entre su carne y la tuya”, le dice al judío con rotundo y apacible racismo, “hay más diferencia que entre el ébano y el márfil o entre el vino tinto y el vino del Rhin”), el usurero enumera de nuevo los agravios recibidos, se pregunta a su vez qué le ha hecho merecedor de ese trato y añade tembloroso de ira y de dolor: “Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos?”. A un mal poeta, ablandado ya el lector, se le habría impuesto enseguida el colofón ideológico: ¿acaso no somos humanos? Va de suyo en lo ya dicho. En cambio, Shakespeare dobla de nuevo el vuelo hacia el lado más sombrío del personaje. La reclamación de “humanidad” de Shylock –de equivalencia– incluye también las pasiones negativas. Así que, cuando parece estar solicitando reconocimiento y piedad, interrumpe el tono quejumbroso y añade una pregunta disruptiva: “Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?”.

Porque ahora Shylock voltea el humanismo en acusación. Si somos iguales, viene a decir, ¿no tendré que seguir vuestro ejemplo? Si vosotros nos maltratáis cuando os sentís ultrajados por un judío, ¿qué tendré que hacer yo? ¿No tendré que responder a los ultrajes, como hacéis vosotros, con la venganza? “La villanía que me enseñáis, la pondré en práctica”, le dice a Salarino con amargura. Toda esta complejidad autoconsciente late, como vemos, bajo la caricatura del antisemitismo más plano. Shylock se sabe malo, pero también sabe por qué lo es: no porque sea judío sino porque no le tratan como a un ser humano. El usurero denuncia, pues, la violencia y la indiferencia de los cristianos, frente a la cual reivindica su derecho a la respuesta: su derecho, digamos, a ser igual también en maldad.

Es importante recordar esta lección –dejemos caer– cuando los buenos desprecian, humillan y matan a los más vulnerables y les reprochan luego su insumisión. No nos gusta Shylock porque nos gustaría que las víctimas demostraran su superioridad moral respecto de los verdugos; nos gustaría que quebraran precisamente esa equivalencia que reproduce la hidra de la violencia y da siempre ventaja propagandística a los más fuertes. En todo caso, antes de ese paso ulterior –que Shakespeare da, si se quiere, por razones caracteriológicas, llevado de la profundidad dramática que distingue El mercader de Venecia de El judío de malta de Marlowe–, antes de ese paso ulterior, digo, Shylock ha enunciado el principio de la igualdad entre los seres humanos y se ha planteado la cuestión decisiva: la de por qué esa igualdad, en ciertas condiciones, no es inmediata y naturalmente perceptible: por qué nadie se da cuenta de que tenemos ojos, manos, proporciones, sentidos; de que si nos pinchas, sangramos; de que si nos cosquilleas, reímos.

La respuesta es esa: soy judío. Se dice, pues, “judío” de aquel al que despreciamos, maltratamos y eventualmente matamos, pero también de aquel al que no reconocemos capacidad para sangrar si le pinchan, para reírse si le acarician, para reaccionar con dignidad si le ultrajan. Las dos cosas, lo sabemos, son inseparables: para despreciar a un ser humano, maltratarlo y eventualmente matarlo es necesario distanciarlo de nosotros en las funciones más elementales: le pegamos, en realidad, porque no siente nada. No –cuidado– porque creamos que no le duelen los golpes (golpear así no nos proporcionaría el placer de confirmar nuestra superioridad civilizada), sino porque la seguridad asumida de que no le duelen lo ha excluido de entrada del recinto de la humanidad, de manera que podemos permitirnos golpearlo sin ningún malestar moral y hasta con orgullo religioso, ideológico o patriótico. Se dice “judío”, pues, de aquel que es negado por todos, de facto y ex animo, en su existencia más carnal, más común, más moralmente terrestre. Por eso Shylock pide la carne de Antonio, para recordarle su propia carne herida. Por desgracia ha cometido un error que, revelando la falsedad de su proclama (si me pinchas, ¿no sangro?), inhabilita la acción judicial. Shylock desmiente su condición sangrante al olvidar citar la sangre en su cláusula y pedir solo carne. Es un judío, aunque pretenda lo contrario. Los cristianos sí sangran y el usurero lo sabe, de manera que no podría cortar el pecho de Antonio sin cometer un abuso de contrato, razón por la que el juez, cuando aquél parece ya condenado, rechaza la demanda e impone al demandante los dos castigos que más pueden dañarlo en su integridad existencial: renunciar a su fortuna y a su fe.

¿A dónde quiero ir a parar? Cientos de años de antisemitismo, ese producto estrictamente europeo, conducen a mediados del siglo pasado al Holocausto, después del cual “judío” pasa a ser una categoría universal; es decir, los “judíos” pasan a representar a la humanidad superviviente en la medida en que ellos han sufrido la más radical deshumanización. No se trata de reconocer la particularidad de los judíos, ni como amenaza ni como víctimas, ni como objetos de racismo ni como luminarias de compasión, sino de recordar que, después de esa experiencia, la medida universal de todo sufrimiento particular es precisamente el “judaísmo”: los gitanos, por ejemplo, víctimas también del genocidio nazi, quedan de algún modo “judaizados” tras ese sufrimiento compartido (y tan olvidado). Lo que hay que reprochar a Israel, dicho sea de paso, es que haya particularizado ese universal; que se haya ido sionizando más y más y, por lo tanto, desjudeizando sin parar. Lo ha hecho a través de mitos ferozmente nacionalistas (el del “pueblo judío”, como demuestra el judío israelí Slomo Sand, o el de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, como ha demostrado el judío israelí Ilan Pappé) y mediante el secuestro sectario del sufrimiento judío y de la negación sectaria del sufrimiento “judío” (como demuestra, por su parte, el escritor judío neoyorquino Norman Finkelstein). Hay muy pocos “judíos” hoy en Israel y son casi todos de origen palestino. Hay muchos “judíos” en Palestina y son todos negados en su humanidad elemental por el banal nihilismo israelí que permite o alienta su destrucción.

Pero no es ésta la cuestión. No es difícil empezar conmovido en Shylock y acabar asqueado en Israel, y más en estos momentos, pero de la obra de Shakespeare yo quería extraer una lección más sencilla y general, que es también, creo, la lección de los lager: la de que el pueblo elegido es cualquiera cuyos miembros tengan ojos y manos y sentidos y pasiones y afectos. Todos somos los elegidos y, por lo tanto, los amenazados. Todos hemos sido o podemos ser “judíos”. Lo han sido los judíos durante siglos en Europa; también los negros esclavizados y trasladados a América; también los gitanos despreciados, perseguidos y asesinados; también ahora los musulmanes en las ciudades europeas o los inmigrantes que dejan sus países y mueren en el mar tratando –sé lo que digo– de volver a casa. Pero esta lección sencilla tiene otra concomitante igualmente simple y trágica: la de que, si todos podemos ser judíos, también todos podemos ser nazis. Porque el verdadero mal, el más banal de todos, como lo revela El mercader de Venecia, el mal rutinario y orgulloso sobre el que luego los fantasiosos excepcionales construyen sus grandes crímenes, es ese de no reconocer en el otro, mientras nos creemos buenos, un hermano carnal, un igual fisiológico y afectivo, un gemelo de pasiones alegres y de efusiones tristes. Shylock, sí, sangra; Salima llora; Seydou echa de menos a su madre. Salwa y Ali se sienten felices de haber salvado a sus pececitos.

Cuando mucha gente olvida esto –y hay incluso partidos o gobiernos que nos dicen que olvidarlo nos hace mejores– es que la Historia se está afilando los dientes para darse de nuevo un banquete.

Santiago Alba Rico es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son «Ser o no ser (un cuerpo)» y «España». @SantiagoAlbaR

Fuente: https://ctxt.es/es/20210501/Firmas/36114/mercader-de-venecia-shylock-judios-santiago-alba-rico.htm

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