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Cronopiando

Los locos y la iglesia

Fuentes: Rebelión

La Iglesia dominicana, en la persona de su Eminencia Reverendísima Excelentísimo don Nicolás de Jesús, Cardenal, López Rodríguez ex Mayor General, que así es que gusta llamarse y que le llamen, ha expresado su preocupación a la ciudadanía por el ingente número de enfermos mentales que, a su decir, circula por las calles de la […]

La Iglesia dominicana, en la persona de su Eminencia Reverendísima Excelentísimo don Nicolás de Jesús, Cardenal, López Rodríguez ex Mayor General, que así es que gusta llamarse y que le llamen, ha expresado su preocupación a la ciudadanía por el ingente número de enfermos mentales que, a su decir, circula por las calles de la capital dominicana.

Ignoro de qué manera ha conseguido su eminencia constatar la denuncia que hace. Ignoro si se dedica en las mañanas a pasear por las calles de Santo Domingo y le han llamado la atención los muchos locos sueltos. Ignoro si los cuenta y los registra. Pero, en cualquier caso, y para que nadie se llame a engaño con el a dónde voy con este artículo y, sin estar en desacuerdo con el cardenal, a un servidor, más que los locos sueltos que andan por las calles, le preocupan aquellos locos apandillados que andan por los despachos. Y que cada quien elija la oficina de su gusto.

Porque no son uno ni dos los locos que han encontrado asiento en el Palacio Nacional y han hecho del patrimonio del país su particular piñata; dementes celebrados honorables en congresos y senados; auténticos orates al frente de empresas millonarias; locos vueltos embajadores y ministros; locos comunicadores; locos para todos los gustos y colores que confirman y muestran sus bien pagadas cuerdas biografías…

Y entre tantos orates y dementes… los peores. Esos purpurados locos que afirman estar ungidos por la mano de Dios, que acreditan sus egos en la divina providencia que ampara su arrogancia; que han vulnerado los once mandamientos y los ocho pecados capitales; esos ensotanados príncipes sin reino que, en medio del desplome social que vive su país, de la carencia de valores que ayuden a rescatar la dignidad humana, de la misógina violencia que enluta sus consecuencias todos los días, de todas las miserias que asfixian a la nación, se vienen a preocupar por esos divinos locos que, si perdieron la cordura alguna vez, sólo fue para no volverse locos.