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Manifiesto del Sociorreproduccionismo Prepictórico

Fuentes: Rebelión

La Historia de la Pintura desde el Neolítico, con la aparición de la sociedad de clases, ha sido la de una disciplina artística ligada por completo a los intereses de la élite y las clases dominantes. Desde el Antiguo Egipto pasando por la Grecia Clásica o el Imperio Romano, desde la Florencia renacentista, la España […]


La Historia de la Pintura desde el Neolítico, con la aparición de la sociedad de clases, ha sido la de una disciplina artística ligada por completo a los intereses de la élite y las clases dominantes. Desde el Antiguo Egipto pasando por la Grecia Clásica o el Imperio Romano, desde la Florencia renacentista, la España barroca o la Francia del Segundo Imperio; siempre, fue dependiente de los intereses y los gustos de los poderosos, porque ellos conformaban su clientela. Desde el esclavismo, pasando por el feudalismo hasta llegar a nuestro sistema capitalista actual, siempre ha sido así.

El Sociorreproduccionismo Prepictórico viene a invertir esta situación, a provocar una Revolución dentro de la Pintura y las Artes Plásticas en general, a colocar el arte al acceso del pueblo, y en servicio del mismo. Pero hagamos antes un poco de memoria…

La Pintura desde los orígenes del capitalismo y la Edad Moderna

Desde el flamenco Van Eyck, quien popularizó la pintura al óleo; pasando por Miguel Ángel, Caravaggio, Velázquez, Rubens, Goya, Dalí o incluso Picasso (pese a su vago comunismo), todos los grandes pintores trabajaron para las clases dominantes. Aun siendo más o menos significativas las revoluciones formales y conceptuales que su arte supuso, el mismo siempre estuvo ligado sin excepción al gusto y al pago de los poderosos.

Casi nunca, la Pintura defendió los intereses de las clases populares y rebeldes. Evidentemente, esto sucedió así, porque en contadas ocasiones fueron las clases populares las que accedieron al poder y por tanto pudieron retribuir a los artistas por su trabajo. Entre ellas, podemos citar el arte desarrollado durante dos años en los territorios controlados por Espartaco con su ejército de esclavos y proletarios. También en las catacumbas de los cristianos primitivos antes que su religión se tornara la oficial de tantos imperios posteriores. Más tarde, en el siglo XVI con la Revuelta Comunista y la guerra de los campesinos alemanes contra los príncipes luteranos, etc. En todos estos casos, al ser aplastadas las insurrecciones, la mayor parte sino toda la producción artística rebelde, fue destruida por los vencedores, deseosos de que no quedara en el imaginario colectivo rastro de las hazañas y la valentía de los vencidos1. Para borrar, de este modo, cualquier prueba de que alguna vez, miles de valientes se habían levantado contra el injusto orden de cosas existente. En cambio, aunque más duradero fue el arte de las distintas revoluciones socialistas del siglo XX, como ocurrió en el caso de la Revolución Bolchevique, el llamado «realismo socialista» fue poco a poco recluyéndolo en un corsé de difícil escapatoria, todo, en aras de la sacrosanta, por aquel entonces, ortodoxia estalinista2. Al principio de la Revolución Mexicana, también hubo intentos de apoyar el arte que defendía los intereses del pueblo y su emancipación. Fue aquí donde se incrustaron en la Historia de la Pintura, muralistas de la talla de Diego Rivera, Siqueiros u Orozco. Artistas que de otro modo, en otras circunstancias históricas o geográficas, se hubieran plegado a los intereses de las clases dominantes, o sencillamente nadie los hubiera conocido nunca (incluidos nosotros).

Por supuesto, siempre hubo casos de artistas con sensibilidad social aun en las sociedades de clases, que hicieron algún que otro trabajo más personal, de carácter privado, mientras trabajaban para las clases dominantes. Éste es el caso en el siglo XVI de los grabados de artistas españoles que en medio del Imperialismo Castellano en Latinoamérica, entre retratos de nobles y aventureros «conquistadores», de modo privado dedicaban un tiempo en pro de la Verdad y la Justicia, ilustrando para la Historia, las torturas que el Imperialismo genocida europeo aplicó a la pueblos indígenas. Ya en el siglo XX, artistas contemporáneos como el norteamericano Norman Rockwell (paradigma de artista a sueldo) y otros compatriotas, hicieron trabajos sobre los asesinatos de negros en los convulsos sesenta de los Estados Unidos de Malcolm X, Martín Luther King y los Panteras Negras, o sobre las miserias de la Guerra de Vietnam. Más recientemente, incluso un artista tan burgués y millonario como el colombiano Botero se permitió el lujo (inofensivo para el sistema aunque decoroso a título individual) de hacer algunas pinturas, denunciando las torturas norteamericanas, en la prisión iraquí de Abu Ghraib.

Lo anteriormente expuesto no cambia la naturaleza estructural del problema central, a saber: que la pintura como disciplina artística se ha hallado siempre y en todo lugar, en cualquier sociedad post-neolítica, secuestrada por los bolsillos y los gustos de su clase dirigente. Esta situación se prolonga hasta nuestros días con especial intensidad, pese a la falsa retórica liberal de máxima autonomía del arte.

El papel de la pintura hoy

Actualmente, la Pintura se halla absolutamente secuestrada por la burguesía. Desde su élite, pasando por sus estratos medios e inferiores, es ella la que establece los gustos pictóricos, lo que se pinta y lo que no. La causa principal: en última instancia, es ella la que paga.

Al igual que en otros sectores del sistema capitalista, ejerce «de facto» una terrible dictadura sobre la mayor parte de la humanidad, con especial ahínco en el conjunto de las clases populares y los obreros asalariados. Pero, como burgueses ambos, ¿la ejerce igual el magnate de los medios de comunicación que el industrial de una fábrica de 50 obreros, o peor aun, que el propietario de un bar? Evidentemente, no. Quien principalmente dicta qué tipo de pintura tiene éxito, qué tipo se cotiza y cuál no, es la alta burguesía económica. La misma ejerce su dictadura cultural con sus mandarines, los intelectuales orgánicos, materializados en la figura del crítico de arte asalariado; personaje ruin, tramposo y arribista por naturaleza, que busca presto las subvenciones de los gobiernos de las diferentes instituciones del Régimen, la Banca y los capitalistas.

El crítico de arte, cumple el papel de vocero de la alta burguesía. Él adorna los designios económicos de aquélla, hasta convertirlos en verdades estéticas (no sin cierta autonomía en las distancias cortas). Embellece con vacía retórica las más absurdas y mediocres exposiciones de pintura, que no pocas veces, él mismo, como comisario, tiene a bien dirigir. De este modo, consigue aumentar su prestigio como dócil sabueso del Régimen y agradar a su amo, el distinguido y honorable señor Don X, el cual, lo recompensará con una columna fija en la sección cultural de su periódico nacional.

Distintos tipos de pintura para cada estrato burgués

La élite compra por el nombre del autor, por la pura y dura cotización de la obra en el Mercado del Arte. Negocio éste, que seguramente, ayuda a mantener o difundir de algún modo, bien montando exposiciones desde una fundación para desgravar impuestos de alguna de sus múltiples empresas; o bien desde las páginas de su prensa mediante la voz de sus mandarines. Por tanto, a la élite no se le puede atribuir preferencia por ningún estilo pictórico concreto. Lo mismo compra una obra de Picasso que una obra de Rembrandt, una pintura de Pollock que otra de Hopper. Lo único que le importa es su cotización actual y la plusvalía que pueda reportarle en un futuro cuando la venda3.

Los estratos secundarios de la burguesía (a la vez divididos en diversas gradaciones según sus activos y poder adquisitivo) compran siguiendo los patrones del grupo anterior, pero hasta donde lleguen sus posibilidades. Evidentemente, jamás podrán comprar un Van Gogh o un Miró de los grandes, pero sí dibujos preparatorios de Degás o un cuadro no muy conocido de Soroya. Utilizan el arte, principalmente, para darse prestigio con sus amigos ricos, como modo de proyectar un estatus y afianzarlo. Algunos de ellos son firmes creyentes de las verdades de los propios mandarines, los críticos de arte. A otros miembros en cambio, les importa un «bledo» el Arte, como le ocurre a una gran mayoría de la élite, pero lo coleccionan porque así lo manda el libro no escrito del buen burgués4. Del mismo modo que saben que deben tener un Mercedes o un Jaguar, vestir un traje de Armani o cazar antílopes con una escopeta Kemen, compran arte para obtener prestigio simbólico, de cara a los miembros de su clase.

En cambio la pequeña burguesía, dependiendo de si pertenece a una gran ciudad o una pequeña, tiene gustos que van desde un extremo del espectro formal al otro. Desde las copias del arte «de moda», realizadas por artistas de baja cotización, siguiendo los patrones de los mandarines nacionales, hasta la pintura naturalista o impresionista de los enclaves más conocidos de la localidad en cuestión (catedrales, miradores, playas, montañas, plazas mayores, etc) o los aburridos bodegones del pintor hiperrealista de turno. La pequeña burguesía, en su sector «moderno» o falsamente ilustrado, pertenece al más auténticamente «creyente» de la política cultural de los mandarines y la élite capitalista. La pequeña burguesía «menos educada», prefiere los cuadros de monumentos o paisajes típicos de su localidad. En cualquier caso, cree verdaderamente que lo que compra le gusta y tiene calidad artística «per se». Este estrato también engloba a los sectores de clase media, tipo profesionales liberales o aristocracia obrera bien remunerada, como funcionarios o técnicos especialistas.

El problema de este secuestro de la Pintura, heredada desde que se dejó de realizar en las cuevas con intenciones mágico-religiosas o simplemente estéticas, permanece con la sociedad de clases capitalista5, llegando en ésta, al nivel más ínfimo de calidad que se recuerda en toda la Historia comparándola con el desarrollo de otras manifestaciones de la actividad humana. Otra causa que incide sobre este fenómeno fue la aparición de la fotografía a mediados del siglo XIX. La cual fue suplantando a la Pintura como modo de dejar testimonio visual de personalidades, acontecimientos y escenarios de diversa índole. También la reemplazó en su clásico papel de propaganda política. A partir de ese momento, la Pintura fue buscando su camino hasta llegar al escenario descrito anteriormente.

Nunca antes se colaron en esta disciplina, tantos artistas advenedizos y farsantes como en la actualidad, donde su uso social es residual en una cultura crecientemente intangible6. Su práctica y sentido social quedan cada vez más relegados a tratamientos psicológicos y distracción de jubilados; en parte, por el triunfo de las tesis kantianas sobre el desinterés del juicio estético por lo práctico, y llegando a su apogeo con la conocida fórmula burguesa de «el arte por el arte»7. Un arte absoluto, ajeno al mundo de donde surge, como una material del Más Allá o un meteorito que llega del espacio exterior para caer certeramente en una prestigiosa sala de exposiciones de Nueva York. Así quiere la burguesía que veamos la Pintura y las Artes Plásticas en general. Un arte donde todo vale, y por tanto, nada vale. Donde el hechicero, el mandarín del crítico, con su dedo del Más Allá o del espacio exterior decide qué procede del Reino de los Cielos, qué viene desde una lejana galaxia o qué no merece entrar siquiera en la categoría de «Arte»8, haciéndole creer al pueblo que si lo que el «experto» celebra no le gusta , es «porque no tiene suficiente preparación o cultura», tratándolo como a un niño pequeño sin personalidad cuando no se adapta a su política oficial9.

Este arte, es muy útil para los intereses de la burguesía, para los intereses del «status quo». Porque un arte que no habla de nada, no mueve al pueblo, a la humanidad, a ningún sitio, excepto a la más absoluta vacuidad.

El Sociorreproduccionismo Prepictórico nace en este difícil contexto para liberar a la pintura del yugo del Capital, de la Dictadura de la Burguesía y de su Élite.

Se circunscribe dentro de un movimiento más amplio que los socialistas y los comunistas auténticos hemos de construir, para prepararnos de cara a la revolución socialista y la imposible restauración posterior del capitalismo. Para que no ocurra como en muchas revoluciones del siglo XX que perecieron y retornaron al capitalismo, no sólo por los continuos ataques del imperialismo mundial, sino por sus propios defectos y carencias, siendo muy significativas las culturales.

Este movimiento, que llamaré Cultura de Resistencia Socialista (CRS), nos es urgente y necesario para desintoxicarnos de la cosmovisión burguesa del mundo. Ideología alienante que amputa nuestros sueños de mil formas, desde las más descaradas hasta las más sutiles, y por tanto, peligrosas. Debemos construir un nuevo paradigma cultural basado en los mejores valores clásicos del socialismo y del ser humano, atendiendo al siguiente axioma de Karl Marx: «La desvalorización del mundo humano crece en razón directa a la valorización del mundo de las cosas». No basta con nacionalizar la economía, colectivizar las tierras, abolir la herencia y democratizar la política (cosas todas ellas imprescindibles). Nuestro mundo, debe ser cada vez más el del hombre y menos el de las cosas, más el de la cultura y menos el del consumo, más del ser y no tanto el del tener.

¿Qué es el Sociorreproduccionismo Prepictórico?

Es un sistema socialista de distribución y acceso a la pintura que elimina el máximo posible las distinciones de renta en una sociedad clasista como la capitalista, rompiendo con el elitismo imperante en las exposiciones burguesas. Normalmente, éstas tenían un precio de compra de la obra original prohibitivo para la clase obrera, los estudiantes, parados y el resto del pueblo. Él mismo no podía acceder a la adquisición de pinturas originales, ni siquiera en las exposiciones del estrato bajo de la burguesía o las clases medias. Difícilmente un obrero, y con toda razón, podía pensar en comprar una obra que equivalía a todo su salario mensual, o incluso que lo multiplicaba hasta dos y tres veces. Por ello, la Pintura siempre se ha visto como una disciplina artística elitista, no en su contemplación, pero sí en su adquisición.

¿Cómo evita este elitismo el Sociorreproduccionismo Prepictórico? Éste es un sistema de resistencia, no un sistema perfecto ni ideal, porque se dará dentro de una sociedad muy imperfecta como es la capitalista. Pese a ello, en su interior, desarrollará la semilla de la conciencia y el igualitarismo necesarios para el posterior desarrollo del socialismo. El método consiste en que, al inaugurarse una exposición, el artista llegará a un acuerdo con el pueblo representado por el público visitante. El pintor, enmarcado en la Cultura de Resistencia Socialista, se comprometerá con el público a que durante la exposición, ningún cuadro de la misma será vendido a un comprador directo. Ninguna persona con mayores recursos que otra podrá comprar directamente la pieza original. La única forma de acceder a la misma, será adquiriendo una de las sociorreproducciones prepictóricas que darán derecho a la participación en un sorteo de dicha obra.

¿Y qué es eso? Son reproducciones fidedignas de alta calidad de cada lienzo que se encuentre expuesto. Estas sociorreproducciones tienen un valor estético en sí, debido a su alta definición y cromatismo. Las sociorreproducciones tendrán un precio absolutamente popular10 que estará relacionado con el salario mínimo profesional del país en cuestión, siendo un dividendo pequeño del mismo. Al comprarlas, el público adquirirá una participación, dividida en dos mitades con el mismo número impreso, para la adquisición de la obra original. Una mitad se depositará en una urna transparente colocada a la vista de todos para garantizar la veracidad del proceso; la otra, se la llevará el ciudadano consigo para tenerla el día del sorteo y comprobar que efectuó la compra en caso de duda. El último día de la exposición, se hará un sorteo con la presencia del público que desee asistir. Por cada 50 participaciones expedidas (por cada 50 compradores, que no compras), se dará un cuadro al número ganador, comenzando el compromiso del artista por sortear uno sin importar si se llega o no a ese mínimo. Cada 50 compradores más, se sorteará una nueva obra original. Al llegar a 100, dos obras, 150, tres, y así sucesivamente. La extracción de los números agraciados se hará por una mano inocente de entre los asistentes, después de mover la urna y mezclar los números, a la vista de todo el público participante. Los ganadores se llevarán la pintura original de la obra que previamente compraron como sociorreproducción.

¿Cómo se evitan las desigualdades de acceso a la obra original?

Para que no prevalezca la renta en este sistema, se dará sólo una participación a cada ciudadano que compre al menos una sociorreproducción, y no una participación por cada compra, como sería de esperar. De modo que, si un ciudadano de un estrato superior de la clase obrera o perteneciente incluso a la pequeña burguesía, intentase comprar más sociorreproducciones para conseguir de este manera más participaciones y con ello más posibilidades para que le tocara un lienzo original (como si fuesen décimos lotería), no tendría más posibilidades que un desempleado o que un obrero no cualificado para obtener la obra original. O sea, al ciudadano, tanto si compra cuatro sociorreproducciones como si compra una, se le expide una sola participación para el sorteo. Esto es un sacrificio y un compromiso del artista, el cual debido a su ética socialista, no puede aceptar que el Sociorreproduccionismo Prepictórico se transforme en una rifa de feria, donde se premie al que más dinero tenga para comprar más «papeletas». El artista socialista entiende, que si un trabajador, y más en estos tiempos de crisis, decide gastar su dinero en una sociorreproducción, ya es prueba más que suficiente para premiarle con la posibilidad de llevarse una obra original, que tanto esfuerzo y tiempo le ha costado elaborar.

¿Cuál es la cotización de la obra en este sistema?

El «minimum» de precio de partida, se calcula como el de un obrero especializado autónomo. Es una estimación del tiempo trabajado en todas las pinturas en conjunto, más los materiales y gastos de transporte. De esta manera el artista, desciende al terreno de los mortales, separándose del concepto de artista-genio tan promocionado por los agentes del sistema capitalista. Si es buen o mal artista, si es buen o mal artista trabajador, si está en conexión o no con el pueblo, el mismo público será el encargado de sancionarlo.

De todos modos, el precio al que se llegará al final depende por entero de la aceptación media que el conjunto de la obra tenga en la exposición. Serán los propios ciudadanos, los que decidirán la cotización de la misma con su compra, y no ningún crítico-mandarín apoyado en los medios de la élite burguesa. Pero, ¿cómo? El artista pondrá un minimum al que se podrá llegar o no. En el estreno del Sociorreproduccionismo Prepictórico10 serán 50 compras, un mínimo de 50 sociorreproducciones para obtener una pintura original. Pero la dialéctica de la exposición es tan verdaderamente democrática y abierta, que es posible que si al público no le agrada la obra expuesta, no se llegue ni a ese «mínimum» y el artista con su precompromiso de entregar al menos una obra, se viera obligado a sortearla sin haber llegado al precio mínimo que estimó.

Lo bonito del caso es que si el artista tuviera éxito y aceptación por parte del público, su obra subiría de cotización. ¿Cómo? Simplemente si cada ciudadano o algunos del público compraran más de una sociorreproducción, sabiendo de antemano, que esto no aumenta sus posibilidades de hacerse con una obra original. Si el público comprara de media dos o tres sociorreproducciones «per cápita», la cotización de la obra se multiplicaría por dos o tres como premio por la aceptación de su arte. El artista recibiría el doble o el triple de ingreso, mientras que cada ciudadano-comprador seguiría manteniendo las mismas oportunidades (2%) de hacerse con la obra, debido a que se expediría una única participación por persona, al margen del número de obras que comprara cada cual. Con el «plus», de que el precio de la sociorreproducción seguiría siendo el mismo. De esta manera la cotización no dependería de la influencia de un crítico-mandarín sostenido por la élite burguesa, sino del mismo público de las clases populares.

En definitiva, el Sociorreproduccionismo Prepictórico se presenta como una posibilidad para que el pintor, con la necesaria ayuda y participación del pueblo, libere a la Pintura y las Artes Plásticas de sus cadenas históricas. Ayudando además, al desarrollo de una cultura necesaria: la cultura socialista.

* La primera muestra del Sociorreproduccionismo Pictórico tendrá lugar en la exposición de Jon Juanma «Arte Popular,» la cual se celebrará en la ciudad de Orihuela (Alicante), entre los días 19 de diciembre y 18 de enero. La inauguración será el viernes 19, a las 20:30 horas, en la Calle Rufino Gea, nº5, Bajo, en la travesía que va desde El Casino hasta el Teatro Circo.

** Jon Juanma es el seudónimo artístico/revolucionario de Jon E. Illescas Martínez, Licenciado en Bellas Artes, artista plástico, analista político y teórico del socialismo.

Para cualquier comentario con el autor sobre el Manifiesto: [email protected]

Para ver una parte de la obra plástica del autor: http://jon-juanma.artelista.com/

Blog: http://jonjuanma.blogspot.com/

Notas:

1. Esto ocurre ahora, sin ir más lejos, con todo el arte que se desarrolló en los países del llamado «socialismo real». No hay ni rastro del mismo. El sistema se encarga de ahogarlo en el olvido. Si uno intenta buscar un monográfico sobre la Pintura Soviética o sobre su vanguardista cine de animación (1917/1991), mejor busque otra cosa. Con toda seguridad, le será más fácil, coleccionar anuncios metálicos de Coca-Cola de los años cincuenta o estudios comparativos sobre la producción de la Mariquita Pérez entre la España franquista y la Cuba batistiana. Ya se sabe, cuestión de prioridades históricas, cosas del «libre mercado» y la mano que mece la cuna…digo… «la mano invisible».

2. Término que vino a significar una reducción de la tradición realista europea del siglo XIX, corsé que amputó las posibilidades imaginativas de los grandes maestros soviéticos que, debido a una interpretación mecanicista y vulgar del marxismo, se vieron atrapados en la rígida estructura estalinista. Una lástima, porque seguramente no hubo nunca en la faz de la Tierra una Academia de Bellas Artes que diera tan grandísimos maestros desde un punto de vista técnico.

3. Imaginemos un ejemplo. El magnate de turno, el Señor Z (de zorro, por decirlo suave), hace una compra de 20 cuadros de Cézanne como inversión. Entonces de repente, como «por casualidad», su Fundación Z, que utiliza para desgravar impuestos de su Multinacional Z, hace una retrospectiva de Cézzane, llamada «Cézanne en Provenza» y también, por mera coincidencia, en sus periódicos y revistas dicen que lo que está de moda en Cultura es visitar la Sala de Exposciones de la Fundación Z en donde hay una maravillosa retrospectiva del pintor francés. Por supuesto, al cabo de un tiempo, el Señor Z pondrá a subasta algunos de esos cuadros tan preciados y los venderá por un precio mucho mayor que los compró, debido a la revalorización «casual» que sufrió su obra durante ese tiempo. Vamos, todo, ¡por amor al arte!

4. Muchos de ellos son nuevos ricos sin formación y con poco bagaje cultural que, atendiendo a su filosofía de vida sumamente pecuniaria, creen que pueden comprar prestigio cultural del mismo modo que compran un par de zapatos.

5. Una excepción parcial sería el fenómeno grafiti, que tiene muchos puntos en común con el muralismo. Sin embargo, el Sociorreproduccionismo Prepictórico, aprovechándose de los adelantos técnicos de la Era de la Reproductibilidad, tiene una potencialidad de llegar a un público exponencialmente mayor alcanzando, una inigualable sociabilización y democratización del Arte.

6. Para ver cómo el capitalismo, de modo creciente, diluye las fronteras que históricamente han marcado las diversas, pero semejantes, culturas humanas, entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar; y cómo una fuerza centrífuga que precipita a la cultura humana por un enorme agujero negro en donde todo tiende a ser, simplemente, cosas de comer (consumir/destruir); recomiendo leer el excelente ensayo de Santiago Alba Rico: «La ciudad intangible» (2001). De esta enorme impostura cultural, no se libra claro está, la Pintura, que queda sin el aire que necesita para vivir: el tiempo, para mirarla y reflexionar. Tiende a ser consumida y por tanto destruida, de la misma forma que lo hacemos con un anuncio de perfume o una hamburguesa del McDonalds, que inmediatamente engullimos en nuestro difuso universo icónico o en nuestra endeble salud hiperquímica.

7. Ejemplificada en el arte abstracto, que no por casualidad es el favorito en todas las oficinas de las principales instituciones financieras. Para saber un poco más acerca de la conexión entre el abstraccionismo y los poderes fácticos capitalistas, leer el excelente capítulo «Garabatos yankees», del magnífico libro » La CIA y la Guerra Fría Cultural» (2001), ejemplo de periodismo de investigación, de la británica Frances Stonors Saunders

8. El absurdo al que hemos llegado es importante. El crítico puede llegar a decidir qué es Arte o qué no llega a esa categoría, como afirma el crítico norteamericano George Dickie. Esta impostura sería difícilmente sostenida en música o literatura, donde aunque las obras sean malas o no del gusto de un sujeto en particular, a nadie se le ocurriría decir que tal grupo no hace música o tal escritor no hace literatura. En todo caso, nos puede parecer «mala música» o «mala literatura», pero no negar la naturaleza del objeto analizado. Sería igual que decir que una persona por no gustarnos, no llega a la categoría de persona: «Miguel me cae mal, por tanto no es un hombre.» «María es fea, por tanto no es una mujer.»

9. Curioso el doble rasero de los voceros del régimen. Cuando el pueblo no está de acuerdo, es que no entiende, como un infante sin preparación. En cambio, cuando tras unas elecciones generales por poner un ejemplo, gana cualquiera de los partidos del régimen, los voceros lo alaban apelando a su «madurez democrática». Según ellos, para opinar sobre arte hay que ser experto, Licenciado en Bellas Artes o Filósofo especializado en Estética, pero para votar no hace falta ser Licenciado en Ciencias Políticas ni en Historia. Evidentemente, un especialista en cualquier materia tendrá más bagaje que otro que no la tenga, pero al igual que hay Licenciados en Política de derecha y otros de izquierda. ¿Qué pasa con el arte? ¿Que si te niegas a creer sus dogmas eres «gilipollas»? Pues bien, yo mismo, me licencié en Bellas Artes en su sistema ortodoxo burgués, con todas sus mentiras y medias verdades sobre el arte moderno. Además, obtuve Premio Extraordinario Final de Carrera, y por tanto, quedo legitimado según su falso criterio, para opinar sobre arte. Pues bien señores, la diferencia entre antes de entrar a su facultad y ahora, es que, al principio, tenía un poco la duda existencial sobre porqué no me gustaba gran parte del arte actual. La duda era provocada por la humildad de quien sabe que no ha contrastado lo suficiente, del joven aprendiz. Tres años después de licenciarme y tras un estudio profundo sobre el tema, incluidos muchos libros de los suyos (que son los que copan las librerías y bibliotecas), afirmo en voz alta que más del 90% del arte oficial actual, promocionado por sus galerías e instituciones «públicas», es simple y llanamente, tanto formal como conceptualmente, una» puta mierda».

10. El precio de cada reproducción, en la primera exposición del Sociorreproduccionismo Prepictórico, será de 25€, lo que equivale a menos del 5% del salario mínimo interprofesional en España. Con este precio, una persona podrá llevarse la obra original en el sorteo el último día de exposición, teniendo las mismas posibilidades que cualquier otra, que gaste el mismo dinero o más, comprando igual o más reproducciones.