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Manolis Glezos, uno de los nuestros

Fuentes: Mundo obrero

   Mientras el mundo se miraba en el vértigo y el temor de la pandemia, nos llegaba la noticia de la muerte de Manolis Glezos, el rostro de la resistencia griega a quien el 30 de marzo le falló el corazón. También, como si la fatalidad no descansase, nos golpeaba el deceso, el mismo día, de Rafael Gómez Nieto, el último superviviente de la nueve, la IX compañía del general Leclerc, repleta de republicanos españoles, que liberó París de los nazis, muerto por el coronavirus, como si, llevándose a ambos,  la guadaña de un tiempo desolado nos enviara la advertencia y el recuerdo de una generación que supo resistir al fascismo y preservar entre sus ruinas la frágil estirpe de la fraternidad.

Cuando apenas era un muchacho, Glezos empezó a  descubrir la vida bajo la dictadura fascista de Metaxas, y después combatiendo contra la ocupación nazi de Grecia, que causó centenares de miles de muertos, deportaciones a los campos de exterminio, fusilamientos masivos (entre ellos, el de un hermano de Manolis); soportando la hambruna del invierno de 1941 que sembró la desolación y acabó con la vida de decenas de miles de griegos. Tuvo que sufrir, como tantos de sus compatriotas, la abatida soledad del 1 de mayo de 1944, cuando doscientos militantes del Partido Comunista griego fueron fusilados en Kesariani por las tropas de ocupación alemanas, y, después, la tristeza de la derrota en la guerra civil griega. Manolis Glezos participó también en la campaña para evitar el fusilamiento de Nikos Beloyannis (el hombre del clavel que pintó Picasso) y otros once dirigentes comunistas griegos, que aunque fueron el alma de la resistencia contra los nazis serían condenados a muerte en 1952 por un tribunal militar que tenía entre sus miembros al futuro dictador Papadopoulos, en los años de la feroz persecución contra los comunistas amparada por la guerra fría sostenida por Estados Unidos. Beloyannis y sus camaradas fueron fusilados en Goudi, asesinato que marcó durante décadas a Glezos y a toda la izquierda griega.

Manolis Glezos estuvo en las filas de la resistencia contra los nazis y en los grupos guerrilleros que pugnaron durante la guerra civil de 1946-1949 por acabar con la vieja monarquía corrupta sostenida por su ejército y por las armas de Londres y de Washington. Estuvo también entre los militantes que combatieron a la dictadura de los coroneles que también apoyó Estados Unidos y entre quienes denunciaron al mundo la matanza protagonizada por el ejército griego cuando aplastaron con sus tanques la protesta de los estudiantes de la Universidad Politécnica de Atenas en noviembre de 1973, asesinando a ochenta personas: muchos a balazos y algunos de ellos bajo la oruga de los blindados. Aquel régimen siniestro de Papadopoulos, que aún tenía entre sus manos la sangre de Beloyannis, mantuvo a Manolis Glezos en sus cárceles durante cuatro largos años.

A lo largo de su vida, Manolis Glezos soportó dieciséis años de cárcel, fue torturado por los esbirros de la dictadura militar, acumuló tres condenas a muerte, fue condenado a cadena perpetua, fue acusado de espionaje a favor de la Unión Soviética e intentaron asesinarlo en varias ocasiones; resistió el exilio, combatió el imperialismo y la explotación. Fue alcalde de su pueblo, trabajó sin descanso para evitar la degradación de la tierra y para preservar el agua y las cosechas; publicó artículos durante años, escribió seis libros, siempre habitando el territorio de los pobres, superando el quebranto y la derrota. Fue diputado comunista en el Parlamento griego, participó activamente en el movimiento por la paz que movilizó a millones de personas en el mundo para denunciar el peligro atómico, recibió el Premio Lenin de la Paz y llegó a ser diputado europeo durante unos meses.

Manolis Glezos, tocado con su gorra bolchevique que recogía sus cabellos blancos de viejo resistente, miraba siempre el futuro, desafiando la lepra y la gangrena de un capitalismo miserable que se ensañó con Grecia en los años de la guerra civil y en los más recientes de la crisis de 2008 que llevó al ministro de finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, perseguidor implacable después de 1989 de los comunistas de la RDA, a imponer en la Unión Europea el despiadado recorte de las pensiones griegas en un plan de austeridad que era en realidad un feroz expolio de los trabajadores. Manolis Glezos acudía a las marchas de protesta acompañado de Mikis Theodorakis, acompañaba a los huelguistas y con casi noventa años resultó gravemente herido por la policía griega en una manifestación, y fue capaz de denunciar el grave error de Tsipras, la capitulación de la izquierda que se había rendido a las imposiciones de Bruselas.

Rafael Gómez conduciendo su blindado en París en agosto de 1944, arropado en la bandera tricolor de la dignidad española, y Manolis Glezos arrancando la sucia bandera de la esvástica de la Acrópolis ateniense en 1941, combatiendo durante toda su vida el amargo ventisquero de la explotación y la injusticia, nos dejan la herencia de un tiempo donde la resistencia hizo mejores a los seres humanos, y nos señalan el horizonte del trabajo honesto y las ráfagas de libertad en las calles. Siempre nos acompañará, porque Manolis Glezos fue uno de los nuestros.