Nuestra arraigada y sana pasión por el fútbol como deporte para la convivencia, competencia, rivalidad deportiva, disciplina mental, ejercicio físico de nuestros cuerpos, encuentro sociocultural barrial y comunitario, de afirmación de nuestras pertenencias territoriales o hacia colectividades identitarias, no debe cegarnos frente a lo que representa La Copa Mundial de Fútbol 2026 y que no tiene nada que ver con los valores populares construidos en común.
El mundial, es propiedad privada del corporativo transnacional llamado Federación Internacional de Fútbol Asociación, por sus siglas “FIFA”, cuyos socios más importantes no son los clubes deportivos, sino, unas cuantas empresas multinacionales que se benefician de la producción y distribución masiva de mercancías físicas, tecnológicas, digitales, comunicacionales, de comida chatarra y de servicios turísticos, financieros, inmobiliarios, restauranteros, de apuestas, movilidad, hotelería, de la industria de la construcción y otras más que harían esta lista mucho más larga.
En todo caso, estos clubes representan empresas asociadas que tienen un imperativo económico. Los seleccionados no son el resultado de los mejores jugadores de un país a través de encuentros locales, regionales y nacionales donde los deportistas más destacados entre la población, los equipos, las escuelas y universidades, tengan la oportunidad de mostrar sus habilidades y estrategias futbolísticas personales o en grupo; sino que, son empleados previamente elegidos arbitrariamente entre los empresarios que hacen valer sus marcas privadas y su poder económico al monopolizar este deporte como negocio del entretenimiento.
Entonces, el mundial es también la monstruosa maquinaria para la producción de subjetividades consumidoras, despolitizadas y desarraigadas de valores propios, históricos, culturales, plurinacionales e indoamericanos en nuestro caso; que son suplantados por aspiraciones e intereses de grupos de poder, a través de estrategias de sobreexposición mediática que inducen pertenencia a las marcas de sus selecciones, clubes e ideologías que los definen, cuyas mercancías se distinguen con un modelo de camiseta que suele usurpar los colores y símbolos de las banderas nacionales.
En cada partido que se juega, no gana México, Colombia o Brasil, crecen de forma descomunal las ganancias multimillonarias de los directivos de la FIFA, los presidentes de sus filiales nacionales y los dueños de los corporativos asociados al complejo industrial, mercantil, financiero y comunicacional que, al igual que el complejo militar con la guerra, hizo del mundial de fútbol un escenario ficticio, en tanto necesidad de inversión creada para la acumulación del capitalismo en su fase crítica, el despojo de los recursos vitales como el agua, la especulación sobre la renta y venta de vivienda, el desplazamiento forzado habitacional y territorial de los sectores populares.
A diferencia de los mecanismos utilizados en la guerra, la FIFA no recurre a las mismas medidas coercitivas, porque son los estados cede quienes buscan acuerdos y consensos para la transferencia de recursos del pueblo a la iniciativa privada, la reproducción ampliada de capital a través de la rentabilización de servicios, la flexibilización laboral y de impuestos, así como la instalación de infraestructura necesaria para el desarrollo del mundial; todo con un sesgo clasista en el que sólo las castas económicamente pudientes podrán vivir la gesta deportiva en los estadios, los hoteles de lujo y las áreas exclusivas, a las que no podrán acceder los pobres y ni siquiera las clases medias, para ellos serán sólo las pantallas y las estampitas de álbumes coleccionables.
Lejos está México de imponer la agenda mundialista (lo escribo sin ningún anhelo de que así fuera), es el gobierno norteamericano quien, a través del encuentro deportivo, lava su imagen despótica y pro fascista, su política neo colonial y estrategia de saqueo imperialista, es el capitalismo y sus bodrios quien se auto elogia con premios de paz de la FIFA para Trump en medio de la guerra, misma que se legitima entre el fanatismo religioso, el racismo de supremacía blanca y el sionismo israelita.
Sin embargo en nuestro país, el enorme aparato mediático también servirá para vaciar la propuesta política electoral de cara al 2027 en el espectáculo mundialero, para intentar eclipsar los grandes problemas nacionales como la inseguridad, el intervencionismo norteamericano por vía directa de la CIA o indirecta a través de la relación de ciertos niveles de gobierno con los grupos de la violencia criminal, la privatización de las pensiones de los maestros y empleados estatales, el abandono de los productores de maíz y frijol, los ataques a las comunidades indígenas, las decenas de miles de desaparecidos, la precariedad laboral de los trabajadores universitarios, del sector salud y asalariados que exigen una jornada efectiva de 40 horas, por citar algunos.
En este panorama, no se equivoca la CNTE cuando convoca al bloqueo del mundial, la estrategia de lucha sigue siendo contra los intereses del capitalismo; el nacionalismo no es una camiseta verde oleando vítores hacia los socios de un consorcio conformado por empresas privadas, sino que es solidario y empático hacia las clases trabajadoras, sus carencias y derechos, es antimperialista porque asume la autodeterminación como principio de la soberanía y la paz entre naciones.
“Si no hay solución, no rodará el balón”.
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