El escritor Curzio Malaparte era un hombre astuto, oportunista, fantasioso, hijo de alemán (en realidad, se llamaba Suckert) y lombarda, camisa negra desde los inicios del fascismo, hábil narrador, obsesivo con su aspecto y su vestimenta, narcisista, fanfarrón y autoritario, como mostró dirigiendo La Stampa torinesa, maltratador hasta el punto de pegar a sus amantes, polemista, provocador y sobre todo un mentiroso insistente, capaz de inventarse una y otra vez su trayectoria, contradictorio, persiguiendo la fama para ocultarse después, vestido siempre como un petimetre. Gramsci lo calificó de «camaleón», recordando el libro malapartiano escrito en 1928 donde el escritor recibe un encargo ficticio de Mussolini, y que modificó para publicarlo en 1946. Malaparte fue un exhibicionista insufrible, hasta el punto de embutirse en atuendo de ciclista con velocípedo en la terraza de su casa de Capri colgada sobre los farallones para anunciar a los periodistas que recorrería Estados Unidos en bicicleta, aunque al final no lo hizo. Malaparte, amante de Virginia Bourbon Agnelli (la madre de Gianni Agnelli, que después de la guerra pasaría a ser el patrón de la FIAT sucediendo a su abuelo, cómplice de Mussolini), llegó a dirigir una película, El Cristo prohibido, y a fingir que era compositor de la banda sonora. Después de 1945 se presentó como antifascista ya bajo el ventennio, algo falso a todas luces.
Las biografías de Franco Vegliani, Giordano Bruno Guerri (que lo calificó de anarco-fascista), Giuseppe Pardini, y la de Maurizio Serra; los recuerdos de una de sus amantes, Biancamaria Fabbri, y las pocas líneas de Umberto Saba hablando de la máscara de Malaparte (tras la que «no hay nada»), trazan un completo recorrido sobre su vida y sus hazañas. Fue un escritor prolífico, con centenares de artículos publicados que, muchas veces, recopiló en libros como El Volga nace en Europa o Il battibecco. Sus obras más relevantes fueron Técnica del golpe de Estado, publicada en 1931, y Kaputt y La piel, de 1944 y 1949, que tuvieron un éxito mundial, donde se mostraba contrario a la guerra y al nacionalismo, aunque no siempre tuvo esa fe. Kaputt, la crónica de la Europa en guerra que asiste a la degollina nazi en el frente soviético, es un pedestal para su propia gloria, la del escritor que vuela por encima de las miserias humanas y es superior a los oficiales nazis, aunque lleve su mismo uniforme. En ese libro retrata a Agustín de Foxá, el diplomático español falangista, y se inventa escenas de la guerra en Ucrania, sin presenciarlas, como hizo también en Finlandia asegurando estar en primera línea en el frente de Laponia, aunque se quedó a resguardo en Rovaniemi. En La piel nos habla de la dura posguerra. Fracasó con el teatro, pese a escribir varias piezas desde los años veinte; solo Las mujeres también perdieron la guerra, un alegato sobre las penurias posbélicas y la prostitución para sobrevivir, tuvo cierto eco. Huía de la decadencia, denostaba ese Occidente caduco que había señalado Spengler, rechazaba el mundo burgués, tal vez porque él mismo era una de sus expresiones, cuidaba su propia leyenda. Esa fotografía de Malaparte batiéndose en duelo con el futurista Mario Carli, y esa otra donde encabeza la marcha de tropas coloniales de Mussolini en Abisinia, en 1939, ilustran al obsesivo personaje que no dudó en mentir sobre sí mismo a lo largo de toda su vida.
Hijo lejano de D’Annunzio, Malaparte era un fascista, cercano a Mussolini y Ciano, aunque fue confinado en Lípari durante unos meses en 1933. En 1922 se afilió al fascio, unos días antes de la marcha sobre Roma del Duce, y hacía gala de su dureza fascista. Viajó a París para espiar a los núcleos antifascistas italianos, y fue amigo y compañero de fascio de uno de los asesinos de Matteotti, Amerigo Dumini, sicario de Mussolini a quien Malaparte defendió, mintiendo, en el juicio que le abrieron en 1926. Hay algo en él que nos lleva a Mishima, escritor de una generación posterior, y no solo en el culto al ejercicio físico y el aspecto. Contradictorio, le gustaba mezclarse con los poderosos, los ricos, pero no desdeñaba al pueblo llano, supo adaptarse a cada circunstancia y siempre quiso tener el favor del Duce: llegó a decir que adoptó el apellido Malatesta, abandonando el alemán Suckert, por consejo suyo. Siempre fue un embaucador, un embustero, mintiendo al servicio de su gloria. Gramsci, detenido a finales de 1926 y encarcelado en Turi, donde escribe sus Cuadernos de la cárcel, sitúa en ellos a Malaparte como uno de los ejemplos de intelectual fascista.
Marcha voluntario a la gran guerra, con dieciséis años, y lucha en las Dolomitas. Marcado por las trincheras, la sangre y la mugre de la gran guerra, el gas alemán acabó matándolo en Roma cuarenta años después. En esa Italia que sale del desastre de Caporetto, Malaparte cae en los brazos de la nación, aunque sea esa patria italiana hecha de pequeñas monarquías que se miraban en la vieja Roma papal. Primero se apunta al éxito de la marcha sobre Roma, inventándose su asistencia que, después de 1945, negará. Funda en 1924 La conquista dello stato, una revista desde la que persigue a los adversarios del fascismo. Es un fascista de la línea dura, que en 1925 llega a enfrentarse en duelo a espada con el socialista Pietro Nenni. Durante los años veinte, consigue que lo nombren redactor jefe del periódico Il Mattino, de Nápoles, y después del turinés La Stampa gracias al viejo Giovanni Agnelli, fundador de la FIAT y senador vitalicio bajo Mussolini, que le paga un magnífico salario y le facilita otros ingresos. Con La Stampa, Malaparte aprovecha para viajar a la Unión Soviética en 1929, y publica varios reportajes: no deja de interesarse por aquella gigantesca transformación social pero cuenta a sus lectores piamonteses (y trabajadores de FIAT) que los soviéticos viven peor que ellos.
El confinamiento en Lípari, Ischia y Forte dei Marmi le permitió simular en la posguerra, con la Liberación, que había sido perseguido por el fascismo, algo completamente falso: para él, il confino era un exilio de lujo, paseaba sin restricciones por la isla, elegantemente vestido, y abandona el destierro gracias a Ciano. Años después, durante la guerra de Hitler, fue enviado como corresponsal del Corriere della Sera, donde hizo amistad con el director Aldo Borelli, quien después pedirá a Mussolini clemencia para Malaparte tras la disputa del escritor con Italo Balbo. Siempre fantasioso, en la posguerra Malaparte se inventará que lo llevaron encadenado a Lípari, que su detención era a causa de su antifascismo y que incluso Hitler había pedido a Mussolini ya en 1933 que lo arrestaran.
Si Malaparte toma distancia del partido fascista, sin romper nunca, no es por desacuerdos políticos sino porque cree poco recompensada su ambición: ser nombrado embajador, ministro. Cuando se marcha a París en 1931, Malaparte dice: «soy y seguiré siendo un fascista». En la capital francesa, donde vive con la misteriosa Flaminia, conoce a Morand, Malraux, Bernanos, Mauriac, Maurois, mientras espera con ansia que Mussolini se digne atenderlo. Malaparte es capaz de defender un movimiento, una nueva moda, y después apuntarse a la contraria, siempre de acuerdo al humor de Mussolini, manteniendo sus ambiciones políticas personales, lo que no impide que tenga disputas con algunos personajes del magma fascista, como la que mantuvo con Italo Balbo después de haber escrito una hagiografía de su vida. Malaparte consideró que el aviador no se lo agradecía bastante y pasó a atacarlo: fue un mal cálculo, porque Balbo era un personaje poderoso, aviador célebre, ministro, capaz de exigir a Mussolini el arresto del escritor.
Fue esa disputa con Balbo la que llevó a su confinamiento: el piloto exige a Mussolini que ponga fin a las críticas que le hace Malaparte: habían sido amigos pero no soporta que divulgue que aspira a suceder a Mussolini y que acepta dinero de la FIAT. Balbo denuncia a Malaparte ante el Tribunale Speciale per la Difesa dello Stato que persigue a los antifascistas, y cuando éste vuelve a Roma en octubre de 1933 es detenido y encerrado en Regina Coeli, aunque él no tenga nada que ver con el antifascismo: de hecho, lo acusan de calumnias a un ministro. Lo condenan a cumplir cinco años en el destierro interior (confino) en Lípari, donde acude su amante Flaminia, que vive con él, aunque después lo trasladan a Ischia y a Forte dei Marmi, donde reside tranquilo en casa, y un año y ocho meses después Mussolini lo deja en libertad. Malaparte se acerca a Ciano (después de todo, es el yerno de Mussolini) y rehace sus relaciones con los círculos fascistas y con la «buena sociedad»; pese a lo que dirá en la posguerra, recibe buen trato del régimen: Mussolini le financia su revista Prospettive, que aparece en 1937 y recibe fondos de varios ministerios. Las vueltas de la vida: Edda Mussolini, la mujer de Ciano, sería también confinada en Lípari cuando volvió a Italia en 1945; había huido a Suiza dos días antes de que Mussolini hiciese fusilar a su marido por traición.
Siempre fantasioso, Malaparte no dudaba en inventarse acusaciones para hostigar a otros: cuando estaba enredado con Virginia Bourbon Agnelli y pretendía casarse con ella (calculando pingües beneficios con la herencia) interviene en la disputa con el patrón Agnelli sobre la custodia de sus nietos (hijos de Virginia) y envía una carta al tribunal de menores denunciando, entre otras cosas, el «círculo de antifascistas» que rodea a Agnelli, patrón de la FIAT: era mentira, porque Malaparte solo intentaba con el veneno sembrar sospechas ante el régimen sobre la actitud del senador, inútil propósito porque Agnelli era el más rico y poderoso burgués de Italia. En esas disputas frecuentes, aunque sabe que no lo hará, Malaparte llega a afirmar en diciembre de 1936 que irá «a morir como oficial de infantería» a la guerra civil española, obviamente en las filas del Corpo di Truppe Volontarie fascista que ha enviado Mussolini para ayudar a Franco. También Malaparte hace amistad con Arconovaldo Bonaccorsi,el «conde Rossi», de quien elogia su «humanidad» aunque era un siniestro fascista que viola y asesina en Mallorca durante la guerra civil: él y sus hombres torturaron y mataron en 1936 a miles de personas, en una carnicería que recoge Bernanos en Los grandes cementerios bajo la luna. En 1938, Malaparte publica un número especial en su revista, Prospettive, que titula Italiani in Spagna. Da Malaga a Madrid. En él, firma un editorial que titula «Viva la muerte», y publica un texto donde Bonaccorsi afirma haber hecho «limpieza de bolcheviques» en Mallorca. Mussolini hace comprar decenas de miles de ejemplares, que difunde entre sus seguidores.
Malaparte da cabida en su revista Prospettive a escritores como Moravia, y publica textos de Éluard, Alberti, Machado, Lorca, Rilke, circunstancia que utilizará en la posguerra para mostrar credenciales antifascistas. Entre enero y abril de 1939 Malaparte va a Abisinia, donde Italia libra una guerra colonial, para enviar crónicas al Corriere della Sera. Piensa también en ir a Albania, ocupada por las tropas de Mussolini, pero lo convocan a filas y va destinado como capitán a los Alpes; después lo envían a Grecia para mandar artículos al Corriere. Allí se entrevista con Metaxas, trata de idiotas a los griegos, colabora en la preparación del ataque que Mussolini lanza el 28 de octubre de 1940, que fracasa: la impotencia italiana lleva a Hitler a ocupar el país en abril de 1941. En esos meses, Malaparte viaja como corresponsal a Rumanía, donde se instala largos meses en el lujoso hotel Ateneo Palace en Bucarest. Llega también a Yugoslavia; y en mayo está en Monfalcone, donde ve a Mussolini y Ante Pavelić, el dirigente de la Ustacha croata fascista, aliado de Hitler y dictador del Estado títere de Croacia que acababa de crearse. Un mes después Malaparte está viendo los cadáveres de soldados del Ejército Rojo en la Moldavia ocupada por los nazis, y llega a Ucrania, pero pasa el final del verano en Capri y el otoño en Roma, mientras sueña con entrar en Moscú con las tropas alemanas.
En enero de 1942, parte hacia el frente de Leningrado, con estancia previa en Berlín y Varsovia, donde va a cenar en el palacio real con Hans Frank, el asesino sensible y gobernador nazi de la Polonia ocupada, para ir después de la cena a ver cómo los comensales nazis disparan a los niños (las ratas, los llamaban) que intentan salir por agujeros de las tapias del ghetto para conseguir algo de comida. Malaparte visitará después el ghetto donde se hacinan y mueren los judíos polacos entre el tifus, la tuberculosis, los piojos y el hambre. Ese mismo mes las SS, con Reinhard Heydrich, celebran la Conferencia de Wannsee en la villa Marlier para la «solución final». Después, en el verano de 1942, Malaparte espera en Finlandia, aliada de Hitler, la caída de Leningrado, elogia con entusiasmo al ejército finlandés que lucha junto a los alemanes y visita el frente con Agustín de Foxá. Nunca verá la rendición de Leningrado, pero desde mayo hasta febrero de 1943 vive en Capri y Roma; en junio de 1943 vuelve a Finlandia, con gastos pagados por Mussolini, y se inventa que lo persigue la Gestapo.
El 25 de julio de ese año cae Mussolini y la policía de Badoglio detiene a Malaparte durante unos días no por antifascista sino por haberse enriquecido con el régimen, mientras aviones estadounidenses bombardean Nápoles y Salerno: entonces, se ofrece a los ingleses sugiriendo que es antifascista desde 1931. El golpe contra Mussolini, el asesinato de Gentile en abril de 1944 y el interregno de Badoglio anuncian la agonía del fascismo, que Mussolini contempla desde Salò. La Italia eterna que había sugerido Malaparte en L’Italia vivente muere en el lago de Garda. En marzo de 1945, es detenido por el Comisariado que inicia la depuración de fascistas, pero es puesto en libertad. Intenta entonces aproximarse a los comunistas, y después a la derecha, aunque recibe la desconfianza de Giovanni Papini, que también había sido fascista y suscribió el Manifiesto de los intelectuales fascistas de 1925, pero no el «manifiesto de la raza» de 1938 y defendió a Mussolini hasta su caída en 1943, pero no al de Salò.
La posguerra es terrible en Nápoles, una ciudad donde las mujeres se prostituyen con los soldados estadounidenses y se tiñen el vello del pubis porque a los chicos de la Fifth Army les gustan las mujeres rubias; donde la miseria, de tan despiadada, llegaba a ser extravagante, como en los versos de Marino, el poeta barroco napolitano, y donde llegan a venderse algunos niños a los marroquíes del Cuerpo Expedicionario Francés del general Alphonse Juin, y donde prostituyen a otros, de ocho o nueve años, para los soldados («¡dos dólares los chicos, tres dólares las chicas!», gritaban las mujeres que los ofrecían), y donde muchas familias napolitanas se ayudan con la «venta» de soldados negros del ejército estadounidense de Mark Clark. Malaparte escribe sobre la compra de mujeres en Livorno que se produce ¡en mayo de 1946!
En la posguerra, Malaparte teme las consecuencias que puede acarrearle su apoyo a Mussolini y al fascismo, y decide buscar amparo en los norteamericanos y en los comunistas italianos: pone huevos en todas las cestas, y el hecho de que Togliatti lo visite en Capri en abril de 1944 le facilita las cosas. Después de la caída de Mussolini, se inventará que luchó en la liberación de Florencia, y que participó en combates contra las tropas alemanas. En noviembre, las tropas nortamericanos lo encierran unos días en Nápoles y lo dejan en libertad en su casa de Capri donde empieza a colaborar con los servicios secretos británicos y estadounidenses en la PWB, División de guerra psicológica.
Togliatti, que acaba de volver del exilio en Moscú, sabe que buena parte de los intelectuales italianos se comprometieron con el fascismo y quiere abrir una nueva época en el país con el gobierno de Badoglio, del que será ministro: no olvida que las tropas nazis siguen ocupando el norte de Italia y quiere incorporar nuevos sectores a la liberación. Es entonces cuando Malaparte solicita ingresar en el Partido Comunista, que le niega la entrada, y el PCI rompe toda relación con él en 1944, pese a los gestos de Togliatti. El PCI lo vio siempre con desconfianza, y cuando Malaparte se instaló en el bando que dirigía la guerra fría desde Washington los intelectuales comunistas vieron fundados sus recelos. Después de todo, había sido un fascista, aunque fuera rebelde, y recalaba en la admiración por los Estados Unidos de posguerra. Intentará aproximarse a los comunistas de nuevo en 1956. Diez años después de su fracasado intento, quería congraciarse con el PCI, pero en esos años cincuenta escribe muchos artículos anticomunistas, y contra la Unión Soviética, y saluda el heroísmo de los italianos que murieron luchando con los franceses en Dien Bien Phu, sin reparar en las matanzas de vietnamitas. Siempre oportuno, en la posguerra Malaparte se proclamará también amante de la generosidad norteamericana y de su democracia liberal.
La Italia de la liberación surge del antifascismo, y esa Italia abre causa contra Malaparte, que describe en La piel,en 1949, el ahorcamiento de Mussolini. El escritor insiste en que fue expulsado del partido fascista, aunque omite que no fue por antifascismo sino por calumniar a Balbo. Pese a todo, Malaparte consigue evitar la depuración, despotrica de los «falsos antifascistas», y tras la proclamación de la república en junio de 1946, se instala en París un año después, en Jouy-en-Josas, junto a Versalles, y con Biancamaria Fabbri, otra de sus amantes, frecuenta a Cocteau y Jean Marais en su gabarra del Sena, al tiempo que escribe su Diario de un extranjero en París e intenta aproximarse a los existencialistas sin conseguirlo: Sartre y los suyos lo evitan. Mientras, en mayo de 1947, han expulsado al PCI del gobierno italiano, en la operación que gestan los Estados Unidos, y le roban después las elecciones de abril de 1948 con una operación de la CIA, el Vaticano, la democracia cristiana y las grandes empresas italianas, que recurren a todo. Un famoso jesuita, Riccardo Lombardi, llamado «el micrófono de Dios» por su elocuencia en la radio, lanza a los trabajadores italianos, muchos de ellos de tradición católica: «En el secreto de las urnas, Dios os ve, Stalin no». En la campaña, Malaparte ha apoyado a De Gasperi y la democracia cristiana y llega a hablar durante el proceso electoral de los «crímenes horribles» cometidos por una «milicia obrera» dirigida por comunistas italianos exiliados y militares del ejército soviético.
Junto a sus aventuras, destacan dos relaciones intensas: con la misteriosa Flaminia entre 1929 y 1935, y con Virginia Agnelli. Su unión con Virginia Bourbon Agnelli es casi «oficial» desde 1935 y ambos se instalan en el palacio romano del Bosco Parrasio, junto al Orto Botanico a finales de 1936, pero la relación finaliza en vísperas de la guerra. Virginia Agnelli muere en noviembre de 1945 en un accidente cerca de Pisa al chocar su automóvil con un camión de las tropas de ocupación estadounidenses. En 1938, el escritor había empezado a construir su famosa casa de Capri, una suerte de búnker sobre las rocas y el mar, de color rojo pompeyano, que Bruce Chatwin calificará muchos años después de la muerte de Malaparte de «barco homérico encallado». Allí, en un retiro espartano pasará días enteros, en el gran salón abierto al mar donde había dispuesto su máquina de escribir ante los acantilados. Los hilos oscuros de la historia: Jane Sweigard, actriz estadounidense que mantuvo un romance con Malaparte en Capri en el verano de 1950, fue abandonada por el escritor y ella lo siguió hasta Roma para terminar dejándole una nota en el hotel («¡pero yo te amaba, maldito!») antes de suicidarse en el mar de Ostia el 21 de julio de 1950, cerca de donde veinticinco años después asesinaron a Pasolini. Tras el suicidio de la actriz, unas semanas más tarde se suicidó Cesare Pavese, cuya obra El bello verano se había impuesto a La piel en el Premio Strega de ese mismo año.
Malaparte se interesa por la revolución china de 1949, y se acercó a ella al final de su vida, hasta el punto de que dejó en herencia la casa de Capri al Partido Comunista de China, aunque su familia impugnó el testamento. En mayo de 1952, visita el Berghof, la guarida de Hitler en Berchstesgaden, y en su crónica desliza que además de los daños por los bombardeos los soldados norteamericanos saquearon el lugar, y a final de ese año viaja a Chile invitado por el gobierno de Santiago y recorre durante cuatro meses Argentina, Uruguay y Chile: se hace acompañar por una chica de dieciocho años, Rebeca Yáñez, sobrina de José Donoso, que se convierte en su amante.
Los años cincuenta son los de su decadencia, aunque no por ello deja de concebir proyectos. En octubre de 1956, viaja a la Unión Soviética invitado por la Unión de Escritores con ocasión de una semana de cine italiano, y después a China para asistir a un homenaje a Lu Xun, donde según él consigue verse con Mao. Envía artículos a Vie nuove, revista del PCI, que no se publican por la oposición de Moravia y Calvino entre otros intelectuales comunistas. Le maravilla el pueblo chino, pero apenas le quedan nueve meses de vida: es ingresado en Hankou (en la actual Wuhan) una ciudad que tuvo colonos franceses y japoneses hasta la Segunda Guerra Mundial. Malaparte está grave, débil, contento de la atención de los médicos chinos, y denuncia que no tienen medicamentos modernos «a causa del criminal bloqueo americano». Le conmueve la atención y los cuidados que recibe, denuncia la sarta de mentiras sobre él que publica la prensa occidental: «Dicen que estoy muriéndome porque en China no hay hospitales, ni médicos, que han sido asesinados, ni medicamentos, etcétera. La campaña de calumnias se ha transformado ahora en una serie de intentos por sacarme de China y trasladarme a los hospitales americanos de Formosa, u occidentales gracias a la Hong Kong Bank. Ahora bien, yo declaro que estoy perfectamente atendido aquí y que no quiero saber nada de ingleses, americanos ni partidarios de Chiang Kai Shek.»
Pasa un mes en el hospital central de Pekín hasta que el 12 de marzo de 1957 un avión medicalizado soviético lo lleva a Roma. Hospitalizado en la via di Trasone romana, toda Italia sabe que va a morir. Recibe visitas, delegaciones, el carnet del Partido Republicano. Tres meses antes de su muerte le entregan el carnet del PCI firmado por Togliatti, pero el escritor no contesta. Para vigilar a las visitas el Vaticano pone a otro jesuita, Virginio Rotondi, en la habitación contigua a la de Malaparte, y el sacerdote (según su versión, aunque hay muchas dudas sobre ello) consigue que el escritor rompa el carnet del PCI, y le toma las manos cuando expira.
Como tantos italianos durante los años de guerra, Malaparte había llegado al final y su vida ya no estaba en escena: en aquel trance ya no importaba su pasada vanidad, ni su aspecto, ni su vieja camisa negra, ni los días en que el hambre y la atroz miseria ahogaban a Nápoles y él describía las carroñas de caballo y los cadáveres hinchados abandonados en las calles. Cuando lo entierran en Prato, solo asiste una de sus antiguas amantes, Roberta Masier.
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