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Opinión política: entre la ciencia y el chisme

Fuentes: Rebelión

Nadie en su sano juicio, sin ser especialista en la materia en cuestión, osaría discutir en términos técnicos una decisión dada por un médico luego de una consulta, ni una formulación hecha por un ingeniero sobre la construcción de un puente. Nadie, tampoco, sin ser un químico de profesión rebatiría una explicación que nos puede […]

Nadie en su sano juicio, sin ser especialista en la materia en cuestión, osaría discutir en términos técnicos una decisión dada por un médico luego de una consulta, ni una formulación hecha por un ingeniero sobre la construcción de un puente. Nadie, tampoco, sin ser un químico de profesión rebatiría una explicación que nos puede dar un ingeniero químico sobre la composición de un alimento o sobre las propiedades del petróleo así como nadie, sin ser un profesor de física, discute y descalificaría las leyes de la termodinámica o la ley de la inercia.

Ante las formulaciones de las distintas ciencias existe un respeto casi sagrado. Desde que la moderna ciencia occidental consiguió su mayoría de edad en estos recién pasados siglos inaugurando el mundo de la industria y las tecnologías con que Europa y el capitalismo se extendieron por todo el globo, «la ciencia» pasó a ser venerada. Sin llegar a ser, en términos estrictos, un nuevo dios, de algún modo su peso en la cultura moderna no la distancia mucho de ese fervor con que cualquier religión adora a sus divinidades. La ciencia es el eje en torno al cual se construyó el nuevo mundo desde el Renacimiento europeo en adelante.

Desde las primeras formulaciones conceptuales de Copérnico y Galileo hace apenas unos 400 años en Europa, el desarrollo que tuvieron las distintas ciencias produjo un cambio tan espectacular en la historia de la humanidad que en ese breve lapso de tiempo se produjeron transformaciones más profundas que en todo el período transcurrido desde que nuestros ancestros descendieron de los árboles hace dos millones y medio de años hasta el siglo XVI. Es por ese potencial transformador tan monumental que las ciencias vinieron a entronizarse como la nueva deidad moderna. Las nuevas tecnologías a que han dado lugar, y que crecen con una velocidad exponencial vertiginosa, no dejan de cambiar el mundo en un proceso que pareciera no tener límites.

Junto al campo de las primeras investigaciones científicas en los siglos XVI, XVII y XVIII, ligadas al campo de la naturaleza (física, química, biología, genética, astronomía), para el siglo XIX y comienzos del XX surgen las ciencias de lo social (sociología, economía política, antropología, psicología, lingüística, semiótica). En ellas el nuevo objeto de estudio es más problemático, más «discutible» que en el campo de la naturaleza -está siempre de por medio lo subjetivo- así como sus efectos en el campo de la aplicación práctica; pero justamente, ante ello, buscan dotarse de metodologías que le den todo el rigor que presentan las ciencias naturales. Entrado el siglo XX también las ciencias sociales alcanzan su mayoría de edad. De todos modos, sigue habiendo -y probablemente lo habrá siempre- una diferencia insalvable entre los modelos de las ciencias de la naturaleza (ciencias «duras» llega a llamárselas) y el estudio de lo social, de lo humano (ciencias «suaves» o «blandas», donde está mucho más implicada la subjetividad del investigador). Pero no obstante esa diferencia, ya nadie discutiría con seriedad la capacidad operativa real que también tienen las ciencias sociales: ¿alguien en su sano juicio podría negar la importancia de la psicología social en el diseño de campañas publicitarias? Es con esas verdades que se moldea la guerra de cuarta generación. ¿Podría rebatirse con fundamento que esta guerra psicológico-mediática no produce efectos? Las verdades de la economía política -aunque nos disgusten- son tan irrefutables como las de la física o la química. La oferta y la demanda tienen valor de leyes y actúan en la vida social con tanta regularidad como los aminoácidos o la ley de gravitación universal. Y hoy día ante un problema «espiritual», aunque se sigue consultando al agente religioso del caso o apelando a cualquier práctica mágico-religiosa para su solución, también se cuenta con la psicología clínica como una opción fiable, la cual da respuestas cada vez más certeras y predecibles. ¿Cómo se prepara psicológicamente a los astronautas para un viaje de varios meses fuera de la Tierra o cómo se atiende un cuadro psicótico: prendiendo velas y sacrificando animales o dándole la palabra a un profesional de la salud mental?

En definitiva: las verdades que nos aportan las ciencias sociales son tan «científicas» como las de las ciencias duras. Pero sucede algo curioso: cuando se trata de cuestiones «políticas», en el sentido más amplio de la palabra, siguen primando las opiniones sobre los saberes rigurosos.

Vemos como la actitud más común, más espontánea, más automática, la reacción visceral ante los problemas de índole político. Es más fácil que se apele a pareceres y opiniones que a verdades demostradas con metodología científica cuando se trata de una discusión en el ámbito político. Nadie «opinaría» según su parecer respecto a, por ejemplo, por qué caen las cosas al suelo, o por qué se producen los terremotos. Pero es práctica común que se «opine» -y se discuta acaloradamente- a partir de puros prejuicios cuando se trata, por ejemplo, el asunto de la pobreza, o de la homosexualidad o de la delincuencia. En general, no se discute una explicación que nos da un físico cuando explica un hecho de la vida natural, la fusión nuclear, por ejemplo, o el motivo por el que un avión puede vencer la ley de gravedad y levantar vuelo. Pero es de lo más común que se repita irreflexivamente, por ejemplo, que «los pobres son pobres…porque no quieren trabajar», o que «los homosexuales son viciosos decadentes» o que «a los ladrones hay que matarlos a todos para terminar con el problema». Y más aún: ese tipo de cuestiones genera discusiones acaloradas, pasionales, donde los argumentos en juego son siempre exposiciones de opiniones y nunca verdades sopesadas. ¿Por qué?

El campo que tratan las ciencias sociales es siempre mucho menos impersonal que aquél que abordan las ciencias de la naturaleza. Hablar de esos temas -la pobreza, la homosexualidad o la violencia- implica subjetivamente mucho más al sujeto que estudia, lo obliga a definirse en términos personales. Cosa que no sucede cuando el objeto en cuestión es una «cosa» más impersonal como un átomo o una montaña. Lo «político» sigue siendo -y seguirá siendo, inexorablemente- el ámbito donde el sujeto humano se desenvuelve, marcado por las limitaciones insalvables de nuestra condición: deseamos, somos finitos, estamos constituidos en flaquezas originarias, nos envuelve siempre el equívoco, las relaciones interhumanas son problemáticas. Por todo esos motivos, nuestras opiniones sobre nosotros mismos, sobre nuestras fantasías y nuestros límites, son demasiado evidentes, distintamente a como ocurre cuando tratamos problemas más «objetivos», aquellos de los que hablan las ciencias de lo natural. Y si bien es cierto que las ciencias humanas han dado pasos gigantescos en el conocimiento de lo que somos como seres subjetivos -seres que vivimos siempre con un nivel de temor, con un fuerte componente irracional, movidos por pasiones «inconfesables»- no menos cierto es que saber esas verdades duele, asusta, incomoda. No incomoda saber acerca de cómo funcionan las células o cómo actúa la electricidad, pero sí «nos hace cosquillas» saber por qué deseamos, o cómo nos envuelve el afán de poderío. Llegar a decir que la historia está movida por una lucha a muerte entre clases sociales enfrentadas o que el psiquismo inconsciente rige nuestra vida cotidiana, por ejemplo, no deja de «incomodar». Cosa que no produce una fórmula matemática que nos explica por qué se mueven los objetos, o por qué sopla el viento.

Por esos motivos es que cuando se trata de cuestiones «políticas» es más fácil, más tranquilizador en algún sentido, más económico, apelar al chisme, a la opinión banal y superficial que a las verdades sólidamente fundamentadas. Por otro lado, y como complemento a esa situación, para los poderes constituidos es más funcional dejar seguir ese estado de desconocimiento y promover la opinión simplista que la profundización con categorías científicas.

En ese sentido, entonces, promover el desarrollo de una actitud crítica en las cuestiones humanísticas, en la esfera social, en el campo de lo que son el objeto de estudio de las ciencias sociales, propiciar un pensamiento con base científica que se mueva con categorías de solidez y que supere la simple opinión, que trascienda al chisme en definitiva, es un paso revolucionario.